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domingo, junio 29, 2014

Jack Goody y la comparación socio cultural de civilizaciones

El ansia de interpretar y comprender en la historia pasa por la comparación.   Jack Goody es uno de esos investigadores (antropólogo e historiador británico) que han realizado ingeniosos sistemas de comparación.


Sin duda, Goody debe ser una lectura obligatoria para aquellos historiadores interesados en incidir académica y socialmente en Centroamérica.   A leer a este maestro gestor de proyectos.

Una interesante entrevista a Goody se puede bajar de

http://www.revistaaen.es/index.php/aen/article/download/15637/15496

sábado, febrero 22, 2014

DE ERIC HOBSBAWM A TONY JUDT

tomado de http://joaquimprats.blogspot.com/2014/02/de-eric-hobsbawm-tony-judt.html

Se ha producido un giro en los referentes de la historia contemporánea, del marxismo a la socialdemocracia

DE ERIC HOBSBAWM A TONY JUDT
JOSÉ ENRIQUE RUIZ-DOMÈNEC
En: LA VANGUARDIA  suplemento Culturas del miércoles 5 de febrero de 2014
Hobsbawm (Alejandría, 1917-Londres, 2012) se propuso desvelar el efecto de la revolución rusa en la conciencia social del siglo XX y se mantuvo siempre fiel a sus lealtades políticas más allá de las crisis del comunismo | Judt (Londres, 1948-Nueva York, 2010) mostró las líneas de pensamiento que entraban en colisión con el comunismo y apostó por la socialdemocracia para frenar la erosión de las sociedades
La historia contemporánea es tanto una disciplina como un espejo donde legiones de lectores buscan las claves del presente. En los años 80 y 90, Hobsbawm se consolidó como la gran figura totémica en este terreno, papel que en los últimos tiempos parece haberse desplazado, entre crítica y público, hacia Judt. Más allá del paso del marxismo a la socialdemocracia, ¿cuáles son las implicaciones de este giro?



A los historiadores más respetados se les conoce no sólo por sus investigaciones, también por sus ideas y reflexiones expresadas en una abundante y rica producción. Los lectores que se interesan por este tipo de historiadores, además de alcanzar una sólida formación, jamás aceptan la impostura y se niegan a vivir en la mentira. Para una inmensa mayoría de ellos, Eric Hobsbawm es un referente indiscutible como expresión de una conciencia crítica sobre el pasado y es fácil entender sus libros, en especial la trilogía la era de la revolución, la era del capital y la era del imperio, como una serie de reivindicaciones sobre la necesidad de "criticar todo abuso que se haga de la historia desde una perspectiva político-ideológica". Esa misma sensación se ha comenzado a tener en los últimos años con Tony Judt, un brillante escritor que al final de una azarosa vida confesó: "la historia como disciplina narrativa sólida volverá, ya que es difícil imaginar una sociedad que pueda pasar sin una narrativa coherente y consensuada de su pasado. De modo que es responsabilidad nuestra producir esta narrativa, justificarla y luego enseñarla".

Hobsbawm y Judt representan dos maneras distintas de abordar el estudio de la historia aunque coinciden en reconocer los derechos del lector necesarios para sostener una sociedad moderna y abierta a que se le explique qué ocurrió, cuándo y dónde ocurrió, y con qué consecuencias; coinciden igualmente en hacer una historia directa, comprensible, bien escrita, puesto que, piensan al unísono, "un libro de historia mal escrito es un mal libro de historia". Estamos ante dos reputados historiadores judíos de diferente generación, uno nació en junio de 1917, otro en enero de 1948, interesados por el sentido del siglo XX, uno para desvelar el efecto de la revolución rusa en la conciencia social, otro para mostrar las líneas de pensamiento que entraron en colisión con el comunismo; dos historiadores, un mismo compromiso con los ideales de la izquierda y dos maneras de vivenciarlo, uno permaneciendo fiel a sus lealtades políticas pese a las deficiencias mostradas en la práctica, Budapest en 1956, Praga en 1968 o Berlín en 1989, otro convirtiendo sus decepciones vitales (en especial el sionismo al que apoyó en un principio desde su emotiva adscripción al movimiento kibutz) en razones para apuntalar la creencia en la socialdemocracia como la mejor vía para frenar los mecanismos de erosión de la sociedad creados por la política del miedo.

Hacia 1970, cuando Hobsbawm era un reputado profesor, Judt comenzaba su tarea tras haber sido un estudiante aventajado en la Universidad de Cambridge y en la École Normale Supérieure de París. Los trabajos del primero sobre la crisis del siglo XVII y los rebeldes primitivos formaban entonces un armazón conceptual que atrapó a medio mundo intelectual y al otro medio lo dejó lleno de interrogantes sobre el compromiso de los intelectuales, mientras que convirtió a su autor en un verdadero insider en el mundo académico británico, recibiendo los más altos reconocimientos institucionales, sin renunciar en ningún momento a su condición de comunista de partido, como deja claro en Sobre la historia ("¿Qué deben los historiadores a Marx?"); pero también en un hombre sensible que compensó su trabajo académico escuchando jazz, al que dedicó sabrosos comentarios críticos en el New Statesman, (hoy reunidos en Gente poco corriente), o interesándose por el arte y la cultura de la sociedad burguesa, origen de Un tiempo de rupturas. En este libro, publicado tras su muerte, Hobsbawm fija la narrativa capaz de explicar "una era de la historia que ha perdido el norte y que, en los primeros años del nuevo milenio, mira hacia delante sin guía ni mapa, hacia un futuro irreconocible, con más perplejidad e inquietud de lo que yo recuerdo en mi larga vida". Con su queja sobre "la actual inundación creativa que anega el globo con imágenes, sonidos y palabras, que casi con toda certeza será incontrolable tanto en el espacio como en el ciberespacio", con su convicción de que "el gran arte sigue siendo eurocéntrico, como el champagne, incluso en un mundo globalizado", con la referencia habitual de Marx, ("pocas páginas son más conocidas hoy en día que la profética descripción que Karl Marx hizo de las consecuencias sociales y económicas de la industrialización capitalista occidental"), Hobsbawm se despoja de sus ideales, sentimientos e impresiones que le habían acompañado desde que era estudiante en Viena y Berlín en los años veinte, sin abandonar no obstante su convicción de que el único futuro "no extraño" pasa por asumir la doctrina marxista.

Cuesta imaginar a Judt en esa encrucijada, o en cualquier encrucijada que dependa de un diagnóstico marxista. Sólo un joven rebelde como él es capaz de afrontar el estudio del pasado lejos de los argumentos fomentados por Hobsbawm; también cuesta imaginar a un historiador más capaz que él para desenredar el gigantesco ovillo teórico construido por la historiografía marxista en la segunda mitad el siglo XX. "Un intelectual del pasado -confesó en cierta ocasión- que no esté interesado en primera instancia en captar correctamente la historia puede tener muchas virtudes, pero la de historiador no se cuenta entre ellas". Para Judt, el estudio debe partir de un análisis severo de las fuentes antes de emitir un juicio sobre ellas, aunque ese juicio se asiente en la autoridad de Marx. Su sensibilidad, sus sensaciones, sus recuerdos y su manera de expresarlo todo responden a esa postura inicial. Con ella investigó la historia de las ideas francesas fraguada en la Resistencia, hecho clave en la conducta intelectual parisina desde 1944 en adelante. Eso le permitió afrontar su libro más original, según creo, Pasado imperfecto, el que le convirtió en un hombre público, donde personajes secundarios sirven para recrear la atmósfera intelectual de la época que resquebrajó no sólo la unidad del comunismo, sino su propia legitimidad. Escribir desde los márgenes sin atenerse a las convicciones teóricas que durante las décadas 1979 y 1980 marcaron el rumbo de Hobsbawm, determina la manera de hacer historia de Judt y por lo mismo su compromiso con la sociedad: "En realidad, yo no creo que desatender el pasado sea nuestro mayor riesgo; el error característico del presente es citarlo desde la ignorancia".

La vida y el trabajo de Hobsbawm y Judt corrieron durante bastantes años en paralelo: hay algo de plutarquiano en sus vidas, algo que afecta a la naturaleza de los dos grandes libros que a la postre les darán celebridad mundial: Historia del siglo XX (The age of extremes), una lectura crítica de por qué se malogró el proyecto de una revolución mundial auspiciada por las ideas marxistas; y Posguerra, donde se asumen como parte de la narrativa reflexiones, posturas políticas, incluso vivencias familiares, como que el nacimiento del mundo de la posguerra obligó a la destrucción de las comunidades judías en Polonia, Moldavia, Galitzia, Bocovia y otros lugares, una destrucción analizada hoy bajo el epígrafe de holocausto: son las comunidades originarias de la familia de Judt, en algunos casos sufriendo el destino de su pueblo, como fue el caso de la tía a la que él debe su nombre, la tía Toni, conducida de Holanda a Auschwitz donde fue asesinada en las cámaras de gas. Y es que, para Judt, el historiador es algo más que un teórico social, algo más que un intérprete de unos textos canónicos que explican el siglo XX como los efectos de la acumulación del capital. Tan orgulloso con su interpretación, se negó a rendirse: la prueba está en El refugio de la memoria, un libro donde pone en orden sus pensamientos mientras luchaba contra la enfermedad de Lou Gehrig, una variante de esclerosis lateral amiotrófica, que le obligó a dictar el texto, pues la mente era la única parte del cuerpo activa.

La diferencia entre Hobsbawm y Judt se percibe mejor si logramos entender las confesiones que Judt aceptó realizar ante Timothy Snyder y que dieron lugar a Pensar el siglo XX. En este libro habla con amabilidad de Hobsbawm, sobre todo de su casual encuentro en Atlanta, consciente de la distancia entre ellos y el poco eco que tuvieron sus trabajos en el maestro. No le importó ese silencio, que algunos considerarían desdén, en parte porque su postura crítica sobre la historiografía expuesta en Sobre el olvidado siglo XX es una invitación a ser sujeto de una actitud parecida. En su palacio de la memoria, para utilizar el concepto de Jonathan Spence, Judt reconoce su adscripción a la izquierda, aunque cuesta encajar eso con alguien que se confiesa un elitista y al que según sus propias palabras "sus colegas consideran un dinosaurio reaccionario". Es comprensible que piensen así, dijo, ya que "enseño el legado textual de unos europeos hace tiempo desaparecidos; no soy muy tolerante con la propia expresión como sustitutivo de la claridad; contemplo el esfuerzo como una pobre alternativa del logro; trato mi disciplina como dependiente en primera instancia de los hechos, no de la teoría; y veo con escepticismo mucho de lo que hoy pasa por ser erudición histórica".

Allí donde Judt ve el individuo como el principio de la libertad occidental, Hobsbawm veía precisamente lo mismo, pero no le gustaba, ya que su gusto personal se inclinaba por la lucha de clases como el motor de la historia. Motivo por el cual para escribir la historia del siglo XX debió superar la nostalgia de un hecho que no pudo ser (el triunfo del comunismo). Para Judt, por el contrario, sólo es posible escribir la historia de ese siglo superando la melancolía ante un hecho que no se acaba de entender del todo: ¿por qué tuvo que desaparecer el mundo del ayer, por decirlo como otro judío relevante, Stefan Zweig, para que pudiera unirse Europa? Mientras Hobsbawm pone fin a su estudio del siglo XX con un desalentador dilema, "fracasaremos si intentamos construir el tercer milenio prolongando el pasado o el presente", Judt se reinventó estudiando checo para entender mejor lo que estaba sucediendo en la Europa Oriental a finales de los años ochenta, lo que le alejó por completo de la ideología comunista que había minimizado su responsabilidad en el atraso y la falta de libertad en los países gobernados en su nombre. Esta actitud le acercó a lo que los franceses llaman moralistes; es decir, escritores en la línea de Camus, Aron o Blum (a los que estudia en El peso de la responsabilidad) con un compromiso cívico explícito que aspiran a ser universalistas coherentes, aunque eso signifique cuestionar algunos dogmas que habían inspirado a la izquierda durante todo el siglo XX. Para Judt está claro que "algo va mal" cuando no se tiene conciencia de que "la democracia puede sucumbir ante una versión corrupta de sí misma, mucho más que a los encantos del totalitarismo, el autoritarismo o la oligarquía". Por su parte, para Hobsbawm, esa realidad es visible, aunque la interpreta en la línea de que en el futuro que viene "no hay porvenir", sólo un simulacro organizado por el poder industrial capitalista.

El mundo del mañana ha comenzado sin resolver los motivos que dieron lugar a la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Hobsbawm añora la lucidez de la postura de la izquierda, internacionalista, obrerista, al servicio de las masas trabajadoras, que se atenía a una moral estricta, sin fisuras, donde no cabía la corrupción dentro de ese universo revolucionario, Judt, advierte que existen fuerzas ocultas que están evitando la enseñanza de la historia como lo que realmente debe ser, una narración coherente del pasado, para dar paso a diversiones bien financiadas que conducen al menoscabo de la conciencia crítica del ciudadano y al dominio exacerbado de los sentimientos que no hace mucho condujeron al estallido de dos guerras mundiales. Ambos coinciden en reconocer que la historia tiene en sus manos descubrir esa amenaza, e insisten que en sus libros se encuentran las herramientas para vencerla. Un magnífico legado.


BIBLIOGRAFÍA
Dos editoriales centran la publicación en español de estos dos historiadores. Crítica, dirigida muchos años por Gonzalo Pontón, inició la publicación de Hobsbawm, que ha seguido hasta sus inéditos:

Sobre la Historia (1997), La era de la revolución(1997), La era del capital (1998), La era del imperio (1998), Historia del siglo XX (1998),Entrevista sobre el siglo XXI (2000), Años interesantes (2003), Guerra y paz en el siglo XXI(2007), Cómo cambiar el mundo (2011), Gente poco corriente (2013), Un tiempo de rupturas(2013).

En catalán, Eumo publicó L'invent de la tradició(1989).

Por su parte, la editorial Taurus, perteneciente al grupo Prisa, ha publicado a Judt:

Postguerra (2006), Pasado imperfecto (2007),Sobre el olvidado siglo XX (2008), Algo va mal(2010), El refugio de la memoria (2011), Pensar el siglo XX (2012), Una gran ilusión (2013). Recientemente ha puesto en librerías El peso de la responsabilidad (2014), y para el 2015 anuncia Cuando los hechos cambian

En catalán, La Magrana ha publicado El món no se'n surt (2010), El refugi de la memòria (2011) yPensar el segle XX (2012)

lunes, junio 24, 2013

Edward Palmer Thompson. Un historiador nada convencional



Edward Palmer Thompson. Un historiador nada convencional








The Guardian

Traducción para Sin Permiso de Lucas Antón.

Hace cincuenta años, un obscuro historiador que trabajaba en el departamento de Educación para Adultos de la Universidad de Leeds entregó, con retraso y un grosor mayor de lo esperado, un manuscrito a Victor Gollancz - editorial entonces especializada en ensayo socialista e internacionalista. Nadie podía haber previsto la recepción del libro. The Making of the English Working Class [La formación de la clase obrera en Inglaterra, Capitán Swing, Madrid, 2012], de E. P. Thompson, se convirtió en un descomunal éxito comercial y crítico. La demanda de este mamotreto de 800 páginas fue ni más ni menos que notable. En 1968, Pelican Books compró los derechos de The Making. y publicó una versión revisada como volumen número mil de su catálogo. En menos de una década se reeditó cinco veces.

Cincuenta años después, todavía sigue en catálogo, como obra canónica de historia social. No era el primer libro de Thompson. Había aparecido una historia de William Morris en 1955, recibida con la indiferencia que le cabe en suerte a la mayor parte de las monografías académicas. Después de The Making. vino Whigs & Hunters, un libro sobre las Black Acts [Leyes Negras], la infame legislación de la época georgiana que criminalizaba no solo matar ciervos sino cualquier actividad sospechosa que pudiera dar indicios de la intención de matar ciervos. A esto le siguió una serie de originales ensayos sobre temas diversos, entre ellos el tiempo y el capitalismo industrial, las revueltas del hambre y la venta de esposas (sí, en el siglo XVIII los hombres llegaban de verdad a llevar a sus mujeres al mercado y "venderlas"). Una y otra vez, Thompson se mostró capaz de abordar nuevos temas y volver sobre los antiguos con enfoques nuevos, creando un corpus de obras que era a la vez original y de enorme influencia.

Y sin embargo, Thompson no fue nunca un historiador convencional. Sus muchos años en Leeds no transcurrieron en el Departamento de Historia sino en el de Educación para Adultos. Su puesto de titular en la recién creada Universidad de Warwick fue breve: renunció justo seis años después de haber aceptado la plaza, disgustado por el giro comercial que estaba adoptando. Perenne hombre de letras, acompañó su renuncia de un extensor opúsculo en el que delineaba sus objeciones intelectuales [Warwick University Limited. 1971]. El resto de su vida lo dedicó a una serie de causas políticas. Thompson fue miembro activo del Partido Comunista en los años 40 y 50, y fundador del Grupo de Historiadores del Partido Comunista en 1946. Formó parte del éxodo masivo del Partido que siguió en la década de los 50 a la invasión soviética de Hungría, pero siguió estrechamente aliado a toda una serie de movimientos de izquierda. Hacia finales de la década de los 70, Thompson desempeñaba un papel clave, lo mismo como incansable organizador que como mascarón de proa intelectual en el naciente movimiento por la paz, causa de la que siguió siendo devoto hasta su muerte en 1993. La suya fue una vida de activismo, tanto como de investigación académica.

Pero por encima de todo sigue descollando The Making., con ese prólogo que de modo tan memorable declaraba la intención del libro de "rescatar al pobre calcetero, al cosechador ludita, al 'obsoleto' tejedor con su telar a mano, al artesano 'utópico' y hasta al crédulo seguidor de Joanna Southcott [profetisa religiosa de finales del XVIII] del enorme desdén de la posteridad". El mítico estatus del libro no debería distraernos de la franca originalidad de la obra. En 1963, tejedores y artesanos no solían ser material de los libros de Historia. Historiadores sociales pioneros llevaban estudiando a los trabajadores desde principios del siglo XX, pero su enfoque seguía concentrándose en lo tangible, lo mensurable, lo "significativo": salarios, condiciones de vida, sindicatos, huelgas, cartistas.

Thompson abordaba los sindicatos y los salarios reales, por supuesto, pero la mayor parte de su libro estaba dedicado a algo a lo que él se refería como "experiencia". Mediante un paciente y extenso examen de archivos tanto locales como nacionales, Thompson había puesto de manifiesto detalles sobre costumbres y rituales de los talleres, conspiraciones fallidas, cartas de amenaza, canciones populares y carnés de clubes sindicales. Recogió en los archivos lo que otros habían considerado sobras y las interrogó para ver qué nos contaban acerca de las creencias y objetivos de quienes no estaban en el bando de los vencedores. Aquí y allí había un libro que divagaba sobre aspectos de la experiencia humana que nunca antes habían tenido su historiador. Y el momento de su aparición casi no podía haber sido más afortunado. La década de 1960 fue testigo de una agitación y expansión sin precedentes del sector universitario, con la creación de nuevas universidades repletas de profesores y estudiantes cuyas familias no habían tenido tradicionalmente acceso al privilegiado mundo de la educación superior. Poco puede extrañar, por lo tanto, que hubiese tantos que sintieran una especial afinidad con los marginados y perdedores de Thompson. Y había algo más. A lo largo de The Making. discurre una ira mordaz frente a la explotación económica y sólidos comentarios sobre los tiempos de su capitalismo. Thompson rechazaba la noción de que el capitalismo fuera inherentemente superior al modelo alternativo de organización económica que substituía. Se negaba a admitir que los artesanos se hubieran quedado obsoletos, o que su aflicción fuera un ajusto doloroso pero necesario a la economía de mercado. Era un argumento que gozaba todavía de una amplia resonancia en los años 60, cuando los intelectuales marxistas podían creer todavía que existía una alternativa realista al capitalismo, podían aducir que no se había ensayado adecuadamente el "verdadero" marxismo.

Aparecido en el apogeo del marxismo académico, el marco político de The Making. estuvo en la entraña del éxito del libro. Acaso su mayor logro, con todo, estribe en cómo ha logrado capear la posterior caída en desgracia académica del marxismo. Para la década de 1980, la historiografía marxista ya no mantenía una posición relevante en los departamentos académicos de Historia. Desde entonces, ha estado a la defensiva. Repasando la discusión literaria entre Thompson y el filósofo polaco, Leszek Kolakowski - que, después de años vivir bajo el comunismo, había tenido la temeridad de desertar de las banderas del marxismo - Tony Judt observó que "Nadie que la lea volverá a tomarse jamás en serio a E. P. Thompson". Y sin embargo, claro que seguimos tomándonos en serio a Thompson. Más que cualquiera de sus libros, The Making. continúa deleitando e inspirando a nuevos lectores. Por supuesto, la investigación académica de Thompson era parcial y se movía de acuerdo con su política. Pero la originalidad, el vigor y la iconoclastia de su libro harán que con seguridad perdure.

Emma Griffin, profesora de Historia en la Universidad de East Anglia, es especialista en la historia social y económica de Gran Bretaña entre 1700 y 1870. Autora de A Short History of the British Industrial Revolution, y Blood Sport: A History of Hunting in Britain, acaba de publicar Liberty´s Dawn: A People´s History of the Industrial Revolution (Yale University Press).

Fuente original:
http://www.guardian.co.uk/books/2013/mar/06/ep-thompson-unconventional-historian

Fuente de la traducción: http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/thom.pdf

lunes, febrero 25, 2013

Autobiografía de un historiador que nunca se ha puesto unos vaqueros. Reseña de "Años interesantes. Una vida en el siglo XX" de Eric Hobsbawm

 
Autobiografía de un historiador que nunca se ha puesto unos vaqueros

El Viejo Topo

Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43629
 

Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX. Crítica, Barcelona 2003. Traducción de Juan Rabasseda-Gascón, 411 páginas.

Hay tres razones básicas iniciales para recomendar la lectura atenta de estos Años interesantes (AI) de Eric Hobsbawm (EJH) -tal vez, como ha señalado Orlando Figes, el historiador vivo más conocido del mundo-: la primera razón, apuntada por Perry Anderson, aparece en la contraportada de la edición castellana: las cualidades de este ensayo son tales que “es casi imposible leerlo sin relacionarlo enseguida con su obra de historiador. Nos encontramos con una especie de quinto volumen [los cuatro son sus “Eras”], escrito en un registro más personal, de un proyecto continuo que podría llamarse simplemente “la Era de EJH”.” Quien haya leído cualquiera de los cuatro volúmenes a los que se refiere Anderson (o todos ellos), comprenderá que no hay mejor recomendación concebible que la apuntada por el autor de Las antinomias de Gramsci. Estamos ante una nueva vuelta por el siglo XX de la mano del autor de la Historia del siglo XX. La segunda razón es visual: el curioso semblante de EJH en la fotografía de la portada, y su no menos singular gesto, pide a gritos susurrados sumergirse en la lectura de la autobiografía de un historiador -que sigue sosteniendo que el comunismo continúa vigente como motivación y como utopía-, cuya vida se inició en Alejandría en 1917, transcurrió en Viena y Berlín durante años decisivos para la historia europea, para desembocar algo más tarde en Londres y Cambridge. Finalmente, en tercer lugar, porque AI pertenece a la excelente aunque escasamente amueblada categoría de libros que exigen una relectura inmediata después de haber sido leído por primera vez y una localización no muy alejada de la mesa de estudio, sea cual sea el estudio en el cual uno (o una) se encuentra o encontrará inmerso.
Estas tres razones esenciales, sucintamente explicitadas, pueden ser fundamentadas con algo más de espacio mediante el siguiente decálogo:
1. Años interesantes es presentado por Hobsbawm como una autobiografía y es, efectivamente, una autobiografía.
No hay aquí ninguna vacía tautología. La cantidad de publicaciones (o afines) presentadas como biografías o autobiografías pero que, en el mejor de los supuestos, son de hecho narración descuidada, ficción urgente, especulación interesada, justificación política, re o deconstrucción histórica, desvarío ególatra, negocio, apuesta o cálculo textil-industrial, etc. -largo etcétera-, se aproxima, según los últimos y documentados estudios conocidos, al tercer elemento de la serie aléfica de los infinitos. AI no está ni puede estar incluido, bajo ningún punto de vista y sea cual sea la perspectiva de análisis, es ese denso, poco veraz y escandaloso dominio.
2. La modestia no postiza que acompaña al autor.
No es frecuente encontrar negro sobre blanco, ya en los compases iniciales de la narración (p.9), y más tratándose de un ensayo de uno de los grandes científicos sociales de los siglos XX y XXI, una reflexión tan prudente como la reflejada en el siguiente apunte:
“(...) si por lo que fuese mi nombre desapareciese completamente de la vista, como ocurrió con la lápida de mis padres en el Cementerio Central de Viena que hace cinco años anduve buscando en vano, no se produciría ninguna laguna en el relato de lo sucedido en la historia del siglo XX, ni en Gran Bretaña ni en ninguna otra parte”.

E, igualmente, refiriéndose a su trabajo y éxito como historiador en los años sesenta:
“(...) Ese fue el motivo del triunfo a mediados de los años sesenta de la maravillosa obra La formación de la clase obrera en Inglaterra, de E.P.Thomson, que elevó a su autor, con todo merecimiento, pero para sorpresa general, a la fama internacional prácticamente de la noche a la mañana. Durante algún tiempo los profesores de más edad se quejaron de que los estudiantes no leían prácticamente ningún otro libro. Yo no tenía ni el genio de Edward ni su carisma ni sus ventas, pero también escribía sobre los temas, y con los mismo sentimientos, que atraían a los lectores universitarios radicales” (p. 282).

O, finalmente y transitando por el mismo sendero, al hacer referencia a su marxismo juvenil, EJH no nos oculta que:
“Mi marxismo era, y en cierta medida sigue siendo, el adquirido a partir de los únicos textos entonces disponibles fuera de las bibliotecas universitarias, las obras y las antologías de los “clásicos” distribuidas sistemáticamente, publicadas (y traducidas en ediciones locales fuertemente subvencionadas) bajo los auspicios del Instituto Marx-Engels de Moscú” (p. 97). [cursiva mía]

3. Joyas dispersas en las páginas de AI.
Botón de muestra. En los momentos finales de uno de los capítulos más hermosos de AI (“Un niño en Viena”, pp.19-33), EJH da cuenta de un réplica de su madre ante un comentario suyo sobre el comportamiento de un familiar: “Nunca hagas nada, ni por asomo, que dé la impresión de que te avergüenzas de ser judío.” Hobsbawm señala que, desde entonces, ha intentado llevar siempre este principio a la práctica, “aunque a veces suponga verdaderamente un esfuerzo muy arduo, a la luz de la actuación del gobierno de Israel” (p.33). La condición asumida de “judío no judío”, no de “judío renegado”, no impide al autor de La era de la revolución señalar, con coraje cívico modélico y razonable, que:
a) No ve que existan razones ni que tenga la obligación moral de observar las prácticas de una religión ancestral.
b) Mucho menos, desde luego, la de servir ciegamente a una pequeña nación-Estado militarista y políticamente agresiva.
c) Ni incluso asumir la postura del judío que, con la fuerza de la Shoah, señala Hobsbawm, “afirma ante la conciencia mundial unos derechos exclusivos como víctima de una persecución. El bien y el mal, la justicia y la injusticia, no puede abanderarlos ni un sola raza ni una única nación” (p.33).
4. Las reflexiones históricas documentadas como marco del relato.
Los ejemplos son constantes, dado que EHJ no ha pretendido escribir un relato autobiográfico donde el ámbito personal degenere en cotilleo, en detalle insustancial o en chafardería televisiva, pero si tuviese que escoger algunos de ellos no tendría apenas dudas: los capítulos cuarto (“Berlín: la muerte de la república de Weimar”) y quinto (“Berlín: marrón y roja”) no sólo son buenos sino que son excelentes. Así, las páginas dedicadas a su temprano compromiso político o a la tesis (¿tesis?) del socialfascismo son de lectura obligada. Los momentos, las circunstancias vividas eran, además, tiempos difíciles, muy difíciles:
“(...) El reparto de propaganda electoral a favor del KPD no era cosa de broma, especialmente durante los días posteriores al incendio del Reichstag. Tampoco lo era votar comunista, aunque el 5 de marzo esa siguió siendo la opción de más de un trece por ciento del electorado. Teníamos derecho a tener miedo, pues no sólo arriesgábamos nuestra piel sino también la de nuestros padres” (p. 79).

5. All that jazz!
EJH fue crítico musical con seudónimo en el New Statesman and Nation y autor de un documentado libro sobre jazz (The Jazz Scene). En AI nos regala comentarios de interés, dispersos aquí y allá, en absoluto obviables, de una música “con una fuerte capacidad de emocionar” y que, como ha señalado él mismo, en repetidas ocasiones, le abrió en su faceta de historiador un campo de análisis histórico de sumo interés para su aproximación y entendimiento de los fenómenos culturales populares. Aunque de hecho, señala Hobsbawm, el jazz no es una música popular, una curiosa melodía de Cole Porter sobre amor y revolución (p.118) acompañó sus combativas actividades políticas universitarias en la década de los treinta.
La misma elección del seudónimo para sus críticas musicales no fue casual:
“(...) escribí bajo el seudónimo de Francis Newton, en homenaje a Frankie Newton, uno de los pocos músicos de jazz del que se sabe que era comunista, un trompetista excelente, aunque no una superestrella, que tocó con Billie Holliday en la maravillosa sesión de Commodore Records de la que saldría ‘Strange Fruit’ ” (p. 212).

6. Cambridge.
Los capítulos 7 y 8 están dedicados a narrar su experiencia en la Universidad de Cambridge. Nada de ellos merece ser pasado por alto. Sus referencias a John Cornford, James Klugmann, J.D.Bernal -a pesar de ser “totalmente negado para la música” (p.173)- o Margot Heinemann son exquisitas. De esta última -“una de las personas más increíbles que jamás he conocido”-, EJH comenta:
“(...) A través de una vida ejemplar, con sus consejos y su sentido de la camaradería, tuvo probablemente más influencia en mí que cualquier otra persona que haya conocido” (p. 120).

7. Las razones de una militancia.
EJH se hizo comunista en 1932, si bien no ingresó en el partido hasta su llegada a Cambridge en 1936. Permaneció en él durante medio siglo. En las páginas 125-145 da cuenta de esta experiencia política decisiva en su vida, si bien admite que “la cuestión de por qué tantos años de militancia es a todas luces procedente en una autobiografía, pero no es de interés histórico general” (p.125). Para mostrar la importancia decisiva del movimiento en la historia del siglo XX, EJH sostiene que “no ha habido un triunfo de una ideología comparable desde las conquistas (más lentas y menos globales) del islam en los siglos VII y VII de nuestra era” (p.125). Su admiración por el comunismo italiano, en sus varias tendencias (Togliatti, Amendola) es patente en sus reflexiones. Tampoco son marginales sus comentarios al “maravilloso poema de Brecht, An die Nachgeborenen [A los hombres futuros]”.
Igualmente es de cita obligada este pasaje sobre un mitin de la Pasionaria en el París de 1936:
“(...) Aun así, los discursos no son una parte significativa de mis recuerdos como comunista, con la excepción de uno que tuvo lugar en Paris durante los primeros meses de la guerra civil española pronunciado por Dolores Ibárruri, La Pasionaria, un discurso extenso, ella vestida de negro, como una viuda, en medio del silencio cargado de tensa emoción de la abarrotada pista cubierta del Velódromo de Invierno. Aunque apenas nadie del público comprendiera el español sabíamos perfectamente que nos decía...” (p. 130)

Los retratos de Georgi Dimitrov (“si no abandoné el partido en 1956 fue, entre otras cosas, porque el movimiento producía este tipo de hombres y mujeres” (p.136)) y de Ephraim Feuerlicht, Franz Marek -“probablemente no haya otro hombre por el que sienta tanta admiración”, p.137- están entre lo mejor de este capítulo.
8. Retratos de contemporáneos.
También aquí son numerosos los ejemplos que deberían apuntarse. Si tuviera que escoger entre ellos, no vacilaría: las páginas dedicadas a E.P.Thomson (pp.201 ss), la breve referencia a B. Russell (p.219) o su reflexión sobre el ex-líder del partido laborista Tony Benn (pp.250-251) estarían en mi antología de clásicos coetáneos vistos por EJH.
9. Su aproximación al nuevo laborismo.
EJH que en absoluto mantiene ni ha mantenido posiciones políticas digamos radicales en sus últimos años, apunta con esmero crítico a las tortuosas políticas del partido laborista británico del último período. Es de lectura obligada en este campo el cap.16 (“Un observador político”) y especialmente las págs.256-257 donde Hobsbawm argumenta, con neta moderación, sobre el sentido de sus observaciones críticas: el llamado nuevo laborismo merece ser discutido no por la aceptación realista del marco en el que se interviene políticamente, “sino por aceptar demasiados presupuestos ideológicos de la teología económica del mercado libre dominante” (p.256), entre ellos, y fundamentalmente, la creencia según la cual la gestión eficaz de los asuntos sociales sólo puede conseguirse a través de la conducta y comportamiento empresarial.
10. La ecuanimidad de juicio.
Basta para ello seguir con atención las varias aproximaciones de EJH a la fenecida República Democrática Alemana (p.52 y ss), o la equilibrada aproximación a Mijail Gorbachov (pp.258-259) o los capítulo dedicados a Francia (“La Marsellesa”, cap.19) o España e Italia (“De Franco a Berlusconi”, cap.20).
En síntesis: el lector está ante la autobiografía, excelentemente escrita, de unos de los grandes historiadores vivos, con vida apasionante y comprometida, sin tendencia alguna al detalle personal inesencial y que señala la paradoja de que después de medio siglo de guerra fría anticomunista los únicos movimientos que han causado muerte entre ciudadanos en el territorio del Imperio son sus propios fanáticos de la derecha extrema y los fundamentalistas sunnitas que otrora financió deliberadamente el “mundo libre” contra los soviéticos” (p.259). Por eso, concluye Hobsbawm, la humanidad tal vez tenga que lamentar que, ante la alternativa socialismo o barbarie proclamada por Rosa Luxemburg, la decisión tomada por los élites dirigentes parece apoyar la segunda opción planteada por la revolucionaria alemana. Por eso, finaliza Hobsbawm s relato, señalando:
“Pero no abandonemos las armas ni siquiera en los momentos más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo” (p.379).

martes, enero 15, 2013

Releer a Edward Palmer Thompson, dos recomendaciones



Dos recomendaciones de lectura del genial Edward Palmer Thompson (1924-1993).  Una de ellas es "Opción cero" y la otra es una tesis titulada "E.P. Thompson, la conciencia crítica de la Guerra Fría . Democracia, pacifismo y diplomacia ciudadana" que se puede bajar de la siguente dirección web  http://digibug.ugr.es/bitstream/10481/566/1/15327954.pdf

Thompson  que fue docente en la enseñanza de la historia y que se vinculó a las Universidades como investigador fue también un activista político de primer orden. 

Thompson  fue un intelectual que comprendió que los el propósito de la historia cuando se utilizan los medios para su divulgación es formar criterios y no imponer visión de mundo. Las lecturas sesgadas de Thompson no dejan ver una gran faceta promovida por él como fue su preocupación por preguntarse tanto cuál es la función social que cumple el conocimiento histórico que se transmite a la sociedad como su decidida opción por plantearse acciones ciudadanas dentro de la sociedad que vivimos.

Las lecturas sugeridas nos permiten visualizar un ámbito historiográfico a veces olvidado como es la la historia como práctica historiográfica pero también como práctica vital, elementos que en Thompson resultan claves para un historiador.

martes, marzo 23, 2010

Eric Hobsbawm's intervention "Years After: The World(s) Beyond the Wall"

Eric Hobsbawm's intervention Twenty Years After: The World(s) Beyond the Wall








miércoles, julio 01, 2009

In memoriam Peter Gowan, un marxista “cálido” 1946-2009


In memoriam
Peter Gowan, un marxista “cálido” 1946-2009


Jaime Pastor
Viento Sur

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LA APUESTA POR LA GLOBALIZACIÓN
LA GEOECONOMÍA Y LA GEOPOLÍTICA
DEL IMPERIALISMO EURO-ESTADOUNIDENSE
Autor: Peter Gowan
AKAL Ediciones
Sector Foresta, 1 - 28760 Tres Cantos (Madrid)
Tel: 91 806 1996 - Fax: 91 804 4028




La globalización representa la forma que ha asumido la lucha de clases a escala mundial tras el ciclo de las revoluciones sociales y nacionales de los últimos 100 años. La calidad y la potencia de los múltiples sujetos productivos dispersos por todo el planeta y los choques intertectónicos de sus reivindicaciones y de sus luchas a favor de la justicia, con las estructuras históricas de explotación, han encontrado una contundente respuesta globalizada por parte de la relación-capital y de sus máquinas de dominación. La potencia de la lucha de clases dota la política de una dimensión en geopolítica esencial y a las relaciones de explotación de una profundidad geoeconómica ineludible, cuya correcta lectura supone un dato esencial para que la fuerza de trabajo colectiva piense sus procesos de emancipación. Contra la enésima versión del reduccionismo economicista y de la ineluctabilidad tecnológica, Peter Gowan reconstruye magistralmente las líneas de dominación del proyecto imperialista euro-estadounidense desde finales de la década de 1960 hasta la actualidad. La globalización se articula mediante la utilización de los sistemas financiero y monetario internacionales como vectores de intervención y regulación de las estrategias de poder de Estados Unidos, que son útiles para engranar las distintas economías nacionales en la estrategia compleja de acumulación de capital estadounidense y europea. Las diversas crisis monetarias y financieras de los últimos años se recortan contra la trama de las decisiones y el poder político de las potencias dominantes como formidables instrumentos de reestructuración social, política y económica. El dinero como expresión más abstracta de disciplina y dominación social. La (geo)política de esta estrategia geoeconómica reposa en la panoplia de instrumentos militares que conciben la guerra como recurso natural para dirimir la reproducción capitalismo mundial integrado. La Guerra del Golfo y las guerras balcánicas sobresaturan de violencia el nuevo orden mundial y semiotizan los nuevos códigos de comportamiento político. Tras el hundimiento del bloque soviético, la OTAN se perfila como un instrumento de agresión militar, que permite a Estados Unidos seguir dirigiendo la política exterior europea. La errática evolución política de la Unión Europea, como demuestra Peter Gowan en su análisis de las consecuencias de la terapia de choque aplicada al antiguo bloque soviético por las potencias occidentales, desvirtúa toda posibilidad de construcción de un proyecto político democrático a escala continental, que pudiera redefinir las dinámicas y procesos del orden internacional.
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Peter Gowan es Senior Lecturer en Estudios Europeos en la University of North London. Es coeditor con Perry Anderson de The Question of Europe y miembro del consejo editorial de la New Left Review y de Labour Focus on Eastern Europe.




La desaparición de Peter Gowan (15/1/1946 - 12/6/2009) es una muy triste noticia para todas aquellas personas que comparten la necesidad de forjar un pensamiento crítico “fuerte” al servicio de políticas emancipatorias, tan necesario en los tiempos actuales. En su caso, como se puede comprobar en la nota que publicamos a continuación, esa opción viene de lejos, de sus inicios en la lucha política través de la solidaridad con el pueblo vietnamita, la “revolución” del 68, su vinculación a la IV Internacional y su intensa labor de apoyo a la oposición antiburocrática de izquierdas en los países del extinto bloque soviético.

Su posterior abandono de la militancia en la sección británica de la IV Internacional y su incorporación al medio universitario no fueron obstáculo para que siguiera preocupado por contribuir al desarrollo de una izquierda radical y por dar un sentido práctico a sus análisis y propuestas políticas, especialmente mediante sus artículos en la New Left Review y sus colaboraciones en otras revistas (como VIENTO SUR /1), además de sus constantes intervenciones en los más diversos foros y seminarios a los que era invitado a participar. Así es como le conocimos algunos personalmente, a partir de comienzos del decenio de los 90 del pasado siglo, cuando aceptó la invitación a participar en unas jornadas sobre Europa del Este organizadas por la Fundación de Investigaciones Marxistas en Madrid. Desde entonces las estancias de Peter en Madrid (ciudad que él ya conocía de sus visitas en los tiempos de la lucha antifranquista a personas amigas que habían pertenecido al Frente de Liberación Popular) se hicieron relativamente frecuentes, especialmente durante los Cursos de Verano del Escorial o con motivo de la presentación de su excelente libro The global gamble [La apuesta de la globalización: la geoeconomía y la geopolítica del imperialismo estadounidense. Akal, 2000] en el Ateneo en 2001, en donde pudo discutir sobre neoliberalismo e imperialismo con gente tan dispar como Guillermo de la Dehesa y Diego Guerrero. Una de sus últimas visitas fue en junio de 2007, con ocasión de un seminario organizado por la Universidad Nómada, en el que pudimos disfrutar de su ponencia junto con otras, como las de Giovanni Arrighi, David Harvey, Beverly Silver, Samir Amin y Walden Bello, entre otros. A comienzos de ese mismo mes había coincidido yo con él en la isla de Jeju, en Corea del Sur, en donde ambos habíamos sido invitados, por mediación de Gilbert Achcar, a participar en unas Jornadas sobre “Globalización e Integración Regional en Europa y Asia” y fue allí donde pudimos compartir unos días de intensos debates y también comprobé, como recuerda su amigo Tariq Alí, que con Peter se podía discutir sin miedo a que su “ego” se sintiera afectado.

No corresponde ahora hacer un resumen de las principales aportaciones que nos ha dejado Peter Gowan pero sin duda confiamos en que habrá contribuciones que nos ayuden a reflexionar sobre ellas en un futuro próximo. Contamos, al menos, con su último artículo publicado en el número 55 de la edición en castellano de la New Left Review , “Crisis en el corazón del sistema”: en él podemos encontrar una buena ilustración de la caracterización que ha ido haciendo del “Régimen Dólar-.Wall Street” como expresión de la apuesta por el dominio global del imperialismo estadounidense, constatando ahora que ese “Nuevo Sistema de Wall Street” ha entrado en una profunda crisis en medio de una era de turbulencias y de inestabilidad geopolítica creciente. El mejor homenaje que podemos hacerle es, por tanto, (re)leer sus artículos y trabajos con mayor interés si cabe porque son herramientas muy útiles para interpretar mejor el mundo y seguir aspirando, como él también quería, a cambiarlo radicalmente.

1/ En los números 44, 62 y 79.

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Peter Gowan
Misha Glenny (The Guardian 17/06/2009)

Peter Gowan, que acaba de fallecer a causa de un mesotelioma a la edad de 63 años, poseía uno de los más formidables intelectos de entre los jóvenes radicales de la Nueva Izquierda de los años sesenta. Tenía una capacidad de trabajo prodigiosa y un estilo para el diálogo que le convirtió en un formador extraordinariamente eficaz. Desde 2004, era profesor de relaciones internacionales en la London Metropolitan University.
Miembro de la Redacción de la New Left Review (NLR) desde 1990, era visto como uno de sus gigantes intelectuales, y su trabajo fue cada vez más abundante durante la década pasada. Incontables amigos y estudiantes disfrutaron de sus conocimientos de política y economía internacionales, ya fuera en el trotskista International Marxist Group (IMG), en las escuelas y universidades en las que impartió docencia o en los varios países con los que estaba políticamente comprometido.

Peter será recordado, en particular, por su trabajo, iniciado en 1978, con su esposa Halya Kowalsky, como cofundador de la muy influyente revista Labour Focus on Eastern Europe , que apoyó los movimientos de oposición socialista y democrática, como Solidarnosc en Polonia y Carta 77 en Checoslovaquia.
Cerrando la revista bajo el seudónimo Oliver MacDonald (el apellido de soltera de su madre), Peter creó un oasis de cooperación en el desierto de fraccionalismo que caracterizó a la izquierda británica de los años setenta y ochenta. Persuadió a miembros del IMG y del Socialist Workers Party para que dejaran a un lado su amarga disputa sobre la naturaleza del Estado soviético. Buscó a miembros del Partido Laborista desilusionados con el apoyo tácito que su partido ofrecía a los regímenes neoestalinistas europeos. A partir de ahí, creó un grupo ecléctico de activistas británicos y emigrados que proporcionaban un apoyo concreto a grupos de oposición del bloque del Este. Peter también produjo uno de los mejores archivos documentales de la lucha por los derechos democráticos bajo los regímenes estalinistas.

Tras la caída del estalinismo en Europa oriental, Peter se diferenció abiertamente de las muchas voces que veían el “capitalismo realmente existente” como único horizonte de futuro. Pero fue en el terreno de las relaciones internacionales y de la economía política donde concentró buena parte de sus energías intelectuales a lo largo de las dos últimas décadas de su vida. En The Global Gamble , una obra premonitoria publicada en 1999, inició una investigación analítica de lo que llamó “el régimen dólar/Wall Steet”.

Su departamento en la London Metropolitan University adquirió una presencia significativa en la escena académica internacional. Era muy solicitado como conferenciante en Europa y Estados Unidos, así como en Brasil y Argentina, China y Corea del Sur, siempre impresionando al público con su perspicacia en relación con las debilidades fundamentales del nuevo modelo capitalista.
Nacido en Glasgow, Peter se trasladó con su madre a Belfast cuando todavía era un bebé. Cuando tenía nueve años, su familia se afincó en Inglaterra, donde se educó en la Orwell Park Preparatory School, en Suffolk, y en la Haileybury school, en Hertfordshire. Más tarde, estudió historia en la Universidad de Southampton, se interesó por el radicalismo político y concentró su estudio en el legado de la Revolución rusa.
Más tarde dejó su postgrado en el Centro de Estudios Rusos de la Universidad de Birmingham debido a su dedicación al periódico radical Black Dwarf. Ello le llevó a la Vietnam Solidarity Campaign (VSC) y más tarde a España y Oriente Medio.

Conoció a Tariq Ali en la VSC [Campaña de Solidaridad con Vietnam] en 1968. Ambos se convirtieron en dirigentes del IMG, la Sección Británica de la Cuarta Internacional, uno de los dos principales grupos trotskistas de la izquierda británica de los años sesenta y setenta. Peter organizó el ala juvenil del IMG, la Liga Espartaquista, donde se hicieron evidentes sus capacidades pedagógicas. Enseñó en escuelas londinenses antes de obtener un empleo en la Barking Collage, en el Este de Londres. Muy probablemente fue en las decrépitas infraestructuras de la educación pública donde estuvo expuesto al asbesto que le provocó el mesotelioma.

Conocí a Peter cuando, en 1980, compartimos dormitorio en una escuela de verano para estudiantes de checo en Praga. No muy dotado para las lenguas, Peter tenía como objetivo principal entrar en contacto clandestinamente con miembros de izquierdas de la Carta 77 y ofrecerles apoyo en su lucha. Muchos activistas de Labour Focus , entre los que me incluyo, se quedaron impresionados por el compromiso de Peter, y ayudaron en el contrabando de libros, de máquinas Xerox y demás infraestructura para apoyar en la práctica a los disidentes.
Contrastando abiertamente con las batallas sectarias que se libraban en otros lados, Peter instó a que Labour Focus se convirtiera en un foro de debate de todas las orientaciones políticas, tanto si reflejaban sus ideas socialistas como si no. Tengo una gran deuda personal con él, ya que me animó en mis inquietudes políticas sobre Europa del Este y me presentó a muchas figuras dirigentes de la oposición.
Los numerosos estudiantes a los que guió durante sus licenciaturas y postgrados en la North London Polytechnic (hoy en día la London Metropolitan University) le estaban muy agradecidos por su apoyo paciente y sus clases magistrales. Peter fue “uno de los camaradas más generosos que he conocido jamás, sin asomo de ego”, recordaba Tariq Ali. “Era bueno con todo el mundo, ya fuera un estudiante, un camarada o una celebridad, y era por naturaleza un docente”.

A Peter se le diagnosticó su enfermedad fatal sólo un par de semanas después del estallido de la crisis financiera mundial. A pesar de saber que su situación era terminal y que su salud se deterioraría muy rápido, no solamente lo afrontó con buen humor, sino que tuvo el coraje de seguir trabajando al límite de sus fuerzas en el transcurso de los meses siguientes; su artículo para el número de enero-febrero de la New Left Review nos proporciona una sucinta explicación sobre cómo interpretaba los orígenes de la crisis financiera. Conoció a Halya en 1973, que ha sobrevivido a su muerte, así como sus tres hijos, Iván y los gemelos Boris y Marko.

Misha Glenny ha sido corresponsal de The Guardian y la BBC en diversos países de la Europa del Este

Traducción de Andreu Coll para VIENTO SUR

jueves, noviembre 13, 2008

Lawrence Stone 1920-1999


Lawrence Stone 1920-1999

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Date: June 17, 1999

Lawrence Stone, Social Historian and Founder of Princeton's Davis Center, Dies at 79

PRINCETON, N.J. -- Lawrence Stone, a renowned social historian of early-modern England and founding director of the Shelby Cullom Davis Center for Historical Studies at Princeton, died June 16 at his home in Princeton Borough. He was 79 and had been suffering the effects of Parkinson's Disease.

According to Professor Stone, his research interests spanned "the turbulent centuries that carried England from the War of the Roses through the Tudor regime to the Cromwellian Revolution and beyond into the 18th century." His classes at Princeton included an undergraduate course on England from 1470 to 1690 and graduate seminars on the coming of the English Revolution and on England from 1660 to 1770.

Born in Epsom, Surrey, England on December 4, 1919, Stone studied at the Charterhouse School, at the Sorbonne, and at Christ Church, Oxford. His university studies were interrupted by war service as a lieutenant in the Royal Naval Volunteer Reserve (1940-45). He received his B.A. and M.A. degrees from Oxford in 1946 and remained there until 1962, first as a lecturer at University and Corpus Christi colleges and then as a fellow of Wadham College. In 1960-61, he was a member of the Institute for Advanced Study in Princeton.

Stone joined the Princeton faculty in 1963 as Dodge Professor of History and transferred to emeritus status in 1990. He served as department chair from 1967 to 1970 and in 1968 was named director of the new Davis Center, which was established to develop a focal point for historical research, to encourage innovation and experimentation in teaching, and to stimulate intellectual exchange both within the History Department and between the department and visiting scholars. It supports the Davis Research Seminar, which brings together research scholars from the United States and abroad to work on common problems.

"When Lawrence Stone arrived in Princeton and unpacked his intellectual baggage, he released a fresh set of ideas, which are still buzzing in the air, not merely here but everywhere in the country," said his colleague at Princeton, Robert Darnton. "History, as he presented it to rapt audiences of students and colleagues, cannot be confined to the tiny elite who dominate events. It involves entire populations. To be understood adequately, it requires some mastery of demography, economics, and political science. To be brought alive, it should be narrated in a brisk style, seasoned with amusing anecdotes and provocative arguments -- the more heretical, the better. Lawrence was always in a scrap, always making the fur fly and the ideas soar. He set the pace in what emerged in the 1960s as the new social history, and he remained our pre-eminent historian until the day of his death."

Stone's published works include The Crisis of the Aristocracy, 1558-1641 (1965), The Causes of the English Revolution, 1529-1642 (1972), The Family, Sex and Marriage in England 1500-1800 (1977), An Open Elite? England, 1540-1880, written in collaboration with his wife, Jeanne C. Fawtier Stone (1984), Uncertain Unions: Marriage in England 1660-1753 (1992), and Broken Lives: Marital Separation and Divorce in England 1660-1857 (1993). Also an authority on English sculpture, he wrote Sculpture in Britain: The Middle Ages (1955).

A member of the American Philosophical Society and the American Academy of Arts and Sciences, Professor Stone was also a corresponding fellow of the British Academy. In 1976, he was awarded Princeton's first annual Howard T. Behrman Award for distinguished achievement in the humanities. He received honorary degrees from universities including Princeton, Chicago, Penn, Edinburgh, and Oxford.

Surviving are his wife, Jeanne Fawtier Stone, and two children, Elizabeth C. Stone Zimansky of Stony Brook, N.Y., and Robert Lawrence Fawtier Stone of Manhattan.

At Professor Stone's request, there will be no funeral.

NOTE: A portrait of Lawrence Stone is available via the World Wide Web at http://www.princeton.edu/pr/pictures/99/. Both preview and downloadable versions of the jpeg file are listed by name in the index.






Lawrence Stone

Dynamic academic who made social history exciting

Michael Thompson
Monday July 5, 1999
The Guardian

Lawrence Stone, who has died aged 79, was a key figure, alongside Eric Hobsbawm and EP Thompson, in the remaking and reshaping of the concept of social history - enlarging its territory and changing its methods by showing how the theories and techniques of social scientists could be applied in historical inquiries. Controversial and impetuous in his youth, he matured into a world-class social historian and remained impetuous to the end.

He was that rare person among the academic species, both a historians' historian and a popular one. Early modern historians will remember him best for his two most scholarly books, The Crisis of the Aristocracy, 1558-1641 (1965), and An Open Elite? England 1540-1880 (1984); while a wider public will no doubt cherish Family, Sex and Marriage in England 1500-1800 (1977) and Road to Divorce: England 1530-1987 (1990).

The trajectory of shifting intellectual interests depicted in these books was a reflection of Lawrence Stone's own intellectual and ideological evolution from a young Marxist to, as he himself put it in an interview in 1987, "an old fashioned Whig". At the end, he was dedicated to no cause beyond the estimable one of "making sure that history is never boring".

Lawrence Stone was born in Epsom, and educated at Charterhouse, where the headmaster, Sir Robert Birley, subsequently headmaster of Eton and then professor of social science at the City University, London, was a strong influence. In 1939 he went to the Sorbonne for a year, before going to Christ Church to read modern history on the eve of the second world war, which saw him serving in the Royal Naval Volunteer Reserve. During the war he met Jeanne Caecelia Fawtier, whom he married in 1943.

Returning to Oxford on demobilisation he quickly got a first and was appointed a lecturer at University College, in 1947. At that time he was a medievalist, having studied the Third Crusade as his special subject. His interest in medieval culture persisted, bearing fruit in the very successful Pelican history of art book, Sculpture in Britain in the Middle Ages (1955).

But in 1947 he was falling under the influence of RH Tawney, and decided that what became known as Tawney's Century, 1540-1640, was the period to study. He saw this as the time when the action got really interesting, when rapid change got under way, marking, as he then thought, the point when England, its institutions and its society, began to become different from Europe. It was also the period when, for the first time, there were surviving sources for the material and emotional lives of individuals and families.

Thus he rapidly transformed himself into a Tudor historian, and rather rashly rushed into print in 1948 with his Anatomy of the Elizabethan Aristocracy. This work of economic determinism sought to uncover the underlying causes of the Civil War by arguing that the aristocracy was on the verge of bankruptcy; unfortunately, this rested on hastily gathered and imperfectly understood evidence. The ensuing controversy, conducted with considerable acrimony in the best traditions of the Oxford history school, did not greatly help his career.

Then, in 1960, he moved to the United States, to Princeton, where freed from the Oxford infighting, Stone flourished. He was a member of the Institute of Advanced Study, from 1963 onwards a professor, then head of Princeton's history department, 1967-70, and from 1968 until his retirement in 1990 the founding director of the Shelby Cullom Davis Centre for Historical Studies.

In 1965 came the book which made his reputation, The Crisis of the Aristocracy in which he abandoned his long and fruitful cultivation of cultural, intellectual, moral and social facets, in search of a new, exciting form of total history informed by concepts derived from anthropology, sociology and psychology.

Such a large book inevitably attracted criticisms, but Stone swept on to further massive undertakings on themes growing out of The Crisis, notably and bravely breaking through the 1660 barrier which conventionally contained early modern historians, and annexing the 18th and 19th centuries in dazzling demonstrations of the value of adopting the longue durée in social and cultural history.

Two further great works of massive research and startling originality were to follow. First, An Open Elite? in which, to a little less than universal agreement, he exposed as a myth the conventional wisdom that an important feature of English society for centuries has been the assimilation of new wealth into the upper class via the purchase of landed estates.

In the process he abandoned the idea that English society was any different from Western European society, and embraced the methodology of computerised quantification which earlier had been denounced as unhistorical and unhelpful.

Second, in Road to Divorce, he exploited the fascinating material in the records of the Court of Arches and other ecclesiastical courts that handled marital, sexual and moral cases, which set a new standard in the graphic chronicling of individual lives from the past and the slowly changing patterns of relationships, expressions of sexuality, and family notions of acceptable behaviour.

In so doing, he virtually jettisoned the analytical history of his youth and fully embraced the narrative and descriptive mode. The story had become worth telling simply because it was a good story.

Lawrence Stone was a dynamic, ebullient, sparkling, benign and mischievous eminence, whose achievement was to make social history interesting and exciting, to stimulate and encourage research, and open up fresh territories and new bodies of evidence.

He died peacefully at home in Princeton and is survived by Jeanne, and their son and daughter.