Mostrando las entradas con la etiqueta historiografía francesa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta historiografía francesa. Mostrar todas las entradas

jueves, abril 24, 2014

FRANÇOIS DOSSE Y LA BIOGRAFÍA INTELECTUAL



tomado de  http://clionauta.wordpress.com/2010/05/31/francois-dosse-y-la-biografia-intelectual/

François Dosse (París, 1950) es entrevistado de nuevo en Argentina a propósito de su reciente  Gilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada (Fondo de Cultura Económica). Participante en la Feria del Libro de Buenos Aires, en esta ocasión conversó con adn cultura.
-Usted ha escrito numerosos textos dedicados a la historiografía y sus conceptos. Sin embargo, la posibilidad de acceder a un público mayor se la proporcionaron sus trabajos biográficos. ¿Cómo interpreta esta situación?
-Lo primero que hay que decir es que durante un largo período la biografía, como género, fue objeto de un profundo descrédito en Francia. Especialmente cuando se trataba de personajes intelectuales. Desde los años ochenta, en cambio, asistimos a una verdadera explosión del género biográfico. Es una situación que coincide -y no por casualidad- con el retorno a la noción de “acontecimiento”. Mi idea es que, tanto en un caso como en el otro, no se trata de un mero “volver a lo de antes”, sino que hoy en día la manera de abordar tanto una biografía como la problemática del acontecimiento es más reflexiva, ya que se tienen en cuenta las condiciones de posibilidad, las zonas de opacidad, el hecho de que existen lógicas de las cuales los actores no son conscientes, etcétera. Al mismo tiempo, el creciente interés en lo biográfico puede deberse a que, sobre todo en las ciencias humanas, actualmente nos interrogamos más profundamente sobre las lógicas de autor, y esto se corresponde con un cierto regreso a la reflexión sobre el sujeto.
-El hecho de trabajar con biografías de intelectuales ¿lo condiciona de algún modo particular? Porque, quizá, los lectores no estén a la espera de datos sobre la vida privada de los personajes abordados, sino de claves de interpretación de su pensamiento o, incluso, de toda su época.
-Mi punto de vista es que el biógrafo no posee las claves de la explicación de un pensamiento o una época. Sin embargo, considero que sí está en condiciones de instalar un cierto número de hipótesis al respecto, siempre y cuando considere la biografía intelectual -al menos si se encuadra en lo que yo llamo “historia intelectual”- como algo que no es ni puramente externalista ni puramente internalista. El biógrafo debe tener en cuenta la obra propiamente dicha, sumergirse en ella, y al mismo tiempo el momento, los medios de sociabilidad, los destinatarios, los modos de apropiación, los horizontes de la obra y del autor, etcétera. No para establecer relaciones de causalidad entre estos elementos, sino para estudiar las conexiones, los agenciamientos que son esclarecedores y que permiten alcanzar una mejor percepción tanto de la singularidad de la obra como del sujeto en cuestión.
-La biografía intelectual podría funcionar, entonces, como una suerte de introducción a un pensador…
-Efectivamente. Pienso que puede resultar un buen modo de acceder a la obra y a su desarrollo, que es a la vez sincrónico y diacrónico. Hay una lógica endógena, interna a la obra, que se despliega independientemente del contexto y de su tiempo y, simultáneamente, una lógica sincrónica, de correspondencia entre la obra misma y todo lo que la rodea, como los desafíos de su época o los elementos de su contexto. Por esto, para pensadores que se han comprometido con su tiempo, que intervinieron en la vida ciudadana, como Foucault, Lévi-Strauss, Deleuze o Guattari, esta modalidad de aproximación me resulta especialmente apropiada.
-En su último libro, Gilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada , usted desmonta el dispositivo “Deleuze-Guattari” para señalar, de modo diferenciado, los aportes propios de ambos pensadores. En esa operación se percibe una clara tendencia a destacar el valor de los conceptos que provienen de Guattari…
-Lo que usted dice es al mismo tiempo verdadero y falso. Verdadero, dado que el libro pretende reparar una injusticia. Porque si bien ellos produjeron una obra en común, hay una fuerte tendencia a “desguattarizar” a Deleuze. Por ello en mi trabajo creo necesario insistir en los aportes de Guattari. Pero también es falso, dado que yo no me siento, en lo personal, más cerca de Guattari que de Deleuze. Tal como ellos mismos lo plantearon, en relación con su obra conjunta no es pertinente tratar de discernir los aportes de cada cual. Lo que importa es el proceso, el dispositivo extremadamente original de escritura en común, de diálogo. Cuando uno se aproxima a Deleuze y Guattari, la importancia está en el “y”, en la conjunción que los vincula. No se trata de separar al uno del otro, ni de construir un tercer personaje, una suerte de “Guattareuze”, que sería como la fusión de ambos. Es el discurso que surge de una “síntesis disyuntiva”, dos flujos que son muy diferentes el uno del otro, que produce chisporroteos de creación a partir de la diferencia. Pero eso no implica avalar la “desguattarización”.
-¿A qué le atribuye esa tendencia a borrar el nombre de Guattari?
-Yo creo que no es algo necesariamente malintencionado. Pasa que Deleuze tiene una identidad anclada, una identidad de profesor de filosofía, de filósofo profesional. En cambio, Guattari es una especie de “electrón libre”, que, profesionalmente, no tiene anclaje. Aunque tiene responsabilidades en relación con lo psiquiátrico, en la clínica de La Borde, que él codirige, no es un psiquiatra profesional; hizo un trayecto de formación en filosofía, pero nunca llegó al final del recorrido. Guattari es la encarnación de un rizoma, es inclasificable. Pero, al mismo tiempo, gravita en medios muy diferentes, y esto es, por supuesto, lo que le interesa a Deleuze, porque está conectado con psiquiatras, con antropólogos, con especialistas en educación, en sociología institucional, etcétera. Y, sobre todo, es un militante. Esto es también lo que se quiere borrar: su radicalidad, que lo vincula al pensamiento de Mayo del 68.
-¿Qué es lo que atrae a Deleuze de Guattari?
-Tal vez, su diferencia. No olvidemos la tesis de Deleuze: Diferencia y repetición . Ellos son la diferencia “puesta en obra”. Guattari estaba metido de lleno en las ciencias sociales, mucho más que Deleuze. Incluso en un momento fue presentado como el álter ego de Lacan. Y en relación con la filosofía, aportó la cuestión de la práctica. Los conceptos, en general, se quedan en el mundo de las ideas para ser contemplados. En cambio, para ellos, los conceptos que creaban debían servir como herramientas en la práctica. Guattari tenía ese lugar de inscripción social -la clínica de La Borde, los diversos grupos en los que participaba- y, por tanto, él podía testear conceptos como el esquizoanálisis, los agenciamientos múltiples, los rizomas, poniéndolos en práctica. Pero, evidentemente, esto no significa que Guattari sea más que Deleuze, eso no tendría mucho sentido porque, tanto en la calidad de la escritura como en la inscripción en el pensamiento filosófico, Deleuze es totalmente indispensable.
-Actualmente es usual escuchar que la filosofía francesa ha cedido el paso al pensamiento italiano. Los nombres de Agamben, Negri, Esposito o Vattimo ocuparían el lugar de los grandes nombres franceses de fines del siglo pasado. ¿Coincide con esta postura?
-Creo que es una visión un tanto ilusoria de las cosas. Es cierto que si uno considera la segunda parte del siglo XX, se ve que hubo un producto de exportación, la “French Theory”, con una serie de pensadores de la talla de Derrida, Foucault, Althusser, Bourdieu, Lacan, Barthes, todas grandes figuras. Es la época calificada como “estructuralista”, que fue algo así como la edad de oro de las ciencias humanas. Y, curiosamente, fue el momento de una tendencia en Francia que consideraba que la filosofía había llegado a su fin, que era algo superado, terminado. La perspectiva teórica estaba alimentada por las ciencias humanas y se sostenía que la filosofía especulativa había que situarla en el siglo XIX. Hoy en día, en cambio, la filosofía experimenta un importante retorno. A tal punto que han aparecido revistas y suplementos semanales para todo público, que se encuentran en los quioscos, dedicados íntegramente a la filosofía. También se multiplican los cafés filosóficos y las “consultas filosóficas”. Así como en los años sesenta todo el mundo se psicoanalizaba, hoy en día se prefiere acudir a la consulta filosófica. Hay mucha gente que le paga al filósofo para que le brinde orientación. Partiendo de la reflexión acerca de un problema personal, el filósofo sugiere lecturas -de Séneca o Nietzsche, por ejemplo- y a la semana siguiente evalúa junto con su interlocutor si las cosas van mejor o no. Es decir, la filosofía no ha muerto en Francia. El filósofo sigue siendo considerado un intelectual en el pleno sentido del término, aunque sobre todo como mediador, como esclarecedor de ideas, como portador de temas que son fundamentales para la vida ciudadana. Es cierto que los filósofos franceses no se arriesgan hoy al ridículo de considerarse la encarnación del sentido de la historia, a diferencia de lo que parecen pretender ciertos filósofos italianos.
-¿Podría decirse que cambió la función de la filosofía?
-Pienso que tanto su rol como su estatus se han modificado un poco. Hay una renuncia a colocarse en una posición superior o de aislamiento. Lo que en su momento fue considerado el fuerte de la filosofía francesa estaba construido a partir de un riguroso encierro, desde el que se lanzó al mercado un producto propio del terruño, como si se tratara del vino de Bordeaux, por ejemplo. Hoy en día, en cambio, los filósofos franceses son plenamente conscientes del hecho de que deben articular su pensamiento con el de otras filosofías, como la corriente fenomenológica, la hermenéutica o la filosofía analítica anglosajona. Esto es algo que ya hizo Paul Ricoeur, por ejemplo. Él fue un gran mediador entre estas corrientes, y con ello logró que la filosofía, en lugar de caer en puntos muertos, se fortaleciera al nutrirse con esa variedad.
-Usted ha dedicado varios trabajos a Paul Ricoeur, destacando su importancia para el pensamiento francés contemporáneo. ¿Cree que en el ámbito intelectual se le ha otorgado el lugar que merece?
-Ricoeur fue víctima de una importante marginación a mitad de los años sesenta en Francia, particularmente a causa de su lectura de Freud. Fue atacado de manera violenta por Lacan. Porque Lacan esperaba que Ricoeur realizara una apología de él mismo y se decepcionó, ya que Ricoeur dedicó su estudio a Freud, no a Lacan. A partir de entonces Ricoeur fue víctima de ataques muy duros por parte de los lacanianos, a tal punto que siendo un filósofo muy moderno, fue acusado de tradicionalista, de estar atrasado. Pero más tarde, cuando el estructuralismo declinó, Ricoeur recuperó un lugar destacado, sobre todo a partir de la publicación de Tiempo y relato y de su contribución a la introducción en Francia de la filosofía analítica, luego de haber enseñado en Chicago. En ese momento se encontró con una generación joven, que se interrogaba sobre la cuestión del sujeto y que vio en Ricoeur la posibilidad de una filosofía abierta que terminó siendo clave en la redefinición de las ciencias sociales de fines de los años ochenta. Por ejemplo, si volvemos al terreno de la historia, debemos admitir que los historiadores no se interesan, en general, por cuestiones filosóficas. Sin embargo, desde hace algunos años el trabajo de elucidación realizado por Ricoeur ha sido fundamental para ellos. Y lo mismo sucede con los antropólogos, los sociólogos, los teóricos de la literatura.
-Para finalizar, ¿podría anticiparnos algunos de sus próximos trabajos?
-Acabo de terminar dos libros. El primero es una reflexión sobre la noción de acontecimiento. En él planteo una indagación pluridisciplinaria, desde la historia, la filosofía, el psicoanálisis, la antropología, acerca de qué es un acontecimiento. Hoy en día asistimos a un retorno de la noción de acontecimiento, que yo llamo -y así se titula el libro- “el renacimiento del acontecimiento”. No se trata del retorno de lo mismo, sino de algo diferente. El subtítulo es: “Un enigma para el historiador: entre fénix y esfinge”. El acontecimiento, cualquiera sea su definición, se mantiene como un enigma en cuanto a las explicaciones posibles. Y es también una especie de ave fénix. Hay una frase de Michel de Certeau que a mí me gusta mucho, que dice que “el acontecimiento es lo que él mismo deviene”. Éste es uno de los aportes del psicoanálisis y de la relación entre historia y memoria. El acontecimiento no es lineal; se sumerge, reaparece; se conecta ulteriormente con otros acontecimientos, con lo cual crea nuevos acontecimientos. Hay un renacimiento enigmático a partir de los rastros, de las huellas del acontecimiento. El acontecimiento debe ser concebido siguiendo esas huellas. El otro texto que acabo de terminar es una biografía intelectual de Pierre Nora, que estuvo en el corazón de esa edad de oro de las ciencias sociales. Él nos trajo una nueva manera de escribir la historia, con la problemática de los lugares de memoria.
Gustavo Santiago  © LA NACION

martes, abril 15, 2014

Sobre la necrológica de Jacques Le Goff



 Madrid 9 ABR 2014 - 00:00 CET
Tomado de http://elpais.com/elpais/2014/04/08/opinion/1396973082_061630.html

En la valiosa necrológica de Jacques Le Goff en la edición del pasado domingo falta un libro. En 2006, él publicó Pour Hanka (Gallimard), una autobiografía a dúo que narraba su vida entrelazada con la de su esposa, que había fallecido poco antes. Es una carta de amor preciosa y conmovedora y merece estar entre los otros títulos de quien fue no solo un gran medievalista, sino también un ser humano que destacaba por sus principios, entre ellos la lealtad.— James Amelang. 

Jacques Le Goff, la luz sobre la Edad Media

El medievalista fue el gran impulsor de la Nueva Historia

 5 ABR 2014 - 23:46 CET
Tomado de http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/05/actualidad/1396733962_705934.html?rel=rosEP

El historiador Jacques Le Goff dedicó su carrera a luchar contra los estereotipos que predominan sobre su época de predilección, la Edad Media, la cual describía como un periodo “luminoso” y “lleno de risas”. Apodado “el ogro historiador” y el “papa de la Edad Media”, dirigió la prestigiosa revista Annales y fue uno de los grandes representantes de la Nueva Historia. El historiador falleció el 1 de abril en París a los 90 años.
El presidente François Hollande homenajeó la memoria de un “gran historiador”, quien “sabía leer en la historia estos movimientos largos que dan forma a las conciencias y los imaginarios”, según destacó en un comunicado. “Era también un intelectual comprometido con los combates de su tiempo, firme partidario de una educación republicana, defensor convencido de la Europa y combatiente de la justicia social”, añadió.
Le Goff, europeísta convencido y políglota, se dedicó a “revelar en nuestro mundo contemporáneo la herencia a menudo escondida de periodos anteriores, dejando al descubierto las profundas raíces de la construcción europea”, destacó por su parte la ministra de Cultura, Aurélie Filippetti.
Reveló en el mundo contemporáneo
la herencia de periodos anteriores
Nacido el 1 de enero de 1924 en Toulon, en el sur de Francia, Jacques Le Goff se apasionó por la historia con apenas 12 años con la lectura deIvanhoe, de Walter Scott, y de la Historia de Francia de Michelet. Con ellos descubrió la complejidad de la época medieval. Convocado por el Servicio de Trabajo Obligatorio para participar al esfuerzo de guerra alemán durante la ocupación de Francia durante la II Guerra Mundial, huyó a los Alpes para unirse a la resistencia, donde se ocupaba de recoger las armas y medicamentos lanzados en paracaídas por los ingleses.
Pasada la contienda, se inscribió primero en la Sorbona. Pero, decepcionado, se cambió por la Escuela Normal Superior, donde coincidió con Alain Touraine. En 1947 se desplazó a Checoslovaquia para un viaje de estudios. Vivió allí el golpe de Praga en 1948, el cual le alejó de los comunistas, aunque siguió siendo un hombre de izquierdas. Con la cátedra lograda en 1950, varió los destinos académicos y publicó sus primeros libros: Mercaderes y banqueros en la Edad Media (1956) y, sobre todo, Los intelectuales en la Edad Media (1957), sobre los vínculos entre el fenómeno urbano y el mundo del conocimiento.
Describía el Medievo como un tiempo
“luminoso” y “lleno de risas”
Este le impuso como uno de los herederos de la escuela de la revista de historia Annales, que revolucionó la disciplina en los años treinta abogando por un enfoque pluridisciplinar y privilegiando el largo plazo sobre el estudio del evento. “Una idea fundamental de esta escuela es que la historia se hace en un viaje de ida y vuelta constante del presente hacia el pasado y del pasado hacia el presente”, explicaba. Se oponía así a la idea de que el Renacimiento puso fin a un oscurantismo de la Edad Media.
El libro le abrió así las puertas de la Escuela Práctica de Altos Estudios de Fernand Braudel en 1959, la cual acabó presidiendo en 1972 y que convirtió en 1975 en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) actual.
A partir de 1963, empezó también a dirigir a su vez la prestigiosa revista de los Annales y popularizó la teoría la de Nueva Historia, que privilegia la historia de las mentalidades, y que hizo célebre con su libro coescrito con Pierre Nora Faire de l’Histoire (1973). “¿Cómo quiere entender una época y una civilización sin incluir la literatura, el arte y el derecho? Es imposible”, explicaba Le Goff en una entrevista de 2005.
En total, publicó una cuarentena de libros, entre los cuales La civilización del occidente medieval (1964), Por otra Edad Media (1978),El nacimiento del purgatorio (1981) —una de sus obras cumbre—, el best seller de la biografía de St Louis (1996) o La Edad Media y el dinero (2010). En paralelo, presentaba el programa Los lunes de la historia en la radio France Culture. En su último libro, Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches? (2014, Ed. Seuil), abogaba por combinar “continuidad y discontinuidad” y trabajaba ya en su próximo estudio.

jueves, abril 03, 2014

Muere el historiador Jacques Le Goff a los 90 años


tomado de http://www.eluniversal.com.mx/cultura/2014/jacques-le-goff-muere-historiador-edad-media-999851.html

El francés transformó con sus investigaciones la manera de entender y conocer la Edad Media


El medievalista Jacques Le Goff, uno de los más grandes historiadores e historiógrafos franceses, que transformó con sus investigaciones la manera de entender y conocer la Edad Media, murió hoy a los 90 años, informaron sus familiares al diario Le Monde.
Heredero de la llamada Escuela de los Annales, fundada en 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch, Le Goff fue en la década de los años 70 del siglo XX uno de los promotores de la "Nueva Historia", con la que intentó comprender mejor el pasado, y el presente, gracias al estudio global de la historia, la antropología y el conjunto de las ciencias sociales.
Gran pluma, además de gran historiador, el autor de obras monumentales como Saint Louis (1996) impulsó la antropología histórica, la "Nueva Historia", para explicar el conjunto de las sociedades históricas, incluidas sus dimensiones materiales y espirituales.
Desde esa plataforma arraigó la idea de que para "hacer historia" era preciso interesarse no solo en la geografía, sino también en la literatura, la filosofía, el universo jurídico, la vida privada, las mentalidades o las sensibilidades del momento estudiado.
Faut-il vraiment découper l'histoire en tranches? (¿Es verdaderamente necesario cortar la historia en partes?) fue, en 2014, uno de los últimos trabajos de Le Goff, nacido en 1924 en Toulon, en el sureste de Francia.
Su precoz descubrimiento del universo medieval se produjo a los 12 años, con la lectura de Ivanhoé, de Walter Scott, y de Histoire de France, de Jules Michelet.
Marcaron luego su destino el encuentro con el profesor del islám medieval Maurice Lombard, a quien consideró siempre su gran maestro, quien le presentó a Fernand Braudel, director de la VI sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios, futura Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), una institución en la que comenzó a dar clases en los años 60 y en la que sucedió a Braudel en 1972.
Entre otras obras, Le Goff es el autor de Les intellectuels au Moyen Age (1957), Pour un autre Moyen Age: temps, travail et culture en Occident (1977), Histoire et Mémoire (1988), La vieille Europe et la nôtre (1994), L'Europe est-elle née au Moyen Age" (2004), À La recherche du temps sacré, Jacques de Voragine et la Légende dorée (2011) y Saint François d'Assise (2013).
Director de la colección Faire l'Europe, traducida en los diferentes idiomas europeos, el historiador era igualmente gran divulgador radiofónico, desde el programa "Lundis de l'histoire", de la emisora France Culture.
La ministra de Cultura Aurélie Filippetti rindió homenaje en un comunicado a esa "figura principal" del paisaje intelectual francés, que en más de 60 años de investigación, publicaciones y enseñanzas, "contribuyó de manera excepcional" al enriquecimiento del conocimiento y del progreso de la ciencia histórica.
Filippetti glosó su pasión por la Edad Media y su manera de estudiar todas sus dimensiones, en la tradición de la Escuela de los Annales, de las grandes figuras históricas a "los movimientos más secretos de la historia", como las transformaciones económicas, de las familias de intelectuales y de la espiritualidad.
La ministra recomendó, en particular, la lectura de La civilisation de l'Occident médiéval (1997), que consideró "culminación magistral de sus investigaciones" y obra indispensable para comprender el período histórico al que Le Goff dedicó su vida.

sábado, marzo 08, 2014

Un artículo importante de Foucault, los Anormales y la genealogía de lo monstruoso

Foucault; 'Los Anormales', una genealogía de lo monstruoso  1
Dr. Adolfo Vásquez Rocca - Universidad Andres Bello - Universidad Complutense de Madrid
tomado http://www.observacionesfilosoficas.net/foucaultlosanormales.htm 



Resumen

Este artículo busca dar cuenta del concepto de Anormal desarrollado por Foucault y sus alcances médicos, jurídicos y políticos. Dictado en el Collège de France entre enero y marzo de 1975, el curso sobre Los Anormales prolonga los análisis que Michel Foucault consagró desde 1970 a la cuestión del saber y el poder; poder disciplinario, poder de normalización, biopoder. A partir de múltiples fuentes teológicas, jurídicas y médicas, Foucault enfoca el problema de esos individuos 'peligrosos' a quienes, en el siglo XIX, se denomina 'anormales'. Define sus tres figuras principales - los monstruos, que hacen referencia a las leyes de la naturaleza y las normas de la sociedad, los incorregibles, de quienes se encargan los nuevos dispositivos de domesticación del cuerpo, y los onanistas, que dan pábulo, desde el siglo XVIII, a una campaña orientada al disciplinamiento de la familia moderna. Los análisis de Foucault toman como punto de partida los peritajes médico legales que aún se practicaban en la década de 1950. Esboza a continuación una arqueología del instinto y el deseo, a partir de las técnicas de la revelación en la confesión y en la dirección de conciencia. Plantea de ese modo las premisas históricas y teóricas de trabajos que retomará, modificará y reelaborará en su enseñanza en el Collège de France y en obras posteriores.


Foucault, Abnormal. A Genealogy of the MonstrousAbstract

This article seeks to explain the concept of Abnormal developed by Foucault and scope medical, legal and political. Taught at the Collège de France between January and March 1975, the course on The Abnormal extends Michel Foucault analyzes since 1970 devoted to the issue of knowledge and power, disciplinary power, power of normalization, biopower. From multiple sources theological, legal and medical, Foucault focuses on the problem of those individuals 'dangerous' who, in the nineteenth century, is called 'abnormal'. Define the three main figures - the monsters, referring to the laws of nature and rules of society, the incorrigible, who are in charge of the new devices domestication of the body, and masturbators, that feed from the eighteenth century, a campaign aimed at disciplining the modern family. Foucault analyzes take their point of departure the forensic expert who still practiced in the 1950s. Outlined below an archeology of instinct and desire, from the technical disclosure in confession and spiritual direction. Thereby raises the historical and theoretical premises of jobs resume, modified and reworked in his teaching at the Collège de France and later works.


Palabras clave

Anormales, monstruo, incorregible, loco, biopolítica, cuerpo, razón, psiquiatría, jurídico, político, genealogía, poder, medicina, locura, ética, clínica, encierro, hospital, instinto, crimen, anti-psiquiatría, domesticación, sexualidad.


Keywords

Abnormal, freak, incorrigible, crazy, biopolitical body, reason, psychiatry, law, politics, genealogy, power, medicine, madness, ethics, clinic, prison, hospital, instinct, crime, anti-psychiatry, domestication, sexuality.


1.- Anátomo-política: las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población, hacia la biopolítica.

En la obra de Foucault no sorprende hallar un interés “histórico”, así como una fascinación “romántica”, por las zonas marginales de la sociedad. En efecto, su mirada, tras haberse detenido en la locura, y después en la cárcel, la criminalidad y la delincuencia, se vuelve hacia la sexualidad. “Foucault había instalado su observatorio en las zonas del ser viviente donde las distinciones tradicionales del cuerpo y del espíritu, del instinto y de la idea, parecen absurdas: la locura, la sexualidad, el crimen. Desde allí su mirada giraba como el haz de luz de un faro y se posaba sobre la historia y sobre el presente, dispuesta para los descubrimientos menos tranquilizadores”2.
El tranquilo sueño de la razón no dejará de generar monstruos. Monstruos que son consecuencia de la domesticación, del conformismo y de la seguridad garantizada por el ejercicio del poder. Foucault dará una doble función a este ejercicio: En primer lugar, una anátomo-política del cuerpo humano que obedece a la mecánica de las disciplinas. El principal objetivo de ellas es la comprensión del cuerpo como máquina. Estos procedimientos intentan conseguir docilidad política y utilidad económica de los individuos. En segundo lugar, destaca una biopolítica de la población. En este caso se considera al cuerpo individual en tanto forma parte de la especie. Esta operación queda a cargo de una serie de intervenciones y controles reguladores del individuo en tanto partícipe de los avatares propios de la especie humana: nacimiento, muerte, migración, reproducción, etc. Por lo tanto, el cuerpo es considerado como soporte de los procesos biológicos. Los mecanismos de poder ya no tienen allí por objeto la muerte, sino actúan como administradores de la vida. Las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población constituyen los dos polos alrededor de los cuales se desarrolló la organización del poder sobre la vida.
2.- La historia de la locura en la época clásica; la constitución de la psiquiatría como saber e higiene del cuerpo social.
La microfísica del poder, como la genealogía de lo monstruoso requieren ser complementadas por la exposición que Foucault hace de la historia de la locura en la época clásica, y en particular, por el desarrollo de la psiquiatría como disciplina normativa e inquisidora.
La psiquiatría, tal como se constituyó entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, sobre todo, no se caracterizó como una especie de rama de la medicina general. La psiquiatría funciona -a principios del siglo XIX y ya avanzado éste, quizás hasta alrededor de 1850- no como una especialización del saber o la teoría médica, sino mucho más como una rama especializada de la higiene pública. Antes de ser una especialidad de la medicina, la psiquiatría se institucionalizó como dominio particular de la protección social, contra todos los peligros que pueden venir de la sociedad debido a la enfermedad o a todo lo que se puede asimilar directa o indirectamente a ésta. La psiquiatría se institucionalizó como precaución social, como higiene del cuerpo social en su totalidad nunca hay que olvidar que la primera revista en cierto modo especializada de la psiquiatría en Francia fue los Annales d'hygiène publique. Es una rama de la higiene pública y, por consiguiente, habrán de darse cuenta de que la psiquiatría, para poder existir como instrumento del saber, es decir, como saber médico fundado y justificable, tuvo que efectuar dos codificaciones simultáneas. En efecto, por una parte debió codificar la locura como enfermedad; tuvo que patologizar los desórdenes, los errores, las ilusiones de la locura; fue preciso llevar a cabo análisis (sintomatología, nosografía, pronósticos, observaciones, historiales clínicos, etcétera) que aproximaran lo más posible esa higiene pública, e incluso la precaución que estaba encargada de asegurar, al saber médico y, en consecuencia, permitieran el funcionamiento de ese sistema de protección en nombre de este saber. Pero, por otra parte, podrán advertir que fue necesaria una segunda codificación, simultánea de la primera. Al mismo tiempo hubo que codificar la locura como peligro, como esencialmente portadora de riesgos y, por ello, la psiquiatría, en la medida en que era el saber de la enfermedad mental podía funcionar efectivamente como la higiene pública. En términos generales, la psiquiatría, por un lado, hizo funcionar toda una parte de la higiene pública como medicina y, por el otro, hizo funcionar el saber, la prevención y la curación eventual de la enfermedad mental como precaución social, absolutamente necesaria si se querían evitar cierta cantidad de peligros fundamentales y ligados a la existencia misma de la locura3.
Esa doble codificación va a tener una muy prolongada historia a lo largo del siglo XIX. Puede decirse que los tiempos fuertes de la historia de la psiquiatría en ese siglo, pero también en el siglo XX, se producirán justamente cuando las dos codificaciones estén efectivamente ajustadas, o bien cuando haya un único tipo de discurso, un único tipo de análisis, un único cuerpo de conceptos, que permitan constituir la locura como enefermedad y percibirla como peligro. Así, al comienzo del siglo XIX, la noción de monomanía va a permitir clasificar dentro de una gran nosografía de tipo perfectamente médico (en todo caso, completamente isomorfo a todas las otras nosografías médicas) y, por lo tanto, codificar dentro de un discurso morfológicamente médico toda una serie de peligros. De tal modo, encontraremos la descripción clínica de algo que será la monomanía homicida o la monomanía suicida. De igual manera, dentro de la psiquiatría, el peligro social se codificará como enfermedad. A causa de ello, la psiquiatría podrá funcionar efectivamente como ciencia médica encargada de la higiene pública. Asimismo, en la segunda mitad del siglo XIX, encontraremos una noción tan masiva como la monomanía, que en cierto sentido desempeña el mismo papel con un contenido muy diferente: la de degeneración4. Con ella tenemos una manera determinada de aislar, recorrer y recortar una zona de peligro social y darle, al mismo tiempo, un status de enfermedad, un status patológico. También podemos preguntarnos si la noción de esquizofrenia no cumple el mismo papel en el siglo XX5. En la medida en que algunos la entienden como enfermedad que se cofunde con toda nuestra sociedad, este discurso sobre la esquizofrenia es claramente una manera de codificar un peligro social como enfermedad. Lo que reencontramos, así, a lo largo de esos tiempos fuertes o, si lo prefieren, de esos conceptos débiles de la psiquiatría, es siempre la función de higiene pública, cumplida por ella6.
3.- La Psiquiatría –como disciplina reguladora de la 'normalidad'– y el Psicoanálisis como tecnología de corrección y normalización de la economía de los instintos.
Al margen de estas codificaciones generales, es necesario puntualizar que la psiquiatría necesitó y no dejó de mostrar el carácter –específicamente– peligroso del loco en cuanto tal, esto es, que desde el momento mismo en que empezó a funcionar como saber y poder dentro del dominio general de la higiene pública, de la protección del cuerpo social, la psiquiatría siempre procuró reencontrar el secreto de los crímenes que amenazan habitar cualquier locura, el núcleo de la locura que, sin duda anida en todos los individuos que pueden llegar a ser peligrosos para la sociedad. Fue, pues preciso que la psiquiatría, para funcionar como disciplina reguladora de la 'normalidad', a partir de la cual se organiza el poder sobre la vida, estableciera la pertenencia esencial y fundamental de la locura al crimen y del crimen a la locura. Esta pertenencia es absolutamente necesaria y una de las condiciones de constitución de la psiquiatría como rama de la higiene pública. De modo tal que la psiquiatría procedió efectivamente a realizar dos grandes operaciones. Una, dentro del hospicio, la operación que consiste en erigir un análisis de la locura que se desplaza con respecto al análisis tradicional y en el cual ya no surge que aquélla tiene por núcleo esencial el delirio sino la irreductibilidad, la resistencia, la desobediencia, la insurrección, literalmente, el abuso de poder como forma nuclear. Puede notarse que para la psiquiatría del siglo XIX, el loco siempre es alguien que se cree rey, es decir, que exalta su poder contra y por encima de cualquier poder establecido, ya sea el de la institución o el de la verdad.Por lo tanto, en el interior mismo del hospicio, la psiquiatría funciona claramente como la detección o, mejor, la operación por medio de la cual se une a todo diagnóstico de locura la percepción de un `peligro posible. Pero, inclusive al margen del hospicio, me parece que tenemos un proceso más o menos del mismo tipo, es decir que en su exterior la psiquiatría siempre procuró -en todo caso, en el siglo XIX, de una manera particularmente intensa y crispada, porque de lo que se trataba, en el fondo, era de su constitución misma- detectar el peligro que acarrea consigo la locura, aun cuando sea una locura moderada, inofensiva o apenas perceptible. Para justificarse como poder y ciencia de la higiene pública y de la protección social, la medicina mental debe mostrar que es capaz de advertir, aun donde nadie más puede verlo todavía, cierto peligro; y tiene que mostrar que, que si puede hacerlo, es en la medida en que es un conocimiento médico.
La psiquiatría se dió a si misma esta especie de prueba e reconocimiento de su realeza, prueba de reconocimiento de su soberanía, su poder y su saber: yo soy capaz de identificar como enfermedad, de encontrar signos en aquello que, sin embargo, nunca se señala.
Por un lado el poder penal, no va a dejar de decir al saber médico: mira, estoy frente a un acto sin razón. Entonces, te lo ruego: o bien me presentas razones para ese acto, y con ello podrá ejercese mi poder de castigo, o bien, si no las encuentras, es porque se trata de un acto loco. Dame una demostración de demencia y no aplicaré mi poder punitivo.
La irrupción de un objeto o, mejor, de todo un ámbito de nuevos objetos, toda una serie de elementos que, además van a ser nombrados, descriptos, analizados y, poco a poco, integrados o, más bien, desarrollados dentro del discurso psiquiátrico del siglo XIX. Se trata de los impulsos, las pulsiones, las tendencias, las inclinaciones, los automatismos; en suma, todas las nociones, todos lo elementos que, a diferencia de las pasiones de la edad clásica, no se ordena según una representación primera sino que, al contrario, lo hacen según una dinámica específica, con respecto a la cual las representaciones, las pasiones, los afectos, ocuparán una posición secundaria, derivada o subordinada. En el caso de Henriette Cornier vemos el mecanismo por el cual se opera la invención de un acto, cuyo escándalo jurídico, médico y moral obedecía a que no tenía razón y planteaba a la medicina y al derecho cuestiones específicas, en la medida en que era presuntamente de la incumbencia de una dinámica del instinto. Del acto sin razón se pasa al acto instintivo.
Ahora bien, esto sucede en la época en que Geoffroy Saint-Hilaire mostraba que las formas mosntruosas de ciertos individuos no eran nunca otra cosa que un juego perturbado de las leyes naturales7. En esa misma época, la psiquiatría legal, en referencia a cierta cantidad de casos -entre los cuales el de Henriette Cornier era con seguridad el más puro e interesante-, estaba descubriendo que los actos mosntruosos, es decir, sin razón, de algunos criminales en realidad se producían no simplemente a partir de la laguna que señala la ausencia de razón, sino por cierta dinámica mórbida de los instintos. Cuando digo "descubrimiento", sé que no es la palabra adecuada, pero no me intereso en él sino en las condiciones de la posibilidad de la aparición, la construcción, el uso reglado de un concepto dentro de una formación discursiva. Importancia de ese engranaje a partir del cual la noción de instinto va a poder aparecer y formarse; pues el instinto será, desde luego, el gran vector del problema de la anomalía, e incluso el operador por medio del cual la mosntruosidad criminal y la simple locura patológica van a encontrar su principio de coordinación. A partir del instinto, toda la psiquiatría del siglo XIX va a poder devolver a los ámbitos de la enfermedad y la medicina mental todos los trastornos, todas las irregularidades, todos los grandes trastornos y las pequeñas irregularidades de la conducta que no competen a la locura propiamente dicha8..
Toda la inscripción de la psiquiatría en la patología evolucionista, toda la inyección de la ideología evolucionista en la psiquiatría ya no podrán hacerse en absoluto a partir de la vieja noción de delirio, sino de esta noción de instinto. Todo esto será posible desde el momento en que el instinto pase a ser el gran problema de la psiquiatría. Y finalmente, en los últimos años del siglo XIX, la psiquiatría va a quedar enmarcada por dos grandes tecnologías, como bien lo saben que, por un lado la bloquearán y, por el otro, la reactivarán. Por una parte, la tecnología eugénica, con el problema de la herencia, la purificación de la raza y la corrección del sistema instintivo de los hombres mediante una depuración racial. Tecnología del instinto: esto fue el eugenismo desde sus fundadores hasta Hitler9. Por otra parte, frente a la eugénica tenemos la otra gran tecnología de los instintos, el otro gran medio que se propuso simultáneamente, en una sincronía que es muy notable, la otra gran tecnología de corrección y normalización de la economía de los instintos, que es el psicoanálisis10.
4.- 'Los Anormales': Curso de Foucault en el Collège de France: El Monstruo.
En Los Anormales curso dictado en el Collège de France entre enero y marzo de 1975, Michel Foucault prolonga los análisis en torno a las relaciones entre el saber y el poder – tal como aparecerá en sus investigaciones sobre el origen y la naturaleza de la Institución psiquiatríca: poder disciplinario, poder de normalización, bio-poder. A partir de múltiples fuentes teológicas, jurídicas y médicas, Foucault enfoca el problema de esos individuos 'peligrosos' a quienes, en el siglo XIX, se denomina 'anormales'. Define sus tres figuras principales: los monstruos, que hacen referencia a las leyes de la naturaleza y las normas de la sociedad, los incorregibles, de quienes se encargan los nuevos dispositivos de domesticación del cuerpo, y los onanistas, que dan pábulo, desde el siglo XVIII, a una campaña orientada al disciplinamiento de la familia moderna. Los análisis de Foucault toman como punto de partida las pericias médico legales que aún se practicaban en la década de 1950. Esboza a continuación una arqueología del instinto y el deseo, a partir de las técnicas de la revelación en la confesión y la dirección de conciencia. Plantea de ese modo las premisas históricas y teóricas de trabajos que retomará, modificará y reelaborará en su enseñanza en el Collège de France y en las obras ulteriores. Este curso representa, por lo tanto, un elemento esencial para seguir las investigaciones de Foucault en su formación, sus prolongaciones y sus desarrollos11. Trátese de la locura, la clínica o el encierro, todo ello participa de una ecología epocal que posee su lengua propia. La constitución de un campo histórico-político se enfrenta al estilo de la trascendencia. Y ya que esta trascendencia plantea la elaboración sistemática de una teorética específica, la anormalidad no es tanto la medida de un movimiento institucional (médico o jurídico) cuanto un signo indiscutible de su desborde.
La primera de las figuras de lo que Foucault llama el monstruo humano es el que trasgrede la ley. El monstruo humano, vieja noción cuyo marco de referencia es la ley; pero en sentido amplio, porque no sólo se trata de las leyes jurídicas, sino también de las leyes de la naturaleza; el campo de aparición del monstruo es así un dominio jurídico biológico.12 Un juego y un deslinde nunca controlado ni demarcado del todo, entre la excepción de naturaleza y la infracción al derecho. Éstas dejan de superponerse sin dejar de actuar una con respecto a la otra. La distancia natural con respecto a la naturaleza modifica los efectos jurídicos de la transgresión y, sin embargo, no los borra por completo; no remite lisa y llanamente a la ley, pero tampoco la suspende; la entrampa y suscita efectos, desencadena mecanismos, exige instituciones parajudiciales y marginalmente médicas. Pudo estudiarse en ese sentido la evolución de la pericia médica legal en materia penal, desde el acto monstruoso problematizado a comienzos del siglo XIX (con los casos Cornier, Léger y Papavoine) hasta la aparición de la noción de individuo peligroso a la que es imposible atribuir un sentido médico o un status jurídico, no obstante lo cual es la noción fundamental de las pericias contemporáneas13.
La noción de monstruo es así –en principio– esencialmente una noción jurídica; jurídica en el sentido amplio del término, claro está, porque lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia y su forma, no sólo viola el pacto cívico, sino también de las leyes de la naturaleza-. Es, en un doble registro, infracción a las leyes en su misma existencia. El campo de aparición del monstruo, por lo tanto, es un dominio al que puede calificarse de jurídico, biológico y plástico. Por otra parte, el monstruo aparece en este espacio como un fenómeno extremo, límite, el punto de derrumbe de la ley y, al mismo tiempo, de la salud y lo natural. El monstruo es así excepcional, precisamente por su rareza, por su carácter de curiosidad de feria; lo que hace que un ser humano sea un monstruo no es sólo la excepción que representan en relación a la forma de la especie, sino el problema que plantea a las regularidades jurídicas (se trate de las leyes del matrimonio, de los cánones de bautismo o de las reglas de la sucesión). El monstruo humano combina lo imposible y lo prohibido .
Así en esta genealogía de lo anormal va a hacer su aparición la figura del individuo "peligroso" –al cual es imposible darle un sentido médico o un estatuto jurídico- y que no obstante es la noción fundamental de los peritajes contemporáneos. Al plantear hoy a la medicina la pregunta en sí misma insensata: ¿es peligroso este individuo? (pregunta que contradice un derecho penal fundado en la sola condena de los actos y postula una relación de implicación mutua y de naturaleza entre enfermedad e infracción), los tribunales están prolongando –a través de transformaciones que se trata de analizar- los equívocos de los viejos monstruos seculares.
Cada una a su turno, las figuras del ser a medias hombre y a medias bestia (valoradas sobre todo en la Edad Media), de las individualidades dobles (valoradas sobre todo en el Renacimiento) y de los hermafroditas (que plantearon tantos problemas en los siglos XVII y XVIII) representaron esa doble infracción; lo que hace que un monstruo humano sea monstruo no es únicamente la excepción con respecto a la forma de la especie, es el trastorno que acarrea a las regularidades jurídicas (ya se trate de las leyes del matrimonio, los cánones del bautismo o las reglas de la sucesión). El monstruo humano combina lo imposible y lo prohibido. Hay que estudiar en esta perspectiva los grandes procesos de hermafroditas en que se enfrentaron juristas y médicos, desde el caso de Rouen (principios del siglo XVII) hasta el proceso de Anne Grandjean (a mediados del siglo siguiente), y también obras como la Embryologie sacré14 de Cangiamila, publicada y traducida en el siglo XVIII.
A partir de allí se puede comprender una serie de equívocos que seguirán frecuentando el análisis y el status del hombre anormal, aun cuando éste haya rebajado y confiscado los rasgos del monstruo. En la primera fila de esos equívoco, un juego nunca controlado del todo, entre la excepción de naturaleza y la infracción al derecho. Éstas dejan de superponerse sin dejar de actuar una con respecto a la otra. La distancia natural con respecto a la naturaleza modifica los efectos jurídicos de la transgresión y, sin embargo, no los borra por completo; no remite lisa y llanamente a la ley, pero tampoco la suspende; la entrampa y suscita efectos, desencadena mecanismos, exige instituciones parajudiciales y marginalmente médicas. Pudo estudiarse en ese sentido la evolución de la pericia médica legal en materia penal, desde el acto monstruoso problematizado a comienzos del siglo XIX (con los casos Cornier, Léger y Papavoine) hasta la aparición de la noción de individuo peligroso a la que es imposible atribuir un sentido médico o un status jurídico, no obstante lo cual es la noción fundamental de las pericias contemporáneas. Al hacer hoy al médico la pregunta verdaderamente insensata: ¿este individuo es peligroso? (pregunta que contradice un derecho penal fundado en la exclusiva condena de los actos y postula una pertenencia de naturaleza entre enfermedad e infracción), los tribunales prolongan, a través de las transformaciones que se trata de analizar, los equívocos de los viejos monstruos seculares.
El monstruo es la excepción por definición; el individuo a corregir es un fenómeno corriente. Tan corriente que presenta -y ésa es su primera paradoja- la característica de ser, en cierto modo, regular en su irregularidad. Por consiguiente, a partir de ahí también van a desplegarse toda una serie de equívocos. En primer lugar, esto: en la medida en que el individuo a corregir es muy frecuente, en la medida en que está inmediatamente próximo a la regla, siempre va a ser muy difícil determinarlo. Está tan exactamente en el límite de la indecidibilidad que difícilmente se podrá demostrar efectivamente que el individuo es incorregible. Primer equívoco.
Otro equívoco es que, en el fondo, la persona que hay que corregir se presenta en ese carácter en la medida en que fracasaron todas las técnicas, todos los procedimientos, todas las inversiones conocidas y familiares de domesticación mediante los cuales se pudo intentar corregirla. Lo que define al individuo a corregir, por lo tanto, es que es incorregible. Y sin embargo, paradójicamente, el incorregible, en la medida misma en que lo es, exige en torno de sí cierta cantidad de intervenciones específicas, de sobreintervenciones con respecto a las técnicas conocidas y familiares de domesticación y corrección, es decir, una nueva tecnología de recuperación, de sobrecorrección. De manera que alrededor de este individuo a corregir, vemos dibujarse una especie de juego entre la incorregibilidad y la corregibilidad. Se esboza un eje de la corregible incorregibilidad, donde más adelante, en el siglo XIX, vamos a encontrar precisamente al individuo anormal. Ese eje va a servir de soporte a todas las instituciones específicas para anormales, que se desarrollarán en el siglo XIX. Monstruo empalidecido y trivializado, el anormal de ese siglo es igualmente un incorregible, un incorregible a quien se va a poner en medio de un aparato de corrección. Ése es el segundo antepasado del anormal del siglo XIX .
El monstruo es, en el fondo, la casuística necesaria que el desorden de la naturaleza exige en el derecho.
Así se dirá que el monstruo el ser en quien leemos la mezcla de dos reinos, porque, por una parte, cuando podemos leer, en un único y mismo individuo, la presencia del animal y la de la especie humana, y buscamos la causa, ¿a qué se nos remite? A una infracción del derecho humano y el derecho divino, es decir, a la fornicación, en los progenitores, entre un individuo de la especie humana y un animal
6.- El individuo a corregir: El incorregible, la 'interdicción' y el 'encierro'.
El individuo a corregir. Es un personaje más reciente que el monstruo. Es menos correlativo a los imperativos de la ley y de las formas canónicas de la naturaleza que a las técnicas de encauzamiento con sus exigencias propias. La aparición del 'incorregible' es contemporánea a la puesta en práctica de las técnicas de disciplina a la que se asiste durante los siglos XVII y XVIII en el ejército, las escuelas, los talleres, e incluso, un poco más tarde, en las familias mismas. Los nuevos procedimientos de encauzamiento (dressage) del cuerpo, del comportamiento, de las aptitudes, abren el problema de aquellos que escapan a esta normatividad que ya no es la soberanía de la ley.
La 'interdicción' constituía la medida judicial por la cual un individuo era, al menos parcialmente, descalificado como sujeto de derechos . Este marco jurídico y negativo será en parte colmado, en parte reemplazado, por un conjunto de técnicas y de procedimientos con los cuales se intentará encauzar (dresser) a aquellos que se resisten al encauzamiento y corregir a los incorregibles. El "encierro", aplicado a gran escala a partir del siglo XVII, puede aparecer como una especie de fórmula intermedia entre el procedimiento negativo de la interdicción judicial y los procedimientos positivos de encauzamiento (redressement). El encierro excluye de hecho y funciona fuera de la ley, pero se da como justificación la necesidad de corregir, de mejorar, de conducir al arrepentimiento, de producir el retorno de los 'buenos sentimientos'. A partir de esta forma confusa, pero históricamente decisiva, es preciso estudiar la aparición con fechas históricas precisas de las diferentes instituciones de encauzamiento y de las categorías de individuos a las cuales están dirigidas. Nacimientos técnico-institucionales de la ceguera, de los sordomudos, de los imbéciles, de los retardados, los nerviosos, los desequilibrados.
Monstruo banalizado y pálido, el anormal del siglo XIX es también un descendiente de esos incorregibles que han aparecido en los márgenes de las técnicas modernas de 'encauzamiento'.
El individuo a corregir es un personaje más reciente que el monstruo. Así, según Foucault, el incorregible surge luego del monstruo, tras la introducción de técnicas disciplinarias como las del ejército, las escuelas y lugares de trabajo, así como los procesos de domesticación del cuerpo y del comportamiento. Entra el asunto de la prohibición, como método de descalificación del individuo, para luego desatarse sin medida en la práctica del encierro. Es por esta razón que no queda claro en qué momento la locura y los problemas judiciales del comportamiento forman un solo sistema a corregir. En Historia de la locura en la época clásica se trata el tema de la locura aparte del de la incorrección, pero en este caso la aparición en la escena del loco (en el sentido moderno) se da cuando los antiguos males (como la lepra) tienden a desaparecer a medida que se desarrollan formas médicas y sanitarias que tienden a mejorar el ambiente de vida en la Europa del s. XVI, reforzándose esta imagen de la locura como enfermedad mental y biológica en situaciones como la del psiquiatra Pinel, quien libera a los asilados del auspicio de parís, con el fin de hacer la vida de los locos un poco más útil para los demás. (Poniéndolos a trabajar, además le servía para estudiar sus grados de locura como cita Foucault sobre Pinel) En esta ocasión el punto de ruptura lo constituye la famosa 'liberación' del doctor Pinel a mediados del s. XVIII, pero por supuesto sobre la fastuosa escena del gran encierro de los locos en el s. XVII.
7.- Relaciones entre arte, locura y psiquiatría. El Outsider Art : Pinel, Esquirol y Prinzhorn.
Desde el inicio de la psiquiatría clínica en la época de Pinel, se han desarrollado intentos empíricos para definir la psicosis y su correlato esencial, el delirio15. El estudio sistemático del delirio se inicia, en nuestra cultura, en 1800, con Pinel y Esquirol16.
En los primeros decenios del siglo XX se va a producir un aumento considerable del interés por muy diversas formas artísticas (el arte de los niños, el arte psicótico, el arte de los pueblos primitivos)entendidas como marginales; esta preocupación por conocer aspectos hasta entonces casi desdeñados se debe enmarcar en la evolución global de la sociedad europea: pensemos en elementos como los graves acontecimientos políticos, el desarrollo de las ciencias o los avances de la antropología y la psiquiatría17. Estas circunstancias van a encontrar un punto de inflexión muy importante en el estallido, en 1914 , de la Primera Guerra Mundial. El shock provocado por este drama colectivo y la angustia que desencadena transforman, bruscamente, la sensibilidad europea; la locura deviene total y universal . Es en este contexto donde el doctor Walter Mongenthaler expresó la idea según la cual la enfermedad mental (en la medida que destruye ciertas estructuras inhibidoras de la personalidad) puede favorecer la eclosión de fuerzas expresivas habitualmente rechazadas. Paralelamente, y maravillado por la obra de un enfermo psicótico llamado Adolf Wölfli decide consagrarle una monografía que se publica en 192218. Ese mismo año Hans Prinzhorn19escribió Expresiones de la locura20, libro que tendría una gran repercusión entre los surrealistas y dadaístas, y que se sustenta en el estudio de más de cinco mil obras artísticas recogidas en diferentes manicomios de Alemania y Suiza.




Adolfo Vásquez Rocca PhD.

Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV, mención Filosofía Contemporánea y Estética. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Profesor de Antropología y Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad Andrés Bello UNAB. Profesor de la Escuela de Periodismo, Profesor Adjunto Escuela de Psicología y de la Facultad de Arquitectura UNAB Santiago. – Miembro del Consejo Editorial Internacional de la 'Fundación Ética Mundial' de México. Director del Consejo Consultivo Internacional de 'Konvergencias', Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo, Argentina.  Miembro del Consejo Editorial Internacional de Revista Praxis – Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional UNA, Costa Rica. Miembro del Conselho Editorial da Humanidades em Revista, Universidade Regional do Noroeste do Estado do Rio Grande do Sul, Brasil y del Cuerpo Editorial de Sophia –Revista de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador–.  –Secretario Ejecutivo de Revista Philosophica  PUCV. –Asesor Consultivo de Enfocarte –Revista de Arte y Literatura– Cataluña / Gijón, Asturias, España. –Miembro del Consejo Editorial Internacional de 'Reflexiones Marginales' –Revista de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM. –Miembro de la FederaciónInternacional de Archivos Fílmicos (FIAF) con sede en Bruselas, Bélgica.  Director de Revista Observaciones Filosóficas. Profesor visitante en la Maestría en Filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. – Profesor visitante Florida Christian University USA y Profesor Asociado al Grupo Theoria –Proyecto europeo de Investigaciones de Postgrado– UCM.  Académico Investigador de la Vicerrectoría de Investigación y Postgrado, Universidad Andrés Bello. Artista conceptual. Ha publicado el Libro: Peter Sloterdijk; Esferas, helada cósmica y políticas de climatización, Colección Novatores, Nº 28, Editorial  de la Institución Alfons el Magnànim (IAM), Valencia, España,  2008.  Invitado especial a la International Conference de la Trienal de Arquitectura de Lisboa | Lisbon Architecture Triennale
2011





BIBLIOGRAFÍA 

- FOUCAULT, Michel, La arqueología del saber, Ed. Siglo XXI 
- FOUCAULT, Michel, Tecnologías del yo, Ed. Paidós 
- FOUCAULT, Michel, Entre filosofía y literatura, Ed. Paidós 
- FOUCAULT, Michel, Estrategias de poder, Ed. Paidós 
- FOUCAULT, Michel, Estética, Ética y Hermenéutica, Ed. Paidós 
- FOUCAULT, Michel y DELEUZE, Gilles, Theatrum Philosophicum & Repetición y diferencia, Ed. Anagrama 
- FOUCAULT, Michel, Historia da Locura en la Edad Clásica , SP: Perspectiva, 1978. 
- FOUCAULT, Michel, Nacimiento de la Clínica, SP: Forense, 1963. 
- FOUCAULT, Michel, La Verdad y las Formas Jurídicas , RJ: PUC/RJ, Depto de Letras. 
- FOUCAULT, Michel, Historia de la Sexualidad; La Voluntad de Saber , Vol. I, RJ: Graal, 1977 
- FOUCAULT, Michel, Historia de la Sexualidad 'El Uso de los Placeres' , Vol. II RJ: Graal, 1984 
- FOUCAULT, Michel, Vigilar y Castigar , RJ: Vozes 
- FOUCAULT, Michel, Resumen de los Cursos Del Colegio de Francia (1970-1982). 
- FOUCAULT, Michel, Theatrum philosophicum: Critique 282 (1970) 888. 


•         Fecha de recepción: mayo de 2011

•         Fecha de aceptación junio de 2011



1Este Artículo forma parte del Proyecto de Investigación N° DI-08-11/JM – UNAB Desarrollado por el Dr. Adolfo Vásquez Rocca: “Ontología del cuerpo en la Filosofía de Jean Luc Nancy, Biopolítica, Alteridad y Estética de la Enfermedad”. Financiado por la Dirección de Investigación y Doctorado. Universidad Andrés Bello – Chile – Fondo Jorge Millas 2011-2012, Facultad de Humanidades y Educación UNAB.

2DUMÉZIL, Georges, “Un homme heureux”, Le Nouvel Observateur, 29 de junio de 1984.
3 – FOUCAULT, Michel, Les Anormaux, (1974-1975) : Gallimard, Paris, 1999.
– Les Anormaux. Publicado en Annuaire du Collège de France, 76º année. Histoire des systèmes de pensèe, années 1974-1975. 1975, pp. 335-339. Reeditado en Dits et Écrits, ob. cit., vol. 2, núm. 165, pp.822-828.
– Los Anormales , Texto del Informe del curso de 1974-1975 dictado por Michel Foucault en el College de France, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 116
4Sobre la teoría de la degeneración, véase, en particular, B.-A. Morel, Traité des dégénérescence physiques, intellectuelles et morales de l`espèce humaine et des causes qui produisent ces variétés maladives, París, 1857; Traité des maladies mentales, París, 1860; V. Magnan, Leçons cliniques sur les maladies mentales, Paris, 1891; V. Magnan y P.-M. Legrain, Les Dégénerés. État mental et syndromes épisodiques, Paris, 1895.
5La noción fue introducida por E. Bleuler, Dementia precox oder Gruppe del Schizophrenien, Leipzig-Viena, 1911.
6FOUCAULT, Michel, Les Anormaux, (1974-1975) : Gallimard, Paris, 1999. Los Anormales , Texto del Informe del curso de 1974-1975 dictado por Michel Foucault en el College de France, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 117
7SAINT-HILAIRE, Étiénne Geoffroy. [naturalista y biólogo francés] planteaba que la organización de la materia en el monstruo debía ser la misma que en la de un organismo normal, por la que éste era sólo parte de un continuo, que tenía en un extremo la normalidad, como la forma ideal, y la enfermedad y la muerte, en el otro; por lo tanto la valoración de la monstruosidad podía ser sólo cualitativa y expresarse en términos de grado.
Etienne Geoffroy Saint-Hilaire que detenta un singular primado, el de haber fundado la moderna disciplina de la teratología, esto es, el "Estudio de las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal". Uno siempre tiende a concebir el monstruo en clave humana y/o animal, sin embargo también los geranios y los limoneros pueden sorprendernos a este respecto. Thomas Joseph Pettigrew realizaría una descripción general del hallazgo de Saint-Hilaire. El texto completo de PETTIGREW al igual que la obra Philosophie anatomique, Volume 2. “Monstruosités humaines”, puede consultarse en los fondos de investigación de la historia de la medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Para una visión general sobre la obra teratológica de Saint-Hilaire, véase B. Duhamel (1972), "L'ouvre tératologique d'Etienne Geoffroy Saint-Hilaire". Revue d'histoire des sciences.
8FOUCAULT, Michel, Les Anormaux, (1974-1975) : Gallimard, Paris, 1999. Los Anormales , Texto del Informe del curso de 1974-1975 dictado por Michel Foucault en el College de France, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 129.
9VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, "El artista como dictador social o el político como escenógrafo", En NÓMADAS, Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas - Universidad Complutense de Madrid, NÓMADAS  Nº (I) 31 | Julio-Diciembre 2011, pp. 369-386.
http://www.ucm.es/info/nomadas/31/adolfovasquezrocca_3.pdf
10MILLER, Jacques-Alain (1989), ‘Michel Foucault y el psicoanálisis’ en AA.VV., Michel Foucault, filósofo, Ed. Gedisa, Barcelona 1990.
11VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Foucault; 'Los Anormales', una genealogía de lo monstruoso”, Curso de Postgrado dictado el 1º Semestre de 2007, en el marco del Magister en ETNOPSICOLOGÍA y Diplomado en PSICOLOGÍA CLÍNICA "PSICOPATOLOGÍA, SUBJETIVIDAD Y CULTURA" de la ESCUELA DE PSICOLOGÍA PUCV. Publicado en versión resumida en Homines, Revista de Arte y Cultura, Málaga, 2007: <http://www.homines.com/palabras/foucault_anormales/index.htm>
12FOUCAULT, Michel, La vida de los hombres infames, Editorial Altamira, Buenos Aires, 1996, p. 61
13Al hacer hoy al médico la pregunta verdaderamente insensata: ¿este individuo es peligroso? (pregunta que contradice un derecho penal fundado en la exclusiva condena de los actos y postula una pertenencia de naturaleza entre enfermedad e infracción), los tribunales prolongan, a través de las transformaciones que se trata de analizar, los equívocos de los viejos monstruos seculares.
14CANGIAMILA, Francesco, EMBRYOLOGIE SACRÉ, Italia – Madrid 1774: Embriología sagrada : o, Tratado de la obligación que tienen los Curas, Confesores, Médicos , Comadres, y otras personas , de cooperar a la salvación de los Niños que aun no han nacido , de los que nacen al parecer muertos , de los abortivos de cooperar a la salvacion de los niños que aun no han nacido, de los que nacen al parecer muertos, de los abortivos, de los monstruos, & c.: contiene varias prevenciones ... / obra compuesta en italiano por D. Francisco Cangiamila ; y traducida de francés al castellano por el doct. D. Joaquin Castellot. En Fondo de Investigación -Biblioteca Universidad Complutense de Madrid-.
15LAING, R. D., The Divided Self. An Existencial Study in Sanity and Madness, Londres, Penguin Books, 1975.
16ESQUIROL, E. Des Maladiés Mentales. 11 Tome. París: JB Bailliere et Fils, 1838
17 VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, "Antipsiquiatría: Deconsctrucción del concepto de enfermedad mental y crítica de la 'razón psiquiátrica'", En EIKASIA, Revista de Filosofía, Nº 41 - 2011, ISSN 1885-5679 - Oviedo, España, pp. 7- 20. <http://www.revistadefilosofia.com/41-01.pdf>
18CORTEZ, José Miguel, Orden y Caos; Un estudio sobre lo monstruoso en el Arte, Editorial Anagrama, Barcelona, 1997, p. 115
19En 1920 Prinzhorn comenzó a recolectar obras de arte elaboradas por pacientes psiquiátricos dentro de instituciones mentales a través de Europa. Así, para 1922, Prinzhorn logró amasar alrededor de 4,500 trabajos de unos 350 individuos internados en hospitales de Alemania, Suiza, Italia, Austria y Holanda. Con este material Prinzhorn llevó a cabo un estudio que buscaba comprender mejor la relación entre el arte de los enfermos mentales y la de los artistas modernos y “sanos”.
20 PRINZHORN, Hans, Expresiones de la locura. El arte de los enfermos mentales [1921], trans. María Cóndor, (Madrid: Cátedra, in press).
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 11 / 2010

lunes, diciembre 16, 2013

GÉRARD NOIRIEL: SIN DISTANCIA TEMPORAL, HACEMOS PERIODISMO HISTÓRICO



El portal nonfiction publica una amplia entrevista con Gérard Noiriel bajo el título de “Pratique de l’histoire et réflexivité“. El diálogo se divide en tres partes: “Des usages historiens de la philosophie”, “Le jeu de la socio-histoire” y “Le profane et le scientifique”. Todas ellas son igualmente interesantes, aunque quizá la segunda esté más fresca tras la publicación de su Introducción a la sociohistoria (Siglo XXI). Así que, puestos a escoger, nos quedaremos con “Des usages historiens de la philosophie“, apartado que discurre en los siguientes términos:
Nonfiction.fr - En un libro teórico sobre el trabajo de los historiadores publicado hace doce años, usted repasaba los debates sobre una posible “crisis” de la historia y percibía la dificultad de los historiadores para establecer un diálogo fructífero con la filosofía. Para desarrollar una epistemología que pudiera tener resonancias reales con la práctica, sugería el interés particular que podría tener cierta institucionalización de la formación epistemológica de los historiadores. ¿Ha notado cambios en este ámbito desde la publicación de este libro?

Gérard Noiriel - Los términos “historia” y “historiador” cubren una multitud de prácticas y en la actualidad lo que ha empeorado o en todo caso se ha desarrollado  -sin hacer un juicio de valor en relación a cuando escribí Sobre la crisis de la historia- es la división del trabajo en el campo. Ahora encontramos historiadores que están mejor formados en epistemología que hace treinta o cincuenta años y algunos colegas tienen una verdadera cultura epistemológica. Pero hoy, como ayer, representan sólo una pequeña parte de la profesión. Creo que esta tendencia, que ha sido impulsada por gente como Paul Veyne y Michel de Certeau, no ha transformado lo que he llamaba en aquel libro “la ciencia normal de la historia”, tal como se practica por la mayoría de los historiadores.
Desde este punto de vista, la epistemología -también debería definir la palabra, pero tomémosla en su sentido filosófico- no ha sido eficaz para la  disciplina. La razón por la que no lo es, creo yo, es que una disciplina científica es ante todo una práctica social, no algo abstracto, una “idea” de la historia, una meta a la que tenderíamos. En esta práctica nos enfrentamos a fuerzas pesadas, sobre todo institucionales, especialmente las relacionadas con la enseñanza, pero también su recepción, más allá del mercado profesional, entre el público en general, etc. Es dentro de esa perspectiva en la que hice la crítica de la epistemología Paul Veyne, ya que parecía estar escrita en una lengua desconocida para casi todos los historiadores. Lo que también me llamó la atención es el grado de alienación que existe entre los historiadores. Yo lo viví cuando era estudiante, con Marx, cuya influencia me había llevado a educarme como autodidacta en la filosofía:  hice historia durante el día e iba a cursos nocturnos de filosofía, cursos dirigidos principalmente a la comprensión de El Capital. Al desencantarme del marxismo, ese conocimiento teórico apenas me era de ayuda. Sin embargo, dado que traté de “aprender a caminar por la teoría”, como nos solicitaba el filósofo marxista Louis Althusser, me han quedado unos pocos rudimentos de gimnasia intelectual que me sirven para criticar a los que van de farol con sus pseudo-tratados de filosofía histórica o de epistemología histórica para justificar su poco conocimiento.

Por decirlo de otra manera, la concepción de la epistemología histórica que presentaba Paul Veyne en Cómo se escribe la historia me parecía ineficaz, porque se dirigía explícitamente a un público de historiadores profesionales -él dice constantemente en ese libro: “Nosotros los historiadores”- hablando en una lengua que sólo los profesionales de la filosofía podían entender.
Este libro se publica a principios de los años setenta, en un momento en que la teoría estaba muy de moda. En la Facultad de Letras de Nancy, donde hice mis primeros años de Universidad, asistí a un curso de “teoría literaria” impartido por Guy Scarpetta, discípulo de Philippe Sollers. En ese momento yo no había leído Bourdieu, pero entendí esta enseñanza -de la que no entendí nada, probablemente porque no había nada que entender- como una forma de dominación simbólica. Esto ahuyentó a muchos estudiantes. Pero en mi caso funcionó como una incitación a la lectura, porque no podía admitir que no lo entendiera. Y eso me llevo a sumergirme en la lectura de libros que estaban en boga (Lévi-Strauss, Althusser, Foucault, Deleuze, Lacan, etc.), libros que poco a poco forjaron las armas con las que luego defendí mi práctica de investigador contra los que me miraban por encima del hombro.
La mayoría de los historiadores que citan este libro de Paul Veyne se contentan simplemente con una frase del tipo de: “Como dice Paul Veyne, la historia es una intriga”. Me recuerda a mi época marxista donde la fórmula “como dice Marx” bastaba para cerrar una discusión. Cuando Marx ya no estaba de moda, mucha gente simplemente cambiaba de caballo. Citaban a Derrida, Gadamer, Ricoeur, etc. Por mi parte, el desencanto con el marxismo me ha llevado a cambiar mi relación con la filosofía.
Si examinamos lo que se publica hoy por parte de los historiadores académicos, está claro que el interés en las ciencias sociales ha retrocedido, a pesar de la diversificación de las areas de investigación.

Usted dice que se debe definir lo que entendemos por epistemología: ¿qué puede ser la epistemología de la historia?
La epistemología, en realidad, se puede definir de diferentes maneras. Para Bourdieu consistía en “conocer lo que hacemos cuando investigamos”. Esta es una definición que me sirve. A principios del siglo XX, Max Weber escribió que el historiador no tiene necesidad de conocer epistemología para investigar, que los individuos no necesitan conocer anatomía para caminar. Y es cierto que los mejores historiadores (como los mejores físicos) rara vez son los mejores epistemólogos.
En ese libro sobre la “crisis” de la historia insistía en distinguir claramente entre la historia como práctica profesional y el discurso de la historia. Durante mucho tiempo estuve literalmente obsesionado con el problema de la brecha entre la práctica y el discurso sobre la práctica. Fue eso lo que me llevaó, incluyendo en ello mi trabajo empírico, a dar mucha más importancia a la cuestión de las justificaciones que las personas dan a sus acciones.
En suma: si definimos la epistemología  como el hecho de “reflexionar sobre lo que hacemos”, estoy a favor. Pero si se trata de identificar las leyes de la historia o de construir una teoría que se presenta como la llave para abrir todas las cerraduras, no me interesa.
En una nota reciente de su blog, inspirada en las ideas de Pierre Bourdieu, usted mencionó “la enorme brecha que existe (e) entre las prácticas de los historiadores y su discurso sobre estas prácticas”. Y ya en 2003 escribió que “los discursos sobre la historia no son la historia,  pero no podemos prescindir de ellos, porque tenemos que justificar lo que sabemos hacer”. Entonces, ¿qué puede ser la cientificidad o, en palabras de Foucault, el “régimen de verdad” de la historia
Usted ve, una vez más, cómo me siguen preocupando estas cuestiones de justificación. Creo que no podemos desprendernos de los criterios que definen la Verdad (con V mayúscula) en historia. El régimen de la verdad de la historia es lo que ofrecen los historiadores. La filosofía pragmatista (en el sentido amplio de la palabra) nos ha ayudado a aclarar estas cuestiones. Creo que los historiadores tienen interés en definir la verdad histórica remitiéndose a filosofías que no les pidan que se aparten,  con una varita mágica,  de su esfera de competencia. En lugar de ir a buscar en no sé cuál filósofo los secretos de nuestra disciplina, asegúremonos de que nuestros actos sean coherentes con las normas que rigen nuestra profesión. Nuestras instituciones imponen normas -por ejemplo, las reglas de la defensa de la tesis, la contratación de jóvenes investigadores, etc.-, que  son también normas implícitas para el saber en general. La primera de estas normas implícitas es la idea de que nuestras prácticas se basan en una comunicación compartida por todos los miembros de nuestra comunidad profesional. Es postulando que hay una comunicación compartida -por ejemplo, entre un estudiante que defiende su tesis y su tribunal- que nuestra actividad tiene sentido. Una vez que aceptamos ser parte de esta comunidad profesional, aceptamos esta norma, incluso aunque no seamos conscientes. Ese es el punto desde el que hay que partir cuando se quiere reflexionar seriamente sobre la historia, en tanto  conocimiento científico.
La verdad es también un problema práctico. Cuando se le da una beca a un estudiante a expensas de otro, debemos dar razones, de lo contrario caemos en una absoluta arbitrariedad. Esto me preocupa tal vez más que a otros, pues me parece importante saber qué tipo de poder ejerzo, porque tenemos un poder que no es despreciable, al orientar las carrera y la vida de estas personas. Debemos darnos cuenta de esto y adoptar reglas para no caer en la arbitrariedad. Estas reglas implican criterios, y criterios que se compartan. Estos son los principios que funcionan de hecho en nuestras disciplinas, y son estos los problemas que debemos afrontar como historiadores en lugar de bloquearnos con grandes discusiones teóricas que no dominamos porque no somos filósofos profesionales. Como puede ver, tengo una relación muy práctica con el conocimiento.

En 2003, con Penser avec, penser contre, vuelve sobre su relación personal con la filosofía, especialmente con los trabajos de Foucault y R. Rorty. De todos modos, mientras el primero se ha convertido en un referente importante dentro de la historiografía francesa contemporánea, la referencia al pragmatismo sigue siendo particularmente rara. ¿Podría explicar su relación con estos autores? Y también ¿qué otros autores u otras áreas de la filosofía le parece que merecen particular atención entre los historiadores de hoy?
Podríamos hablar mucho sobre el tema del “mérito”. Para mí, no se trata de elaborar un panteón de grandes autores, sino de encontrar en la literatura filosófica herramientas útiles para mi trabajo y mis intereses. Yo he estado muy influido por la lectura de las obras de Richard Rorty, porque he encontrado allí muchas de mis preocupaciones. He buscado en la filosofía argumentos que me permitieran defender mi práctica como historiador o, mejor dicho, como socio-historiador. Una vez más, es una referencia a Max Weber la que me viene a la mente. No sé exactamente en qué texto les dice a los historiadores, más o menos, aquello de: la epistemología (concebida como discurso sobre los fundamentos de la ciencia) no os servirá de nada, salvo que os proporcionará el lenguaje con el que podréis defender vuestra práctica contra aquellos que os querrán silenciar con las grandes teorías.
He leído a Richard Rorty con la misma perspectiva. Estos escritos me han sido muy útiles para combatir a  aquellos que, en mi disciplina, tratan de imponer la supremacía de su campo de investigación en nombre de los argumentos teóricos. Pero insisto en el hecho de que no me considero un filósofo. Mi objetivo no es hacer un juicio global sobre el trabajo de Rorty (sería incapaz, por lo demás), sino intervenir en los usos que los historiadores hacen de la filosofía, movilizando el pragmatismo contra las teorías que llamamos “fundacionalistas”. Todo esto puede sonar complicado, pero en el fondo es muy simple. Siempre tengo por principio defender lo que estoy haciendo mientras no se demuestre lo contrario.





Tengo que decir ótra cosa sobre el contexto intelectual en el que escribí el libro sobre la “crisis” de la historia. La historia social, a la que estaba próximo, estaba entonces fuertemente devaluada por los partidarios del linguistic turn, que descubrieron muy ingenuamente la importancia del lenguaje. Básicamente, estos historiadores afirmaban que su campo de investigación (historia del lenguaje, del imaginario, de las representaciones) era más importante que los otros, porque la realidad solo era accesible a través del lenguaje. Me basé en los escritos de Richard Rorty para criticar ese viejo argumento nominalista. Creo que estos problemas son menos graves hoy en día porque la controversia se ha apagado, pero en aquel momento estaba en auge. Eso incluye defender a nuestros estudiantes, porque cuando los estudiantes vienen y hacen una tesis bajo nuestra dirección, tenemos que defender la legitimidad de su trabajo. Ya ve que, en cualquier caso, son siempre cuestiones prácticas las que han motivado mis elecciones y compromisos en el campo de la filosofía. Al contrario de lo que Roger Chartier escribió en su reseña, por otra parte muy positiva, sobre La crisis de la historia, nunca he sido hostil a la filosofía. Decir eso es reducir la filosofía a uno de sus componentes: la filosofía fundacionalista. Pero la gente a la que remito, como Wittgenstein, Rorty o Bouveresse, son también filósofos, y no menores. Conocía mal la obra de Jacques Bouveresse en aquel momento, pero estoy muy cerca intelectualmente. Aunque sea un filósofo profesional por excelencia, ha luchado siempre contra el uso policíal (o judicial) la filosofía.
Tomemos ese caso: ¿cree que hay en Bouveresse herramientas que pueden ser útiles para los historiadores de hoy?
Cuando leemos, entendemos que la filosofía es una disciplina de profesionales. Descubrí sus trabajos tratando de entender mejor la noción de “juegos de lenguaje” desarrollada por Wittgenstein. Pero leyendo a Bouveresse me di cuenta de que todo era muy complicado. Bouveresse es un filósofo útil para los historiadores, en primer lugar porque nos permite medir nuestros límites, mientras que otros filósofos disertan sobre el sentido común haciéndonos creer que la filosofía está espontáneamente al alcance de todos, que es la trampa por excelencia. Y, además,  en otros ensayos de Bouveresse,  sobre todo en los cursos publicados por Agone sobre la creencia o el conocimiento del escritor, también he encontrado cosas que me han servido de manera más directa y rápida. En una forma más general, creo que puede ser útil a los historiadores como yo por las batallas que ha mantenido en defensa de la ciencia contra aquellos que, como Bruno Latour, quieren hacernos creer que las ciencias sociales no son más que una forma de literatura. Todo individuo que ejerce un oficio defiende aquello que sabe hacer.  Para mí, los científicos sociales que se niegan a asumir el carácter científico de su trabajo se comportan como aristócratas que se niegan a justificar su práctica.
He visto cómo historiadores-periodistas como François Furet habían utilizado la denuncia del “positivismo” para cuestionar la autonomía de la investigación histórica haciendo creer a sus lectores que un artículo de Le Nouvel Observateur se podía colocar en el mismo plano que un artículo en una revista académica. La crítica del positivismo permitía situarse en las alturas de la reflexión filosófica para denunciar a los necesitados de archivo. Esta división del trabajo me parecía (y todavía me parece) muy injusta. Mi aprendizaje también lo hice en aquel  mundo. Viniendo del exterior, no lo entendía al principio, y poco a poco busqué puntos de referencia que me permitieran tomar las posiciones que se ajustaban realmente a lo que yo era, a lo que yo quería hacer en esta disciplina.
Defender la autonomía de la ciencia no quiere decir que no podamos tener alguna actividad fuera de la investigación. Yo mismo tengo muchas. Pero no hay que mezclar géneros. El pragmatismo, repito, es la clarificación de las actividades: sí, tenemos derecho a participar en diferentes tipos de ejercicios, pero debemos caracterizar a cada uno de ellos. Cuando hago un libro de divulgación, siempre encuentro la manera de deslizar que es una síntesis, que no es un trabajo de primera mano, para darle al lector las herramientas para evaluar lo que lee.
A finales de la década de 1990, trató de lanzar un debate sobre la historia del tiempo presente, deplorando la gran dificultad a la hora de plantear debates y negociar acuerdos en las ciencias sociales. ¿Ese debate pudo finalmente llevarse a cabo? En general, ¿le parece que los historiadores han avanzado en el desarrollo de una nueva ética de la discusión adaptada a su tipo específico de conocimiento?
El primer capítulo de este libro se inscribía, en efecto, en un debate sobre la historia del tiempo presente, y decía que esa relación con el presente se podría contemplar de diferentes maneras. Lo que proponía el Institut du temps présent, ligado a Sciences Po Sciences Po, era una entre otras. Lo que me molestaba de esta concepción de la historia, muy dominante en la época, era el valor dado a la condición del historiador experto (era la época del juicio Papon). Me pareció inaceptable porque pensaba -todavía lo pienso- que la autonomía de la disciplina quedaba deteriorada. Los historiadores positivistas al menos habían tenido el mérito de decir que se necesita una distancia temporal para poder hacer ciencia objetiva. Hoy en día, puede parecer ingenuo, por supuesto, pero tenían razón al señalar que si se elimina la distancia temporal sin reemplazarla por nada, hacemos periodismo histórico o hacemos de expertos, pero no ciencia histórica. En ese libro puse  un buen número de ejemplos a partir de las polémicas de la época. Obviamente, recibí bastantes palos de colegas que tenían acceso directo a los principales periódicos. Sin embargo, la controversia ha tenido efecto retardado. Siempre es así en nuestro mundo. Cuando se tiene el coraje -hay que decirlo así- de saltar a la palestra contra personas que están en una posición dominante, no tienes ninguna oportunidad de ganar de inmediato. Pero las cosas están cambiando con la renovación de las generaciones. He visto recientemente cierto número de jóvenes historiadores que no dependen de las redes dominantes retomar la problemática del pasado/presente que opuse a la historia del tiempo presente.
¿Han mejorado las cosas en cuanto al debate científico en el mundo de los historiadores? Primero tengo que admitir honestamente -porque también hemos de ser lúcidos con nosotros mismos- que siempre he defendido la discusión, pero no soy necesariamente un modelo en este sentido. Traté de mejorar mediante la adopción de una forma de escritura más respetuosa desde el punto de vista de los otros. Animo a los jóvenes a poner tal vez más énfasis en las formas, a ser más sociables y amables con sus colegas de que yo he podido ser. Probablemente se es más eficaz cuando uno es más tolerante en su escritura. Dicho esto, no creo que tal cosa sea suficiente para crear un espacio público de la historia donde  los argumentos puedan ser intercambiados de una manera amistosa. Hay un progreso general en la sociabilidad de las ciencias sociales -ya no es un momento de grandes controversias-, pero eso no quiere decir que en la trastienda de la investigación no haya siempre los mismos enfrentamientos.
Me he impuesto como regla deontológica expresar públicamente mis opiniones, mis críticas. Así que nunca he sido parte interesada en las múltiples controversias de carácter privado que existen en nuestro medio. Sin embargo, he estado muy expuesto en el debate público, porque esa es también mi idea sobre el respeto a las personas: cuando uno critica a alguien públicamente manifiesta una forma de respeto por lo que el otro escribe -de lo contrario, no dices nada. Es algo que a menudo tampoco se entiende bien. En cuanto a la forma, podría haber planteado determinadas cuestiones de una manera diferente, pero en el fondo soy fiel a lo que he escrito