Blog de historia social desarrollado por el Dr. Juan José Marín con el fin de establecer un espacio de diálogo y trabajo colectivo
domingo, noviembre 10, 2013
Entrevista a Alain Corbin
Inagotable Alain Corbin. Ya sea que evoque su infancia normanda, o las investigaciones de una vida, este historiador a propósito irónico, cultiva el mismo gusto por el detalle, la misma precisión en la anécdota rica de significación. Nacido en 1936, Alain Corbin siempre ha preferido los caminos de través, a reserva de empujar violentamente una historiografía ronroneante. Desde los años setenta,este especialista en el siglo XIX escogió poner el cuerpo en el proscenio de la escena histórica.
Se hundió en temas hasta entonces reprobados: el imaginario de la prostitución (Les Filles de noces. Misère sexuelle et prostitution), el libro que lo lanzó a la celebridad, o las representaciones de la sexualidad (L’Harmonie des plaisirs. Les manières de jouirdu siècl des Lumières à l’avènement de la sexologie). Con el propósito de explorar las más inefables, como el olfato (Le Miasme et la Jonquille. L’odorat et l’imaginaire social, XVIIIe--‐ XIXe siècles) o el oído (LesCloches de la terre). E incluso las metamorfosis de la mirada, gracias a las cuales los hombres comenzaron un día a ver en la playa no un espacio salvaje sino un objeto de delicias (Le Territoire du vide. L’Occident et le désir du rivage).
Enseñó en París I y contribuyó así a escribir una historia de los sentidos que actualmente tiene sus émulos en las universidades del mundo entero. Su otro terreno de estudio son los campos, y la vida cotidiana de los campesinos del siglo XIX. Especialmente con Le Monde retrouvé de Louis--‐ François Pinagot. Sur les traces d’un inconnu (1798-¬‐1876), donde trató de recomponer –a partir de frágiles huellas– la vida de un rústico desconocido, elegido al azar en los archivos del Orne. Pero también con Le village des “cannibales”, donde buscó desenmarañar las causas subterráneas de un hecho diverso atroz: el salvaje asesinato en 1870 de un joven noble sospechoso de ser prusiano a manos de todo un pueblo. Una violencia bien real, nacida de un imaginario colectivo. Nos encontramos pues con un apasionado.
© Jacques Graf / JDD/SIPA
LE POINT.FR : La Historia, en su vida, fue primero la irrupción de la guerra…
Alain Corbin: En efecto. Hago parte de la generación cuyo sentimiento de existir es contemporáneo del sentimiento de estar en guerra. Uno de mis primeros recuerdos es el de mi padre que me dice: “Juicioso pues ¡es la guerra!” Me imaginaba el “tiempo de paz” del que hablaban los adultos como una especie de eldorado… En junio del 40, cuando tenía 4 años, mis padres me llevaron en su éxodo que los condujo hasta las Landas. Más tarde, en agosto de 1944, pasé un mes en casa de un campesino, un antiguo artillero de la guerra del 14, que había cavado una trinchera en pleno soto. Recuerdo también muy bien a esos soldados norteamericanos del ejército del general Patton que, en el momento de la Liberación, nos lanzaban limonada, chocolates, y después sus jeeps…
El mundo de los campos que Ud. tanto ha estudiado ¿es también el de su infancia?
¡Por supuesto! Mi padre, un mulato antillano, era medico rural. Yo crecí en lo profundo del bosque normando, en una pequeña aldea que se llama Lonlay-l’Abbaye, llena de encanto y de austeridad. Era un mundo cerrado ¡y muy arcaico! El cura dirigía todo. Los caminos, por los que ahora voy en bicicleta, ni siquiera tenían cascajo. Había muchos artesanos: talabarteros, guarnicioneros, siete tiendas de especias… ¡Para nada tuve que cambiar de costumbres o de ambiente cuando estudié los campesinos del siglo XIX!
¿Cómo nació su gusto por la Historia?
A partir de 1945, estudié en el seminario menor de Flers, en el Orne, que de hecho era un simple colegio confesional. Me aburría espantosamente. El reglamento era de 1858, y la disciplina era aterradora. Levantada a las seis de la mañana, misa en latín, no había calefacción, estaba prohibido hablar en la mesa, excepto en el momento del postre, luego de que el director tocaba una campanita… Me refugié entonces en la lectura de las novelas históricas como Notre-Dame de Paris de Victor Hugo. Y los manuales de historia ¡eran más divertidos que los de matemáticas!
Pero ¿por qué apasionarse por una historia de las representaciones?
Estudié en la facultad de Caen, donde uno de mis profesores era un fanático de los Annales, la revista que Marc Bloch & Lucien Febvre habían fundado. Él me hizo leer precisamente a Febvre. Me dije que era exactamente lo que había que hacer: una historia de la sensibilidad, que por entonces se llamaba historia de las mentalidades. No he hecho nunca otra cosa. Luego leí con gran interés los trabajos de sus continuadores: Georges Duby, Robert Mandrou, Alphonse Dupront. Por mi parte, tenía unas ganas de hacer una historia de los gestos. Se me amenazó con que ¡nunca haría carrera con eso!
¿Fue pues por esta razón que Ud. comenzó por una tesis más clásica, sobre los trabajadores del Limousin?
Sí, ¡pero también por azar! Al día siguiente de aprobar la agregación, se hacía la fila ante el inspector para escoger un puesto. Me dieron algunos minutos para decidirme entre Pau y Limoges, dos ciudades, en las que nunca había puesto mis pies. Opté por Limoges porque estaba más cerca de París. En 1959, el Limousin era una región abandonada por la historiografía. Escogí consagrarle mi tesis. Pero desde que la terminé, me pasé a la historia de las “muchachas de vida alegre”, que nunca había sido hecha en Francia. Los emigrantes limusinos que estudié fueron los que construyeron París. Se alojaban en el barrio de la Alcaldía, allí donde estaban las prostitutas. Se pretendía siempre que ellos le eran fieles a la mujer que habían dejado en casa, pero yo no me creía el cuento… Pasé pues muy fácilmente de las casas amobladas limusinas, a las casas de “farolito rojo” que estaban al lado. Y es ante todo el estudio de la miseria sexual de los hombres.
Ud. fue el primero en trabajar ese tema, a fines de los años setenta. ¿Por qué ese desdén de los historiadores por un tema tan “social”?
¡Era tabú! A causa del dolorismo y del deseo de respetabilidad del mundo universitario. Estudiar el dolor, la muerte, el hospital, ¡vamos que está bien! Pero los placeres, sobre todo no… Algunos colegas eran guasones cuando yo llegaba a los coloquios. A veces se me reprochó haber estudiado ¡a las “rameras”!
Y hoy ¿cuán lejos está la sociedad de ese moralismo?
Ud. sabe, hay muchos libros sobre la prostitución o la sexualidad, así como sobre otros placeres. Los ensayos sobre la gastronomía, por ejemplo, están en aumento constante… En literatura también, el erotismo se ha vuelto un objeto de estudio, pero sólo hace poco tiempo. La Pléiade esperó a los alrededores del año 2000 para publicar los autores libertinos. Antes había que ir a los libreros especializados en las curiosa, los libros eróticos. Actualmente están por todas partes presentes.
Dedicándose a la historia de las sensaciones desde aquella época, Ud. se apropió de un objeto de estudio particularmente inefable…
Por supuesto, ¡es la evanescencia por excelencia! En el Perfume y el miasma, describí el imaginario social ligado a los olores. Mis trabajos sobre las prostitutas me habían conducido allí, puesto que se las llamaba putas, es decir literalmente mujeres que huelen maluco. Había muchas, pero muchas ocurrencias olfativas en los textos que trataban sobre ellas. Esto también me había sido sugerido por la novela A contrapelo de Huysmans, en la que el héroe, des Esseintes, busca reconstituir los mensajes sensoriales de antaño. Constato
que de mis libros es uno de los que más eco ha tenido; fue escrito hace treinta años y siguen apareciendo aún traducciones nuevas, y reediciones. Me contaron que, incluso el novelista alemán Patrick Süskind ha confesado que ese libro le había inspirado para escribir el Perfume. En la actualidad, la antropología, la historia de la recepción y de la emisión de los mensajes de los sentidos se ha desarrollado mucho. Se escribe libros sobre el tacto, sobre el olfato… en aquella época eso parecía extravagante.
¿Era natural pasar del imaginario del cuerpo al de los lugares, con El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750-1840), de 1988?
La playa implica todos los sentidos. El tacto, con la arena, la vista, el olfato… Yo iba a la playa en el Cotentin cuando estaba niño. Muchos de mis temas de estudio están ligados a mi experiencia personal. Esto le hacía decir a uno de mis colegas que nunca había hecho nada mas que lo que me daba la gana y lo que me divertía… ¿Y por qué no? Por lo demás seguí con las Campanas de la tierra. Cuando era niño, en Lonlay-l’Abbaye, se escuchaba las campanas todo el día. Mostré que hasta el siglo XIX, si no se conocía la retórica
de las campanas se estaba por fuera del sistema de comunicación pueblerino.
Pero este placer que lo apasiona tanto ¿estaba entonces presente en esos campos?
¡Por supuesto! Todo es relativo. Las necesidades no eran las mismas. Las gentes de campo tenían su huerto, su marrano, hacían su mantequilla. Y ¡tenían sus alegrías! Placeres que nos parecerían irrisorios, eran para ellos grandes placeres. Las relaciones entre muchachos y muchachas, las comilonas por primeras comuniones, las fiestas de la cosecha, los paseos de olla… Por supuesto que si los miramos con nuestros ojos ¡no podemos sino llorar por su suerte! La Historia consiste en hacer un viaje en el tiempo para cambiar de costumbres y de cabeza, exactamente como se lo puede hacer por medio de un viaje en el espacio. Es menester no indignarse retrospectivamente, es absurdo. Es necesario mirar, ver la felicidad como la desgracia. Pero si se desembarca allí con nuestras maneras de pensar, lo único que se ve es la miseria, y lo único que tiene para preguntarse es por qué no se suicidaron todos… Un poco como uno se indignaría ¡de que los indios de Amazonas no tuviesen televisión! Tratemos pues de comprender su goce, su bienestar, sus placeres. La exclamación (¡!), dado que supone un juicio de valor, es pues la confesión de que se está haciendo mala historia. No entremos demasiado en lo compasivo. La Historia atrae hacia el dolor porque el dolor produce texto, y denuncia. Incluso en los diarios íntimos, el bienestar produce poco texto…
Sin embargo, el campo tal como Ud. lo cuenta no tiene nada de idílico… Así mismo Ud. ha descrito una masacre colectiva de una rara violencia, en ¡el Pueblo de los “caníbales” (1990)!
Pero ¡porque la masacre constituye un objeto histórico fascinante! Los habitantes de Hautefaye, ese pueblito de la Dordogne, que amaba a Napoléon III, querían defenderlo. Juntos, en grupo, tomaron a un infortunado aristócrata por un prusiano republicano, lo quemaron, y quizás se lo comieron un poco. Pero este género de cosas no son hechos aislados. Pasé dos días en Hautefaye con ocasión de un reportaje para el periódico Libération. Un habitante nos contó que en el momento de la Liberación y de la depuración, las gentes borrachas habían masacrado a muchos…
Estos pueblos son el juego de pulsiones colectivas. En 1988, a Ud. se le ocurrió trazar el destino de un individuo, Louis-François Pinagot. ¿Por qué?
En el cementerio de mi abuela se habían destruido muchas tumbas. Yo creo que es lo que los especialistas llaman una reducción. De este modo, las gentes de las que hablaba mi abuela habían desaparecido. Esta interrogación sobre la desaparición me llevó a tratar de resucitar a un desconocido. Me fui a los archivos de Orne para escoger a alguno al azar, y ver lo que se podía decir de su vida. ¿Hasta dónde puede ir el fracaso de la biografía? No se puede escribir la biografía de un hombre desaparecido sin dejar huellas, pero quizás se
pueda resucitar su entorno. Es el principio, en el cine, de la cámara subjetiva: se ve lo que veía el personaje; él no lo veía. Me parece que en historia no se pueden encontrar los sentimientos y las emociones de una persona que no ha dejado ni diario íntimo ni correspondencia, pero se puede ver lo que vio. Al lector le toca reconstituir la novela histórica de la que he dado los elementos.
Escribir la historia de la Historia, ¿es un envite de memoria esencial?
Por supuesto. En Les Héros de l’histoire de France expliqués à mon fils, mi último libro, mostré las fluctuaciones de nuestras glorias nacionales. Quería mostrar la historicidad de los resortes de la admiración. Mi hijo más pequeño está en el colegio. A su edad, me habían enseñado a admirar a Bayard & Du Guesclin, héroes a la Plutarco. A él se le ha hablado de Martin Luther King y de Mandela. La cultura de la victoria se hundió en Francia. Pero, curiosamente, se tiende a sustituirle una cultura del derrotado. Cuando se trata de hablar de Napoleón en la televisión, en la fecha de aniversario, se ha tenido ya mucho Trafalgar, pronto será Waterloo… Esto es algo no válido en los EE.UU., donde los ciudadanos han conservado la cultura de la victoria. Admiran al general Patton, por ejemplo.
Ud dice que los héroes de la República no le interesan a nadie…
¡Es un hecho! La fundación de la República, de la que tanto se habla, ¡aburre a la gente! Hay un número inmenso de colegios y de calles Gambetta, o Jules Ferry, todo el mundo es republicano, y sin embargo los fundadores de la República no apasionan para nada. Por lo demás no tengo ni idea por qué; quizás es algo muy cercano. Que los grandes militares no interesen ya es algo lógico; por ejemplo, el mariscal Foch, gran héroe por excelencia cuando yo era niño. Es una consecuencia del hundimiento de lo militar, del colonialismo, de la aventura. Antiguamente la aventura era un desafío a la muerte. Eso terminó con Malraux. Hoy, en la mar, los navegantes solitarios ¡tienen radio! Cuando Monfreid iba al mar Rojo, o Lawrence a Arabia, era otra cosa… Lo que es interesante es que el hundimiento de los modelos se produce por censuras subrepticias, que no tienen necesidad de ser dichas, que están en el aire del tiempo. A veces, me pongo a leer lo que subrepticiamente se me ha prohibido leer; es una manera de no ser víctima de la censura y de lo “políticamente correcto” de nuestro tiempo.
tr. Luis Alfonso Paláu, Medellín, febrero 15 de 2012.
miércoles, marzo 31, 2010
Michel Vovelle. Una de las figuras más importantes de la historiografía contemporánea
Tomado de http://elespejodeclio.blogspot.com/2007/04/michel-vovelle.html
viernes 20 de abril de 2007
Pocas veces se da la oportunidad de tener entre nosotros a grandes figuras de la intelectualidad europea como el profesor Michel Vovelle. En la senda de la célebre Escuela de Anales, Vovelle se convirtió en una de las figuras centrales de la historiografía internacional gracias a una relectura de la Revolución francesa a partir del estudio de las mentalidades colectivas, un enfoque que en la década de 1970 todavía se batía a duelo con la poderosa corriente de la historia económica.
La historia de las mentalidades venía incursionando en el ámbito académico en la década de 1960 con los trabajos seminales de Robert Mandrou, George Duby y Philipe Ariés. Pero gracias a los aportes de Vovelle, y también a los trabajos de Jacques Le Goff, la historia de las mentalidades ha ganado carta de ciudadanía en Francia y se podría decir que a estas alturas logra hegemonía entre las distintas opciones teóricas y metodológicas que se disputan en el campo de los historiadores. ¿Pero qué es la historia de las mentalidades?
Hace unos días tuvimos el honor de conversar con Michel Vovelle y en esa charla un Vovelle sencillo y carente de solemnidad como son los verdaderos maestros, precisó que no es fácil definirla. “Sería mejor hablar de sus campos de interés: la muerte, la vida, las actitudes de la gente, el amor, la familia, la sexualidad. Es una historia de las visiones del mundo, como proponía Mandrou, una historia de la cultura y una aproximación al imaginario colectivo, como decía Ariés.”
Otras corrientes historiográficas, también desde la década de 1960, habían prestado atención a la subjetividad de la gente como un factor a tener en cuenta para las explicaciones históricas. Tal es el caso de la llamada escuela británica, integrada por Edward Thompsom, George Rudé y Raphael Samuel, entre otros, quienes pusieron atención al sistema de valores de los trabajadores para entender las revueltas urbanas del siglo XVIII en Inglaterra y Francia. “Sin embargo –comenta Vovelle–, no había en esas investigaciones una voluntad de pensar con el concepto de mentalidad y más bien hacían referencia a la subjetividad de tipo clasista, mientras que las mentalidades son fenómenos que van más allá de las clases sociales.”
Precisa, además, que este tipo de estudios no se apoya sólo en los escritos, sino también en los restos gráficos y todo tipo de material que permita conocer las actitudes de las personas.
Aunque reconoce su deuda con Georges Lefevre y Ernest Labrousse, de quien ha sido alumno, Vovelle confiesa que construyó su carrera de historiador inspirándose en tres grandes maestros de quienes ha tomado lo esencial: “De Plutarco aprendí la narración; de Michelet, el uso de la intuición; y de Marx, el espíritu científico.”
Artículo Publicado en El Peruano el 10 de junio del 2003.
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Isabel Clemente
Reseñas
Tomado de http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/47/1.php
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La mentalidad revolucionaría representa una contribución singular a una nueva concepción de la historia de las mentalidades: implica, en primer término, una superación de la identificación historia de las mentalidades-larga duración que, a partir del célebre artículo de Fernand Braudel, aparecía como el marco necesario de las investigaciones en este campo. Frente a la definición de Braudel de las mentalidades como "prisiones de larga duración" y playas de la historia casi inmóvil, Vovelle valoriza el acontecimiento fundador, en este caso, la revolución como instancia de creatividad en el dominio de lo mental. En segundo término, implica una ruptura con el concepto de "mentalidad colectiva" considerada por el
autor como noción reductora y mistificadora, que supone un clima común, un espíritu colectivo de la época, una noción "interclasista" (según la expresión de Ginzburg), una idea que menos que ninguna otra tolera una revolución, la cual por el contrario, constituye un momento de tensión y de oposiciones de clase.
En tercer término, la originalidad del trabajo de Vovelle radica en la revalorización de la cultura popular, la cual en los tratamientos de otros historiadores aparecía como el dominio privilegiado de las inercias, de la estática y de la reacción al cambio, marcada por un estereotipo del cual daba claramente cuenta el vocabulario: "furores", terrores pánicos, fuerza mágica. Contra esta identidad arcaizante de lo popular, Vovelle rescata su capacidad creativa e innovadora y concentra su análisis en la generación de valores y de lenguajes nuevos "al calor" del movimiento revolucionario, allí donde otros han visto únicamente la simple perpetuación de tradiciones milenarias.
Uno de los aportes más valiosos del texto reside en la minuciosa referencia del marco historiográfico del cual ha partido el autor. Empeñado en una justificación de la validez de una historia de las mentalidades de la Revolución Francesa, Vovelle parte de un balance que revela las razones de la antigua desconfianza de la historiografía de tradición jacobina y de orientación revolucionaria, frente a planteamientos de signo conservador (o aún contrarrevolucionario) y alimentados no pocas veces con fórmulas pseudos-científicas tales como ciertos análisis antropomorfistas en boga a comienzos del siglo (en el estudio de las muchedumbres revolucionarias) o como ciertas explicaciones de corte pavloviano. En este sentido, el trabajo de Vovelle cumple también una ruptura con la tradicional desconfianza de los historiadores marxistas hacia la historia de las mentalidades, aun cuando los más grandes entre ellos y dedicados al estudio de la revolución, Georges Lefebvre y Albert Soboul, son en la consideración de Vovelle, los "padres fundadores" de la historia de la mentalidad revolucionaria, el primero con su artículo "Foules révolutionnaires" publicado en 1932 y, sobre todo, con La Grande Peur; el segundo, con su trabajo Les Sans-culottes parisiens en L' an II. Mouvement populaire et gouvernement révolutionnaire (1793-1794)
Además, la obra de Rudé sobre las multitudes en la Revolución Francesa proporciona a Vovelle un modelo interpretativo aplicado al caso marselles y en general al Midi. Por otro lado, los estudios de Claude Mazauric sobre el movimiento jacobino son seguidos de cerca en la construcción de una periodización para esta corriente revolucionaria. Estas consideraciones significan que el autor se sitúa en estrecha continuidad con la historiografía marxista de la revolución francesa. Sin embargo, su incursión en otras vertientes le ha permitido, en una medida importante, construir y desarrollar su método de análisis de las mentalidades. Vovelle valoriza particularmente la historia literaria, los trabajos de Paul Hazard y sobre todo de Daniel Mornet, cuyo libro, Los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa, constituye un clásico de referencia obligada y aún no superado. Son también significativas para Vovelle, las contribuciones de Philippe Aries y sus estudios sobre la infancia; de Michael Foucault; de Mikhail Bakhtin y su estudio del universo rabelaisiano de cultura popular, de Maurice Agulhon y su texto Pénitents et Fran-maqons.
El análisis de Vovelle sobre la mentalidad revolucionaria otorga un lugar importante a las herencias culturales de larga duración y a las más recientes del movimiento de las Luces, pero se concentra de preferencia en la creación de actitudes, conceptos y valores nuevos, insiste en la creatividad revolucionaria, vivamente sentida por otra parte por los mismos contemporáneos y actores de la Revolución: ésta aparece así en la pluma de Vovelle como una auténtica "revolución cultural".
Su abordaje se distancia por igual de las explicaciones unitarias que establecían una causa primera de la revolución (la alteración de los valores tradicionales como secuela del filosofismo, entre los historiadores conservadores, el progreso del individualismo y el retroceso de la superstición como resultado de la difusión de las luces, entre los liberales) y de las explicaciones mecanicistas de lo mental como una realidad determinada por condiciones demográficas y económicas (p. 53).
Vovelle concluye que no se puede reducir el lugar de las sensibilidades colectivas a un rol epifenoménico puesto que tienen dentro de las superestructuras ideológicas un lugar propio.
Por otro lado, Vovelle rechaza de plano el modelo di fusionista que reducía la explicación de la sensibilidad colectiva por la transmisión vertical de un modelo elitista, simplificado y vulgarizado a nivel popular: por el contrario, el autor insiste en la elaboración de modelos de comportamiento y valores propios, muchos de ellos como reelaboración de formas antiguas y otros como creaciones innovadoras, dentro de lo que el texto denomina la "Superación dialéctica de las herencias recibidas"(p. 27) .
Dentro de estas coordenadas, el autor aborda el estudio de las manifestaciones de la mentalidad revolucionaria: el miedo y su transformación política en el mito del complot; la muchedumbre urbana, provincial y campesina; la violencia en su proceso de mutación desde la explosión espontánea hasta las formas institucionalizadas del Terror y los Tribunales revolucionarios, a través de un proceso de creciente organización y teorización por parte de un movimiento sansculotte gradualmente politizado, que llega a justificar la violencia en términos de necesidad histórica y de defensa legítima de la revolución.
Una parte muy importante del texto está dedicada a lo que Vovelle denomina el "Homo Novus" revolucionario. A través del examen de ciertas nociones, pueblo, fraternidad, igualdad, felicidad, del análisis sociológico del grupo sans-culotte y sus organizaciones (asambleas seccionarías estudiadas en París por Soboul y en Marsella por Vovelle) el autor saca a luz un tipo humano nuevo: el militante, cuyo perfil social y grado de activismo se fijan con precisión, (p. 117) Pero es sobre todo el examen del héroe revolucionario y las modalidades diversas de la heroización una de las contribuciones más interesantes del texto: de la desconfianza por las glorias sospechosas de pretensiones cesaristas hasta la construcción de la trinidad de mártires revolucionarios y la exaltación de los héroes-niños se desenvuelve una peripecia que sufre una corte en Thermidor.
En el estudio de las formas de la sociabilidad revolucionaria, de la fiesta de la religión y los cultos, de la vida cotidiana y las costumbres, del amor y de la muerte, el autor establece los elementos novedosos que la revolución crea, al lado de las supervivencias y de las' 'relecturas" de formas antiguas: la fiesta con sus escenarios, sus imágenes, sus discursos y su música, como expresión de un nuevo ideal de la sociedad y del mundo, de la imagen de la mujer y del niño, en un proceso de mutación que examina desde los comienzos de la revolución hasta el fin del Directorio; las escenografías neo-clásicas y las referencias a Grecia y Roma; la religiosidad revolucionaria manifiesta tanto en un movimiento descristianizados de fuerte arraigo popular, en el carnaval y en el culto a las Diosas-Razón como en los cultos oficiales del Ser Supremo y de los mártires, las fiestas decadarias y la teofilantropía del Directorio; los nuevos valores del compromiso político, la fraternidad y la felicidad: el sentido de la vida breve, la laicización de la familia, el nuevo derecho sucesorio; los nuevos conceptos de pareja (la unión libre entre los sans-culottes) de la infancia y la juventud, de la mujer, en un discurso por momentos moralista y misógino; la nueva imagen de la muerte, ampliamente nutrida del lenguaje médico y expresada en nuevos rituales fúnebres seculares y recatados.
Como resultado de estos análisis, Vovelle establece un balance revelador del cambio que la revolución introdujo en las mentalidades, ampliando el imaginario colectivo, la sensibilidad y la vida cotidiana del siglo siguiente, aun cuando el texto no escatima la consideración de las manifestaciones de la marginalidad y de la oposición ante el hecho revolucionario. Desde el punto de vista metodológico, el libro ofrece un modelo de tratamiento en la Historia de las mentalidades dentro de un cuadro de interrogaciones sobre los juegos de la larga duración secular y del tiempo corto de una revolución [*].
Las fuentes utilizadas incluyen una gama amplísima de documentos escritos y no escritos: declaraciones, proclamas, prensa, hojas sueltas, afiches, pintura neo-clásica, decoración de vajillas, cartas de juego, trajes y peinado (el corte' 'a la guillotina") la música (canción revolucionaria e himno adaptado del canto gregoriano entre los ven deanos), la epigrafía, etc.
Los procedimientos utilizados en la lectura de la documentación varían desde el análisis cuantitativo hasta el re-examen de la literatura tradicional y la hagiografía e incluyen de un modo destacado el análisis cualitativo de datos.
La cuantificación de los registros electorales, los informes de asistencia a clubes y secciones, las curvas de la demografía histórica (sobre variables tales como el grado de compromiso político y del militantismo (e Inversamente, la magnitud de la marginalidad y del rechazo a la revolución) o el alcance de la recepción entre las gentes de la nueva legislación (el divorcio, o el derecho sucesorio, por ej.). Sobre estas bases, el autor construye una cartografía de Francia que revela la regionalización de las sociedades revolucionarias, de la emigración contrarrevolucionaria, del culto a los mártires de la libertad, del movimiento descristianizados y sus rechazos, etc. El análisis lexicográfico de las imágenes (aplicada tanto al arte popular y al grabado como a la gran pintura neoclásica) revela temas, conceptos (libertad, regeneración) valores a promover o a extirpar (fanatismo, superstición), la desaparición del viejo repertorio (la Pasión, los mártires cristianos, el Juicio final) y la irrupción de imágenes y símbolos tomados del clasicismo griego y romano (la pintura de David). El análisis de los contenidos simbólicos (escarapela, gorro frigio entre los grupos populares, el rosario y el corazón de Jesús entre los vendeanos) permite al autor establecer las formas y la evolución de los sentimientos de comunidad y la transición de las nociones (como la de "pueblo" que desde el "buen pueblo" de la concepción social del Antiguo Régimen evoluciona hacia la idea nueva de fraternidad igualitaria y culmina en la acepción restrictiva de pueblo por oposición a los poderosos).
Finalmente, la lectura "en negativo" de las fuentes de la represión esclarece los comportamientos y actitudes y contribuye a la construcción de perfiles sociológicos.
De esta manera el abordaje de Vovelle incorpora a la historia de las mentalidades la dimensión económica, social y demográfica sin incurrir en reduccionismos simplificadores ni en determinismos mecanicistas ni en un fácil "miserabilísimo" que convierte la miseria en el motor único del comportamiento de las masas (P. 194): por el contrario se trata de un análisis extremadamente fino de los matices y por ello es su lectura especialmente sugestiva.
Marc Bloch
No hay día en que no le encontremos citado, ya sea en la prensa, ya sea en un artículo o tal vez en un libro. Su nombre aparece con una frase suya o para recordar una de sus ideas o un acontecimiento relacionado con él. También se le asocia a menudo con la resistencia frente a los ocupantes nazis. La obra de Marc Bloch es considerable. El historiador y el sabio son mundialmente conocidos. Pero su propia vida lo es bastante menos.
Se trata de una vida breve y excepcional. Como muchos de sus contemporáneos nacidos en las últimas décadas del siglo XIX, o en los primeros años del siglo XX, vivió dos crisis graves que dejaron huellas en cuerpos y espíritus : la Gran Guerra (1914-1918), con su cortejo de sufrimientos y horrores, en la que participaron la mayoría de ellos, y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en la que solo una minoría participó. Esta guerra fue seguida en Francia por la ocupación y el régimen colaboracionista de Vichy, los que se desarrollaron en la indiferencia o por lo menos, para la gran mayoría de la población francesa, en la inacción. Durante estos últimos procesos Marc Bloch, al contrario de muchos otros, desempeño un papel activo. Fue combatiente durante las dos guerras y jugó un importante papel dentro de la Resistencia.
Esquematizando un poco, la vida de Marc Bloch puede resumirse de esta manera : 20 años de vida normal, caracterizada por un intenso trabajo, una carrera universitaria brillante pero relativamente lenta que lo condujo de Strasbourg a París, una vida familiar clásica y feliz junto a su esposa amada y rodeada por seis hijos, en un confortable bienestar y una producción científica sorprendente, tanto por su riqueza como por su abundancia. Diez años de vida anormal, dividida en dos periodos de cinco años que enmarcan los 20 años de vida normal. El primer periodo es militar, de 1914 a 1919, el segundo, de 1939 a 1944, marcado por trastornos, privaciones, pérdidas sucesivas y sobre todo iluminado por una implicación cada vez más importante y total en el movimiento de la Resistencia. Y diez años más, de formación, que se iniciaron a los 18 años, en 1904, cuando fue admitido en l'Ecole normale supérieure (Escuela Normal Superior, E.N.S.), y que terminaron al inicio de la guerra, en 1914, incluyendo los dos años de instituto en Montpellier y Amiens, 1912-1913, 1913-1914. Sobre su infancia y adolescencia no sabemos prácticamente nada dado que los documentos y testimonios son escasos. Sin embargo podemos intentar representarnos esta vida dentro del marco familiar a partir de las palabras del propio Marc Bloch cuando afirma, al manifiestar reconocimiento a sus padres en su testamento de 1915: "mentiría si dijera que no le tengo apego a la vida, sería injusto con vosotros que me la habéis hecho tan dulce".
jueves, noviembre 13, 2008
Lucien Febvre by George Huppert

Tomado de
the Historical Society and subscribe to Historically Speaking
Volume IV, Number 3
On Lucien Febvre
by George Huppert
I have admired the writings of Lucien Febvre steadfastly, ever since I was a senior in college. That was in the late 1950s on the Berkeley campus. I still remember the particular afternoon when I came out of the sunshine into the university’s library and reached for the latest issue of Annales, E.S.C. The French journal, newly dressed up in its red and white cover, was just then achieving a degree of acceptance in the English-speaking world. Lucien Febvre, the guiding spirit of Annales, had died recently. I started reading his essays in earlier volumes of his journal, and I was soon hooked. I had stumbled upon my vocation. I would become a historian, the kind of historian Febvre imagined—had to imagine, because the kind of history he had in mind did not exist as yet. No doubt this was part of the attraction for the young poet manqué that I was: history was not quite what I had been taught it was. If one believed Lucien Febvre, it was something rare, very difficult, and supremely important. It was still in its infancy as a discipline: “l’histoire est à faire”—history has yet to be invented, said Ernest Labrousse, one of Febvre’s close collaborators.[1]
Actually, I thought Febvre had already come pretty close to inventing that new kind of history with the publication, way back in 1912, of his dissertation under the title of Philippe II et la Franche-Comté.[2] Hiding under the appearance of a dutiful academic exercise, the book was in reality a triumph of subversion. It was lively and interesting, its tone both lyrical and personal. At the same time, the narrative was founded on the most profound and wide-ranging erudition. To his exhaustive exploitation of the rich archival sources, the author added a vision so broad, so far removed from the ordinary, that I have always wondered how his thesis committee let it pass.
The conventional, Sorbonne-approved way of writing history was to produce a compilation of data presented in colorless clichés. At least this is how the young Febvre saw it. In later years he would not hesitate to excoriate the older generation of historians as “the losers of 1870,” unimaginative, defeated imitators of the German historiographical tradition. He went so far as to declare that he could not countenance the notion of scholarship for scholarship’s sake: “et disons: l’érudition pour l’érudition, jamais!”[3]
In his Philippe II, he was thumbing his nose at his mentors. The book was not really about Philip II. It was about the Franche-Comté, that odd province, French in language and institutions, but ruled in the name of a Spanish monarch.
The book is experimental in every way, especially in its ambition to create a total analysis of what the author referred to as “the interior life of a province.” He scoured this farther, mountainous Burgundy , this frontier region of exceptional strategic importance in the 16th century, from the depths of its geological formations to the expressions of its distinct folklore, neglecting nothing along the way, scrutinizing its dense economic activity and capturing both the immutable realities of soil and climate and the fast-moving social changes. Somehow he achieved a miracle: in spite of its encyclopedic scope, the book is full of real people speaking to us through their letters, diaries, and souvenir albums.
Already in the very first years of the 20th century, Febvre had found his distinct voice. It was attuned to the new sciences, the new music, the new art, the new ideas that circulated with such force in Paris on the eve of the great catastrophe of 1914. In Henri Berr’s Revue de Synthèse, the work of young intellectuals like Febvre could be found side by side with the newest work in sociology, psychology, or anthropology. The ideas of Marx and Freud were discussed there and all this was to make up what Febvre called his “âme de papier”—his paper soul, his reading, the influences that made him what he was.
An eclectic anarchist since his student days, he refused to adhere to any of the movements and ideologies that flourished all around him. He was able to dismiss Marxism, together with all other “isms,” as early as 1920, when, back from the war, he began teaching at the University of Strasbourg .[4] He claimed to despise the bourgeoisie, even though he was, after all, a sterling specimen of that particular species. He felt a deep kinship with the oppressed multitudes of Africa and Asia , who were free of the taint of the bourgeoisie (“ces peuples si peu bourgeois”).[5]
Febvre could count on a remarkable network of friends within and especially outside of the university world. With thei r h elp, he was able, together with his Strasbourg colleague, Marc Bloch, to found a new journal in 1929. I have had occasion to read through every page of Annales published from 1929 to 1939, in preparation for an essay commissioned by an Italian editor.[6] In those crisis years especially, Febvre vigorously reiterated his belief in a history that could serve the needs of the present. The ominous rumblings of colonial independence movements were in the background of a series of reports from Egypt , Morocco , and Tunisia . Mussolini’s successes, and, soon, Hitler’s, forced Febvre to look for someone who could explain the appeal of the new mass movements to the readers of Annales. Febvre reached the conviction, earlier than most, that the emergence of totalitarian movements, including the Soviet variety, was the most critical issue of his time. “Right next door to us,” he wrote, “a world has ended. A new world has taken its place.” To explain this development, new conceptual tools would have to be found, replacing obsolete theories, including Marxism: “the old keys do not turn in the new locks.”[7]
At this point, in the 1930s, Febvre found the ideal collaborator in Lucie Varga, as adventurous a spirit as he himself had been in his youth. Trained as a medieval historian, this young Viennese intellectual understood the new world that perplexed Febvre. She and he r h usband, Franz Borkenau, knew the Nazi world at first hand, and Borkenau, who had just broken with the Comintern, had operated inside the international Communist network. He was about to leave for Spain to observe the Civil War.
Lucie, meanwhile, prepared a series of articles for Annales. She reported on her ethnographic field work among Alpine villagers. She brought her experience as a student of medieval religious cults—as well as Freud, Marx, and Malinowski—to her analysis of the oral histories she collected with remarkable speed and aplomb. She set out to explain what it was that prompted young people to discard the worldview of their parish priests in favor of the gospel preached by the black- and brown-shirted purveyors of a different sort of salvation. Those essays are now easily accessible, both in French and in German, thanks to Peter Schöttler’s remarkable work.[8]
Since Febvre’s masterpiece, his 1912 study of Franche-Comté, has never been translated into English, and since this is the case with most of his writings, except for a fine popular life of Martin Luther and the better-known Religion of Rabelais, the time has come, it seems to me, to draw attention to Lucien Febvre’s persistent, lifelong, radical engagement in devising a new way of writing history. This is of particular interest to those of us who hope to rejuvenate historical scholarship and to stop historians from jumping aboard every ideological bandwagon heading for oblivion.
George Huppert , former president of the Historical Society, is professor of history at the University of Illinois at Chicago . His Les Bourgeois Gentilshommes: An Essay on the Definition of Elites in Renaissance France (University of Chicago Press, 1977) has been translated into French and Italian.
[1] Cited in George Huppert, “The Annales Experiment,” in Michael Bentley, ed., Companion to Historiography (Routledge, 1997), 873-888.
[2] The original edition, complete with its enormous critical apparatus, was published by Librairie Ancienne Honoré Champion, Paris , 1912. The 1970 paperback reprint in the series “Science de l’histoire,” Philippe II et la Franche Comté (Flammarion, 1970), omits the critical apparatus entirely.
[3] Cited in Huppert, “Annales Experiment,” 877, note 8.
[4]In his inaugural lecture at the University of Strasbourg , published in the Revue de Synthèse 30 (1920): 1-15.
[5]Writing in Annales E.S.C. (1948): 388.
[6] Huppert, “Storia e Scienze sociali: Bloch, Febvre e le prime Annales,”in Il Mondo Contemporaneo (La Nuova Italia, 1983), volume X, number 2, 734-750.
[7] See Peter Schöttler’s excellent monograph, Lucie Varga: les autorités invisibles (Les Editions du Cerf, 1991). Schöttler reprints Lucie Varga’s articles from Annales.
[8] For an introduction to Lucie Varga’s world, see my review essay in History and Theory 33 (1994): 220-230.
Entrevista al historiador Georges Duby

Entrevista al historiador Georges Duby. Publicada en la revista electrónica Label_France. No. 27. (03/1997)
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Era uno de los pilares de la escuela histórica francesa, un especialista inigualable de la Edad Media, un modesto y generoso erudito que supo comunicar al público no especializado su pasión por una época poco conocida y tachada de austera. Homenaje. Con la desaparición de Georges Duby, fallecido el 3 de diciembre de 1996 a la edad de setenta y siete años, en su casa de Provenza, al sur de Francia, al pie de la montaña Sainte Victoire tan querida por Cézanne, también la Edad Media está en duelo. No toda la Edad Media, deberíamos precisar, pues cada vez que se interrogaba al autor de Tiempos de catedrales -sin duda su obra más representativa, publicada en Francia en Gallimard en 1976 - insistía en especificar que se limitaba al periodo del siglo X al XIII. Y no por no haber redactado obras que se remontan a los carolingios (reyes de Francia, entre los años 751 y 987) o que abarcan la dinastía de los Valois (que reinaron de 1328 a 1589), sino porque los tres primeros siglos de la Francia de los Capetos1 eran realmente sus predilectos. ¿Acaso no confió incluso con toda naturalidad que consideraba al monje Raoul Glaber, que vivió en el siglo XI, como uno de sus "colegas" por haber hecho labor de historiador? Georges Duby era, como vemos, una persona modesta, de ese tipo de modestia adquirida tras haber aprendido y haber enseñado mucho, y tras haber, también, conocido los honores en el seno de la familia de medievalistas, que lo designan desde hace ya tiempo como uno de sus maestros indiscutibles. Nacido en París en 1919 en una familia de artesanos, cursó sus estudios en el instituto de Mâcon (Borgoña) donde más que la historia propiamente dicha era la geografía su asignatura predilecta. Sin duda algo quedó de aquella primera afición cuyo rastro encontramos en sus estudios sobre la sociedad urbana rural, incluso en su tesis sobre La Sociedad en los siglos XI y XII en la región de Mâcon. Es cierto que la Escuela de los Anales2, de la que será uno de los discípulos más brillantes, impulsada por Marc Bloch y Lucien Febvre primero, y por Fernand Braudel después, invita al historiador a ir más allá de la historia y a completar su visión con otras disciplinas anexas. Tras obtener la cátedra de letras en 1942 y de unos pocos años en la enseñanza, efectúa una carrera universitaria ejemplar que le lleva de un puesto de auxiliar en la universidad de Lyón, a Besançon y finalmente a Aix-en-Provence a inicios de los años 50. Se instala allí con su esposa, Andrée, que fue mucho más que mera consejera, y con sus tres hijos. Le gusta realizar largos recorridos por esa tierra roja de la garriga que rodea a Aix, y de la que se impregna de vez en cuando , plantando su caballete, pues al historiador también le gusta pintar. Amigo de los pintores Pierre Alechinsky y Pierre Soulages, Georges Duby, historiador de arte medieval (véase su San Bernardo, El arte cisterciense y Europa en la Edad Media, Arte románico y gótico, publicados en Francia en la edit AMG en 1976 y 1979), tenía talento. Le enorgullecía recordar, con su mirada azul y jubilosa bajo sus cejas espesas, que había sido premiado en un concurso general de dibujo. Pero no debemos olvidar que es en Aix donde crea y anima un centro medievalista de alto nivel, cuya proyección pronto será internacional. Allí comienza su fama. En 1970 pasa a formar parte del prestigioso Colegio de Francia3, donde ocupa la cátedra de historia de las sociedades medievales hasta 1992. En 1974 entra en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, y en 1987, en la Academia Francesa. Pero no sólo hay distinciones honoríficas y obras escritas. Como hombre de comunicación, Georges Duby preside la cadena cultural francoalemana, La Sept, la futura Arte. Esta acumulación de honores no consigue perjudicar la serenidad de un erudito de absoluta discreción, siempre reservado, silencioso y refinado, que huía como de la peste de la ostentación y de las vanas palabras. Basta con leer su obra para darse cuenta de que rechaza la jerga y de que domina la lengua con un estilo puro y comedido que se aprecia perfectamente en su última obra, la trilogía sobre las Damas del siglo XII (Francia, Gallimard, 1996). | |
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| El placer del texto De hecho, no concebía la historia más que bajo el prisma de lo bello, e incluso del sueño, de la imaginación, a falta de la imposible objetividad. Un día declaraba al diario Le Monde, que era preciso que la historia volviese a ser "lo que era en el siglo XIX, en tiempos de Michelet4: un género literario". No se desprecia el placer del texto.
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| | Y así es como Duby, elegante prosista, fue un medievalista maravilloso que sabía también sensibilizar al público no especializado sobre los encantos remotos de los siglos XI y XII, especialmente gracias a la adaptación a la televisión de su obra Tiempos de las catedrales. La obra escrita es vasta, llega a tratar temas de arte o relativos a la organización de la sociedad (Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, Gallimard, 1978) y a las estructuras conyugales (El caballero, la mujer y el cura, Hachette, 1981). Una producción abierta a los todos los vientos de la Francia de los Capetos1, a los miedos colectivos (El Año mil, Julliard, 1974, y Año 1000, año 2000. Tras las huellas de nuestros temores, Textuel, 1995) como al amor cortés, que a juzgar por lo que afirma, era más bien un ardiz del que se servía el caballero para acercarse a su señor más que una ciega veneración por la mujer amada (Mâle Moyen Age, Flammarion, 1988). |
| A pesar de pertenecer a la Escuela de los Anales, donde no se valora ni mucho menos el género biográfico, Georges Duby fue autor de un estudio sobre la bella figura de caballero que representa Guillermo el Mariscal (Fayard, 1984), y uno de los primeros en reintroducir el acontecimiento que durante un tiempo ha estado desterrado de la historiografía (El domingo de Bouvines, Gallimard, 1973). Una manera de reconciliar a los partidarios de la "nueva historia" con los incondicionales de los relatos de batallas y retratos de grandes personajes, "la historia de las estructuras y la historia de los acontecimientos", citando la expresión del mediavalista Jacques Le Goff. Hasta el final Georges Duby habrá ayudado a comprender la Edad Media, a disipar las tinieblas, a aclarar el espacio social y los fenómenos de mentalidades, pero además a sondear el cuerpo y el alma del constructor de catedrales, de la dama cortejada, del caballero errante, del clérigo erudito, del vasallo campesino, identificando a la vez todo aquello que podía expresar modernidad. Nos habrá enseñado que por muy alejadas de nosotros que estén aquellas "almas muertas", arrancadas por fin de los retablos y de las iluminaciones que conservan su memoria, aún tenían cosas que decirnos. Daniel Bermond 1. Dinastía de reyes que reinó en Francia de 987 a 1328.
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| Bibliographie choisie
Georges Duby ha dirigido entre otras cosas la Historia de la Francia urbana (Seuil, 1985), codirigido con Michel Laclotte la Historia artística (Seuil, 1995), con Michelle Perrot la Historia de las mujeres en Occidente (en 5 tomos, Plon, 1990), y con Philippe Ariès la Historia de la vida privada (en 5 tomos, Seuil, 1985).
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