jueves, abril 08, 2010

La canonización de Carter desde la visión de un historiador


La canonización de Carter

Público


El jurado del Premio Internacional Catalunya, concedido por la Generalitat, ha decidido otorgar el de este año a Jimmy Carter. Era difícil elegir peor. Carter fue un presidente incompetente –los miembros de su Gobierno hacían chistes a costa de su ineptitud, como “el presidente hace el trabajo de dos hombres: Laurel y Hardy”– y fue rechazado al presentarse a la reelección (algo que sólo les ha sucedido a otros dos candidatos en los últimos 65 años) porque había dejado el país en una desastrosa situación económica.
Es cierto que recibió el Premio Nobel de la Paz –como Henry Kissinger, Anwar al-Sadat, el terrorista Menajem Begin y algunos otros malhechores internacionales– y que ha dedicado sus últimos años a la causa de la paz, pero no fue esto lo que caracterizó su política exterior mientras estuvo en el poder, cuando seguía ciegamente los consejos de su asesor, Zbigniew Brzezinski, con quien el presidente se veía cuatro o cinco veces al día y que le acompañaba en sus viajes al extranjero.
Sadat y Begin fueron precisamente los protagonistas de una de sus supuestas hazañas pacifistas, los acuerdos de Camp David de septiembre de 1978, que llevaron a la firma de un tratado por el que Egipto reconocía al Estado de Israel y este le devolvía la península del Sinaí, a cambio de recibir 3.000 millones de dólares en préstamos para construir nuevas bases en el desierto de Negev. El tratado no significó avance alguno por el camino de la paz: era un acuerdo bilateral, que no contenía ninguna garantía real para los palestinos (Begin se negó a suspender la construcción de asentamientos judíos en la orilla occidental). Servía únicamente para acabar con los enfrentamientos entre ambos países y para poner a Egipto firme e inalterablemente en la órbita norteamericana.
Carter respaldó a dictadores como Zia-ul-Haq de Pakistán o a Pol Pot: Estados Unidos votó en la ONU el 21 de septiembre de 1979 a favor de que su Gobierno, desalojado ya del poder por los vietnamitas, siguiese siendo considerado como legítimo representante de Camboya, lo cual le permitió proseguir su labor de genocidio en las zonas que seguía controlando, ante la indiferencia general.
Como admirador que era del Sha de Irán, a quien se proponía vender reactores nucleares, Carter pronunció en Teherán un discurso en que dijo: “Irán, a causa del liderazgo del Shah, es una isla de estabilidad en una de las regiones más turbulentas del mundo. Esto es un gran tributo para vos, majestad, para vuestra política y para el respeto, admiración y amor que os tiene vuestro pueblo”. Al cabo de un mes comenzaron los disturbios que acabaron con la expulsión del soberano.
Sus errores se completaron en este caso con el fracaso de la operación de rescate de los rehenes de la embajada norteamericana en Teherán: un complicado plan al estilo cinematográfico, que acabó en un espantoso ridículo, con siete aeronaves destruidas y ocho soldados muertos, cuyos cadáveres quedaron abandonados sobre el terreno. Su secretario de Estado, Cyrus Vance, dimitió indignado por esta disparatada operación, que el presidente y su consejero habían fraguado a sus espaldas.
Pero el mayor de sus errores fue el de Afganistán. Sabiendo que los soviéticos estaban preocupados por lo que allí ocurría, Brzezinski le propuso intervenir con el fin de provocar una respuesta de los rusos y “dar a la Unión Soviética su guerra de Vietnam”. El 3 de julio de 1979, seis meses antes de la invasión soviética, Carter firmó la autorización para dar ayuda a los grupos islamistas afganos.
Poco después Brzezinski viajó a Pakistán, donde estableció acuerdos con Zia-ul-Haq para que diese pleno apoyo a los islamistas, y pasó en su regreso por Arabia Saudí, donde llegó a un pacto para que los saudíes colaborasen en la ayuda a los mujahidin, lo que vino a significar que cada uno de los dos “socios” gastase a la larga más de 3.000 millones de dólares en la financiación de la guerrilla. “Durante los años ochenta –explica Milton Bearden, que fue responsable de la oficina de la CIA en Pakistán– la compañía proporcionó cientos de miles de toneladas de armas y de material militar a Pakistán para que se distribuyesen entre los rebeldes afganos”.
Años más tarde el propio Brzezinski, que mentía al sostener que la aventura afgana se había iniciado en respuesta a la invasión rusa, puesto que su gestación era anterior, resumía así su estrategia global: “La administración Carter no sólo decidió de inmediato apoyar a los mujahidin, sino que organizó una coalición que abarcaba Pakistán, China, Arabia Saudí, Egipto y Reino Unido en favor de la resistencia afgana. De igual importancia fue la garantía pública norteamericana de la seguridad de Pakistán contra cualquier ataque militar soviético, con lo que se creó un santuario para las guerrillas”. Y así seguimos hoy, tras 30 años de un conflicto que ha desbordado sus fronteras iniciales para convertirse en una amenaza mundial.
El motivo principal por el que Carter pasará a la historia contemporánea será probablemente el de haber sido el principal artífice de la creación de la alianza islamista internacional que es hoy el principal objetivo de la llamada “guerra contra el terror”.
Los miembros de los jurados que atribuyen premios internacionales deberían tener unos mínimos conocimientos de la historia de su propio tiempo.
Josep Fontana es historiador
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1939/la-canonizacion-de-carter/

martes, abril 06, 2010

Dando vueltas al Asunto: El historiador al desnudo

Dando vueltas al Asunto: El historiador al desnudo

por José M. García Leduc tomado de http://www.uprh.edu/exegesis/ano10/29/Garcia_Leduc.html




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José M. García Leduc es puertorriqueño, Doctor en Historia y Catedrático del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Colegio Universitario de Humacao. Ha realizado estudios en la Universidad de Puerto Rico, el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y The Catholic University of America en Washington, D.C. Es colaborador de varias revistas como The Americas (Washington D.C.) y Exégesis, de cuya Junta Editorial es miembro.

El pasado 28 de enero de 1997 fuéinvestido por la Junta Académica del CUH con la distinción conocida como Lección Magistral.

El presente texto fue el discurso magistral pronunciado en esa ocación.

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Agradezco la generosidad de la honorable Junta Académica por concederme esta ‘lección magistral’ y asimismo agradezco también la generosidad de la Junta Editora de Exégesis por concebir y sugerir su otorgación como culminación a la celebración del Décimo Aniversario de la revista oficial del Colegio Universitario de Humacao. En los treinta-y-cuatro años de existencia de esta institución, Exégesis ha sido uno de los proyectos más acariciados, logrados y exitosos. La revista es hoy motivo de orgullo para el Colegio Universitario de Humacao y para la Universidad de Puerto Rico. Esto gracias a la dedicación y esfuerzos de los compañeros que durante estos diez años han constituido su Junta Editora, al constante y decidido apoyo de la Facultad, las honorables Junta Académica y Junta Administrativa y, desde luego, los Rectores del Colegio Universitario de Humacao: doña Elsa Berríos de Santos, don Félix Castrodad y don Roberto Marrero Corletto



Las lecciones magistrales, por su parte, son parte esencial de la tradición universitaria. Estimulan el quehacer intelectual y fortalecen la solidaridad y el sentido de identidad de los universitarios. Reitero el más profundo y sincero agradecimiento por la distinción de dirigirme a la Facultad que me honro en pertenecer desde el 1966.

Recientemente el compañero doctor Roberto Mori me preguntó cómo marchaba la ‘lección magistral’ y le contesté que estaba ‘dando vueltas al asunto’. Éste me sugirió que ese sería un magnífico título porque generalmente “después de dar vueltas al asunto se llega al punto”. Después de meditar sobre su perspicaz observación escogí el estrambótico título que describe muy bien mi estado de ánimo cuando me sorprendió la noticia sobre la ‘lección magistral’. El subtítulo alude al punto que voy a desarrollar.

Los treinta años de mi vida profesional han sido dedicados a la docencia y a la práctica modesta del ‘oficio’ de historiador, como lo llamó el ilustre historiador francés Marc Bloch 1. Reza el conocido refrán ‘zapatero a los zapatos’. Así, pues, después de ‘dar vueltas al asunto’ finalmente llegué al punto.

Voy aprovechar esta solemne ocasión para reflexionar sobre el ‘oficio’ de historiador y su quehacer: la construcción del conocimiento histórico. Reflexión vivencial enriquecida por el diálogo con mis estimados compañeros y maestros del Departamento de Humanidades.

Tomo como punto de partida las siguientes palabras del distinguido historiador británico Raphael Samuel señalando que:

Los historiadores no son dados, al menos en público, a la introspección sobre su trabajo, y exceptuando los momentos solemnes, como las conferencias inaugurales, por ejemplo, evitan la exposición general de sus objetivos. Tampoco intentan teorizar sus investigaciones. Sospechan de la ortodoxia, no les gustan las abstracciones y nada los hace más felices que poner en duda las opiniones recibidas o multiplicar las excepciones a la regla. Cuando se enfrentan a dificultades conceptuales buscan instintivamente los ‘hechos’ y, en vez de malgastar el tiempo en especulaciones filosóficas, prefieren poner manos a la obra. Ante todo se

consideran a sí mismos como investigadores... Los problemas de la historiografía --es decir, de la construcción del conocimiento histórico-- por lo general se dejan al cuidado de los filósofos, mientras los historiadores defienden su causa, como dijeron los fundadores de los Annales, ‘no por medio de artículos y disertaciones metodológicas, sino recurriendo a ejemplos y hechos’.2

Hoy se valida , por lo menos en apariencia, el primer señalamiento del fundador del famoso History Workshop, pues esta es una ocasión solemne. Sin embargo, me parece que la reticencia a la reflexión pública sobre la naturaleza de su ‘oficio’ se debe a que la delegan en los historiadores de mayor renombre, como es el caso de Samuel, porque son los que mejor lo representan y porque son los que disfrutan de una mayor exposición pública. No creo sea por descuido o inercia.

Las palabras de Samuel constituyen una caracterización, en ocasiones caricaturización, que abunda sobre limitaciones o defectos de los historiadores. Voy exponer mi lectura de algunos de sus señalamientos como un ejercicio de reflexión fiel a su requerimiento.

Primeramente, debo aclarar que algunos de los defectos acusados por Samuel, eran considerados virtudes que el historiador debía poseer cuando tomé mi primer curso de historiografía en 1965 en el Recinto Universitario de Río Piedras. Que conste que hago la observación como un reconocimiento del hecho y no como un reproche o abjuración pública de aquella enseñanza para congraciarme con la cosmética de las modas vigentes en la historiografía actual.

En realidad, el objetivo de aquel curso era entrenar investigadores más que formar historiadores. Esto lo ilustra el texto utilizado, el manual de Jacques Barzun y Henry F. Graff, The Modern Researcher (New York: Harcourt, Brace and World, Inc., 1962), que en el subtítulo se describe como “An instructive and urbane manual on how to gather and organize facts, check their accuracy, and report the findings simply, clearly, and gracefully.” Texto de un marcado carácter empirista o positivista preocupado casi exclusivamente por las técnicas de investigación y por la exaltación de la ‘objetividad pura’ como el valor más sagrado para el investigador.

Hoy puedo apreciar que esa noción de ‘objetividad’, aunque noble y bien intencionada, es para el historiador una ilusión o pretensión irrealizable. He aprendido a reconocer y a reconciliarme con el hecho que el historiador al investigar el pasado no puede anularse a sí mismo y que en la construcción histórica existen ‘mediaciones’ que impiden la neutralidad u ‘objetividad pura’ venerada por los historiadores positivistas en su empeño por hacer de la historia ‘una ciencia’ con una metodología de investigación lo más parecida posible a la metodología de las ciencias naturales.

Temprano en el siglo XIX Hegel (n. 1770-m. 1831) alertó incisivamente sobre lo ilusorio de esta pretensión observando que:

El historiador vulgar y mediocre que cree y pretende que su actitud es puramente receptiva, que se somete a lo que le es dado, en ningún momento es pasivo en su pensamiento, ya que aporta sus categorías y contempla los hechos a través de estas.3

Lamentablemente la historiografía positivista omitió esta temprana y saludable advertencia insistiendo en la fantasía de la ‘objetividad pura’ muchos años después de Hegel enunciarla. Dicho sea de paso que las palabras de Hegel no contemplan una descalificación general del conocimiento histórico aunque así pueda parecer a los practicantes del ‘oficio’ aún aferrados a esa ilusión. Todo lo contrario, pues como señala el Dr. Eliseo Cruz Vergara, Hegel fue “el primer pensador moderno que, con plena conciencia, defiende la posición de un conocimiento propio para la historia...”4

Relacionado con el importante y controversial asunto de la ‘objetividad’, es pertinente tomar en consideración el análisis que en años recientes hizo el filósofo francés Paul Ricoeur quien afirmó sin ambages que “la objetividad pura es una ficción”. Esto porque el historiador es parte de la historia que estudia y no puede aunque quisiera prescindir de su subjetividad cuando intenta conocer su objeto de estudio. Sin embargo, Ricoeur advierte que esa subjetividad es inherente al proceso del conocimiento y que, por lo tanto, no es en sí misma mala. Se convierte en mala solamente cuando el historiador permite que sus intereses y parcialidades deformen el conocimiento que aspira construir. Concluyendo que la objetividad que pretende el historiador no puede ser resultado de un intento de anularse a sí mismo porque es imposible, sino de un compromiso moral para evitar que sus intereses deformen o perviertan el resultado de su trabajo. Por lo que de acuerdo a Ricoeur, la objetividad es para el historiador un compromiso e imperativo moral y no un simple requerimiento metodológico.5

Ingeniosa y alentadora transposición que arroja por lo menos una gota de optimismo sobre este asunto que ha causado, y causa aún, tantos dolores de cabeza a los practicantes del ‘oficio’. Porque la objetividad es una preocupación omnipresente, difícil de soslayar e imposible de ignorar por el historiador que practica su ‘oficio’ responsablemente.

Regresando a nuestro punto de partida, parece a primera vista que a Raphael Samuel le preocupa que “ante todo los historiadores se consideren a sí mismos investigadores”. En lo que a mí respecta esto no constituye motivo alguno de preocupación. Todo lo contrario, pues estoy convencido que el ser investigador es un componente esencial del historiador y un elemento imprescindible de su quehacer. En la investigación radica la raíz misma del conocimiento histórico. Afirmar lo contrario es negar la subyacente etimología del vocablo historia, que en griego significa investigar; o despreciar la temprana definición de la disciplina por sus primeros practicantes en la Antigüedad clásica: Herodoto y Tucídides.6

Nadie se alarme o inquiete porque haya retrocedido cerca de 2 mil 500 años para fundamentar el juicio anterior. Pero si ese es el caso conviene tomar en consideración la siguiente observación del distinguido historiador italiano Arnaldo Momigliano, quien señala que:

Herodoto se encuentra aún presente entre nosotros por su método de estudiar el presente y el pasado aprovechando la evidencia de la tradición oral. Lo curioso es que Herodoto se haya verdaderamente convertido en padre de la historia en tiempos relativamente recientes.7

Herodoto fue quien primeramente empleó el término historia en su acepción actual como investigación y relato escrito de lo acontecido.8

La investigación es una constante indispensable en el quehacer del historiador desde sus primeros practicantes en la Antigüedad clásica hasta los más distinguidos practicantes contemporáneos del ‘oficio’. Así, por ejemplo, el gran medievalista e innovador historiador francés fallecido recientemente Georges Duby9, no dejó lugar a dudas sobre la indispensabilidad de la investigación para la construcción histórica en el interesante diálogo que sostuvo con el filósofo Guy Lardreau sobre la naturaleza de la disciplina histórica.10

Según Duby el historiador trabaja con las huellas o rastros, reales o imaginarios, dejados por los seres humanos y las sociedades en el espacio a través del tiempo. Estas radican en el paisaje o en el subsuelo, en los archivos o en las bibliotecas donde el historiador las encuentra en su búsqueda, indagación o investigación. En otras palabras, que para encontrarlas, interrogarlas, relacionarlas entre sí, el historiador primero tiene que buscar esas huellas. Aunque sea quien en última instancia le asigne desde su subjetividad un valor histórico, el historiador “no puede borrar estas huellas conscientemente... y está obligado a insinuar su invención, su parte de imaginación y creación.”11

Así, pues, me parece que el señalamiento de Raphael Samuel no tiene la intención de negar o restar importancia a la investigación en el quehacer del historiador o en la construcción del conocimiento histórico. Su objetivo parece que es otro, a saber: rechazar la pretensión de algunos historiadores de que son sólo investigadores excluyendo de paso la reflexión y teorización de su quehacer. Si ese es el caso concuerdo con la crítica de Samuel a esta posición, pues la reflexión y la teoría no deben enajenarse a priori del quehacer historiográfico.

En primer lugar, debe establecerse que la reflexión es fundamento indispensable en toda investigación seria. Debe radicar en el principio y en el final de toda investigación bien concebida para asegurar su pertinencia y relevancia. El qué se investiga debe siempre descansar sobre el por qué y el para qué se investiga. En otras palabras, que lo que se investiga no debe ser resultado de una elección accidental o superficial, sino consecuencia de una determinación fundamentada en la reflexión sobre su importancia y significación.

El filósofo español Julián Marías descubrió esa primera reflexión en el quehacer historiográfico de Herodoto. Señala que a partir de Herodoto la historia se define como “una disciplina de lo memorable” que “intenta que no pase todo lo que ha pasado, que se salve la memoria de algunas cosas, superando su constitutiva caducidad”.12 Pretensión que realiza el historiador seleccionando del pasado aquello que considera importante y, por lo tanto, que merece recordarse. Selección que descansa sobre juicios de valor que suponen esa primera reflexión que constituyen el a priori de la construcción histórica.

El resultado de toda investigación histórica debe igualmente conducir a una reflexión final que debe superar el mero listado de conclusiones. El historiador no debe rehuir este juicio de valor sobre el pasado que decidió recordar. En su polémico pero relevante libro Miseria de la teoría, Edward P. Thompson señala al respecto que:

Sólo nosotros, los que ahora vivimos podemos dar un “sentido” al pasado. Ahora bien, este pasado siempre ha sido, entre otras cosas, resultado de un razonamiento de valores. Al recuperar ese proceso, al mostrar cómo aconteció realmente la secuencia causal, debemos, hasta donde la disciplina lo permita, mantener nuestros juicios de valores en suspenso. Pero una vez recuperada esta historia quedamos en libertad para expresar nuestros juicios sobre ella.13

A lo que el influyente historiador británico, autor del clásico The Making of the English Working Class, añade que en un sentido ese juicio “no cambiará nada. Y no obstante, puede cambiarlo todo. Porque estamos diciendo que estos valores y no esos otros, son los que hacen que esta historia tenga sentido para nosotros, y que estos son los valores que tratamos de extender y apoyar en nuestro presente. Si lo logramos, volvemos a la historia y la dotamos de nuestras significa-ciones...”14

Al respecto es igualmente apropiado tomar en consideración las siguientes palabras del conocido historiador dominicano Frank Moya Pons:

El historiador interpreta, valora y juzga desde que comienza su trabajo hasta que lo termina. Valora cuando tiene que decidir cuál de las fuentes disponibles va a usar. Juzga cuando tiene que escoger entre uno y otro hecho, entre uno y otro proceso para destacarlo más o menos claramente. Interpreta cuando tiene que explicar, a partir de evidencias escasas, el devenir de los acontecimientos y cuando tiene que escoger un contexto significativo que, a su juicio, ofrezca un sentido para encontrar en aquel pasado que es su campo de estudio...15

En todo este proceso, que tan concisa y claramente describió el colega de la hermana República Dominicana, se encuentra la indispensable y necesaria reflexión del historiador sobre el pasado que decidió recordar y estudiar.

No obstante, Raphael Samuel destaca la alegada reticencia de los historiadores a teorizar sobre sus investigaciones; a abordar cuestiones de naturaleza filosófica; y a enfrentar el reto de las dificultades conceptuales. Estos alegadamente las rehuyen buscando “instintiva-mente refugio en los hechos”. Señalamientos que requieren algunas calificaciones.

Primeramente, éstos son de naturaleza indiscriminada. Me parece que aplican solamente a ciertos historiadores y no a todos. Como grupo aplican a aquellos historiadores creyentes en los postulados de la escuela positivista y a ciertas reformulaciones contemporáneas de ésta.16 Pero ciertamente no aplica a los historiadores que construyen su historia sobre otras bases teóricas. Así, por ejemplo, no aplica a los historiadores afiliados a las diferentes escuelas marxistas y a otras escuelas que no rehuyen este tipo de retos. Curiosamente la postura de los historiadores de la escuela positivista, que prefieren sólo narrar los hecho tal y como alegadamente acontecieron, descansa sobre un planteamiento filosófico aunque ellos rehuyen enfrentar este tipo de cuestiones. Paradoja imputada por sus críticos como Fernand Braudel, famoso historiador francés de la ‘escuela de los Annales’, quien observó que “esta historia narrativa siempre pretende relacionar‘las cosas exactamente tal cual sucedieron en realidad’...Sin embargo, de hecho, en su propio modo encubierto, la historia narrativa se trata de una interpretación, una auténtica filosofía de la historia.”17 Segundo, sospecho que la reticencia acusada por Samuel se debe más a la naturaleza del trabajo que realiza el historiador que al temor o a la incapacidad para enfrentar retos de este tipo, que en definitiva están más asociados a la filosofía que a la historia.

Georges Duby en su diálogo con el filósofo Guy Lardreau explicitó que no tenía mucha afición por las teorías, que practicaba su ‘oficio’ sin reflexionar mucho sobre él y que en su trabajo el historiador debe partir de lo concreto y no de abstracciones.18 Palabras que parecen confirmar ‘prima facie’ el señalamiento de Samuel, pero que parten de una concepción seria aunque debatible de la historiografía, respetable y respetada. Concepción que Duby compartió con sus maestros Marc Bloch y Lucien Febvre, fundadores de la famosa escuela francesa de los Annales en su primera etapa. Sin embargo, las apariencias pueden resultar engañosas. Duby practicó su ‘oficio’ con tal excelencia que es reconocido como uno de los grandes historiadores de este siglo.19 Su diálogo con Lardreau demuestra que, no empece a su afirmación, Duby conocía muy bien las teorías. Sus múltiples, originales e influyentes estudios sobre la Edad Media europea descansan sobre un andamiaje teórico y conceptual que revisa algunos postulados de la concepción marxista de la historia aplicados al momento histórico objetos de sus estudios. Esta última, dicho sea de paso, es la más importante e influyente de las teorías modernas sobre la historia.

Por mi parte, en lo que atañe a este asunto, suscribo las siguientes palabras del historiador catalán Alfonso Barceló reconociendo que:

los historiadores necesitan un instrumental teórico que les sirva de filtro y guía para su tarea de comprensión de las sociedades en movimiento...; deberán inventar o tomar prestado una serie de conceptos y relaciones que lo ayuden a comprender su objeto de trabajo.20

Los conceptos radican igualmente en la base de la construcción histórica como la investigación y la reflexión. Son el instrumento lógico por excelencia utilizado por los historiadores independientemente de la conciencia que tengan de ello y aunque se nieguen a aceptarlo.

En el ensayo “The Problem of Uniqueness in History”, Carey B. Joynt y Nicholas Rescher destacan el rol indispensable de los conceptos en el recuento y en el análisis histórico.21 Reconocen en los conceptos el instrumento por excelencia que permiten al historiador definir los hechos y seleccionar, dentro de la virtual infinitud de datos del pasado, los más importantes y relevantes de los que no lo son. Estos son absolutamente esenciales en el esfuerzo del historiador por definir e interpretar los hechos y elevar su trabajo sobre los límites de la mera crónica o simple narración.

Prácticamente casi toda la nomenclatura historiográfica, elaborada o tomada prestada de otras disciplinas por los historiadores para la construcción del conocimiento histórico, descansa sobre conceptos. Entendiendo por conceptos las ‘nociones’ o ‘categorías’ diseñadas para interrogar el pasado y construir contestaciones más o menos coherentes e inelegibles.22 Estos comprenden desde los más simples e inofensivos como ‘acontecimientos’, ‘hechos’, ‘procesos’, ‘períodos’, ‘épocas’ o ‘edades’ hasta otros más complejos y ofensivos como ‘clases sociales’, ‘conflictos y lucha de clases’, ‘bandoleros sociales’, ‘hegemonía’, ‘modo de producción’, ‘estructuras’, ‘globalización’, ‘corta y larga duración’, ‘progreso’, ‘ruptura’ y ‘discontinuidad’, por mencionar sólo algunos bien conocidos y frecuentemente utilizados.

Aprendí la indispensabilidad de los conceptos para la construcción histórica en 1969 en el seminario graduado de historiografía en The Catholic University of America en la traducción inglesa del texto del historiador francés Henri-Irénné Marrou, De la connaissance historique.23 Marrou utilizó la demostración adelantada por Benedetto Croce ilustrando cómo el más elemental hecho histórico (e. g., el asesinato de Julio César) requiere de la mediación de una serie de conceptos indispensables para su conocimiento.

El texto de Marrou merece especial mención porque lo escribió con el propósito explícito de entrenar historiadores que no temieran enfrentar retos de naturaleza filosófica para superar el marasmo en que el positivismo había sumido a muchos historiadores. Lo concibió como “una introducción filosófica a los estudios históricos”, abordando interrogantes fundamentales sobre la naturaleza, los límites y validez del conocimiento histórico. Afirmando con aplomo que:

Nadie se sorprenda si hablo como filósofo aunque soy historiador porque es mi derecho y mi deber. Ya es tiempo de reaccionar contra el complejo de inferioridad (y también complejo de superioridad, pues la psicología ha demostrado esta ambivalencia que la moral llama astucia de la soberbia) que los historiadores han mantenido por demasiado tiempo frente a la filosofía.24

Parodiando las famosas palabras de Platón, Marrou expresó que inscribiría en los Propileos de la Historia la máxima: “Que nadie entre si no es filósofo, si antes no ha reflexionado sobre la naturaleza de la historia y la condición del historiador”. Ingeniosa parodia que ha sido utilizada posteriormente por otros historiadores y filósofos.25

Este es un asunto extremadamente importante para los practicantes del ‘oficio’. El historiador debe equiparse con un marco teórico y conceptual que le faciliten analizar, ordenar y otorgar significado al pasado que estudia. Preferiblemente debe desarrollarlo ‘sui generis’, pero si es necesario puede tomarlo prestado de otras disciplinas afines, como la filosofía y las ciencias sociales, y hasta de otras más distantes como las ciencias naturales. Algo perfectamente consonante en un mundo donde el saber es cada vez más interdisciplinario. Considero que la posición del historiador debe ser de apertura a todo influjo saludable que amplíe su horizonte y de colaboración con los practicantes de otras disciplinas en aquellos proyectos en los que pueda aportar positivamente con las herramientas asociadas a su ‘oficio’.

Desde esta óptica me parece saludable la sugerencia del distinguido historiador puertorriqueño, doctor Fernando Picó, S. J., sobre la necesidad de enseñar técnicas literarias a los futuros historiadores para que desistan “de remendar la prosa positivista que tan mal le sirve a la disciplina”.26 Escribir bien, con ingenio y elegancia no está reñido con el rigor metodológico que debe caracterizar la construcción del conocimiento histórico. El historiador debe siempre aspirar a ser buen escritor. Es más, me parece que un atributo de los grandes historiadores de todas las épocas ha sido su capacidad para crear textos históricos de gran calidad literaria. Lo que explica porque algunos textos históricos superados como fuentes de saber mantengan aún su vigencia como objetos de lectura agradable y formativa.

Pienso, por mencionar dos de mi especial agrado, en The Decline and Fall of the Roman Empire del británico Edward Gibbon y en Casa-Grande y Senzala del brasileño Gilberto Freyre. El primero correspondiente a las décadas finales del siglo XVIII, es considerado la obra maestra de la historiografía de la ‘Ilustración’ y una de las más grandes de todas las escritas en la lengua inglesa por su gran calidad literaria.27 El segundo fue publicado en portugués por primera vez en 1933 y es aún lectura básica para los historiadores sobre todo por su gran calidad literaria porque ya ha sido superado en lo que respecta a su aportación al estudio de la esclavitud negra, el desarrollo y desintegración de las sociedades patriarcales.

Sin embargo, lo anterior no debe conducir a confundir la historiografía con otras formas de creación literaria como la ficción. Esto es si el historiador y la disciplina que practica aspiran a conservar sus identidades. El historiador como creador puede escoger otros géneros literarios, pero sus creaciones en éstos no pueden confundirse con su historiografía. Esto aunque sean relatos alegadamente basados en sus investigaciones. Cuando se opera esta metamorfosis hay que verlo y evaluarlo como, por ejemplo, novelista o cuentista según sea el caso.28

Soy admirador de la buena literatura y disfruto sobremanera la lectura de una novela bien escrita sobre un tema histórico, pero considero un grave error confundirla con un texto historiográfico. Acudo nuevamente al ejemplo de Georges Duby, quien otorgó una alta prioridad a la calidad literaria de sus textos y que consideraba a la historia primordialmente un arte literario. Sin embargo, Duby igualmente alertó sobre las diferencias existentes entre el historiador y el novelista expresando el desagrado que le causó la lectura de un libro de ficción muy bien escrito que aparentaba ser un texto historiográfico. Aunque lo describió como “un objeto hermoso”, sintió que presentaba a su “profesión trasvestida” porque “era una novela revestida con atributos de historia”.29

El asunto de la identidad es uno que el historiador no debe nunca perder de vista, aunque beba en otras fuentes o recale en otros puertos cuando sea menester, porque una cosa es ser historiador y otra , por ejemplo, ser filósofo, novelista o cuentista. Esto sin pretender menoscabar el valor de estos otros quehaceres. La delimitación de fronteras es aún indispensable porque son quehaceres diferentes y sus ‘artesanos’ manejan herramientas distintas aunque a veces la materia con que trabajen sea la misma, o sea, el pasado de los seres humanos.

La importancia de la filosofía para el historiador fue destacada antes cuando hice referencia al texto de Henri-Irénné Marrou. Regreso a este asunto porque muchas de las críticas a la historiografía emanan de ciertos sectores de la filosofía. Al respecto considero que el historiador y el filósofo se necesitan y se sostienen mutuamente. Que existe entre ambos más afinidad que antipatía, aunque en ocasiones no haya sido así y la desconfianza haya nublado sus relaciones.

Al respecto conviene tomar en consideración los comentarios del historiador francés Jacques Le Goff, quien después de alertar sobre las confusiones, demasiado burdas y mistificadoras, entre la historia y la filosofía de la historia, confiesa que comparte la desconfianza que sienten la mayoría de los historiadores hacia la filosofía de la historia.30 Desconfianza que considera tiene su raíz en la pretensión de la filosofía de la historia bien a someter el proceso histórico al imperio de una causa única o a reducir la explicación histórica a fórmulas preconcebidas o a concepciones concebidas apriorísticamente.

Sin embargo, Le Goff también alerta que lo anterior no significa que el historiador “debe alejarse de una reflexión teórica necesaria para el trabajo histórico”. Advirtiendo igualmente que:

los historiadores más propensos a remitirse únicamente a los hechos, no sólo ignoran que un hecho histórico resulta de un montaje, y que establecerlo exige un trabajo tanto histórico como técnico, sino que también y sobre todo están cegados por una filosofía inconsciente de la historia, a menudo sumaria e incoherente.31

Palabras que recuerdan las antes citadas de Fernand Braudel porque ambas denuncian la misma desviación.

Le Goff igualmente reconoce la desconfianza que existe en ciertos sectores de la filosofía hacia la historiografía, encarnada sobre todo en el filósofo austríaco-británico Karl Popper32, advirtiendo igualmente que esta desconfianza no debe servir al historiador de justificación para rechazar este tipo de reflexión. El historiador francés concluye que la tensión que ha dificultado el diálogo entre historiadores y filósofos ha sido generalmente consecuencia de la ignorancia de unos y otros sobre sus respectivos quehaceres. Situación que debe superarse definiendo ambos--historiadores y filósofos--campos comunes para “la reflexión teórica sobre la historia”. Diagnóstico y recomendación con los que me solidarizo.

Por otro lado, la alegada reticencia a enfrentar los retos de naturaleza filosófica, acusada por Raphael Samuel en las palabras punto de partida para esta reflexión, no siempre ha sido culpa de los historiadores. Los filósofos también han tenido su parte de responsabilidad. El filósofo polaco Adam Schaff se ha planteado este asunto con una excelente combinación de agudeza y delicadeza.33 Este señala que ciertamente los problemas de naturaleza teórica en la historiografía han preocupado más a los filósofos que a los historiadores por lo que su trabajo en este campo es cada vez más importante. Esto a pesar de la oposición de algunos historiadores que resienten esta participación y hasta rechazan esta ingerencia de los filósofos en su campo. Pero esta mayor participación en estos asuntos también ha incrementado la responsabilidad de los filósofos en la dilucidación de los problemas teóricos y metodológicos en la historiografía. Por lo que Schaff no se empacha al afirmar que “si los historiadores se nutren de las migajas de las teorías filosóficas en circulación, la principal responsa-bilidad por la confusión teórica que reina entre los historiadores, sobre todo cuando se trata de problemas que se encuen-tran en el límite de la historia y de la filosofía, hay que imputársela a la filosofía”.34

Adjudicación de culpa debatible y que ciertamente no agradará a algunos filósofos, pero que tiene el valor de señalar la responsabilidad que tienen en este crucial asunto. Responsabilidad que algunos de ellos no reconocen cuando se entretienen despedazando la historiografía y a los historiadores, como los Titanes despedazan a Dyónisos en la mitología griega. Pienso, por ejemplo, en el antes mencionado Karl Popper y más recientemente en el filósofo estadounidense Hayden White.35

Cuando Marc Bloch se refirió al historiador como un ‘artesano’ y a su quehacer como un ‘oficio’ lo hizo simbólicamente para destacar que debía dominar con excelencia la metodología y técnicas de trabajo desarrolladas por la disciplina como el artesano domina aquellas asociadas a su arte. No lo hizo para disuadir al historiador a enfrentar cuestiones de naturaleza teórica, pues sabía muy bien que tiene que, en algún momento y en cierta medida, plantearse interrogantes sobre cuáles son las bases teóricas del saber que aspiran construir. Esto independientemente de que en ocasiones busque el auxilio, orientación o guía de la filosofía para enfrentar estas interrogantes.36 Después de todo, no debe extrañar que el historiador deje correr su mirada hacia lo que tiene que decir la filosofía al respecto, pues como bien señala Adam Schaff, estas son interrogantes de naturaleza filosófica que radican en los límites que comparten la historiografía y la filosofía.37

Conviene reiterar que no todos los historiadores, como sentencia Raphael Samuel, desprecian o rehuyen enfrentar cuestiones de naturaleza teórica relacionadas con los fundamentos de sus construcciones. Esto lo demuestra la susceptibilidad que manifiestan cuando en otros campos se expresan opiniones que degradan o niegan el valor de su trabajo. Las críticas formuladas desde estos campos no han sido ignoradas o enfrentadas por algunos dignos practicantes del ‘oficio’ en nuestro tiempo. No han sido pasadas por alto las críticas de Karl Popper; Hayden White; del estructuralismo marxista al estilo de Althuser; o de algunas de las manifestaciones del llamado posmodernismo. Historiadores ‘bona fide’ como E. P. Thompson, Jacques Le Goff, Pierre Vilar38 o Josep Fontana39, entre otros, han enfrentado estos retos.

E. P. Thompson responde las críticas del empirismo lógico y del estructuralismo marxista afirmando sin empacho que Popper ni Althuser “muestran tener el menor conocimiento del modo de proceder inmediato del historiador” y que “ninguno de los dos entiende la naturaleza del conocimiento histórico”. Afirmaciones contun-dentes que acompaña de una defensa de la historia como disciplina autónoma con una lógica propia para la construcción del conocimiento histórico. Señalando que:

el estudio de la historia es un empeño muy antiguo, y sería sorprendente que fuera el único entre las ciencias y las humanidades que haya sido incapaz de desarrollar su propia disciplina durante varios miles de años, es decir su propio discurso de demostración.40

Discurso que descansa sobre una lógica propia, la ‘lógica histórica’, diferenciada de la física o de la analítica por la propia naturaleza cambiante y contradictoria de los fenómenos que estudia. Lógica histórica que E. P. Thompson define como “un método lógico de investigación adecuado a los materiales históricos, concebido en el mayor grado posible, para contrastar hipótesis relativas a estructuras, causaciones, etcétera, y para eliminar procedimientos autoconfirmatorios” consistente “en un diálogo entre concepto y dato empírico, diálogo conducido por hipótesis sucesivas, por un lado, e investigación empírica por el otro.”41

Estas reflexiones, de uno de los historiadores contemporáneos más prominentes y reconocidos, ratifican que no todos los historiadores rehuyen enfrentar los problemas teóricos asociados a la construcción del conocimiento histórico. Demuestran también que los abordan , primero, defendiendo la identidad y autonomía de la disciplina que practican, y, segundo, partiendo de sus puntos de vista como historiadores. Estos últimos pueden, en algunos casos, tener su raíz en la filosofía, pero aplicados creativamente a la disciplina histórica con el noble propósito de construir un conocimiento histórico válido.

E. P. Thompson es uno de los exponentes principales de una de las escuelas historiográficas más importantes e influyentes de este siglo: la escuela de los historiadores marxistas británicos. Historiadores que han aplicado creativamente el marxismo al análisis histórico apartándose de lo que algunos llaman marxismo dogmático o vulgar. Junto a Thompson se destacan en esta escuela historiadores de gran talla e influencia como Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill y Eric J. Hobsbawm.42

El historiador no debe rehuir el reto de definir las bases teóricas sobre la cual construye su historia. No debe ocultar sus preferencias y compromisos ideológicos. Descubrirlos es un imperativo moral insoslayable. Debe desnudarse sin empacho ante sus lectores, ante su audiencia. Así, pues, aprovecho la ocasión para desnudarme o descubrirme ante ustedes. En líneas generales, suscribo los postulados básicos sobre los cuales los historiadores marxistas británicos han construido su historia y expreso la gran admiración que siento por ellos sobre todo por Christopher Hill.

Algunos historiadores han pretendido descalificar los postulados básicos sobre los que se fundamenta esta escuela amparándose en criterios estrictamente políticos. Por mi parte, considero que las contradicciones o desviaciones del mal llamado ‘socialismo real’--entiéndase el estalinismo--ni la desintegración de la Unión Soviética invalidan la aplicación creativa del marxismo en la construcción del conocimiento histórico. Esto es lo que han hecho los historiadores marxistas británicos desde 1946 cuando Maurice Dobb publicó su obra, Studies in the Development of Capitalism, en la que “sometió a prueba y reformuló las hipótesis y el análisis de Marx sobre los orígenes y el desarrollo histórico del capitalismo como modo de producción específico”.43 El pensamiento de Marx no ha sido para ellos una camisa de fuerza para repetir y citar dogmáticamente, sino un punto de referencia teórico para aplicarlo o renovarlo creativa y elásticamente al análisis y a la construcción histórica. En otras palabras, que para ellos el marxismo no ha sido un canon dogmático, infalible e inflexible, como han pretendido los defensores del llamado por sus críticos ‘marxismo vulgar’.44

Desde sus orígenes los historiadores marxistas británicos han construido su historia sin ataduras dogmáticas o totalizantes a uno de los supuestos peor entendido y, por lo mismo, más criticados: el llamado ‘determinismo’ económico.45 Han reformulado los conceptos de clases sociales y lucha de clases visualizándolos como fenómenos complejos, donde el factor económico es importante pero no absolutamente determinante, y colocándolos en el centro de la dinámica histórica de las sociedades.46

Reitero que considero que esta aplicación creativa y elástica del marxismo a la construcción histórica no puede desautorizarse por las contingencias operándose en el orden político mundial o por las contradicciones y desviaciones del ‘socialismo real’. Aclarando que esto no significa que asuma la posición del avestruz. Reconozco el fundamento del desencanto o desilusión que el escolasticismo marxista y el ‘socialismo real’ provocaron en no pocos historiadores que buscaban en el marxismo el marco teórico para aplicar en el análisis y la construcción histórica. Ambos merecen ser repudiados como desviaciones y deformaciones de un cuerpo doctrinal que no ha perdido aún su potencial como punto de referencia teórico flexible para el análisis del pasado y el presente de las sociedades. Hay que separar el trigo de la paja. No puede caerse en el error del que bota la bañera con todo en vez de botar sólo el agua sucia.47

El revisionismo de los llamados viejos esquemas o del ‘paradigma marxista’ que hoy predomina en algunos círculos intelectuales deslumbrados por el hechizo del ‘posmodernismo’ ha generado más confusión y zozobra que claridad y sosiego entre los historiadores. Algunos pitonisos embriagados por el supuesto triunfo del capitalismo hasta han proclamado el fin de la historia y de la disciplina histórica.48 Presagios desventurados que la generosidad obliga a catalogarlos sólo como excentricidades en vez de aberraciones sensacionalistas que la realidad misma se ha encargado de desmentir. La historia sigue su curso. La disciplina ni sus practicantes no han almacenado aún sus ‘herramientas’. La construcción de una visión coherente del pasado es hoy un ejercicio intelectual e imperativo social tan indispensable como lo fue en el pasado.

Lo anterior no tiene el propósito de descalificar como totalidad al revisionismo como una posición intelectual e historiográfica responsable. Pero considero que lo es sólo cuando hace algo más que rechazar o destruir. Cuando construye sus propias alternativas o modelos teóricos que sustituyan los que descalifica o rechaza. Respeto las posiciones y las construcciones de aquellos historiadores no-marxistas o distanciados del marxismo, que no han cedido a la tentación de caer en un ‘antimarxismo vulgar’; o sea, igualmente ‘vulgar’ que el escolasticismo marxista que dicen combatir. Así, por ejemplo, distingo y respeto el trabajo historiográfico del historiador Georges Duby y del filósofo-historiador Michele Foucault.

No he dejado dudas al respecto relacionado con el primero de éstos por las múltiples referencias a sus trabajos y opiniones. Duby nunca fue marxista, pero reconoció al marxismo como “un instrumento de análisis, con una increíble eficacia heurística” y destacó su aportación al desarrollo de la historiografía francesa. Lo reconoció como una teoría “que se puede aplicar a determinados lugares del campo epistemológico, pero no a otros”. Lo consideró como un punto de partida para “pegar, rectificar; pero no [para] renegar...”49

El compañero, doctor Carlos Rojas Osorio, me enseñó a reconocer en Michele Foucault una de las figuras capitales del pensamiento contemporáneo.50 Su genio y versatilidad permitieron que dejara su impronta tanto en la filosofía como en la historiografía vinculando ambas disciplinas, redefiniendo conceptos y las relaciones entrambas. Simbiosis que en cierta ocasión lo llevó a describir sus obras como “fragmentos filosóficos en unos talleres históricos”.51 Lo innovador de su historiografía le granjeó entre los practicantes del ‘oficio’ tanto admiradores como detractores.52

Foucault estuvo originalmente afiliado a los círculos intelectuales y políticos marxistas franceses.53 Ni la ruptura con estos círculos o la negación de algunos postulados fundamentales del marxismo, lo llevaron a posiciones de lo que denominamos ‘antimarxismo vulgar’. Reconoció que:

Es imposible hacer historia actualmente sin utilizar una serie interminable de conceptos ligados directa o indirectamente al pensamiento de Marx y sin situarse en un horizonte que ha sido descrito y definido por Marx.54

Además, afirmó que:

“En caso límite se podría preguntar qué diferencia podría haber entre ser historiador y ser marxista”.55

En un momento histórico de abjuraciones y negaciones, Michele Foucault no se limitó a diferir de Marx, sino que asimiló aspectos importantes de su pensamiento sobre la historia. Al respecto historiador francés Paul Veyne y el doctor Rojas coinciden en destacar que siempre construyó su historia desde el lado de los oprimidos y marginados.56

En Puerto Rico se deja sentir la influencia de la historiografía de Foucault en algunos practicantes del ‘oficio’ que ensayan aplicarlo en algunos de sus trabajos.57 Doy la bienvenida y mis parabienes a estos ensayos innovadores sin dejar de alertar sobre las dificultades inherentes en el método de Foucault para hacer historia. El método de la ‘arqueología’ y de la ‘genealogía’ aplicados por Foucault pueden resultar tan deslumbrantes y fascinantes como para ocultar la dificultad de su aplicación por aquellos que carecen de las extraordinarias herramientas intelectuales de su progenitor. Hacer historia al estilo de Foucault no es tarea fácil porque, como señaló Paul Veyne, éste fue un individuo genial que apenas comenzamos a entender y a apreciar.58

El historiador Eugene Genovese es otro que admiro y respeto por el valor inherente a su obra historiográfica. Esto a pesar de los cambios operados en años recientes en sus posiciones políticas y creencias. En los años de los sesentas y setentas Genovese fue el historiador más combatido y perseguido por la derecha en los Estados Unidos por sus convicciones y militancia comunista. En años recientes se ha distanciado de esas posiciones siguiendo los pasos de su esposa--la historiadora Elizabeth Fox--hasta los templos de la Iglesia Católica para oir la misa.59

Sin embargo, estos cambios en nada desmerecen el valor de su obra historiográfica encarnada en clásicos como The Political Economy of Slavery; The World Slaveholders Made; y Roll, Jordan, Roll. The World the Slaves Made. Este último es un libro fascinante y verdaderamente hermoso, fue el tercer más mencionado entre más de mil doscientos títulos por los historiadores estadounidenses en una encuesta practicada en 1994 por la Organization of American Historians sobre las obras que consideraban más influyentes y relevantes.60

Nunca he dejado de expresar mi respeto y admiración por la obra historiográfica del historiador cubano Leví Marrero, que con su presencia contribuyó y prestigió al Colegio Universitario de Humacao. Las diferencias ideológicas no impidieron que proclamara en las páginas de Exégesis la grandeza y el valor incuestionable de su monumental obra Cuba: economía y sociedad (XIII volúmenes).61 Suscribo la apreciación del Dr. James J. Parsons quien la considera “uno de los mejores y más exhaustivos estudios históricos que jamás se hayan escrito sobre la América Latina” y a su autor como “un erudito multidimensional que reta toda clasificación”.62

Así, pues, finalizo esta reflexión expresando orgullo por el ‘oficio’ que modestamente practico y por todos aquellos colegas que lo dignifican practicándolo con el rigor y la honestidad intelectual que la moral profesional requieren. Esto independientemente de los marcos teóricos de su preferencia, de sus creencias, convicciones o ideologías. Gracias por la generosidad y el extraordinario honor e inolvidable satisfacción de escucharme.



Notas

1. Bloch, Marc. The Historian Craft, traducción del francés de Peter Putman, New York: Vintage Books-Random House, 1953; y Geremek, Bronislaw. Marc Bloch, historiador y resistente, traducción del francés por Nora Pugano, Buenos Aires: Editorial Biblos, 1990.

2. Samuel, Raphael. “Historia y teoría”, en Raphael Samuel, ed., Historia popular y teoría socialista, traducción del inglés de Jordi Beltrán, Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1984, 48.

3. Hegel, G. W. F. Lecciones sobre filosofía de la historia. Citado en Schaff, Adam. Historia y verdad, traducción del alemán de Ignasi Vidal Sanfeliú, 2nd. ed., Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1983, 335.

4. Cruz Vergara, Eliseo. “Sobre la metodología del conocimiento histórico en Hegel”, en Ramos, Francisco José, ed. Hacer pensar, Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1994, 67.

5. Ricoeur, Paul. Histoire e vérité. Citado por Schaff, Op. cit., 338-342.

6. García Gual, Carlos. Figuras helénicas y géneros literarios, Madrid: Mondadosi, 1991, 103-106.

7. Momigliano, Arnaldo D. Studies in Historiography, New York: Harper and Row, 1966, 141. Texto citado traducido del inglés por el autor. 8. García Gual, Op. cit., 105.

9. El País Digital. Madrid, España (miércoles, 4 de diciembre de 1996). Información suministrada por el compañero, Dr. Vicente Reynal.

10. Duby, Georges y Lardreau, Guy. Diálogo sobre la historia, traducción del francés de Ricardo Artola, Madrid: Alianza Editorial, 1988, 34-45.

11. Ibid., 40-41.

12. Marías, Julián. “El saber histórico en Herodoto”. Obras, IV, Madrid: Ediciones de la Revista de Occidente, 1969, 443-448.

13. Miseria de la teoría, traducción del inglés de Joaquim Sempre, Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1981, 72-73.

14. Ibid., 72-73.

15. Moya Pons, Frank. “La historia: teoría y método”, Estudios Sociales, XXIX, 106 (Octubre-diciembre, 1996), 15.

16. Ver por ejemplo la propuesta al respecto de Stone, Lawrence, “History and Post-modernism”, Past and Present, 131 (May 1991), 217-218.

17. Braudel, Fernand. “The Situation of History in 1950”. Citado por White, Hayden. El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, traducción del inglés de Jorge Vigil Rubio, Barcelona: Ediciones Paidós, 1992, 49.

18. Duby y Lardreau, Op. cit., 38.

19. Ver Cirlot, Victoria. “Muere Georges Duby, el medievalista que integra la vida cotidiana a la Historia” y Millán, José Antonio. “Duby o el crucero de la historia”. El País Digital, Madrid (miércoles, 4 de diciembre de 1996. Textos gracias a la cortesía del compañero, Dr. Vicente Reynal.

20. Barceló, Alfonso. “Historia y teoría económica (Esbozo de una dinámica intersistemas)” , en A. [Autores] V. [Varios], Hacia una nueva historia, Madrid: Akal-Universitaria, 1985, 35.

21. Joynt, Carey B. y Rescher, Nicholas. “The Problem of Uniqueness in History”, en Nadel, George H., ed. Studies in the Philosophy of History. Selected Essays from ‘History and Theory’, New York: Harper and Row, 1965, 14-15.

22. Thompson, E. P. Miseria de la teoría, 74, nota no. 8.

23. Marrou, Henri-Irénne. The Meaning of History, traducción del francés de Robert J. Olsen, Baltimore: Helicon Press, 1966, 152-162.

24. Ibid., 10. Traducción del texto en inglés por el autor.

25. Ibid., 11. Ver por ejemplo Schaff, Op. cit., [7].

26. Picó, Fernando. “La constitución del narrador en algunos textos historiógraficos: algunos ejemplos”, en Vega, Ana Lydia; Picó, Fernando; Gelpí, Juan G.; y Cancel, Mario. Historia y literatura, San Juan: ‘Historias’ y ‘Posdata’, 1995, 96.

27. Gay, Peter y Wexler, Victor G., eds. Historians at Work, II, New York: Harper and Row, 1972, 351-354.

28. Este es el caso del historiador puertorriqueño José Curet, quien, recientemente, publicó una novela sobre el asesinato de José Pérez Moris, periodista español caudillo del ‘incondicionalismo’ en Puerto Rico en las décadas finales del siglo XIX. Curet, José. Crimen en la Calle Tetuán, Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1996.

29. Duby y Lardreau, Op. cit.,, 45-46 y 48-49.

30. Le Goff, Jacques. Pensar la historia. Modernidad, presente y progreso, traducción del francés de Marta Vasallo, Barcelona: Paidós, 1991, 23-24.

31. Ibid., 23.

32. Popper, Karl R. La miseria del historicismo, traducción del inglés por Pedro Schwartz, Madrid: Taurus, 1961. Le Goff cataloga este ensayo de ‘panfleto’ con toda la carga peyorativa que conlleva la expresión.

33. Schaff, Op. cit., 79-80.

34. Ibid., 80.

35. White, Hayden. Tropic of Discourse: Essays in Cultural Criticism, Baltimore: John Hopkins University Press, 1992, 101-120; y, sobre todo, El concepto de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica.

36. Bloch, Op. cit., 3-19.

37. Schaff, Op. cit., 80.

38.Vilar, Pierre. Iniciación al vocabulario del análisis histórico, traducción del francés de M. Dolors Folch, 3a. ed., Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1981.

39. Fontana, Josep. Historia: análisis del pasado y proyecto social, Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1982; y La historia después del fin de la historia. Reflexiones acerca de la situación actual de la ciencia histórica, Barcelona: Crítica-Grijalbo, 1992.

40.

Thompson, Op.cit., 66.

41.

Ibid., 66-67.

42.

Kaye, Harvey J. The British Marxist Historians: An Introductory Analysis, New York: St. Martin Press, 1995; y Fontana, Op. cit., 242-244.

43.

Kaye, Op. cit., 23.

44. Le Goff, Op. cit., 12.

45.

Kaye, Op. cit., 4-6.

46.

Ibid., 232-241.

47. Ver una aprecia-ción similar en Duby y Lardreau, Op. cit., 110.

48. Ejemplo clásico de este fenómeno es el ensayo de Francis Fukuyama, “The End of History”, The National Interest (Verano 1989). Ver una reacción crítica en Fontana, La historia después del fin de la historia; y en Graham, Jr., Otis L. “Premature Reports: ‘The End of History’, O. A. H. Newsletter (Organization of American Historians), 18, 2 (May 1990), 2 y 23.

49. Duby y Lardreau, Op. cit., 102-107.

50. Rojas Osorio, Carlos. Foucault y el pensamiento contemporáneo, Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995.

51. Cita en Restrepo, Luis Alberto. Pensar la historia, Medellín: Editorial Percepción, 1987, 162-163.

52. Le Goff, Op. cit., 101-103; y Vilar, Pierre. Economía, derecho e historia, Barcelona: Ariel, 1983, 105.

53. Rojas Osorio, Op. cit., 18; y Poster, Mark. Foucault, marxismo e historia. Modo de producción versus modo de información , traducción del inglés de Ramón Alcalde, Buenos Aires: Pidós, 1987, 13-63.

54. Cita en Rojas Osorio, Op. cit., 259. Ver además, Duby y Lardreau, Op. Cit., 101-128.

55. Cita en Rojas Osorio, Op. cit., 259.

56. Rojas Osorio, Carlos. ‘Foucault, historia y azar’, [3]. Ensayo inédito consultado gracias a la cortesía del autor.

57. La IV Reunión Anual de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (Ponce: Universidad Interamericana de Puerto Rico, 4 y 5 de octubre de 1996) contó con el panel “Foucault, Historia y Literatura: Nuevas Perspectivas” en que se presentaron varias interesantes ponencias: Altagracia, Carlos D. “Miedo y poder en la época de Miguel de la Torre, 1823-1837”; Galarza, Dagmar C. “El poder; fisuras al interior de la ‘Mano Dura Contra el Crimen’”; y Pabón Battle, Luis H. “La historia funcional: un espectro entre Camus y Focault [sic.]”.

58. Citado por Restrepo, Op. cit., 162.

59. Surowiecki, James. “Genovese’s March: The Radical Reconstruction of a Southern Historian”, Linguafranca (The Review of Academic Life), 7, 1(December-January, 1997), 36-52.

60. Thelen, David. “The Practice of American History”, The Journal of American History, 81, 3 (December, 1994), 81.

61. García Leduc, José M. “Leví Marrero: un sitial distinguido en la historiografía latinoamericana”, Exégesis, 2, 5 (Mayo-agosto de 1988), 44.

62. Parsons, James J. “Leví Marrero sobre Cuba”, reseña bibliográfica traducida del inglés por Annabel Marrero, incluida como introducción en Marrero, Leví. Cuba: economía y sociedad. Azúcar, ilustración y conciencia (1763-1868) (V), XIII, Madrid: Editorial Playor, S. A., 1987, v.

domingo, abril 04, 2010

Eric Foner un historiador marxista poco leído en Centroamérica

Eric Foner un historiador marxista poco leído en Centroamérica

Hoy que el "imperalismo socio cultural" de Estados Unidos trata de impornerse en el mundo académico centroamericano a través del financiamiento de agendas de investigación, fomento de nuevas ONGs académicas y de investigadores es importante leer con más detenimiento la producción estadounidense.  En efecto, hay una historiografía estadounidense que va más allá de la historia cultural, la teoría de juegos y la denominada nueva historia política. 

Recientemente se publicó en castellano un libro de Eric Foner  denominado La historia de la Libertad en EE.UU. por la editorial PENINSULA, este libro se une a las ya clásicas traducciones de historiadores marxistas estadounidenses como las de Howard Zinn (LA OTRA HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS. Madrid.HONDARRIBIA. 1997), las cuales deben formar parte del acervo de todo historiador centroamericano y de todos aquellos que disfrutan de la historiografía estadounidense.


Para aquellos interesados adjuntamos dos obras de Eric Foner:




Forgotten Step Toward Freedom

Tomado de http://www.ericfoner.com/articles/123008nytimes
from The New York Times -- December 30, 2008



We Americans live in a society awash in historical celebrations. The last few years have witnessed commemorations of the bicentennial of the Louisiana Purchase (2003) and the 50th anniversary of the end of World War II (2005). Looming on the horizon are the bicentennial of Abraham Lincoln’s birth (2009) and the sesquicentennial of the outbreak of the Civil War (2011). But one significant milestone has gone strangely unnoticed: the 200th anniversary of Jan. 1, 1808, when the importation of slaves into the United States was prohibited.



This neglect stands in striking contrast to the many scholarly and public events in Britain that marked the 2007 bicentennial of that country’s banning of the slave trade. There were historical conferences, museum exhibits, even a high-budget film, “Amazing Grace,” about William Wilberforce, the leader of the parliamentary crusade that resulted in abolition.



What explains this divergence? Throughout the 1780s, the horrors of the Middle Passage were widely publicized on both sides of the Atlantic and by 1792 the British Parliament stood on the verge of banning the trade. But when war broke out with revolutionary France, the idea was shelved. Final prohibition came in 1807 and it proved a major step toward the abolition of slavery in the empire.



The British campaign against the African slave trade not only launched the modern concern for human rights as an international principle, but today offers a usable past for a society increasingly aware of its multiracial character. It remains a historic chapter of which Britons of all origins can be proud.



In the United States, however, slavery not only survived the end of the African trade but embarked on an era of unprecedented expansion. Americans have had to look elsewhere for memories that ameliorate our racial discontents, which helps explain our recent focus on the 19th-century Underground Railroad as an example (widely commemorated and often exaggerated) of blacks and whites working together in a common cause.



Nonetheless, the abolition of the slave trade to the United States is well worth remembering. Only a small fraction (perhaps 5 percent) of the estimated 11 million Africans brought to the New World in the four centuries of the slave trade were destined for the area that became the United States. But in the Colonial era, Southern planters regularly purchased imported slaves, and merchants in New York and New England profited handsomely from the trade.



The American Revolution threw the slave trade and slavery itself into crisis. In the run-up to war, Congress banned the importation of slaves as part of a broader nonimportation policy. During the War of Independence, tens of thousands of slaves escaped to British lines. Many accompanied the British out of the country when peace arrived.



Inspired by the ideals of the Revolution, most of the newly independent American states banned the slave trade. But importation resumed to South Carolina and Georgia, which had been occupied by the British during the war and lost the largest number of slaves.



The slave trade was a major source of disagreement at the Constitutional Convention of 1787. South Carolina’s delegates were determined to protect slavery, and they had a powerful impact on the final document. They originated the three-fifths clause (giving the South extra representation in Congress by counting part of its slave population) and threatened disunion if the slave trade were banned, as other states demanded.



The result was a compromise barring Congress from prohibiting the importation of slaves until 1808. Some Anti-Federalists, as opponents of ratification were called, cited the slave trade clause as a reason why the Constitution should be rejected, claiming it brought shame upon the new nation.



The outbreak of the slave revolution in Haiti in the early 1790s sent shock waves of fear throughout the American South and led to new state laws barring the importation of slaves. But in 1803, as cotton cultivation spread, South Carolina reopened the trade. The Legislature of the newly acquired Louisiana Territory also allowed the importation of slaves. From 1803 to 1808, between 75,000 and 100,000 Africans entered the United States.



By this time, the international slave trade was widely recognized as a crime against humanity. In 1807, Congress prohibited the importation of slaves from abroad, to take effect the next New Year’s Day, the first date allowed by the Constitution.



For years thereafter, free African-Americans celebrated Jan. 1 as an alternative to July 4, when, in their view, patriotic orators hypocritically proclaimed the slave-owning United States a land of liberty.



It is easy to understand, however, why the trade’s abolition appears so anticlimactic. Banning American participation in the slave trade did not end the shipment of Africans to the Western Hemisphere. Some three million more slaves were brought to Brazil and Spanish America before the trade finally ended. With Southerners dominating the federal government for most of the period before the Civil War, enforcement was lax and the smuggling of slaves into the United States continued.



Those who hoped that ending American participation in the slave trade would weaken or destroy slavery were acutely disappointed. In the United States, unlike the West Indies, the slave population grew by natural increase. This was not because American owners were especially humane, but because most of the South lies outside the tropical environment where diseases like yellow fever and malaria exacted a huge toll on whites and blacks alike.



As slavery expanded into the Deep South, a flourishing internal slave trade replaced importation from Africa. Between 1808 and 1860, the economies of older states like Virginia came increasingly to rely on the sale of slaves to the cotton fields of Alabama, Mississippi and Louisiana. But demand far outstripped supply, and the price of slaves rose inexorably, placing ownership outside the reach of poorer Southerners.



Let us imagine that the African slave trade had continued in a legal and open manner well into the 19th century. It is plausible to assume that hundreds of thousands if not millions of Africans would have been brought into the country.



This most likely would have resulted in the “democratization” of slavery as prices fell and more and more whites could afford to purchase slaves, along with a further increase in Southern political power thanks to the Constitution’s three-fifths clause. These were the very reasons advanced by South Carolina’s political leaders when they tried, unsuccessfully, to reopen the African slave trade in the 1850s.



More slaves would also have meant heightened fear of revolt and ever more stringent controls on the slave population. It would have reinforced Southerners’ demands to annex to the United States areas suitable for plantation slavery in the Caribbean and Central America. Had the importation of slaves continued unchecked, the United States could well have become the hemispheric slave-based empire of which many Southerners dreamed.



Jan. 1, 1808, is worth commemorating not only for what it directly accomplished, but for helping to save the United States from a history even more terrible than the Civil War that eventually rid our country of slavery.





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Historians Today: Pleasures, Prospects, and Predicaments
Tomado de http://www.historians.org/Perspectives/Issues/2000/0001/0001pre1.cfm




By Eric Foner



The presidency of the American Historical Association is the greatest honor that a historian in this country can receive, and I am profoundly grateful to my colleagues for bestowing it upon me. Thanks to the dedication and enlightened leadership of my predecessors, Joseph Miller and Robert Darnton, the AHA enters the new century stronger than ever, well prepared to continue the work of promoting the study of history and the dissemination of historical knowledge so critical to a democratic society.



I assume this office at an exciting time to be a historian. The 1990s has been a decade of unprecedented public interest in history. The History Channel is among the most successful enterprises on cable television, and attendance at historical museums and other sites is at a record high. Works of history (sometimes by professional historians) regularly appear on best-seller lists, and Hollywood, for better or worse, continues to churn out historically oriented films. If my own university is any indication, student interest in history as evidenced by course enrollments has never been greater.



Despite a proliferation of partisan jeremiads lamenting the decline of historical scholarship, I believe that overall, the study of history is in a healthy state. It hardly needs reiteration that the past two generations have witnessed a remarkable expansion of the subject matter of history, as new methods and concerns have vastly expanded the cast of characters included in historical narratives and the methods employed in historical analysis. The professorate itself has changed so that it more fully reflects the composition of our society. In eight years of undergraduate and graduate study at Columbia University in the 1960s, I never encountered a single female or nonwhite teacher. Such an experience would be virtually impossible today.



Of course, recent changes in the study of history have produced their own concerns, about the fragmentation of scholarship, the difficulty of constructing coherent narratives (or whether narrative itself is ultimately a form of fiction), and many other issues. Rather than a sign of weakness, I see today's debates as evidence of the strength of our profession. The study of history is so immense and varied that it is less susceptible than other disciplines to radical swings of outlook or the sudden triumph of new fads. No single method or point of view can ever completely dominate it. The very clash of approaches and interpretations is what gives our enterprise vitality and advances historical understanding. I believe that in the sheer output of works of excellence, the 1990s can compare with any previous period. The rediscovery of the centrality of history in other disciplines—the "new historicism" in literary studies and anthropology, for example, provides further evidence of the vitality of historical scholarship.



Of course, the 1990s also saw history emerge as a political "wedge issue," with public officials and private pressure groups seizing upon developments like the proposed National History Standards or the Enola Gay exhibition at the Smithsonian Institution to score points by blaming "revisionist" historians for many of the ills, real and imagined, of American society. No one was more surprised by being suddenly thrust into the public spotlight than historians themselves. Among other things, these debates revealed that aspects of the study of the past that we take for granted, especially the conviction that the constant search for new perspectives is the lifeblood of historical understanding, are viewed with suspicion by many outside of academe.



Ironically, even as popular interest in history has burgeoned, widespread ignorance flourishes about both historical methodology and historical knowledge. The recent impeachment of President Clinton revealed that large numbers of journalists and political commentators possess an appalling lack of information about basic elements of our constitutional structure and key moments in our national past. I vividly recall that a year ago, as a scholar of the Reconstruction period, I was inundated with calls from journalists who had just discovered that a previous president, Andrew Johnson, had been impeached. Not one possessed any real knowledge of Johnson's presidency, or, more important perhaps, of the era during which he served. If they did harbor thoughts about Reconstruction, they derived these from the old Dunning school, which viewed Johnson as a courageous defender of the Constitution sabotaged by vindictive Radical Republicans bent upon punishing the South after the Civil War, a point of view that has been rejected by most historians for at least three decades. My intention here is not so much to chide journalists and "pundits" for failing to do their homework, but to remind ourselves that we continue to face a daunting task of historical education.



Another serious problem confronting the profession is the rapid growth of part-time employment among historians. Judging by the rising number of listings in Perspectives, the job market has taken a turn for the better of late. Yet part-time and temporary employment continues to proliferate. As president, I hope to devote a considerable part of my energies to investigating this problem and devising ways for the AHA to help combat it. The first step is to gather accurate information about the extent of part-time employment and the working conditions of such historians. The most recent national survey, conducted by the U.S. Department of Education in 1993, found that part-time and adjunct faculty had increased from 22 percent of faculty appointments in 1970 to more than 40 percent. The proportion was far higher (64 percent) at community colleges, but colleges and universities of all sizes and types were also found to rely extensively on part-time and temporary instructors.



Impressionistic evidence suggests that the numbers are even higher today, but facts are hard to come by. Thanks to a Chairman's Grant from William R. Ferris, head of the National Endowment for the Humanities and a devoted friend of historical scholarship, the AHA, the Modern Language Association, and a number of other learned societies are undertaking a national survey that should provide up-to-date data about the extent and working conditions of part-time employment in undergraduate education.



The AHA has also initiated an e-mail survey of part-time and temporary faculty asking them to convey their own experiences, conditions, and frustrations.



I hasten to add that it would be quite wrong to assume that adjuncts are less able scholars and teachers than full-time employees. The point is that we must insist that all historians have a right to work under dignified conditions, with adequate compensation and benefits, a voice in academic decisionmaking, and decent prospects for promotion.



This issue will come before the AHA Council in January. In a subsequent column, I hope to detail what steps the AHA can take to try to curb the proliferation of part-time employment in the teaching of history and to bring such historians more fully into the life of the profession.



—Eric Foner (Columbia Univ.) is president-elect of the AHA. He will assume the office of president at the AHA Business Meeting on January 8, 2000.





Copyright © American Historical Association

miércoles, marzo 31, 2010

Michel Vovelle. Una de las figuras más importantes de la historiografía contemporánea

Michel Vovelle. Una de las figuras más importantes de la historiografía contemporánea


Tomado de http://elespejodeclio.blogspot.com/2007/04/michel-vovelle.html

viernes 20 de abril de 2007



Pocas veces se da la oportunidad de tener entre nosotros a grandes figuras de la intelectualidad europea como el profesor Michel Vovelle. En la senda de la célebre Escuela de Anales, Vovelle se convirtió en una de las figuras centrales de la historiografía internacional gracias a una relectura de la Revolución francesa a partir del estudio de las mentalidades colectivas, un enfoque que en la década de 1970 todavía se batía a duelo con la poderosa corriente de la historia económica.



La historia de las mentalidades venía incursionando en el ámbito académico en la década de 1960 con los trabajos seminales de Robert Mandrou, George Duby y Philipe Ariés. Pero gracias a los aportes de Vovelle, y también a los trabajos de Jacques Le Goff, la historia de las mentalidades ha ganado carta de ciudadanía en Francia y se podría decir que a estas alturas logra hegemonía entre las distintas opciones teóricas y metodológicas que se disputan en el campo de los historiadores. ¿Pero qué es la historia de las mentalidades?



Hace unos días tuvimos el honor de conversar con Michel Vovelle y en esa charla un Vovelle sencillo y carente de solemnidad como son los verdaderos maestros, precisó que no es fácil definirla. “Sería mejor hablar de sus campos de interés: la muerte, la vida, las actitudes de la gente, el amor, la familia, la sexualidad. Es una historia de las visiones del mundo, como proponía Mandrou, una historia de la cultura y una aproximación al imaginario colectivo, como decía Ariés.”



Otras corrientes historiográficas, también desde la década de 1960, habían prestado atención a la subjetividad de la gente como un factor a tener en cuenta para las explicaciones históricas. Tal es el caso de la llamada escuela británica, integrada por Edward Thompsom, George Rudé y Raphael Samuel, entre otros, quienes pusieron atención al sistema de valores de los trabajadores para entender las revueltas urbanas del siglo XVIII en Inglaterra y Francia. “Sin embargo –comenta Vovelle–, no había en esas investigaciones una voluntad de pensar con el concepto de mentalidad y más bien hacían referencia a la subjetividad de tipo clasista, mientras que las mentalidades son fenómenos que van más allá de las clases sociales.”



Precisa, además, que este tipo de estudios no se apoya sólo en los escritos, sino también en los restos gráficos y todo tipo de material que permita conocer las actitudes de las personas.



Aunque reconoce su deuda con Georges Lefevre y Ernest Labrousse, de quien ha sido alumno, Vovelle confiesa que construyó su carrera de historiador inspirándose en tres grandes maestros de quienes ha tomado lo esencial: “De Plutarco aprendí la narración; de Michelet, el uso de la intuición; y de Marx, el espíritu científico.”



Artículo Publicado en El Peruano el 10 de junio del 2003.


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Isabel Clemente


Reseñas

Tomado de http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/47/1.php



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La mentalidad revolucionaría representa una contribución singular a una nueva concepción de la historia de las mentalidades: implica, en primer término, una superación de la identificación historia de las mentalidades-larga duración que, a partir del célebre artículo de Fernand Braudel, aparecía como el marco necesario de las investigaciones en este campo. Frente a la definición de Braudel de las mentalidades como "prisiones de larga duración" y playas de la historia casi inmóvil, Vovelle valoriza el acontecimiento fundador, en este caso, la revolución como instancia de creatividad en el dominio de lo mental. En segundo término, implica una ruptura con el concepto de "mentalidad colectiva" considerada por el

autor como noción reductora y mistificadora, que supone un clima común, un espíritu colectivo de la época, una noción "interclasista" (según la expresión de Ginzburg), una idea que menos que ninguna otra tolera una revolución, la cual por el contrario, constituye un momento de tensión y de oposiciones de clase.



En tercer término, la originalidad del trabajo de Vovelle radica en la revalorización de la cultura popular, la cual en los tratamientos de otros historiadores aparecía como el dominio privilegiado de las inercias, de la estática y de la reacción al cambio, marcada por un estereotipo del cual daba claramente cuenta el vocabulario: "furores", terrores pánicos, fuerza mágica. Contra esta identidad arcaizante de lo popular, Vovelle rescata su capacidad creativa e innovadora y concentra su análisis en la generación de valores y de lenguajes nuevos "al calor" del movimiento revolucionario, allí donde otros han visto únicamente la simple perpetuación de tradiciones milenarias.



Uno de los aportes más valiosos del texto reside en la minuciosa referencia del marco historiográfico del cual ha partido el autor. Empeñado en una justificación de la validez de una historia de las mentalidades de la Revolución Francesa, Vovelle parte de un balance que revela las razones de la antigua desconfianza de la historiografía de tradición jacobina y de orientación revolucionaria, frente a planteamientos de signo conservador (o aún contrarrevolucionario) y alimentados no pocas veces con fórmulas pseudos-científicas tales como ciertos análisis antropomorfistas en boga a comienzos del siglo (en el estudio de las muchedumbres revolucionarias) o como ciertas explicaciones de corte pavloviano. En este sentido, el trabajo de Vovelle cumple también una ruptura con la tradicional desconfianza de los historiadores marxistas hacia la historia de las mentalidades, aun cuando los más grandes entre ellos y dedicados al estudio de la revolución, Georges Lefebvre y Albert Soboul, son en la consideración de Vovelle, los "padres fundadores" de la historia de la mentalidad revolucionaria, el primero con su artículo "Foules révolutionnaires" publicado en 1932 y, sobre todo, con La Grande Peur; el segundo, con su trabajo Les Sans-culottes parisiens en L' an II. Mouvement populaire et gouvernement révolutionnaire (1793-1794)



Además, la obra de Rudé sobre las multitudes en la Revolución Francesa proporciona a Vovelle un modelo interpretativo aplicado al caso marselles y en general al Midi. Por otro lado, los estudios de Claude Mazauric sobre el movimiento jacobino son seguidos de cerca en la construcción de una periodización para esta corriente revolucionaria. Estas consideraciones significan que el autor se sitúa en estrecha continuidad con la historiografía marxista de la revolución francesa. Sin embargo, su incursión en otras vertientes le ha permitido, en una medida importante, construir y desarrollar su método de análisis de las mentalidades. Vovelle valoriza particularmente la historia literaria, los trabajos de Paul Hazard y sobre todo de Daniel Mornet, cuyo libro, Los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa, constituye un clásico de referencia obligada y aún no superado. Son también significativas para Vovelle, las contribuciones de Philippe Aries y sus estudios sobre la infancia; de Michael Foucault; de Mikhail Bakhtin y su estudio del universo rabelaisiano de cultura popular, de Maurice Agulhon y su texto Pénitents et Fran-maqons.



El análisis de Vovelle sobre la mentalidad revolucionaria otorga un lugar importante a las herencias culturales de larga duración y a las más recientes del movimiento de las Luces, pero se concentra de preferencia en la creación de actitudes, conceptos y valores nuevos, insiste en la creatividad revolucionaria, vivamente sentida por otra parte por los mismos contemporáneos y actores de la Revolución: ésta aparece así en la pluma de Vovelle como una auténtica "revolución cultural".



Su abordaje se distancia por igual de las explicaciones unitarias que establecían una causa primera de la revolución (la alteración de los valores tradicionales como secuela del filosofismo, entre los historiadores conservadores, el progreso del individualismo y el retroceso de la superstición como resultado de la difusión de las luces, entre los liberales) y de las explicaciones mecanicistas de lo mental como una realidad determinada por condiciones demográficas y económicas (p. 53).



Vovelle concluye que no se puede reducir el lugar de las sensibilidades colectivas a un rol epifenoménico puesto que tienen dentro de las superestructuras ideológicas un lugar propio.



Por otro lado, Vovelle rechaza de plano el modelo di fusionista que reducía la explicación de la sensibilidad colectiva por la transmisión vertical de un modelo elitista, simplificado y vulgarizado a nivel popular: por el contrario, el autor insiste en la elaboración de modelos de comportamiento y valores propios, muchos de ellos como reelaboración de formas antiguas y otros como creaciones innovadoras, dentro de lo que el texto denomina la "Superación dialéctica de las herencias recibidas"(p. 27) .



Dentro de estas coordenadas, el autor aborda el estudio de las manifestaciones de la mentalidad revolucionaria: el miedo y su transformación política en el mito del complot; la muchedumbre urbana, provincial y campesina; la violencia en su proceso de mutación desde la explosión espontánea hasta las formas institucionalizadas del Terror y los Tribunales revolucionarios, a través de un proceso de creciente organización y teorización por parte de un movimiento sansculotte gradualmente politizado, que llega a justificar la violencia en términos de necesidad histórica y de defensa legítima de la revolución.



Una parte muy importante del texto está dedicada a lo que Vovelle denomina el "Homo Novus" revolucionario. A través del examen de ciertas nociones, pueblo, fraternidad, igualdad, felicidad, del análisis sociológico del grupo sans-culotte y sus organizaciones (asambleas seccionarías estudiadas en París por Soboul y en Marsella por Vovelle) el autor saca a luz un tipo humano nuevo: el militante, cuyo perfil social y grado de activismo se fijan con precisión, (p. 117) Pero es sobre todo el examen del héroe revolucionario y las modalidades diversas de la heroización una de las contribuciones más interesantes del texto: de la desconfianza por las glorias sospechosas de pretensiones cesaristas hasta la construcción de la trinidad de mártires revolucionarios y la exaltación de los héroes-niños se desenvuelve una peripecia que sufre una corte en Thermidor.



En el estudio de las formas de la sociabilidad revolucionaria, de la fiesta de la religión y los cultos, de la vida cotidiana y las costumbres, del amor y de la muerte, el autor establece los elementos novedosos que la revolución crea, al lado de las supervivencias y de las' 'relecturas" de formas antiguas: la fiesta con sus escenarios, sus imágenes, sus discursos y su música, como expresión de un nuevo ideal de la sociedad y del mundo, de la imagen de la mujer y del niño, en un proceso de mutación que examina desde los comienzos de la revolución hasta el fin del Directorio; las escenografías neo-clásicas y las referencias a Grecia y Roma; la religiosidad revolucionaria manifiesta tanto en un movimiento descristianizados de fuerte arraigo popular, en el carnaval y en el culto a las Diosas-Razón como en los cultos oficiales del Ser Supremo y de los mártires, las fiestas decadarias y la teofilantropía del Directorio; los nuevos valores del compromiso político, la fraternidad y la felicidad: el sentido de la vida breve, la laicización de la familia, el nuevo derecho sucesorio; los nuevos conceptos de pareja (la unión libre entre los sans-culottes) de la infancia y la juventud, de la mujer, en un discurso por momentos moralista y misógino; la nueva imagen de la muerte, ampliamente nutrida del lenguaje médico y expresada en nuevos rituales fúnebres seculares y recatados.





Como resultado de estos análisis, Vovelle establece un balance revelador del cambio que la revolución introdujo en las mentalidades, ampliando el imaginario colectivo, la sensibilidad y la vida cotidiana del siglo siguiente, aun cuando el texto no escatima la consideración de las manifestaciones de la marginalidad y de la oposición ante el hecho revolucionario. Desde el punto de vista metodológico, el libro ofrece un modelo de tratamiento en la Historia de las mentalidades dentro de un cuadro de interrogaciones sobre los juegos de la larga duración secular y del tiempo corto de una revolución [*].



Las fuentes utilizadas incluyen una gama amplísima de documentos escritos y no escritos: declaraciones, proclamas, prensa, hojas sueltas, afiches, pintura neo-clásica, decoración de vajillas, cartas de juego, trajes y peinado (el corte' 'a la guillotina") la música (canción revolucionaria e himno adaptado del canto gregoriano entre los ven deanos), la epigrafía, etc.



Los procedimientos utilizados en la lectura de la documentación varían desde el análisis cuantitativo hasta el re-examen de la literatura tradicional y la hagiografía e incluyen de un modo destacado el análisis cualitativo de datos.



La cuantificación de los registros electorales, los informes de asistencia a clubes y secciones, las curvas de la demografía histórica (sobre variables tales como el grado de compromiso político y del militantismo (e Inversamente, la magnitud de la marginalidad y del rechazo a la revolución) o el alcance de la recepción entre las gentes de la nueva legislación (el divorcio, o el derecho sucesorio, por ej.). Sobre estas bases, el autor construye una cartografía de Francia que revela la regionalización de las sociedades revolucionarias, de la emigración contrarrevolucionaria, del culto a los mártires de la libertad, del movimiento descristianizados y sus rechazos, etc. El análisis lexicográfico de las imágenes (aplicada tanto al arte popular y al grabado como a la gran pintura neoclásica) revela temas, conceptos (libertad, regeneración) valores a promover o a extirpar (fanatismo, superstición), la desaparición del viejo repertorio (la Pasión, los mártires cristianos, el Juicio final) y la irrupción de imágenes y símbolos tomados del clasicismo griego y romano (la pintura de David). El análisis de los contenidos simbólicos (escarapela, gorro frigio entre los grupos populares, el rosario y el corazón de Jesús entre los vendeanos) permite al autor establecer las formas y la evolución de los sentimientos de comunidad y la transición de las nociones (como la de "pueblo" que desde el "buen pueblo" de la concepción social del Antiguo Régimen evoluciona hacia la idea nueva de fraternidad igualitaria y culmina en la acepción restrictiva de pueblo por oposición a los poderosos).



Finalmente, la lectura "en negativo" de las fuentes de la represión esclarece los comportamientos y actitudes y contribuye a la construcción de perfiles sociológicos.



De esta manera el abordaje de Vovelle incorpora a la historia de las mentalidades la dimensión económica, social y demográfica sin incurrir en reduccionismos simplificadores ni en determinismos mecanicistas ni en un fácil "miserabilísimo" que convierte la miseria en el motor único del comportamiento de las masas (P. 194): por el contrario se trata de un análisis extremadamente fino de los matices y por ello es su lectura especialmente sugestiva.

Marc Bloch

Marc Bloch nació el 6 de julio de 1886 en Lyon. Murió abatido por balas alemanas el 16 de julio 1944 en Saint-Didier-de-Formans (Ain) a los 53 años . Su mujer murió el 2 de julio de 1944 en Lyon a los 49 años, ignorando seguramente la muerte de su esposo.




No hay día en que no le encontremos citado, ya sea en la prensa, ya sea en un artículo o tal vez en un libro. Su nombre aparece con una frase suya o para recordar una de sus ideas o un acontecimiento relacionado con él. También se le asocia a menudo con la resistencia frente a los ocupantes nazis. La obra de Marc Bloch es considerable. El historiador y el sabio son mundialmente conocidos. Pero su propia vida lo es bastante menos.



Se trata de una vida breve y excepcional. Como muchos de sus contemporáneos nacidos en las últimas décadas del siglo XIX, o en los primeros años del siglo XX, vivió dos crisis graves que dejaron huellas en cuerpos y espíritus : la Gran Guerra (1914-1918), con su cortejo de sufrimientos y horrores, en la que participaron la mayoría de ellos, y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en la que solo una minoría participó. Esta guerra fue seguida en Francia por la ocupación y el régimen colaboracionista de Vichy, los que se desarrollaron en la indiferencia o por lo menos, para la gran mayoría de la población francesa, en la inacción. Durante estos últimos procesos Marc Bloch, al contrario de muchos otros, desempeño un papel activo. Fue combatiente durante las dos guerras y jugó un importante papel dentro de la Resistencia.



Esquematizando un poco, la vida de Marc Bloch puede resumirse de esta manera : 20 años de vida normal, caracterizada por un intenso trabajo, una carrera universitaria brillante pero relativamente lenta que lo condujo de Strasbourg a París, una vida familiar clásica y feliz junto a su esposa amada y rodeada por seis hijos, en un confortable bienestar y una producción científica sorprendente, tanto por su riqueza como por su abundancia. Diez años de vida anormal, dividida en dos periodos de cinco años que enmarcan los 20 años de vida normal. El primer periodo es militar, de 1914 a 1919, el segundo, de 1939 a 1944, marcado por trastornos, privaciones, pérdidas sucesivas y sobre todo iluminado por una implicación cada vez más importante y total en el movimiento de la Resistencia. Y diez años más, de formación, que se iniciaron a los 18 años, en 1904, cuando fue admitido en l'Ecole normale supérieure (Escuela Normal Superior, E.N.S.), y que terminaron al inicio de la guerra, en 1914, incluyendo los dos años de instituto en Montpellier y Amiens, 1912-1913, 1913-1914. Sobre su infancia y adolescencia no sabemos prácticamente nada dado que los documentos y testimonios son escasos. Sin embargo podemos intentar representarnos esta vida dentro del marco familiar a partir de las palabras del propio Marc Bloch cuando afirma, al manifiestar reconocimiento a sus padres en su testamento de 1915: "mentiría si dijera que no le tengo apego a la vida, sería injusto con vosotros que me la habéis hecho tan dulce".