martes, abril 22, 2014

Reconocimiento al cuerpo administrativo de este Centro de Investigaciones Históricas de América Central




El CIHAC en su 35 aniversario desea reconocer al cuerpo administrativo de este Centro de Investigaciones.
Sin duda, este acto es un justo  homenaje a un equipo administrativo con un impresionante nivel de compromiso con los académicos y con experiencias importantes en la administración y la gestión que han hecho posible los éxitos del CIHAC en todos los campos

El equipo administrativo del CIHAC se ha caracterizado por su espíritu de innovación, por su capacidad para apasionarse por un proyecto nuevo;  enfrentar los problemas siempre desde una visión propositiva; se esmera por el avance del Centro con la mira de lograr los procesos de consolidación.
En el CIHAC hemos logrado también conformar una planta de brillantes investigadores que en otros lados se denomina senior creando espacios para la investigación y proyectos de gran envergadura.   Jóvenes investigadores con estudios de posgrado y doctorado en asocio con la Escuela de Historia y el posgrado Centroamericano de Historia con líneas de investigación de vanguardia que se han incorporado para introducir nuevo aires y renovadas energías, no sólo a la Unidad, sino a la Universidad en su conjunto.



En esas tareas el equipo  administrativo ha estado siempre al lado de todos los investigadores.   Ellos han tenido a su cargo las tareas siempre alienantes como colaborar con el famoso sistema la zorrita o el que viene la zorrita súper cargada, que han tendido a  creer en este proyecto académico del CIHAC y en todo el programa de investigación docencia y acción social que representa la alianza entre la escuela, el posgrado y nuestro centro.
Ellos han logrado un nivel de compromiso similar al que se establece cuando la actividad es profundamente satisfactoria como ocurre con la docencia y la investigación.  Como miembro del Consejo Científico del CIHAC  quiero agradecerle a cada uno de ustedes su invariable compromiso con este proyecto y con las condiciones de trabajo incansable que exige nuestra universidad.   Su  apoyo invaluable para el avance de la Unidad.


Como todas las instituciones.  Nuestra comunidad ha sabido crecer y cohesionarse ante los problemas.   La lucha cotidiana genera sentimientos de hermandad y de cohesión que hoy son los que queremos reconocer en cada una de ustedes.

jueves, abril 17, 2014

Congresos Congreso Centroamericano de Historia. 22 años de historia de la historia




I Congreso Centroamericano de Historia, Tegucigalpa, Honduras, 13 al 16 de 1992
II Congreso Centroamericano de Historia, Guatemala, julio 1994.
III  Congreso Centroamericano de Historia, San José, Costa Rica, julio 1996
IV Congreso Centroamericano de Historia, Managua, Nicaragua, 14 al 17 de julio de 1998
V Congreso Centroamericano de Historia, San Salvador, del 19 al 21 de julio de 2000
VI Congreso Centroamericano de Historia Universidad de Panamá del 22 al 26 de julio del 2002
VII Congreso Centroamericano de Historia, Tegucigalpa, Honduras, del 19 al 23 de julio de 2004
VIII Congreso Centroamericano de Historia. La Antigua Guatemala / 10 al 14 de julio de 2006. Centro de Formación de la Cooperación Española.  Universidad de San Carlos de Guatemala
IX Congreso Centroamericano de Historia, San José, Costa Rica, del 19 al 23 de julio de 2008
X Congreso Centroamericano de Historia.  Recinto Universitario Rubén Darío “Rubén Darío”, UNAN-Managua, Nicaragua, 12 al  15 de julio de 2010
XI Congreso Centroamericano de Historia .  Ciudad de San Cristóbal de las Casas en el Estado de Chiapas, México, en agosto de 2012  Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH).

XII Congreso Centroamericano de Historia que se realizará en la Ciudad Universitaria, San Salvador, del 14 al 18 de julio de 2014.

miércoles, abril 16, 2014

Combates por la historia ayer y hoy.


En España se realizan encuestas que diagnostican la memoria de los alumnos en hechos considerados claves de la historia de ese país.

Según los resultados de uno de esos diagnósticos (http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-03-30/cautiva-y-desarmada-la-eso-se-olvida-de-la-guerra-civil_109005/) “los futuros profesores y antiguos estudiantes de la ESO es llamativo: el 27% de los encuestados cree que el dictador ejerció su poder absoluto menos de 30 años. El 45% desconoce qué fue el maquis; el 71,6% ignora en qué consistió el proceso 1.001 (el 91% cree que el proceso que acabó con la dirección de CCOO en la cárcel fue la ejecución de 1.000 presos políticos); el 58% desconoce qué fue el Tribunal de Orden Público; el 79,5% no sabe en qué año se produjeron las últimas ejecuciones en España (casi el 40% desconoce incluso que las hubiera)”

Sería interesante una medición de hechos históricos en Costa Rica, donde los intelectuales asociados a una reforma del plan en la Enseñanza de los Estudios Sociales en educación Media se abocaban a crear los mitos de la Costa Rica siempre verde, solidaria, civilista y en desarrollo que complementaran las ideas de un país blanco, pacífico, sin indígenas, negros o conflictos sociales.

En efecto, cuáles serán los porcentajes que conocerán ¿si Rafael Ángel Calderón Guardia hizo o no fraude? ¿la existencia o no del Codo del Diablo y los hechos que ocurrieron ahí?  ¿la participación de miembros de la oligarquía en actos terroristas desde 1943?  ¿las implicaciones de lo que el viento se llevó?  ¿sobre los papeles de Paco Calderón y René Picado?  ¿la existencia de personajes como Calufa, Carmen Lyra, Juan del Camino, el Sapo, el Mono, tacones, u otros personajes?  ¿las diferencias e implicaciones entre citar los eventos del 48 como Guerra del 48 o Revolución del 48?

Esos temas van más allá de la memoria implantada por los grupos hegemónicos y sus intelectuales, es un tema de poder, dominación y relaciones sociales basadas en la enajenación. 


Cuántos temas, cuántas desmemorias... un buen trabajo del Ministerio de Educación, los aparatos de dominación ideológica y una buena auto- reflexión de la historia académica y critica contra la historia oficialista y hegemónica.   Batalla planteada desde la década de 1970 por historiadores costarricenses consecuentes con su quehacer académico y su praxis política como ciudadanos.   Los combates por la historia continúan....


martes, abril 15, 2014

Sobre la necrológica de Jacques Le Goff



 Madrid 9 ABR 2014 - 00:00 CET
Tomado de http://elpais.com/elpais/2014/04/08/opinion/1396973082_061630.html

En la valiosa necrológica de Jacques Le Goff en la edición del pasado domingo falta un libro. En 2006, él publicó Pour Hanka (Gallimard), una autobiografía a dúo que narraba su vida entrelazada con la de su esposa, que había fallecido poco antes. Es una carta de amor preciosa y conmovedora y merece estar entre los otros títulos de quien fue no solo un gran medievalista, sino también un ser humano que destacaba por sus principios, entre ellos la lealtad.— James Amelang. 

Jacques Le Goff, la luz sobre la Edad Media

El medievalista fue el gran impulsor de la Nueva Historia

 5 ABR 2014 - 23:46 CET
Tomado de http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/05/actualidad/1396733962_705934.html?rel=rosEP

El historiador Jacques Le Goff dedicó su carrera a luchar contra los estereotipos que predominan sobre su época de predilección, la Edad Media, la cual describía como un periodo “luminoso” y “lleno de risas”. Apodado “el ogro historiador” y el “papa de la Edad Media”, dirigió la prestigiosa revista Annales y fue uno de los grandes representantes de la Nueva Historia. El historiador falleció el 1 de abril en París a los 90 años.
El presidente François Hollande homenajeó la memoria de un “gran historiador”, quien “sabía leer en la historia estos movimientos largos que dan forma a las conciencias y los imaginarios”, según destacó en un comunicado. “Era también un intelectual comprometido con los combates de su tiempo, firme partidario de una educación republicana, defensor convencido de la Europa y combatiente de la justicia social”, añadió.
Le Goff, europeísta convencido y políglota, se dedicó a “revelar en nuestro mundo contemporáneo la herencia a menudo escondida de periodos anteriores, dejando al descubierto las profundas raíces de la construcción europea”, destacó por su parte la ministra de Cultura, Aurélie Filippetti.
Reveló en el mundo contemporáneo
la herencia de periodos anteriores
Nacido el 1 de enero de 1924 en Toulon, en el sur de Francia, Jacques Le Goff se apasionó por la historia con apenas 12 años con la lectura deIvanhoe, de Walter Scott, y de la Historia de Francia de Michelet. Con ellos descubrió la complejidad de la época medieval. Convocado por el Servicio de Trabajo Obligatorio para participar al esfuerzo de guerra alemán durante la ocupación de Francia durante la II Guerra Mundial, huyó a los Alpes para unirse a la resistencia, donde se ocupaba de recoger las armas y medicamentos lanzados en paracaídas por los ingleses.
Pasada la contienda, se inscribió primero en la Sorbona. Pero, decepcionado, se cambió por la Escuela Normal Superior, donde coincidió con Alain Touraine. En 1947 se desplazó a Checoslovaquia para un viaje de estudios. Vivió allí el golpe de Praga en 1948, el cual le alejó de los comunistas, aunque siguió siendo un hombre de izquierdas. Con la cátedra lograda en 1950, varió los destinos académicos y publicó sus primeros libros: Mercaderes y banqueros en la Edad Media (1956) y, sobre todo, Los intelectuales en la Edad Media (1957), sobre los vínculos entre el fenómeno urbano y el mundo del conocimiento.
Describía el Medievo como un tiempo
“luminoso” y “lleno de risas”
Este le impuso como uno de los herederos de la escuela de la revista de historia Annales, que revolucionó la disciplina en los años treinta abogando por un enfoque pluridisciplinar y privilegiando el largo plazo sobre el estudio del evento. “Una idea fundamental de esta escuela es que la historia se hace en un viaje de ida y vuelta constante del presente hacia el pasado y del pasado hacia el presente”, explicaba. Se oponía así a la idea de que el Renacimiento puso fin a un oscurantismo de la Edad Media.
El libro le abrió así las puertas de la Escuela Práctica de Altos Estudios de Fernand Braudel en 1959, la cual acabó presidiendo en 1972 y que convirtió en 1975 en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) actual.
A partir de 1963, empezó también a dirigir a su vez la prestigiosa revista de los Annales y popularizó la teoría la de Nueva Historia, que privilegia la historia de las mentalidades, y que hizo célebre con su libro coescrito con Pierre Nora Faire de l’Histoire (1973). “¿Cómo quiere entender una época y una civilización sin incluir la literatura, el arte y el derecho? Es imposible”, explicaba Le Goff en una entrevista de 2005.
En total, publicó una cuarentena de libros, entre los cuales La civilización del occidente medieval (1964), Por otra Edad Media (1978),El nacimiento del purgatorio (1981) —una de sus obras cumbre—, el best seller de la biografía de St Louis (1996) o La Edad Media y el dinero (2010). En paralelo, presentaba el programa Los lunes de la historia en la radio France Culture. En su último libro, Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches? (2014, Ed. Seuil), abogaba por combinar “continuidad y discontinuidad” y trabajaba ya en su próximo estudio.

lunes, abril 14, 2014

La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado






tomado de http://www.juliancasanova.es/la-segunda-republica-de-la-fiesta-popular-al-golpe-de-estado/

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.
La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.
A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.
El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.
Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.
El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.
Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.
Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.
Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.
Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.
Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.
Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.
Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.
Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña, que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.
Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.
HECHOS A RECORDAR
TRES FASES:
-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)
-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.
-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga
La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.
Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculina, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).