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martes, mayo 20, 2014

Las lecciones de 1914. Un libro que hay que leer


El historiador Christopher Clark defiende en ‘Sonámbulos’ que la I Guerra Mundial fue una elección de los hombres de Estado



Pocas veces un libro de historia consigue un éxito global tan contundente como el que ha logrado el catedrático de CambridgeChristopher Clark (Sidney, 1960) con Sonámbulos, un ensayo de 800 páginas (más de 100 son notas) sobre el principio de la I Guerra Mundial. Harold Evans lo calificó en The New York Times de “brillante” y “fascinante”, mientras que el historiador R.J.W. Evans escribió en The New York Review of Books que era el “más consistente, sutil, perspicaz y provocador” de todos los libros publicados con motivo del centenario del principio del conflicto, que se conmemora este verano. El volumen, publicado en castellano por Galaxia Gutenberg, ha sido un best selleren el Reino Unido, Alemania y acaba de ganar en Francia el premio Aujourd’hui a la mejor investigación histórica. “Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”, escribe en este ensayo, en el que trata de cambiar la pregunta para entender el comienzo de la catástrofe de las catástrofes: no responder al porqué sino responder al cómo.
Clark, que confiesa que tiene el mail saturado de peticiones tras el éxito de su libro, visitó Madrid este lunes, invitado por la Fundación Ramón Areces, donde dio una conferencia dentro de un ciclo dedicado al aniversario de la I Guerra Mundial. “Más que intentar cambiar la respuesta mi objetivo era tratar de cambiar la pregunta”, explica en una entrevista. “Responder al porqué plantea muchos problemas ya que nos lleva a respuestas muy abstractas: imperialismo, chovinismo, nacionalismo y se van añadiendo causas hasta que se crea la ilusión óptica de que Europa era un volcán a punto de estallar, como si hubiese algo inevitable, como si las personas que tomaron las decisiones que llevaron a la guerra fuesen víctimas de otras fuerzas. Me parece una visión equivocada. Esta guerra fue elegida por los hombres de Estado que la desencadenaron. Pensar en cómo explica mucho mejor como ocurrieron las cosas”.
Cristopher Clark, historiador que firma 'Sonámbulos'. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Este historiador, profesor en Cambridge desde 1987 y autor un famoso libro sobre Prusia, Iron Kingdom. The Rise and Downfall of Prusia (1600-1947), lanza un puñado de ideas polémicas sobre aquellos días de verano que pasaron entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, el 28 de junio, y el inicio de las hostilidades, el 3 de agosto. La primera de ellas es que no hay un culpable claro, la segunda es que la guerra era perfectamente evitable, incluso, escribe enSonámbulos, “improbable”. La idea de que con decisiones diferentes de un puñado de actores se hubiesen evitado cuatro años de destrucción total y 20 millones de muertos, entre militares y civiles, no está claro si resulta inquietante o reconfortante.
“Imagine que el complot para asesinar al archiduque hubiese fracasado. Sabemos que hubiese regresado a Viena y hubiese despedido a su muy belicoso jefe del Estado Mayor, Franz Conrad von Hötzendorf. Las voces a favor de la paz hubiesen prevalecido. El peligro de guerra entre Austria y Serbia hubiese estado mucho más lejano. Imagine también otro posible camino: los británicos estaban barajando en el verano de 1914 abandonar su relación con Rusia y buscar una alianza con Berlín, lo que hubiese ocurrido en julio, pero no pasó a causa de la crisis. Se abre una constelación totalmente diferente. Las causas que explican cómo pasamos de Sarajevo a una guerra Europa, 37 días después, son decisiones a muy corto plazo, muy rápidas”.
Portada de la edición española de 'Sonámbulos', de Christopher Clark.
“Todos son responsables aunque alguno es más responsable que otros. Creo que las mayores responsabilidades se reparten entre Viena, Berlín y París. Quería huir de la noción de que la culpabilidad debe ser el concepto que lo organiza todo”, prosigue. “Hay que reconocer que con pequeños cambios, las cosas hubiesen sido diferentes”, dice. Clark ha escrito bastantes artículos sobre los paralelismos entre 1914 y 2014 porque terminó de escribir su libro cuando el euro estaba al borde del pricipicio. Cree que la comparación con la crisis de Ucrania es “superficial” pero que sí se puede establecer un paralelismo más profundo con la actuación de los Gobiernos europeos durante la crisis. “Todos los actores eran conscientes en 1914 de que existía el peligro de un desastre total, pero no era suficiente para superar su egoísmo. Los dirigentes de 1914 me recuerdan a los jugadores en un casino: existe una desconexión total entre las ganancias que los jugadores creen que van a conseguir y el mismo hecho de que el casino exista, y es un negocio precisamente porque al final siempre pierden”.
Sonámbulos es una mina de información sobre la Europa de principios de siglo, sobre los actores que empujaron el mundo hacia el guerra –todos hombres, destaca Clark, que “hacen referencias constantes a su masculinidad en su lenguaje”, otra idea del libro que ha provocado muchos comentarios–, sobre la diplomacia Europa, sobre guerras poco conocidas anteriores a la Gran Guerra –Libia, 1911, por ejemplo–. Pero también es una obra que enseña a leer el pasado con la mirada puesta en el futuro. “La gran lección de 1914 es que nos enseña hasta qué punto las cosas pueden ir mal cuando la gente deja de hablar, cuando el compromiso es imposible. 1914 también nos recuerda que las guerras pueden llegar como consecuencia de decisiones rápidas y de cambios súbitos e imprevisibles en el sistema”.

sábado, abril 12, 2014

¿Cómo escribir la historia del mundo?


Tomado http://www.jornada.unam.mx/2014/04/12/opinion/019a2pol


Ilán Semo
La versión moderna del concepto de historia universal se debe, entre otros, a Friedrich Schiller. La acuñó en su tesis doctoral (que lleva precisamente el título de ¿Qué significa la historia universal y con qué objeto se le estudia?) después de estudiar historia, antes de descubrir la vocación (literaria) que lo convertiría en uno de los artífices del Sturm und Drang de la Ilustración alemana. Se trata en rigor de una utopía: una historia que debería contener todas las historias posibles y las imposibles, las memorables y las más ocultas, las de los seres visibles y las de los invisibles, las de aquellos que nunca aparecen en la inscripción ni en los registros de la memoria, las de todos los lenguajes y todas las comunidades, las de los sueños y las pesadillas. Una suerte de historia no de la humanidad, sino de la infinita diversidad de los seres humanos.

El positivismo historiográfico de la segunda mitad del siglo XIX se encargó de degradar esta prolífica idea: la redujo a un relato que hacía desembocar el túnel del tiempo humano en la inevitable historia de Occidente. Toda la cartografía del pasado devino una suerte de astrolabio que medía la distancia o la lejanía que separaba a cada cultura de lo que en aquel entonces ya se enunciaba bajo el término de valores occidentales (libertad, derecho, racionalidad, etcétera). Ni siquiera la escuela de los Annales en Francia, que fijó a la singularidad de la duración de cada presencia en el pasado como un primer elemento de diversidad irreductible, logró evadir el síndrome de la historia total (una totalidad dominada por los paradigmas de la cultura occidental). Esa visión omnisciente devino pronto un obtuso y pasajero espejismo.

El primer golpe contra la universalidad de Occidente lo asestó probablemente la Segunda Guerra Mundial. En el catálogo de los valores universales no cabían, por supuesto, ni el campo de concentración ni el Gulag. Esas delirantes máquinas de la muerte mostraron que ahí donde se aclamaba a la civilización como el origen de todo horizonte de expectativas, en realidad existía un subsuelo cargado de una violencia indecible.

El segundo golpe lo anunció no un acontecimiento sino un libro o, digamos, un libro-acontecimiento: Las palabras y las cosas de Michel Foucault. En sus páginas, escritas en los años 60, se entreveía que ese concepto de Hombre (con H mayúscula) sobre el que Schiller había erigido la utopía de su historia universal estaba muriendo. En su lugar aparecerían los seres humanos, la multiplicidad, las culturas irreductibles, la explosión de los géneros: el devenir de lo singular como punto de partida de cualquier escritura de la historia que pretendiera fijar la gramática del acontecimiento.

El retorno del liberalismo después de 1989 no sólo no logró hacer frente al desafío del principio de la diversidad, sino que exacerbó su negación. La razón es sencilla y compleja a la vez: en la tradición liberal, finalmente otra teología política, la multiplicidad es impensable, porque todo enunciado sobre el sujeto/los sujetos se reduce a lo que proporciona el mercado. Es decir, la fantasmagoría de lo universal.
Sea como sea, el principio de universalidad que rigió a la escritura de la historia a lo largo de los siglos XIX y XX se ha desplomado. ¿Qué sigue entonces?
En uno de sus números más recientes, la revista Esprit ha dedicado un volumen (diciembre de 2013) a la pregunta ¿cómo concebir la historia del mundo?, seguida de una afirmación que marca ese desplome. Un melancólico: Cuando Europa ya no cuenta con el monopolio de la historia. Todas sus reflexiones apuntan en una dirección: dejar atrás esa narrativa que hacía de Occidente el centro de cualquier relación entre pasado y futuro para desplazarla por una nueva historia global. Una historia basada ya no en la geografía, sino en el acontecimiento; no en los valores, sino en el devenir de los conceptos: no en las esquemáticas divisiones entre Oriente y Occidente, entre norte y sur, sino en la circulación y la diseminación de los conocimientos y los reconocimientos; una historia sin centro, basada en la empatía y la correspondencia impredecibles, y no en cualquier augurio de predestinación. El volumen es realmente audaz, original y, sobre todo, loable: un intento por reconfigurar las visiones del pasado a un presente cuyo futuro es una incógnita.