lunes, marzo 18, 2013

Elogio póstumo a Robert Castel



tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165433

El 12 de febrero murió, a los 79 años, el sociólogo crítico francés Robert Castel. Para él la sociología era una ciencia que debía estar ligada a propuestas de transformación social. Es decir, que debía romper lo que Wallernstein denominaba el abismo entre las dos culturas, la científica y la humanística. Esto no quiere decir que como ciencia no fuera objetiva y mostrara los procesos sociales en su dimensión real. Quiere decir que no era ni pura ni imparcial, que es una construcción social inscrita en un tejido social y que básicamente debe denunciar la ideología que legitima las relaciones de dominio. Quiere decir que el científico social debe comprometerse políticamente por una realidad mejor. Esta era su apuesta y siempre fue fiel a ella. Desde esta postura analizó el orden psiquiátrico y se movilizó con los movimientos reivindicativos de presos y enfermos mentales, al lado de gente como Michel Foucuault o Franco Bassaglia.

Últimamente estaba preocupado por la exclusión social, la precarización del trabajo y la pedida de derechos sociales de la población. Uno de sus últimos libros fue Las metamorfosis de la cuestión social, publicado en 1995 y traducido al español. Políticamente estuvo siempre del lado de los oprimidos.

Como no he trabajado a fondo la obra de Castel, me voy a limitar, en un pequeño homenaje, a comentar un texto breve que publicó el Círculo de Bellas Artes de Madrid el año 2006 en un pequeño libro titulado Pensar y resistir. La sociología crítica después de Foucault. El artículo de Robert Castel se titula "Crítica social. Radicalismo o reformismo político".
En este artículo plantea varias cuestiones interesantes. En primer lugar la necesidad de una sociología crítica radical. Radical quiere decir que llega al fondo de las cuestiones y de las relaciones de poder. A ello contribuyeron, continua, de forma significativa Michel Foucault y Pierre Bordieu. Su trabajo en este sentido es fundamental y necesario. En segundo lugar es que si de esta crítica radical se deduce una propuesta radical, es decir revolucionaria. Castel plantea que no. Esto quiere decir que una cosa no implica necesariamente la otra. En el caso de Pierre Bordieu nos explica que comienza con posturas políticas reformistas ( que rechazaban totalmente la ultraizquierda maoista o troskista) pero su análisis de la violencia simbólica le lleva a criticar el reformismo, aunque no articula propuestas políticas claras. El caso Foucault lo concreta menos. Pero yo añadiría que su proceso es inverso al de Bordieu. Foucault simpatiza con los maoistas en el post-mayo del 68 y denunciar lo que llamaba la microfísica del poder. Posteriormente relativizará esta crítica y se centrará en la crítica de las relaciones de dominio, que en parte centrará en el Estado, sobre todo por su defensa de los disidentes de los paises del Este. Esto llevará a Foucault, como bien ha analizado José Luis Moreno Pestaña, a una posición política reformista, coincidente primero con el sector renovador del socialismo francés ( concretado en Michel Rocard) y después en la "Tercera vía" de Blair ( aunque hay que decir que Foucault no vivió el desarrollo de su gobierno).

En todo caso es interesante conocer la propuesta de Castel. El sociólogo defiende un reformismo radical frente a la contrareforma liberal. La revolución le parece una opción imposible en Europa. La razón es que los grupos de ultraizquierda ( como los troskistas) ni siquieran hacen política, ya que no tienen un programa que pueda aplicarse, no son una opción real de gobierno. Lo hay que hacer hoy para Castel es resistir la contrareforma liberal y pasar a la ofensiva con propuestas de profundización y ampliación de los derechos existentes. Hay que resistir la lógica del capitalismo y de sus relaciones de dominio a través de la derecha neoliberal, que quiere desmantelar los derechos sociales conquistados. Se había conseguido en Europa, dice Castel, un cierto Estado Social, una universalización de los derechos sociales y de las protecciones de los trabajadores frente a los riesgos. El trabajo había sido relativamente desmercantilizado, Lo había sido al imponerse regulaciones. La lógica del capitalismo se había limitado. Pensar en una revolución imposible no es la vía adecuada en estos momentos, dice Robert Castel, desde el escepticismo de la vejez. No porque no sea deseable sino porque no es posible. Y no ser realista evita la resistencia efectiva a esta contrareforma de la derecha y el capital.

Materiales para el debate que nos ofrecía este viejo luchador. Estemos de acuerdo o no está claro que su punto de vista era honesto y comprometido, como siempre, con los oprimidos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

sábado, marzo 16, 2013

Entrevista a Josep Fontana sobre su último libro Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945

Ni siquiera el fascismo logró lo que ha conseguido el capitalismo"

El historiador Josep Fontana revisa la evolución de Occidente desde el final de la II Guerra Mundial en 'Por el bien del imperio' y concluye que esta crisis es consecuencia del neoliberalismo desatado hace 40 años

PEIO H. RIAÑO BARCELONA 19/11/2011 12:00
Tomado de http://www.publico.es/culturas/407728/ni-siquiera-el-fascismo-logro-lo-que-ha-conseguido-el-capitalismo

Josep Fontana, en Barcelona, esta semana.- Manu Fernández

Josep Fontana, en Barcelona, esta semana.- Manu Fernández

Hoy es un día importante para hacerse preguntas. ¿Por qué los derechos de los trabajadores se han quedado en ascuas en los últimos cuatro años? ¿Qué ha pasado en los últimos 50 años en el mundo? ¿Dónde ha quedado el reparto equitativo o la cohesión social? ¿Es esta crisis económica un hecho aislado o es la consecuencia de una actitud voraz sin freno ni reglas? ¿Cómo han conquistado la soberanía los más ricos? Es un día oportuno para lanzarle todas las cuestiones a la Historia, a la espera de un rebote de lucidez.

Es fácil confiar en las capacidades de la Historia para aclarar el presente, si quien ilumina es Josep Fontana (Barcelona, 1931). Desde la primera página de Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (que acaba de publicar la editorial Pasado y Presente) su autor reconoce que la obra, a la que se ha dedicado en los últimos 15 años, tiene su origen en la frustración de no haber alcanzado un mundo mejor, en las falsas promesas que a sus 14 años, con la II Guerra Mundial finalizada, les habían lanzado. "Nos garantizaban, entre otras cosas, a todos los hombres de todos los países una existencia libre, sin miedo ni pobreza. Cuando se han cumplido ya 70 años de aquellas promesas, la frustración no puede ser mayor", advierte este historiador maestro de historiadores, referencia esencial para entender el siglo XIX y, ahora, el XX.

Seis décadas después, Alemania vuelve a dominar Europa, y Estados Unidos ve cómo China amenaza su hegemonía. ¿Por qué un historiador del siglo XIX analiza los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX e incluye, en este espectacular estudio de casi 1.300 páginas, la última hora de esta crisis económica? "Porque un historiador lo primero que tiene que hacer es estar abierto, y a mí me interesan muchas más cosas que el siglo XIX. Cuando empecé a escribir el libro, la enseñanza del mundo contemporáneo en la Universidad era escasísima y más bien pobre. Me pregunté qué había pasado para que lo que entonces prometía ser un futuro espléndido no haya cuajado", cuenta a este periódico.

Reconoce que la crisis de 2008 abrió los ojos a muchos, porque entendieron que "era un fenómeno de una dimensión mucho mayor". Por eso añade que leer varios periódicos al día es necesario para entender el mundo que vives. "¿Cómo vas a entender el siglo XIX si no entiendes el mundo actual?". "Desde los años setenta hemos vivido una involución, que rompió con la evolución iniciada con la crisis de los treinta", dice. "Buena parte de las concesiones sociales se lograron por el miedo de los grupos dominantes a que un descontento popular masivo provocara una amenaza revolucionaria que derribase el sistema", describe Fontana.

"Han pasado 70 años de las promesas de la II Guerra Mundial y hoy sólo hay frustración""A partir de los años setenta, los ricos pierden el miedo. Y hoy, ¿a qué revolución van a temer los banqueros? Han perdido el miedo, y desencadenan el empobrecimiento global y el enriquecimiento de su grupo. Porque es una crisis desigual, que afecta sólo a los más pobres", cuenta. Para demostrarlo señala a los beneficios alcanzados por grupos como Citigroup o el conglomerado de lujo LVMH (Louis Vuitton y Moët Hennessy).
"Las clases dominantes han vivido siempre con fantasmas: los jacobinos, los carbonarios, los masones, los anarquistas, los comunistas. Temían unas fuerzas oscuras que medraban para un día cambiar el mundo y quitarles todo. Eran amenazas fantasmales, pero los miedos eran reales", explica. Con esos miedos los trabajadores obtenían de los gobiernos concesiones, y las clases dominantes mantener el orden social. El primero en introducir medidas de seguros sociales en Europa fue, justamente, Bismarck, con el objetivo de calmar los ánimos.

Siglo y medio de logros

Así que, para el profesor, el factor que desencadena la fase crítica, que atraviesa en estos momentos el Estado del bienestar, es la pérdida del miedo de las clases dominantes a una revuelta popular. Hasta los setenta se vivió el impulso que "permitió el reparto equitativo de sus frutos y un cierto avance de libertades". "El modelo construido en Europa como fruto de siglo y medio de luchas sociales era destruido. Ni siquiera el fascismo logró lo que ha conseguido el capitalismo", sentencia.

La prueba está en que "hay un momento en que la amenaza de una revolución subversiva del comunismo ya no existe y los poderosos entienden que ya no tienen amenazas". Esas intimidaciones, para Fontana, han permitido transformar la sociedad europea desde la Revolución Francesa hasta los años setenta del siglo XX. Justamente, una de las ideas claves de la obra de una ambición inédita en la historiografía española es la creación del aparato económico de organizaciones empresariales que se aúnan para plantarle cara a la agitación.

"Las concesiones sociales se lograron por el miedo a un descontento popular masivo y revolucionario"El presidente demócrata Jimmy Carter logra las primeras victorias para los ricos: evita la creación de una agencia de protección de los consumidores, "una de las cosas que más temen", e impide que los sindicatos vivan con la independencia con la que hasta ese momento habían trabajado. "Los demócratas empiezan a recibir ayudas de los empresarios, hasta entonces recibían dinero sobre todo de los sindicatos", explica. "Con Reagan llega el primer corte de impuestos y las primeras batallas contra los sindicatos. La señora Margaret Thatcher dará la batalla contra el sindicato de los mineros", relata.

Ahondando en la idea del control social, aclara que "el fascismo surgió en momentos en que parecía que la capacidad del capitalismo para seguir manteniendo el orden social interno estaba fallando". Es decir, que aparece como una solución de urgencia ante el peligro de ruptura social. "Por decirlo de alguna manera: el New Deal de Roosevelt es una alternativa al fascismo". ¿El miedo al fascismo dejó campo libre al capitalismo? "Sí, pero las cosas que ha conseguido lo ha hecho pactando".

Contra la resignación

La Historia es una llamada a la acción, el despertar de las conciencias, tal y como la entiende Josep Fontana. Dice haberlo aprendido de Vicens Vives, quien creía que la Historia servía "para ayudar a que las cosas funcionaran". En ese sentido, Fontana encuentra una segunda oportunidad para los historiadores en estos momentos de desorientación. "Habiendo fallado las certezas de los modelos con los que los economistas, como Greenspan, articulaban el futuro, hay que preguntarles a los historiadores qué es lo que ha ido mal para recomponer las certezas".

Avisa: esa función sólo sucederá si aceptan su función crítica, si no se dedican a "abastecer el orden establecido con legitimaciones, que es lo que ha hecho la historiografía académica". Y se queja de la falta de responsabilidad de la ciencia: "Desde 1945 a esta parte, la historiografía se ha dedicado a convencer a la gente de que todo intento de cambiar las reglas sociales conduce al desastre, lo cual es una lección de resignación incomparable. Pero eso no es lo que la historia debe hacer, en algún momento debe mover hacia el cambio. Un gramo de sensatez puede ayudar a cambiar las cosas".

"Hay que preguntarles a los historiadores qué es lo que ha ido mal para recomponer las certezas"
Ese gramo pasa por no crear falsas esperanzas para seguir caminando. Fontana prefiere hacer ver que la situación es irreversible para llamar al cambio. "Hay que combatir contra la hipnosis de la crisis, que induce a pensar que es un fenómeno de corto plazo, que se remediará. Pero esto ya dura más de 40 años y no tiene remedio fácil. ¡La ilusión de que siendo austeros va a pasar es un engaño! Cuando Esperanza Aguirre plantea que la educación no puede ser gratuita para todos mientras dure la crisis, no está pensando más que en el futuro la educación sólo la recibirá quien la pague. Las medidas de austeridad no lograrán que los cinco millones de parados de este país vayan a volver a encontrar ocupación", aclara.

Dibuja un panorama realmente duro para la generación que ahora tiene 20 y 30 años, "no tienen futuro". La protesta es inevitable. Pero en estas condiciones hay diferencias: "No es como en Mayo del 68. Los que protestaban entonces se terminaron integrando en la sociedad. Los que protestan hoy no tienen posibilidad de integración".

Por supuesto, también tiene palabras para los movimientos, "plenamente justificados", de indignación mundial. Aunque avisa de que estos movimientos no deben enquistarse en el ruido de los antiguos antisistema, porque "generarán miedo en la misma población". "La única posibilidad de cambio en estos momentos está en ellos, sólo ellos pueden hacer que el sistema vuelva a negociar para permitir una situación un poco más justa, como la que hubo entre los años treinta y setenta, para volver al menos a unas condiciones civilizadas", explica convencido.

Una izquierda frustrada

Empezamos a entender porqué nunca un libro de Historia fue tan actual. Él esperaba mucho más de la civilización occidental y reconoce sentir que, de alguna manera, nos han estafado. "Yo vengo de una izquierda frustrada varias veces. Frustrada en este país con la Transición, porque cuando estábamos en la clandestinidad esperábamos mucho más que el tipo de pacto que luego se produjo", dice. Entre las verdades dolorosas que sabemos gracias a él está la de que la Historia ni siquiera es un proceso continuo de progreso.
La Historia tampoco puede ser usada con fines propagandísticos, señala. ¿El Diccionario Biográfico Español entra en esa categoría? "El Diccionario es una muestra de la incompetencia de quienes trataron de montar eso y de instituciones como la Academia. Lo que ha salido es una muestra de lo que esa casa puede dar: un disparate. Para empezar, el proyecto mismo es un disparate. Hoy no tiene ningún sentido hacer eso. No hace ninguna falta. Es como hacer una enciclopedia, ¿quién hace hoy una enciclopedia? Estamos en un mundo muy distinto", y él lo sigue atentamente para analizarlo.

jueves, febrero 28, 2013

El vivo legado de Josep Fontana

Los objetivos reales de la guerra fría están aún hoy vigentes”, alerta el maestro de historiadores


tomado de http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/06/12/catalunya/1339482558_364796.html

Barcelona 12 JUN 2012 - 08:33 CET


Josep Fontana en un aula de la Universidad Pompeu Fabra durante su última clase. / MARCEL.LÍ SÀENZ

 
“En una carta a sus clientes más exquisitos, los responsables de la banca J. P. Morgan comunicaban el pasado julio que se obtenían márgenes de beneficios de los más altos de las últimas décadas y admitían que era gracias a la reducción de salarios y prestaciones”. Es una anécdota, claro; pero, primero, a saber cómo se ha enterado de ella el historiador Josep Fontana (Barcelona, 1931), y luego, cómo eso le sirve para liofilizarlo universal: “Entre 1973 y 2011 la productividad mundial ha aumentado un 84,4%, mientras que la retribución de la hora lo ha hecho un 10,7%; es lo que Paul Krugman llama ‘la gran divergencia”.
Durante años, hasta su jubilación en 2001, las anécdotas de Fontana provenían de una carta de Isabel II o de Fernando VII; no varió, pues, ayer la estrategia en el Máster en Historia del Mundo de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde este curso ha hablado de La guerra fría y su legado. La de ayer era la última clase y, oficialmente, de su carrera, cumplidos los 80 años.


El profesor dio un recital de citas de libros y prensa de rabiosa actualidad

Citaba a Krugman ya avanzada la sesión, calmado cierto acaloramiento por el cambio imprevisto de aula y la sorpresa de hallarse con el triple de asistentes con relación a los siete alumnos del máster; ahí estaban, entre otros, antiguos y conspicuos discípulos (los historiadores Eva Serra, Jaume Torras, Joan Fuster, Josep Pic y Joaquim Albareda); hacerle eso a él, hombre de costumbres y tan puntual.., “como mínimo, haberme avisado del cambio de aula”, les regañó. Pero es que era su última clase: “¡Oh, qué cosa! Sí, maestrazgo, ¡y tanto!”, lanzaba como cortafuegos para frenar elogios.

Como se debía a los alumnos “consumidores”, sacó raudo el reloj y desenfundó un buen número de folios. “Siempre suele medio leer las clases”, constataba una alumna, tan sorprendida como el profesor por la ínclita asistencia.

Con los dedos meñiques encajando al milímetro las hojas de su discurso, Fontana recordó que su generación creció con la lógica de que “el progreso es el motor de la historia”, pero que “no ha sido un regalo de las clases dominantes, sino fruto de su temor a las revoluciones y las huelgas de principios del XX”. Libros recentísimos (“él es quien aún hoy hace los pedidos de la biblioteca; tiene un ojo infalible: nunca caducan”, admitía un profesor en voz baja) o textos privados de Eisenhower (pero ¿de dónde los saca?) iban trufando la evolución del “engaño más grande inventado en la historia”: la amenaza militar y comunista de la URSS. Trago de agua fría directamente de la botella, necesario pero dominando el escenario: “Los objetivos reales de la guerra fría están vigentes: garantizar la libertad de acceso a materias primas y mantener el control dentro de las sociedades occidentales”.

Agitando una u otra mano, Fontana enlazó como tácitamente todos esperaban, su discurso con su último libro, Por el bien del imperio, y con la actualidad. La conciliación entre clases dirigentes y proletariado iniciada en 1917 muta desde 1975 en un “desmembramiento a conciencia” del Estado de bienestar. “Las clases dominantes no dormían tan tranquilas por primera vez desde 1789”, lanzó en una de sus sibilinas andanadas.

“Lamento la suerte de los que os quedáis más que la mía; hay que luchar por muchas cosas ahora”
A partir de ahí sacó su arsenal preferido: artículos de The Economist, The Guardian, The New York Times de los últimos meses y semanas, alguno “descolgado esta mañana”, como el de Krugman, y mucho Stiglitz (“es un superdotado: por capacidad de análisis y síntesis”, decía otro veterano) iban trufando infinitas conexiones: que si el déficit de los países del sur de Europa se ha producido “en los últimos cuatro años por absorber deuda privada fruto de especulaciones puras; vamos, el caso Bankia, que no se ha hundido por hacer escuelas y hospitales”; que “autoridad y represión van juntos”; que “el déficit es solo excusa para desmontar el Estado de bienestar”... En fin, que en los últimos 35 años “entramos en una nueva etapa” que demuestra que “la historia también puede ser regresión”.

La clase fue corta (55 minutos) y Fontana atajó los aplausos rápido: “Mañana haré lo de siempre”; o sea, ir al despacho, que mantendrá, y atender a alumnos. “Lamento la suerte de los que os quedáis más que la mía; hay que luchar por muchas cosas ahora”, dijo, enlazando así con la última frase de su lección magistral: “El estudio de la historia ha de ayudar a crear una conciencia de la historia”. Mejor que él en eso, pocos. O nadie.

lunes, febrero 25, 2013

PAULINO GONZALEZ VILLALOBOS. (1944-1988) IN MEMORIAM







Hace 25 años (1 de enero de 1988) murió trágicamente el historiador Paulino González Villalobos uno de los científicos sociales más inquietos de lo que el mismo denominó Nueva Historia en Costa Rica.

Sirva este espacio para recordar a un historiador e intelectual inquieto, propositivo, y de gran conciencia crítica.   Gracias a sus formas de pensar y concebir el mundo,  le permitió a González Villalobos incidir en varios historiadores  que siguen encontrando en su figura una forma de hacer historia comprometida con la realidad social en que se circunscribe;  con sus formas de debatir el conocimiento histórico y con su forma de promover una historia abierta, critica, plural y sin censuras.

Los que pudieron conocer a Paulino González siempre lo retratan como un historiador e intelectual que tenía el don de hacer que las personas que lo trataban se sintieran más que cómodas.  Al parecer era de esas personas que animaban a pensar y a desarrollar proyectos de investigación con libertad,  tanto entre sus estudiantes como colegas.  La mayoría lo recuerdan como un académico que hacía sentir  a las personas que sus proyectos eran respetables,  convenientes, dignos, o simplemente atractivos, y que  al mismo tiempo aplicaba la rigurosidad teórico metodológica en sus comentarios.

Por ello al mismo tiempo que veía atractivos los proyectos de investigación los  apoya  y espera el mejor esfuerzo del investigador.  En suma, la gente lo retrata como esos maestros de la academia y de la vida.

Su carácter de maestro se evidenciaba en todas las dimensiones.  Como académico se indica que siempre fue un camarada, un colaborador y un promotor de ideas y proyectos  antes que un competidor egoísta o descalificador de proyectos.  Como ser humano fue humilde, respetuoso y comprensivo  dejando  de lado la arrogancia, la soberbia y el egocéntrico que a veces permean en las comunidades científicas.  En el ámbito de las  prácticas cotidianas  siempre se destacó por ser un ejecutor de ideas y proyectos, más que un operador o docente déspota, como los que dominaban la época de la educación instruccioncita.  En sus polémicas, discusiones y debates se caracterizaron por ser enérgicas,  pero alegres, propositivas y encantadoras antes que pesimistas o  deprimentes,  como suele ocurrir con el intelectual anodino o que tiene poco que decir. Finalmente, consigo mismo, González Villalobos fue un perfeccionista que pasó el mismo por una crítica y autoevaluación personal,  antes que achacar la insatisfacción a otros,  permitiendo con ello que proyectos, ideas y sugerencias avanzaran.  En fin, un maestro que todos desean tener a su lado.

Por todo lo anterior y recordando a este gran  intelectual, el Centro de Investigaciones Históricas de América Central pone a disposición de todos los interesados decenas de documentos  de investigación del profesor Luis Paulino González Villalobos para que sirvan no solo de recordatorio a su memoria, sino que también sean útiles para retomar su valiosa agenda de investigación.   Así, nos atrevemos a adjuntar un inapreciable inventario desarrollado por Eugenia Rojas en el año 2000.




Finalmente, para las futuras generaciones de historiadores también adjuntamos un bello artículo que se hizo  en su momento en Anuario de Estudios Centroamericanos, Vol. 14 (1988).  http://revistas.ucr.ac.cr/index.php/anuario/article/view/3264/3170 y dos de sus obras localizadas en el repositorio  Rafael Obregón son:



Agradezco la gran ayuda del Dr. Guillermo Carvajal con sus fotografías y charlas que orientaron este rescate documental

Autobiografía de un historiador que nunca se ha puesto unos vaqueros. Reseña de "Años interesantes. Una vida en el siglo XX" de Eric Hobsbawm

 
Autobiografía de un historiador que nunca se ha puesto unos vaqueros

El Viejo Topo

Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43629
 

Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX. Crítica, Barcelona 2003. Traducción de Juan Rabasseda-Gascón, 411 páginas.

Hay tres razones básicas iniciales para recomendar la lectura atenta de estos Años interesantes (AI) de Eric Hobsbawm (EJH) -tal vez, como ha señalado Orlando Figes, el historiador vivo más conocido del mundo-: la primera razón, apuntada por Perry Anderson, aparece en la contraportada de la edición castellana: las cualidades de este ensayo son tales que “es casi imposible leerlo sin relacionarlo enseguida con su obra de historiador. Nos encontramos con una especie de quinto volumen [los cuatro son sus “Eras”], escrito en un registro más personal, de un proyecto continuo que podría llamarse simplemente “la Era de EJH”.” Quien haya leído cualquiera de los cuatro volúmenes a los que se refiere Anderson (o todos ellos), comprenderá que no hay mejor recomendación concebible que la apuntada por el autor de Las antinomias de Gramsci. Estamos ante una nueva vuelta por el siglo XX de la mano del autor de la Historia del siglo XX. La segunda razón es visual: el curioso semblante de EJH en la fotografía de la portada, y su no menos singular gesto, pide a gritos susurrados sumergirse en la lectura de la autobiografía de un historiador -que sigue sosteniendo que el comunismo continúa vigente como motivación y como utopía-, cuya vida se inició en Alejandría en 1917, transcurrió en Viena y Berlín durante años decisivos para la historia europea, para desembocar algo más tarde en Londres y Cambridge. Finalmente, en tercer lugar, porque AI pertenece a la excelente aunque escasamente amueblada categoría de libros que exigen una relectura inmediata después de haber sido leído por primera vez y una localización no muy alejada de la mesa de estudio, sea cual sea el estudio en el cual uno (o una) se encuentra o encontrará inmerso.
Estas tres razones esenciales, sucintamente explicitadas, pueden ser fundamentadas con algo más de espacio mediante el siguiente decálogo:
1. Años interesantes es presentado por Hobsbawm como una autobiografía y es, efectivamente, una autobiografía.
No hay aquí ninguna vacía tautología. La cantidad de publicaciones (o afines) presentadas como biografías o autobiografías pero que, en el mejor de los supuestos, son de hecho narración descuidada, ficción urgente, especulación interesada, justificación política, re o deconstrucción histórica, desvarío ególatra, negocio, apuesta o cálculo textil-industrial, etc. -largo etcétera-, se aproxima, según los últimos y documentados estudios conocidos, al tercer elemento de la serie aléfica de los infinitos. AI no está ni puede estar incluido, bajo ningún punto de vista y sea cual sea la perspectiva de análisis, es ese denso, poco veraz y escandaloso dominio.
2. La modestia no postiza que acompaña al autor.
No es frecuente encontrar negro sobre blanco, ya en los compases iniciales de la narración (p.9), y más tratándose de un ensayo de uno de los grandes científicos sociales de los siglos XX y XXI, una reflexión tan prudente como la reflejada en el siguiente apunte:
“(...) si por lo que fuese mi nombre desapareciese completamente de la vista, como ocurrió con la lápida de mis padres en el Cementerio Central de Viena que hace cinco años anduve buscando en vano, no se produciría ninguna laguna en el relato de lo sucedido en la historia del siglo XX, ni en Gran Bretaña ni en ninguna otra parte”.

E, igualmente, refiriéndose a su trabajo y éxito como historiador en los años sesenta:
“(...) Ese fue el motivo del triunfo a mediados de los años sesenta de la maravillosa obra La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E.P.Thomson, que elevó a su autor, con todo merecimiento, pero para sorpresa general, a la fama internacional prácticamente de la noche a la mañana. Durante algún tiempo los profesores de más edad se quejaron de que los estudiantes no leían prácticamente ningún otro libro. Yo no tenía ni el genio de Edward ni su carisma ni sus ventas, pero también escribía sobre los temas, y con los mismo sentimientos, que atraían a los lectores universitarios radicales” (p. 282).

O, finalmente y transitando por el mismo sendero, al hacer referencia a su marxismo juvenil, EJH no nos oculta que:
“Mi marxismo era, y en cierta medida sigue siendo, el adquirido a partir de los únicos textos entonces disponibles fuera de las bibliotecas universitarias, las obras y las antologías de los “clásicos” distribuidas sistemáticamente, publicadas (y traducidas en ediciones locales fuertemente subvencionadas) bajo los auspicios del Instituto Marx-Engels de Moscú” (p. 97). [cursiva mía]

3. Joyas dispersas en las páginas de AI.
Botón de muestra. En los momentos finales de uno de los capítulos más hermosos de AI (“Un niño en Viena”, pp.19-33), EJH da cuenta de un réplica de su madre ante un comentario suyo sobre el comportamiento de un familiar: “Nunca hagas nada, ni por asomo, que dé la impresión de que te avergüenzas de ser judío.” Hobsbawm señala que, desde entonces, ha intentado llevar siempre este principio a la práctica, “aunque a veces suponga verdaderamente un esfuerzo muy arduo, a la luz de la actuación del gobierno de Israel” (p.33). La condición asumida de “judío no judío”, no de “judío renegado”, no impide al autor de La era de la revolución señalar, con coraje cívico modélico y razonable, que:
a) No ve que existan razones ni que tenga la obligación moral de observar las prácticas de una religión ancestral.
b) Mucho menos, desde luego, la de servir ciegamente a una pequeña nación-Estado militarista y políticamente agresiva.
c) Ni incluso asumir la postura del judío que, con la fuerza de la Shoah, señala Hobsbawm, “afirma ante la conciencia mundial unos derechos exclusivos como víctima de una persecución. El bien y el mal, la justicia y la injusticia, no puede abanderarlos ni un sola raza ni una única nación” (p.33).
4. Las reflexiones históricas documentadas como marco del relato.
Los ejemplos son constantes, dado que EHJ no ha pretendido escribir un relato autobiográfico donde el ámbito personal degenere en cotilleo, en detalle insustancial o en chafardería televisiva, pero si tuviese que escoger algunos de ellos no tendría apenas dudas: los capítulos cuarto (“Berlín: la muerte de la república de Weimar”) y quinto (“Berlín: marrón y roja”) no sólo son buenos sino que son excelentes. Así, las páginas dedicadas a su temprano compromiso político o a la tesis (¿tesis?) del socialfascismo son de lectura obligada. Los momentos, las circunstancias vividas eran, además, tiempos difíciles, muy difíciles:
“(...) El reparto de propaganda electoral a favor del KPD no era cosa de broma, especialmente durante los días posteriores al incendio del Reichstag. Tampoco lo era votar comunista, aunque el 5 de marzo esa siguió siendo la opción de más de un trece por ciento del electorado. Teníamos derecho a tener miedo, pues no sólo arriesgábamos nuestra piel sino también la de nuestros padres” (p. 79).

5. All that jazz!
EJH fue crítico musical con seudónimo en el New Statesman and Nation y autor de un documentado libro sobre jazz (The Jazz Scene). En AI nos regala comentarios de interés, dispersos aquí y allá, en absoluto obviables, de una música “con una fuerte capacidad de emocionar” y que, como ha señalado él mismo, en repetidas ocasiones, le abrió en su faceta de historiador un campo de análisis histórico de sumo interés para su aproximación y entendimiento de los fenómenos culturales populares. Aunque de hecho, señala Hobsbawm, el jazz no es una música popular, una curiosa melodía de Cole Porter sobre amor y revolución (p.118) acompañó sus combativas actividades políticas universitarias en la década de los treinta.
La misma elección del seudónimo para sus críticas musicales no fue casual:
“(...) escribí bajo el seudónimo de Francis Newton, en homenaje a Frankie Newton, uno de los pocos músicos de jazz del que se sabe que era comunista, un trompetista excelente, aunque no una superestrella, que tocó con Billie Holliday en la maravillosa sesión de Commodore Records de la que saldría ‘Strange Fruit’ ” (p. 212).

6. Cambridge.
Los capítulos 7 y 8 están dedicados a narrar su experiencia en la Universidad de Cambridge. Nada de ellos merece ser pasado por alto. Sus referencias a John Cornford, James Klugmann, J.D.Bernal -a pesar de ser “totalmente negado para la música” (p.173)- o Margot Heinemann son exquisitas. De esta última -“una de las personas más increíbles que jamás he conocido”-, EJH comenta:
“(...) A través de una vida ejemplar, con sus consejos y su sentido de la camaradería, tuvo probablemente más influencia en mí que cualquier otra persona que haya conocido” (p. 120).

7. Las razones de una militancia.
EJH se hizo comunista en 1932, si bien no ingresó en el partido hasta su llegada a Cambridge en 1936. Permaneció en él durante medio siglo. En las páginas 125-145 da cuenta de esta experiencia política decisiva en su vida, si bien admite que “la cuestión de por qué tantos años de militancia es a todas luces procedente en una autobiografía, pero no es de interés histórico general” (p.125). Para mostrar la importancia decisiva del movimiento en la historia del siglo XX, EJH sostiene que “no ha habido un triunfo de una ideología comparable desde las conquistas (más lentas y menos globales) del islam en los siglos VII y VII de nuestra era” (p.125). Su admiración por el comunismo italiano, en sus varias tendencias (Togliatti, Amendola) es patente en sus reflexiones. Tampoco son marginales sus comentarios al “maravilloso poema de Brecht, An die Nachgeborenen [A los hombres futuros]”.
Igualmente es de cita obligada este pasaje sobre un mitin de la Pasionaria en el París de 1936:
“(...) Aun así, los discursos no son una parte significativa de mis recuerdos como comunista, con la excepción de uno que tuvo lugar en Paris durante los primeros meses de la guerra civil española pronunciado por Dolores Ibárruri, La Pasionaria, un discurso extenso, ella vestida de negro, como una viuda, en medio del silencio cargado de tensa emoción de la abarrotada pista cubierta del Velódromo de Invierno. Aunque apenas nadie del público comprendiera el español sabíamos perfectamente que nos decía...” (p. 130)

Los retratos de Georgi Dimitrov (“si no abandoné el partido en 1956 fue, entre otras cosas, porque el movimiento producía este tipo de hombres y mujeres” (p.136)) y de Ephraim Feuerlicht, Franz Marek -“probablemente no haya otro hombre por el que sienta tanta admiración”, p.137- están entre lo mejor de este capítulo.
8. Retratos de contemporáneos.
También aquí son numerosos los ejemplos que deberían apuntarse. Si tuviera que escoger entre ellos, no vacilaría: las páginas dedicadas a E.P.Thomson (pp.201 ss), la breve referencia a B. Russell (p.219) o su reflexión sobre el ex-líder del partido laborista Tony Benn (pp.250-251) estarían en mi antología de clásicos coetáneos vistos por EJH.
9. Su aproximación al nuevo laborismo.
EJH que en absoluto mantiene ni ha mantenido posiciones políticas digamos radicales en sus últimos años, apunta con esmero crítico a las tortuosas políticas del partido laborista británico del último período. Es de lectura obligada en este campo el cap.16 (“Un observador político”) y especialmente las págs.256-257 donde Hobsbawm argumenta, con neta moderación, sobre el sentido de sus observaciones críticas: el llamado nuevo laborismo merece ser discutido no por la aceptación realista del marco en el que se interviene políticamente, “sino por aceptar demasiados presupuestos ideológicos de la teología económica del mercado libre dominante” (p.256), entre ellos, y fundamentalmente, la creencia según la cual la gestión eficaz de los asuntos sociales sólo puede conseguirse a través de la conducta y comportamiento empresarial.
10. La ecuanimidad de juicio.
Basta para ello seguir con atención las varias aproximaciones de EJH a la fenecida República Democrática Alemana (p.52 y ss), o la equilibrada aproximación a Mijail Gorbachov (pp.258-259) o los capítulo dedicados a Francia (“La Marsellesa”, cap.19) o España e Italia (“De Franco a Berlusconi”, cap.20).
En síntesis: el lector está ante la autobiografía, excelentemente escrita, de unos de los grandes historiadores vivos, con vida apasionante y comprometida, sin tendencia alguna al detalle personal inesencial y que señala la paradoja de que después de medio siglo de guerra fría anticomunista los únicos movimientos que han causado muerte entre ciudadanos en el territorio del Imperio son sus propios fanáticos de la derecha extrema y los fundamentalistas sunnitas que otrora financió deliberadamente el “mundo libre” contra los soviéticos” (p.259). Por eso, concluye Hobsbawm, la humanidad tal vez tenga que lamentar que, ante la alternativa socialismo o barbarie proclamada por Rosa Luxemburg, la decisión tomada por los élites dirigentes parece apoyar la segunda opción planteada por la revolucionaria alemana. Por eso, finaliza Hobsbawm s relato, señalando:
“Pero no abandonemos las armas ni siquiera en los momentos más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo” (p.379).