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viernes, octubre 24, 2014

Josep Fontana: «Mil años nos han ido haciendo diferentes»


Tomado de http://www.elperiodico.com/es/noticias/ocio-y-cultura/josep-fontana-historia-catalunya-3622287 


El historiador publica 'La formació d'una identitat. Una història de Catalunya'

«No entienden que los otros hablen distinto, que sean distintos. Han sido educados para no entender»

ERNEST ALÓS / BARCELONA
MIÉRCOLES, 22 DE OCTUBRE DEL 2014
Josep Fontana, en su casa de Barcelona.
Josep Fontana (Barcelona, 1931), historiador y maestro de historiadores, ha multiplicado su productividad una vez jubilado. Tras dos visiones tan globales de los últimos 60 años como Por el bien del imperio (2011) y El futuro es un país extraño (2013) mañana llega a las librerías La formació de la identitat. Una història de Catalunya (Eumo).
-¿Es un ensayo sobre la existencia continuada de una identidad...
-De alguna manera lo es.
-...o una historia general de Catalunya actualizada y para un público formado pero no especialista?
-Tras la manifestación del 11 de septiembre del 2012, cuando se produjo aquella reacción, muy espontánea, de la gente, que cogió a los políticos por sorpresa, mi idea era explicar por qué se había producido ese fenómeno. Que la gente se dé cuenta de que no es una cuestión de los últimos dos años, sino de los últimos 500 años. Y también me daba cuenta de que hay muy buena investigación que no llega a la gente y que quería recoger en un libro que se pueda leer.
-¿Qué características tiene esa identidad catalana? ¿Cuándo se desarrolla y por qué se transmite?
-El peso desequilibrante que tiene Barcelona que da desde el principio al país la posibilidad que el desarrollo se produzca siempre mirando hacia el exterior. Es un país donde no hay grandes fortunas, ni grandes magnates feudales como en Castilla ni grandes fortunas urbanas como en Italia. De ese equilibrio, de esa mediocridad conjunta si quiere, nace la posibilidad de crecer como lo hace. Todo eso crea una sociedad que negocia, lo que da como primera característica dar un papel fundamental a las Cortes. Y muy pronto se crea una Diputación que mantiene el control sobre la conducta y la política del rey. Se crea desde muy pronto un tipo de gobierno que genera unas constituciones y un tipo de derechos que la gente conoce porque les da garantías. Que les garantiza cosas tan importantes como no poder ser castigados sin juicio previo. Eso es algo que los militares castellanos no entienden. O no tener que ir a la guerra más en defensa del país. Eso durará: en el siglo XIX la gente no entiende que tiene que hacer el servicio militar.
-Instituciones, pero también una conciencia: indica que, si no se habla de nación aún, sí de pàtria i terra.
-Hay esta idea de que esta es una sociedad en que la gente tiene derechos. Por eso se sienten identificados, y cada vez que se quiere cambiar esto se producen protestas.
-Habla de una revolución catalana que va de 1480 a 1706.
-Con la suma con la Corona de Castilla el sistema podría haber desaparecido y haberse provincializado. Y lo que hay es todo un intento de mantenerlo, desarrollarlo y actualizarlo.
-Usted plantea que esa evolución pasaba por una democratización gradual y un acondicionamiento a la transición al capitalismo.
-Las instituciones se van democratizando, hacen fácil el acceso de capas de la sociedad que en una sociedad estamental no tendrían ningún papel. La gente siente que vive en una sociedad con menos diferencias verticales.
-¿Cómo definiría el régimen que se suprime en 1714?
-Es un sistema con unos juegos de garantías legales, si no constitucional, sí preconstitucional. Y en un momento en que esta sociedad está en pleno progreso, de empuje económico considerable, que le hace reivindicar no ser coartada.
-Ese es el consenso actual entre los historiadores catalanes. Pero al otro lado se sigue hablando de la modernidad y el progreso traído por los borbones tras suprimir unas obsoletas rémoras medievales.
-Es que no lo eran. Esta sociedad se estaba transformando. Funcionaba, y por eso la gente mantiene su adhesión durante todo el siglo XVIII. El mito del progreso borbónico es una tontería. Los borbones hacen que España, que aún era una gran potencia, pase a ser una ruina en 1808. Y aquello de que en Barcelona se luchaba por la libertad de toda España... lo que sucede es que son conscientes de que la libertad de aquí depende de que allí también exista. De aquí sale, en la burguesía, la idea de hacer una nación española en que las libertades sean equivalentes.
-Y aquí vienen los siguientes capítulos. El fracaso de los proyectos ilustrado y liberal.
-El proyecto de hacer una nación española rechaza la idea de que lo que se necesita es sujetar a la gente de aquí a las leyes de Castilla. Esta burguesía en el XIX renuncia a la lengua y tiene ese entusiasmo porque quieren construir una cosa nueva.
-Afirma que ese fracaso del proyecto liberal era inevitable porque no se podían fusionar dos sociedades distintas con mentalidades distintas.
-Vilar explica que el gran drama es que se crean dos sociedades que funcionan a velocidades diferentes, que son diferentes, una agraria y otra industrial en la que se desarrollan por ejemplo los primeros sindicatos en los años 40 del siglo XIX.
-Usted destaca los orígenes populares del catalanismo. Antes Pitarra y Almirall que los Jocs Florals.
-La conciencia de lo que se perdió pervive en un medio popular, antes de que la burguesía empieza a mirar hacia atrás para crear mitos. Y los soldados se encuentran con problemas con sus superiores, el funcionario que reclama los impuestos suele ser castellano... En el teatro popular bilingüe el castellano se reserva a personajes ridículos, pretenciosos y autoritarios. Las cosas vienen de abajo, y no cambiarán hasta finales de siglo, cuando la burguesía ve que no tiene nada que hacer en la política castellana.
-En muchos momentos del libro, refiriéndose a fenómenos muy alejados, aparecen frases que podrían ser vigentes hoy mismo. Hablando del compromiso de Caspe, habla de la reiterada tendencia de las clases dirigentes catalanas a hacer pasar por delante sus intereses.
-Eso pasa siempre.
-¿Y ahora?
-Me niego a hacer profecías. Puede salir cualquier cosa. Lo único que es seguro es que no saldrá ninguno de los dos extremos. No es verdad que haremos no sé qué, una declaración de independencia, y nos pondremos a negociar. No. No hay ningún Gobierno posible en Madrid, de derechas o de izquierdas, que se pueda permitir negociar una declaración de independencia. Y el otro; la ilusión de los políticos españoles de que todo esto es como un delirio, una enfermedad, pasará y todo seguirá siendo como antes. No. Nada será como antes. Porque si algo importante pasó el 11 de septiembre del 2012 es que fue la gente la que dijo que estaba hasta las narices.
-Otra, refiriéndose a la segunda guerra carlista: «Madrid no entiende nada»...
-La sociedad castellana en la baja edad media tiene un problema considerable, el de las tres religiones. En lugar de tolerancia, un problema. Nosotros no nos libramos, pero no marca tanto nuestra cultura. La palabra raza es una palabra de origen castellano en cualquier lengua del mundo. Raza era un defecto en un tejido. Y se transmite ese significado a la raza de moros y judíos. Este hilo de intolerancia hace que nunca acaben entender que los otros hablen distinto, que sean distinto. O que quieran tener unas formas de vida distinta. No lo entienden. Y ese no lo entienden lo ves cada día. Han sido educados para no entender nada. Y cualquier cosa que se les ponga por delante... ahora me dicen que soy un viejo estalinista que se ha hecho nacionalista. Cuando entré en el PSUC era tan nacionalista como ahora. El programa del PSUC hablaba de autodeterminación. Sé que algunas cosas que he escrito irritarán. Pero editar el libro solo en catalán ayudará a que lo lean menos.
-¿No habrá traducción?
-He dicho que no. Quería explicar cosas a gente que tiene la misma cultura, que ha tenido las mismas experiencias, que se ha encontrado con los mismos problemas y con la que tenemos una visión del mundo compartida, que es lo que acaba fabricando toda esta identidad.
-¿Se rinde? ¿No hay nada a hacer?
-No es eso solo. He escrito este libro pensando en lectores catalanes. Si he de hacer los mismos razonamienos a lectores castellanos, lo tendría que reescribir completamente. Y no sé si vale la pena el esfuerzo
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viernes, septiembre 26, 2014

ENTREVISTA: Carlos Martínez Shaw y la historia marítima total



Tomado de http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-95042006000100007&lng=pt&nrm=iso&tlng=es

José Antonio Martínez Torres
Profesor en la UNED
almasit@hotmail.com

Carlos Martínez Shaw es uno de los principales impulsores de la historia marítima del Antiguo Régimen en España. Buen conocedor de las preocupaciones temáticas y metodológicas de la escuela de losAnnales, sus investigaciones sobre el comercio catalán con América durante los siglos XVII y XVIII, inspiradas en el magisterio de Pierre Vilar, desmontaron el tópico de la exclusión de Cataluña con anterioridad a la autorización de Carlos III. Nacido en Sevilla en 1945, Carlos Martínez Shaw ha sido Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Barcelona (1984-1993) y Presidente del desaparecido Centro de Estudios de Historia Moderna "Pierre Vilar" (1984-1994). Desde 1993 es Catedrático de Historia Moderna en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid), donde compagina la docencia con la dirección de una serie de proyectos sobre el comercio exterior español durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Está vinculado como redactor o asesor a numerosas revistas de historia y cultura, entre las que sobresalen HispaniaL´Avenç, DrassanaRevista de Historia Social,Cuadernos de Historia de España (Buenos Aires) y Secuencia (México). Pertenece a las Reales Sociedades Bascongada y Matritense de Amigos del País. Es redactor de la History of Mankind publicada por la UNESCO. Colaborador asiduo de El País y El Periódico de Cataluña, en cuyas páginas se ocupa de la crítica de libros de historia moderna y de literatura asiática. Experto en la cultura oriental de la Edad Moderna, la ha divulgado entre el público hispano en una serie de importantes exposiciones de carácter nacional e internacional comisariadas junto a Marina Alfonso Mola, profesora de Historia Moderna en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid). Profesor invitado en varias universidades europeas y americanas, en su amplia producción bibliográfica como autor y editor destacan los siguientes títulos: Cataluña en la Carrera de Indias, 1680-1756 (Crítica, Barcelona, 1981), Spanish Pacific. From Magallanes to Malaspina (Lunwerg, Barcelona, 1988), Séville XVIe siècle, de Colom à don Quichotte(Autrement, París, 1992), La emigración española a América, 1492-1824 (Archivo de Indianos, Oviedo, 1992), El Derecho y el Mar en la España Moderna (Universidad de Granada, Granada, 1995), Historia de Asia en la Edad Moderna (Arco/Libros, Madrid, 1996), Europa y los Nuevos Mundos, siglos XV-XVIII(Síntesis, Madrid, 1996), El galeón de Manila (Ministerio de Educación Cultura y Deporte, Sevilla, 2000),Oriente en Palacio (El Viso, Madrid, 2003) y El sistema atlántico español, siglos XVII-XIX (Marcial Pons, Madrid, 2004).
El comercio catalán y la polémica del libre comercio
P: Vd. empezó estudiando el comercio catalán indirecto de los siglos XVII y XVIII, ¿dónde arranca la motivación por este estudio? ¿En qué punto se encontraba dicha temática cuando Vd. desarrollaba su investigación? ¿Qué lecturas y qué documentos le inspiraron? ¿Cuáles fueron los resultados obtenidos? ¿Qué sabemos hoy del tráfico no privilegiado del periodo 1756-1778, "continuación lógica y necesaria", según sus propias palabras, de Cataluña en la Carrera de Indias?
R: La primera inspiración para Cataluña en la Carrera de Indias vino de mi asistencia en Sevilla, en 1967, a uno de los coloquios internacionales de historia marítima que habían nacido en París en 1956. Entonces, tuve ocasión de escuchar a diversos profesores que trataban sobre esos temas, y fundamentalmente a Valentín Vázquez de Prada, que habló de "los caminos de Cataluña en el comercio americano" y de la falta de un trabajo sistemático sobre esta cuestión. Por ello, cuando me trasladé a Barcelona, a los pocos meses después del coloquio, recurrí al doctor Valentín Vázquez de Prada para que me dirigiera la tesis doctoral sobre ese tema donde faltaba esa investigación concreta.
La base fundamental de mi investigación fue el libro de Pierre Vilar, Cataluña en la España Moderna(1962), y el resto de su obra empírica y teórica. Para realizar el estudio de ese comercio indirecto me basé en la documentación que se custodia en el Archivo General de Indias y en toda una serie de archivos catalanes, no sólo de Barcelona, sino también de algunas de las ciudades más implicadas en el comercio colonial: Arenys, Canet, Mataró, etc.
Lo que salió a la luz fue el esfuerzo de Cataluña por encontrar una vía fácil para el comercio con América, del que había quedado excluida, no por ninguna argumentación legal sino por la incapacidad de integrarse en ese pesado instrumento del comercio que fue el "sistema de flotas y galeones". Con la recuperación de Cataluña a finales del siglo XVII, la burguesía catalana intentó paliar su incapacidad de crear instrumentos comerciales haciendo uso del "sistema de registros sueltos", implantado fortuitamente a partir de la guerra contra Inglaterra en 1739, y montando todo un aparato de penetración mercantil en los puertos andaluces y americanos.
Efectivamente, hoy día los trabajos sobre el comercio de Cataluña con América no están terminados. Si bien se ha cubierto la etapa del libre comercio a través de los trabajos de José María Delgado y de John Fisher, todavía está pendiente de estudio el periodo de 1756 a 1778; sólo se ha hecho el comercio privilegiado gracias al libro de José María Oliva. No obstante, el comercio no privilegiado, que siguió en paralelo a la Compañía de Barcelona, efectivamente falta por hacer. Para esa investigación no he encontrado ningún colaborador. Existe la documentación, basta con ir de nuevo al Archivo General de Indias para encontrar los registros de los barcos.
P: ¿En qué medida el comercio colonial hispano pudo proporcionar motores capaces de iniciar, acelerar o simplemente apoyar una revolución industrial?
R: Responder a esta pregunta implica teorizar sobre los orígenes de la revolución industrial: orígenes internos a través de la tesis de Maurice Dobb, orígenes externos a través de la tesis de Paul Sweezy. En fin, es un debate tan extenso que una respuesta unívoca no existe. Lo único que puede decirse es que los beneficios del comercio colonial no fueron capaces por sí solos de generar una revolución industrial.
Nosotros, deslumbrados en un primer momento por el comercio colonial, pensamos que el comercio ultramarino superaba al resto de los sectores comerciales. Sin embargo, hoy estamos en condiciones de afirmar que no: el desarrollo del comercio colonial no sólo no condenó al olvido a otros comercios sino que los potenció. Este sería el caso del comercio en el Mediterráneo durante el siglo XVIII, que se vio fortalecido por la expansión generalizada de Cataluña.
P: ¿Qué significó realmente el libre comercio?
R: La valoración del libre comercio también ha dado lugar a un amplio debate historiográfico. José María Delgado, en los trabajos que ha dedicado a esta cuestión, ha tratado de minusvalorar el papel del libre comercio en el desarrollo de los últimos años de la vida económica catalana. Josep Fontana, en sus explicaciones, también ha recogido esta idea y la ha potenciado. Yo siempre he detectado en estas tesis no un respeto estricto a lo que los documentos dicen, sino una óptica nacionalista catalana que tiende a rebajar todos los logros de la dinastía borbónica. Y en este caso concreto, a minusvalorar una medida política como el libre comercio, que representó para Cataluña el fin de todas las barreras que el comercio catalán había ido encontrando a lo largo de su historia. El "sistema de registros sueltos" significó saltar una barrera, la concesión de la Compañía de Barcelona (1756) significó saltar otra, la libertad del comercio de Barlovento hizo saltar muchas otras y, finalmente, el libre comercio (1778) las hizo saltar todas. Todo esto tuvo una repercusión indudable en Cataluña, y los datos, los datos estrictos, lo único que avalan es que el comercio colonial catalán sufrió un incremento extraordinario a lo largo del periodo de vigencia del libre comercio.
P: Los clásicos trabajos de Earl J. Hamilton y Pierre Chaunu mostraron una relación muy estrecha entre la metrópoli y sus colonias, y dieron por sentado que los ritmos coyunturales de éstas determinaban los del resto de los territorios que componían la Monarquía hispánica en la Edad Moderna. Tal visión, a pesar de haber sido cuestionada por los trabajos de Michel Morineau, John TePaske-Herbert S. Klein y Carmen Yuste, todavía sigue pesando mucho historiográficamente. ¿A qué cree Vd. que es debido?
R: Parafraseando a Fernand Braudel, yo diría que las mentalidades son "prisiones de larga duración". Cuesta mucho trabajo que las investigaciones se abran camino dentro de los paradigmas dominantes de la interpretación historiográfica. A eso obedece el que se sigan manteniendo toda una serie de trabajos ya muy clásicos como el de Hamilton, que es del año 1934, y que tenga que ser siempre el punto de partida para la discusión historiográfica. Pero en cualquier caso, lo que sí se puede decir es que hay como mínimo dos planos en los que tendríamos que reflexionar y debatir.
En primer lugar, habría que reflexionar sobre el papel del sector del comercio colonial dentro de la composición del Producto Nacional Bruto. ¿Qué supuso? Si se pudiera reducir a un término estadístico, ¿qué implicaba? Es muy difícil responder a estas cuestiones, ya que entre otros muchos factores hay que tener en consideración los papeles dinamizadores de los impactos metálicos. Leandro Prados de la Escosura, en dos ensayos complejos, difíciles, pero desde luego desarrollados con mucha inteligencia, ha intentado dar una respuesta a tales preguntas.1 En su opinión, hay que relativizar el papel que la historiografía ha dado a la pérdida de las colonias, ya que ningún sector de la economía española, ni siquiera el más dañado, se vio afectado sino en modestos porcentajes.
Hay que tomar estas elucubraciones con mucha cautela. No obstante, son una idea para reflexionar. En una economía altamente feudalizada, como era la economía española de los siglos XVI y XVII, hay que pensar que una parte importante de la economía no se veía afectada por los flujos del oro y la plata. Además, hay que tener en cuenta que una buena parte de este metal apenas llegaba a España ya salía de ella para pagar la política exterior española. Hasta tal punto esto era así que un historiador norteamericano, Dennis Flynn, ha dicho que el oro y la plata sirvieron esencialmente para pagar la política imperial y el patrimonio artístico de España.
En segundo lugar, habría que seguir reflexionando sobre el significado de la "decadencia española". Durante los siglos XVI, XVII y XVIII España fue un imperio universal repartido por los cinco continentes. Con los medios de la época, mantener el imperio más grande de toda la historia universal fue una empresa colosal y tuvo enemigos colosales. Fue un verdadero milagro mantener esta estructura imperial durante tanto tiempo. Es cierto que hay una "decadencia española" en el siglo XVII. No obstante, esta "decadencia española" del siglo XVII no impide que España siga siendo una potencia de primera magnitud en la centuria siguiente. En el siglo XVIII, cuando se habla de las grandes potencias, uno todavía se está refiriendo a Inglaterra, Francia, Holanda y España. Esas eran las grandes potencias. Nadie deja de tener presente el papel que desempeñó España en las guerras internacionales. España fue decisiva en conflictos internacionales tan trascendentales como la Guerra de los Siete Años (1756-1763) o la independencia de las Trece Colonias (1776-1783).
La historia marítima "total" y el pacífico español
P: Del comercio indirecto a la emigración española a América pasando por las pesquerías, la legislación, la cultura marítima, etc., ¿cómo explica todos estos cambios? Estamos ante cuestiones que convergen dentro de una historia marítima que pretende ser "total" en el sentido que le dieron Lucien Febvre, Marc Bloch, Fernand Braudel y Pierre Vilar. ¿Qué diferencia a la forma de hacer historia marítima de antes de 1956 -celebración en París del Primer Coloquio Internacional de Historia Marítima dirigido por Michel Mollat du Jourdin- con la que se practica hoy, casi cincuenta años después? ¿Qué campos requieren un mayor estudio?
R: Hace ya bastantes años que di un salto desde una mera historia del comercio hacia la conceptualización de una verdadera economía marítima, donde el comercio por esta vía se unía a otras actividades complementarias que tenían lugar en las ciudades portuarias. Estas actividades eran la construcción naval, la pesca, el aprovechamiento de la sal, de las algas, etc. Progresivamente, he ido incorporando más cuestiones a este interés por unas economías muy en contacto con el mar. He llegado a pensar hasta en los molinos de marea movidos por la fuerza del mar o en la historia de los faros y las señales marítimas. Existe todo un mundo marítimo que ahora mismo está beneficiándose del exotismo del mar y de "la llamada del mar" que diría Josep Conrad. Pero dejando aparte la literatura, puede hacerse una conceptualización perfecta de lo que llamaríamos una historia marítima.
Una historia marítima es aquella que comprende todos los aspectos de la vida humana en conexión con el mar. Esta especificidad nació por influencia de la escuela de Annales y de los coloquios marítimos internacionales patrocinados por Michel Mollat du Jourdin. Empezó siendo una historia de la economía marítima, primero del tráfico comercial y luego de la construcción de los barcos y del transporte por vía marítima, estudiando no sólo las compañías para el comercio marítimo sino también las compañías para la construcción y la explotación del barco como medio de transporte. Más tarde, la historia marítima ya no sólo comprendía la economía marítima sino que también empezó a extenderse a una historia social. Al comienzo, esta historia social era la historia de los marineros, de la gente que vive del mar, de sus salarios, de sus huelgas, etc. Más allá, hay una historia institucional, que comprende el derecho marítimo, los consulados, las capitanías del puerto, las cofradías de marineros y pescadores, etc. Y finalmente hay otra historia más, la historia cultural del mar. El mar genera una cultura privativa que, en principio, es la cultura de los marineros. Marineros que tienen una religión sumamente supersticiosa; marineros que tienen una solidaridad de grupo muy fuerte porque están obligados a compartir un espacio muy estrecho; o marineros que se expresan a base de señales y golpes de silbato (el fragor del mar impide comunicar las órdenes de otro modo). En definitiva, que hay todo un mundo de los comportamientos en relación con el mar que está todavía por explorar y que lentamente se van incorporando a esta historia marítima "total" que es un ideal a cumplimentar.
P: Con demasiada frecuencia se atribuye, en no pocos libros de Historia, el descubrimiento de las islas del Pacífico a los ingleses en el siglo XVIII, y se olvida que marinos españoles como Ruy López de Villalobos o Andrés de Urdaneta navegaron por esas latitudes en el siglo XVI. ¿Qué explica esta falta de memoria histórica internacional?
R: La decadencia española de los siglos XIX y XX, en un momento en que se estaba construyendo la historiografía positivista y posteriormente la historia científica moderna, ha hecho que una gran parte de la historia de España haya quedado en bruma en los cenáculos internacionales. Esto no quiere decir que no haya habido historiadores españoles que hayan estudiado los descubrimientos del Pacífico. Sí que los ha habido, pero no han tenido proyección internacional. Todo esto ha hecho que la historiografía anglosajona haya sido la predominante a la hora de enfocar fenómenos de la historia universal en los que habían estado implicadas varias naciones. Se ha hecho, en cualquier caso, una interpretación sesgada de las hazañas de los holandeses, franceses e ingleses frente a los logros españoles. Esta situación se está corrigiendo no sólo por parte de la historiografía española actual, sino también incluso por parte de la historiografía de estos otros países. Señalaré algunos ejemplos.
Las exploraciones españolas en el Pacífico durante el siglo XVI son las únicas que realmente exploran la totalidad de este océano. Y lo exploran con casi dos siglos de anticipación a las exploraciones francesas, holandesas e inglesas. Estas exploraciones a veces han sido reivindicadas por historiadores que no pertenecen al ámbito hispano. Tal es el caso del australiano Oscar Spate, que ha llamado al periodo que fue de 1513 a 1607 la época del océano Pacífico como Spanish lake. ¿Por qué? Porque efectivamente ahí están las exploraciones de Ruy López de Villalobos, Andrés de Urdaneta y otras muchas más. Desde la gran vuelta al mundo de Magallanes-Elcano (1519-1522), hasta la última expedición de Pedro Fernández de Quirós (1605-1607), que llevó al desembarco en las islas de las Nuevas Hébridas, los españoles fueron los primeros en descubrir islas en la Micronesia, en la Melanesia y en la Polinesia. Es decir, los españoles fueron los primeros europeos en esas latitudes.
Otro ejemplo para insistir en esta falta de memoria histórica lo proporciona la reciente conmemoración del cuarto centenario de la llegada a Etiopía del padre Pedro Páez (1564-1622), que fue un jesuita español que evangelizó en Abisinia. Uno de sus logros fue la conversión al catolicismo de los emperadores Za-Dengel y Susenios. Todo esto también ha sido silenciado, bien por la historiografía portuguesa, que ha señalado con mucho énfasis que las misiones religiosas en Etiopía estaban exclusivamente bajo la órbita portuguesa, o bien por los historiadores ingleses, que atribuyeron a James Bruce uno de los grandes descubrimientos del padre Pedro Páez, el de las fuentes del Nilo azul.
P: Entre 1565 y 1815 el galeón de Manila vinculó el eje Veracruz-Acapulco-Manila-Sevilla. Es cierto que en la historia de esta vasta y exótica ruta hubo naufragios, muertes y hasta alguna que otra captura; no obstante, nadie puede dudar de la existencia de un importante trasiego de mercancías e ideas. En fin, ¿qué aportó exactamente el galeón de Manila a la sociedad española y americana del Antiguo Régimen? ¿Cuánto queda hoy de la mixtura cultural de antaño?
R: El galeón de Manila fue una vía comercial de primera importancia para un tráfico que, desde el punto de vista de las mercancías, era un tráfico sencillo. Fundamentalmente lo que iba hacia Manila era plata, porque había una gran demanda de ella en ese área del "Pacífico de los ibéricos". Por otra parte, lo que llegaba en sentido inverso eran sobre todo sederías y porcelanas, que eran las dos grandes estrellas de este comercio. Naturalmente también se transportaban especias y lacas japonesas. Todas estas mercancías se distribuyeron por todo el Imperio español en América gracias a los mercaderes que, desde Oaxaca o ciudad de México, acudían a la feria de Acapulco. Eso hacía que, desde Lima hasta Santa Fe de Nuevo México, se encontraran sedas o porcelanas chinas en lugares muy remotos. Ahora bien, el comercio del galeón no llegaba con facilidad hasta Sevilla en los siglos XVI y XVII. Las mercancías orientales en el puerto de Sevilla eran más bien escasas porque la mayor parte se quedaba en México. Nada más hay que ver los museos y conventos españoles comparados con los museos y conventos mexicanos. Allí, en México, uno puede encontrar sedas, mantones, biombos, colchas, porcelanas, tibores, etc. En España es muy difícil encontrar estos productos chinos procedentes de la ruta del Galeón. Hay, y tenemos constancia de ello, pero no en las mismas proporciones que en México.
Naturalmente, también hay una reexportación de lo que se había exportado desde España a América. Es decir, por la interposición mexicana hay una exportación de la lengua castellana, de la religión católica, de la arquitectura, de la iconografía y hasta de la cocina. En el siglo XX la ausencia de España en Filipinas y la larga ocupación por parte de los Estados Unidos ha contribuido a la paulatina desaparición del legado hispano. No obstante, todavía se conserva en los idiomas locales (muchos de ellos contienen palabras castellanas), en la religión (Filipinas es el único país asiático con mayoría católica entre su población), en la gastronomía, etc.
La historia de la España moderna: maestros y enseñanza
P: A lo largo de su carrera docente e investigadora Vd. ha tenido la suerte de conocer a muchos historiadores, ¿quiénes le han dejado una huella más profunda en el terreno profesional y personal?
R: Me considero un privilegiado por haber tenido la ocasión de aprender de tantos sabios como se han cruzado en mi vida, a veces por circunstancias meramente azarosas. A eso quiero también añadir mi condición de "hombre esponja", de persona que siempre ha tenido los oídos abiertos a todo aquel que podía enseñarme algo. Por tanto, la nómina de todos mis maestros sería muy larga. Dicho esto, tengo que indicar, en primer lugar, a mi profesor en la Universidad de Sevilla, José Manuel Cuenca, que me enseñó los rudimentos del oficio de historiador. En segundo lugar, le debo la dirección de mi tesis doctoral en la Universidad de Barcelona a Valentín Vázquez de Prada, cuyo apoyo también fue decisivo. Quizás la influencia intelectual más grande que se haya ejercido sobre mi modo de entender la historia sea la de Pierre Vilar. Para mí, Pierre Vilar fue un padre intelectual. De Pierre Vilar conservo muchos momentos en la memoria, pero sobre todo conservo su permanente interés por la historia, su exigencia teórica y la generosidad de entregar su tiempo permanentemente a los jóvenes. He leído una y otra vez todos sus libros, algunos de ellos con verdadera delectación, como su último gran libro, las memorias que publicó primero en catalán y luego en castellano, Pensar históricamente (1997).
Finalmente, tengo que citar a don Antonio Domínguez Ortiz que ha sido, sin duda alguna, el maestro de todos los modernistas españoles. Yo también tuve la suerte de tener una relación privilegiada con él hasta los últimos días de su vida. De don Antonio aprendí esa voluntad de estar constantemente al servicio del trabajo. Don Antonio era un hombre de una cultura extraordinaria, un hombre de un saber historiográfico enorme y, al mismo tiempo, era la más modesta de las personas que uno cabe imaginar. Tenía la modestia del auténtico sabio.
P: Entre el 9 y el 13 de agosto del 2004 Vd. dirigió un importante seminario2 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander) cuyo objetivo era "reflexionar sobre casos que puedan ayudar en asuntos actuales de gobierno". Siguiendo con este análisis de actualidad, y haciéndome eco de aquellas personas que no pudieron asistir, ¿podría indicarnos por qué razón la palabra España se está convirtiendo en un tabú de difícil manejo para los historiadores españoles?
R: El seminario de Santander responde a un múltiple haz de intereses. Por una parte, al interés actual por encajar determinadas comunidades históricas dentro de España. Y, por otra parte, al interés que últimamente me lleva a intentar escribir una historia amplia del Imperio español durante la Edad Moderna. Allí se debatió sobre todas estas cuestiones. Los resultados no sé si fueron buenos o malos, pero a mí me dejaron muy satisfecho.
En cuanto al uso de la palabra España, he de decir que yo no tengo ningún problema en utilizar la palabra España. Para nada. España es mi país por encima de todo. España es una unidad constituida a través de los siglos, y si se quiere ser muy estricto, como mínimo a partir de finales del siglo XV. Lo único que ocurre es que hay unas sensibilidades nacionalistas, especialmente en Cataluña, que han preferido acentuar los elementos de desunión frente a los elementos de unión. En Cataluña existe esta sensibilidad desde el siglo XVII. Y a esta sensibilidad catalana se han unido, ya en pleno siglo XIX, la vasca y la gallega, esta última en mucha menor medida.
Pero además el uso de la palabra España se ha complicado por el secuestro del patriotismo español por parte de los vencedores de la Guerra Civil, por parte de los franquistas que utilizaron la consigna del restablecimiento del patriotismo español frente a los "rojos". Eso ha hecho que todos aquellos que se enfrentaban con la dictadura franquista tuvieran una tendencia a rechazar la palabra España. De hecho, actualmente también asistimos al secuestro del patriotismo español, cuando un partido político como el PP, que en cierto modo es heredero de muchas de las actitudes del viejo franquismo, acusa al PSOE de ser mal defensor de la unidad de España. En definitiva, hay que evitar la utilización partidista del concepto España. España es hoy una realidad de convivencia formada por más de cinco siglos de historia, y también es un valor patrimonial que entre todos tenemos obligación de conservar.
P: En una serie de trabajos dedicados a la ilustración española Vd. ha afirmado que el movimiento ilustrado del reinado de Carlos III (1759-1788) tuvo su origen en el reinado de Felipe V (1700-1746), todavía muy desconocido en muchos aspectos. ¿Este germen no habría que buscarlo incluso en el reinado de Carlos II (1665-1700), momento en el que se dio una importante corriente científica de la mano de novatores tales como Juan de Cabriada, Vicente Mut o Juan Bautista Juanini?
R: En algún sentido los novatores que Vd. ha señalado son el elemento más pre-ilustrado que tenemos; lo que ocurre, es que este elemento estaba articulado con absoluta independencia del poder político. Es decir, que son pre-ilustrados en el sentido de una puesta al día de la ciencia española en paralelo con la ciencia moderna que se estaba haciendo en Europa. Desde ese punto de vista, prefiguraron algunas de las actitudes que luego se vieron en los ilustrados españoles del siglo XVIII. Ahora bien, si nosotros hablamos de una ilustración como una elaboración cultural e ideológica, que sirvió de base o de referente al despotismo ilustrado, no podemos retrotraernos al reinado de Carlos II. Hay que esperar a la primera mitad del siglo XVIII, con la llegada a España de Felipe V. Esto no significa en absoluto descalificar a losnovatores ni nada por el estilo. Los novatores tienen un papel fundamental dentro de la historia de España desde que fijara en ellos su atención ese gran profesor que es José María López Piñero.
P: ¿Por qué razón la historia de España y la de América, unidas durante algo más de tres siglos, se estudian separadamente en las especialidades de historia moderna y contemporánea?
R: Hay que partir de una base: estudiar por separado la historia de España y la historia de la América española, con sus prolongaciones en Filipinas, es una aberración. No se puede entender una historia separada de la otra. La influencia de América en España fue decisiva durante los tres siglos del Antiguo Régimen, tanto desde el punto de vista de la llegada de las remesas de oro y plata, como desde el punto de vista de la emigración entre una y otra orilla. Son muchos los historiadores que tienen la pluma cansada de escribir en contra de esta separación; no obstante, hay que decir que en España prácticamente no se ha hecho nada por remediar esta situación. Es más, la historia de la América colonial está en retroceso dentro de las universidades españolas. Cada vez se habla menos de ella, cada vez cuesta más trabajo a nuestros colegas hispanoamericanos encontrar interlocutores con los que intercambiar puntos de vista.
P: Para concluir, ¿qué libros de historia le han influido más?
R: Los libros de historia que en mí ejercieron una mayor influencia cuando estudiaba la carrera en la Universidad de Sevilla fueron La Civilización del Renacimiento en Italia (1864) de Jacob Burckhardt, El otoño de la Edad Media (1919) de Johan Huizinga, La crisis de la conciencia europea (1939) de Paul Hazard y El Mediterráneo y el Mundo Mediterráneo en tiempos de Felipe II (1949) de Fernand Braudel. Dos de ellos, los dos primeros, se los compré a los bouquinistes del Sena en mi primera salida a París. Todavía los conservo como oro en paño.
Nada más empezar el doctorado en la Universidad de Barcelona, Cataluña en la España Moderna (1962) de Pierre Vilar, se convirtió en mi libro de cabecera. Su lectura fue una auténtica revelación para mí. Desde entonces manifesté mi adhesión absoluta a la obra de Pierre Vilar. Finalmente, también ha ejercido una gran influencia sobre mí la obra historiográfica de Josep Fontana, desde su primer libro, La historia(1974), hasta el último, La historia de los hombres (2001).

Madrid, noviembre de 2004.
Notas
1 PRADOS de la ESCOSURA, Leandro De Imperio a nación. Crecimiento y atraso económico en España (1780-1930), Alianza, Madrid, 1988;         [ Links ] La independencia americana: consecuencias económicas, Alianza, Madrid, 1993.
2 Titulado "Reinos, Monarquía hispánica e Imperio español: las raíces del pluralismo".
Recibido con pedido de publicación el 18/11/2004
Aceptado para su publicación el 16/04/2005
Versión definitiva recibida el 22/08/2005

jueves, julio 03, 2014

Cataluña en España: historia, cultura e identidad - Ricardo García Cárcel

Ramón Garrabou Segura en el coloquio "La propiedad de la tierra"

Uno de los grandes de la historioriografía, Josep Fontana,


Uno de los grandes de la historioriografía, Josep Fontana, comentando su libro "El futuro es un país extraño".. Una verdadera reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI y la necesidad de historiadores valientes, comprometidos con la academia y con la sociedad. Leer a Fontana es volver a encontrarse a lo mejor de los maestros de la historia costarricense y de los investigadores que han contruido colectivamente un proyecto colectivo de renovación de historia.

domingo, junio 15, 2014

Intelectuales y pasiones políticas. La Gran Guerra confirmó a un buen lote de intelectuales en el papel de sacerdotes y codificadores de sus mitos



 13 JUN 2014 - 20:14 CET tomado de http://internacional.elpais.com/internacional/2014/06/13/actualidad/1402683241_683178.html

Escribía Julien Benda en 1927 que uno de los grandes títulos del siglo XX en la historia moral de la humanidad habría de ser el de “siglo de la organización intelectual de los odios políticos”. Achacaba Benda ese dudoso honor al hecho de que un gran número de intelectuales había desertado de los valores universalistas de la verdad, la justicia y la razón para ponerse al servicio de la pasión particularista de la nación. La fascinación que sobre los intelectuales ejercía aquella pasión nacional constituía, según titulaba Benda su célebre panfleto, La trahison des clercs.
La traición comenzó pronto, desde el mismo momento en que cientos de intelectuales saltaron a la escena pública en defensa del honor de Francia frente a quienes habían firmado la acusación contra la injusta condena, sostenida en una mentira, del capitán Dreyfus por un tribunal militar.
Es la pasión política que convierte la nación en una religión en cuyo altar se sacrifica la verdad, la justicia y la razón
Pero esta traición no pasa de un juego de niños si se compara con lo que ocurrirá en las primeras semanas de la Gran Guerra, cuando la fabricación del estereotipo nacional del enemigo disolvió las diferencias de clase y situación social para fundirlas en la unión sagrada contra el invasor. Nada menos que 93 intelectuales alemanes, entre ellos varios premios Nobel de física, química y medicina, no dudaron en recurrir a las más burdas mentiras y al más repugnante racismo con el propósito de limpiar “el honor de Alemania”. En un manifiesto Al mundo civilizado, y ante las protestas contra la destrucción de Lovaina, la crema de la intelectualidad alemana rechazó la idea de comprar la derrota de su nación “por el coste de salvar una obra de arte”, y reafirmó la voluntad del Ejército alemán fundido en un todo con el pueblo de llevar “a cabo esta guerra hasta el final como una nación civilizada”.
Fue, como ha recordado Peter Novick, el primer ejemplo escandaloso de cooperación de académicos del más alto nivel en la propaganda en tiempos de guerra. Y fue, en efecto, la Gran Guerra la partera de la nación como la más fuerte y destructora de las pasiones políticas que habrá contemplado la historia de Europa, y la que confirmó a un buen lote de intelectuales en el papel de sacerdotes y codificadores de sus mitos: la identificación del otro como enemigo al que es preciso humillar y destruir al tiempo que se afirma la propia diferencia; la invención de un pasado nacional como territorio mítico poblado de personajes legendarios; la creación de un habitus racial o étnico con el propósito de disolver las diferencias de rango, de posición y de clase para fundirlas en la unión sagrada de una patria a la que ofrendar la vida. Es la pasión política, pasión de poder, que convierte la nación en una religión en cuyo altar se sacrifica la verdad, la justicia y la razón. El resultado de este sacrificio es bien conocido: un ascenso imparable de los nacionalismos y la consiguiente devastación de Europa.
En España, veinte años después de que la Gran Guerra hubiera recorrido la mitad de su camino,otra guerra, de alpargatas y fusil en sus primeras semanas, de tanques y aviones después, servirá también de acelerado proceso de nacionalización, solo que aquí el otro a exterminar vivía entre el nosotros exterminador, en el piso de abajo o a pocas manzanas de distancia. Y como, según advirtiera Antonio Machado, la retórica en las guerras civiles es la misma para los dos beligerantes, la española fue vivida retóricamente por cada uno de ellos como una guerra contra el invasor, asumiendo los intelectuales de cada parte, orgánicos o no, la tarea de constructores de sendas naciones, de la que solo una podría levantarse con el santo y seña de la única y verdadera España. Venció la Nación católica, que condenó a la Antiespaña al exterminio y al exilio. 
Algo tendrá que ver con esa identificación de nación y religión el hecho de que cuando los jóvenes universitarios e intelectuales comenzaron a dar la cara en sus protestas contra la represión y la conculcación de derechos y libertades, el lenguaje de nación, propio de intelectuales en guerra, dejara paso a un lenguaje de democracia, carente de pasión nacional: la nación brilla por su ausencia en los manifiestos firmados por intelectuales en los años cincuenta y sesenta. Por eso, una vez promulgada la Constitución, solo pudimos apelar a ella, y no a la nación, como base común a todos. Y es evidente que si —por decirlo con palabras de Habermas— hubiéramos aprendido a entender, a la luz de una historia repleta de catástrofes nacionales, como un logro histórico el Estado social y democrático de Derecho que de la Constitución fue el mejor resultado, aun con sus carencias y límites, otro gallo hoy nos cantaría.
Los intelectuales han sido decisivos para transformar comunidades de lengua en comunidades de cultura
Pero no ha sido así, y en que no lo haya sido tienen mucha parte los intelectuales que durante un tiempo, cuando eran jóvenes y el futuro una revolución pendiente, hablaron el lenguaje de democracia y libertad; luego, cuando se hicieron mayores y el presente era una pugna por el poder, recurrieron al lenguaje de nación e identidad. La participación de intelectuales en los procesos de construcción nacional ha sido decisiva en la transformación de comunidades de lengua en comunidades de cultura para saltar de ahí a comunidades políticas que se identifican como comunidades de destino, por decirlo ahora con palabras de Max Weber, no muy diferentes de las de Otto Bauer. Un territorio, una lengua, una cultura, una identidad, una nación, un pasado con sentido y un destino que es un Estado, un poder: todo uno y todo contra el otro, que vuelve a ser el enemigo al que es preciso humillar para mejor acusarlo de las supuestas desventuras propias.
Contaba Michael Ignatieff que en todos los lugares a los que había viajado con el propósito de entender las raíces de los conflictos étnicos, había encontrado la misma situación: aquellos que creen que una nación debe ser el hogar de todos sin distinción de raza, color o religión, y aquellos que pretenden que la nación sea el hogar de gente como ellos. Ignatieff sabía de qué lado estaba, pero terminaba su viaje con una reflexión desoladora: también sabía cuál era el lado que iba ganando la batalla. Sin duda, el que Julien Benda había bautizado como el del odio político intelectualmente organizado. Frente a eso, al viejo intelectual solo le queda esgrimir un argumento en desuso: su compromiso con la verdad, la justicia y la razón por encima de cualquier pasión política. Son valores que no sirven para tocar poder, pero tal vez algo valgan todavía para evitar las catástrofes provocadas por la pasión de nación

lunes, abril 14, 2014

La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado






tomado de http://www.juliancasanova.es/la-segunda-republica-de-la-fiesta-popular-al-golpe-de-estado/

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.
La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.
A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.
El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.
Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.
El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.
Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.
Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.
Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.
Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.
Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.
Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.
Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.
Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña, que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.
Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.
HECHOS A RECORDAR
TRES FASES:
-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)
-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.
-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga
La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.
Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculina, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).

viernes, febrero 21, 2014

Casanova: la politización de la historia causa acidez al debate político


Tomado de www.lavanguardia.com/vida/20140220/54401535778/casanova-la-politizacion-de-la-historia-causa-acidez-al-debate-politico.html


Salamanca, 20 feb (EFE).- El historiador Julián Casanova ha asegurado hoy en Salamanca, en declaraciones a Efe, que la politización de la historia española "ha llevado acidez al debate político".
Casanova ha presentado en la Facultad de Geografía en la capital salmantina su último libro sobre la Guerra Civil, titulado "España partida en dos. Breve historia de la Guerra Civil española".
El autor ha añadido que a ese debate tenso se le une "la baja cualificación de la clase política actual".
"Los políticos españoles son poco cultos, apenas leen y en estos tiempos un presidente de un país debería, como poco, saber hablar un idioma extranjero", ha agregado.
El historiador ha presentado un libro por el que "apenas" ha sido censurado por parte de un sector de los historiadores y periodistas, "que últimamente arremetían contra mí".
Esta falta de crítica se debe, en opinión de Casanova, a que se trata de una obra "hecha pensando en aquellas personas que apenas han oído hablar de la Guerra Civil", como los extranjeros o los que ni la habían estudiado.
"La he analizado, de forma pormenorizada desde los dos lados", ha agregado, y ha puesto como ejemplo algunas partes del libro: "la relación con Europa; la violencia tanto anticlerical como de la Iglesia; la guerra internacional que en realidad fue; o la retaguardia de las dos zonas".
Además, Julián Casanova ha incorporado un epílogo dedicado a la "paz incivil", en la que trata de analizar los motivos por los que a partir de 1945 continuó la dictadura.
"Este hecho ha sido el que provocara que España se perdiera los mejores años de la sociedad civil o de la modernización de los Estados, como estaba ocurriendo en Europa", ha explicado, por lo que no se pudo aprender "a convivir en democracia".
Para Casanova, si no hubiera habido dictadura de Francisco Franco, la Guerra Civil hubiera quedado en el "triste recuerdo de los dos bandos".
El historiador español ha recordado que esta obra se escribió en inglés, "pesando en aquellos extranjeros que no entendían bien la Guerra Civil", aunque cuando su editorial le pidió que la escribiera en español, se dio cuenta de que en "España también había extranjeros", que "o no habían estudiado esta etapa o la conocían a través de una única versión, de un único bando".
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