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lunes, diciembre 22, 2014

Historiador y docente chileno recibe galardón de la UNESCO





La historia comprometida con la sociedad, a veces tan poco valorada por la academia dura, recibe reconocimientos internacionales. Hace poco, en noviembre, el historiador chileno Francisco Estévez Valencia, recibió el premio UNESCO Mandanjeet Singh 2014 por su contribución en temas de promoción de la tolerancia y la no violencia. Francisco Estévez es un historiador y profesor universitario que se dedicó a la defensa de los derechos humanos y la democracia durante la dictadura de los años 73 al 90, y al acabarse ese régimen, desempeñó un papel fundamental en la campaña cívica “Para creer en Chile”, cuyo objetivo era difundir los contenidos del informe de la Comisión Verdad y Reconciliación.


El Premio UNESCO-Mandajeet Singh para la promoción de la tolerancia y la no violencia se creó en 1995 con motivo del Año de la Tolerancia y el 125º aniversario del nacimiento del Mahatma Gandhi. Su objetivo es ensalzar la tolerancia en las artes, la educación, la cultura, la ciencia y la comunicación. Se entrega cada dos años a personas o instituciones que hayan contribuido de manera excepcional en favor de la tolerancia y la no violencia.
Ambos ganadores, seleccionados por un jurado internacional, compartirán los cien mil dólares de dotación del premio.
Los miembros del jurado para la edición 2014 del premio fueron: Ioanna Kuçuradi (Turquía), Marek Halter (Francia) y Kamal Hossain (Bangladesh)

http://www.un.org/spanish/News/story.asp?NewsID=30988#.VJjHF2cAKA 


domingo, diciembre 07, 2014

Estrategias contra el silencio, el olvido y el desfalco semántico. Argentina necesita historiadores con urgencia


tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=192831 




Rebelión/Universidad de la Filosofía


Con urgencia de Historia
Una “década ganada” [1] es un objeto de estudio enorme y emocionante para quienes aman la Historia y para quienes la respetan. No hay atenuantes. Para ese objeto de estudio hacen falta historiadores que tengan urgencia de saber y de saberse sujetos históricos; que entiendan su lugar ante los hechos y ante los dichos; que desplieguen métodos y ciencias urgentes para atender y entender lo objetivo y los subjetivo. Se necesita el concurso de historiadores serios, en cantidad y en calidad. Eso se percibe en Argentina, en todas partes y a todas horas.
Formar historiadores, a la altura de su Historia, es además de proceso lento muy caro. Formarlos con conciencia de su papel histórico y dispuestos a asumirlo no es fácil y siempre es un reto. Formar científicos de la Historia con fundamentos de lucha y con militancia inteligente es, por colmo, urgente. Y la urgencia crece si se mira con detalle el abrumador proceso de cambios inconclusos que tapiza al presente, al pasado inmediato y al futuro que se asoma. Las urgencias tironean, se empecinan y se multiplican porque, a diario, pasan muchas cosas de todo tipo y en todo tono. Pasan cosas que aceleran y pasan cosas que retardan lo avanzado. Pasan a toda velocidad y en cada rincón. Se mueve la Historia y exige quien la cuente. A muchos suena increíble pero hay Universidades Públicas y Gratuitas formando historiadores y haciendo Historia ellas mismas. Es el caso de la UNDAV [2] (Universidad Nacional de Avellaneda) donde los profesores de Historia ejercen su derecho de licenciarse para asumir su lugar en la batalla de las ideas que también es histórica. Ahí se entiende que se impulsa a los historiadores porque eso es un derecho… que estudiar Historia es un derecho y es una responsabilidad.
Era de esperarse. Se veía venir el momento en que fuese insuficiente formar historiadores con los métodos “clásicos”, (algunos de ellos vetustos y anacrónicos) se veía el momento en que esos “métodos” comenzarán a flaquear ante el rigor y la velocidad de los hechos que la humanidad desata para luchar contra todo lo que la frena. Era de esperarse que las ciertas herramientas de las cúpulas y las sectas “academicistas”, se quedaran cortas y era se esperarse la necesidad y la urgencia de historiadores capaces de ponerse a tiempo con el tiempo que les toca… ocurra cuando ocurra. Cuando el motor de la Historia acelera el paso, muchos caen al precipicio de sus trampas ideológicas.
Era de esperarse, sobre todo, porque un cúmulo de acontecimientos históricos fue desatado con la fuerza de un pueblo que fue devastado y humillado por el neoliberalismo más bestial, pero que ha encontrado vías para resarcirse y superar las taras y las trabas que le han sido impuestas. Y cambió el paisaje. No sólo porque ha surgido un aliento reivindicatorio y dignificante sino porque emergió un poderío político, principalmente (aunque no exclusivamente) en los jóvenes, que tienen claro su papel histórico para frenar, a toda costa, la amenaza letal de los “buitres” internos y externos que se infiltran en la vida democrática camuflados de mil maneras… incluso reformistas. Y todo eso no puede quedarse invisible en la maraña de las trampas mediáticas que pretenden ahogar lo histórico entre páginas de tironeo anestésico y amarillista.
Los hechos son muchos. Son tantos que exceden las fuerzas y las capacidades de los historiadores actuales. Son tantos los hechos y tantos los dichos que las posibilidades de investigación, registro y sistematización (por mencionar algunas) abruman por su cantidad tanto como por su diversidad y su complejidad. Quienes enseñan Historia así como quienes la investigan y la escriben, ven ante sí un período rico en oportunidades para sacudirse las viejas trabas burocráticas y rutinarias que atraparon a la Historia en una red ideológica de inoperancias y traiciones de todo tipo. Está a la vista una oportunidad histórica, de movilizar a la Historia como ciencia para que sirva puntualmente a las tareas del presente y del futuro que nos exigen memoria viva, claridad de contenidos y precisión de acciones en los lugares y tiempos correctos. Es decir al lado de los que luchan por un mundo mejor. Esa es la Historia.
Según se ve hoy, Argentina es un país que no está dispuesto a retornar al saqueo y al hurto al que se la confinó durante los años más infernales del neoliberalismo. Según se ve hoy, el país está nutrido por oportunidades grandes y buenas que no alcanzan por sí solas cuando lo urgente es profundizar lo hecho -con autocrítica y con mano firme- ante lo mucho que falta por hacer. Y eso también es histórico. Hacen falta muchos historiadores, científicos de la verdad y del rigor metodológico. Hacen falta muchos historiadores armados con fortalezas éticas y pegados a las luchas desde abajo. Lo pide a gritos la Historia y lo pide a gritos un pueblo que necesita superar sus contradicciones más hondas para desatar todas sus fuerzas en plena lucha de clases.
Argentina necesita historiadores con urgencia de futuro. Necesita centros de estudio ágiles, motivados y motivantes. Centros de investigación y centros de divulgación que cumplan la tarea de empoderar a los pueblos con el conocimiento crítico de sí mismos, narrando la historia que ellos mismos hacen. Historiadores dispuestos a asumir su papel histórico y a protagonizar una etapa nueva en sincronía con una “década ganada” y muchas décadas de profundización efectiva y autocrítica. Argentina necesita historiadores en el ejercicio pleno de su derecho a saber, a ciencia cierta, lo que debemos saber todos, porque es nuestro derecho, con la seriedad de la lucha y el compromiso de expandir fronteras para entenderse plena y parte de una “Patria Grande”, Latinoamericana y mundial. Aunque algunos quisieran que esta Historia se finalizara, hay que informales que la Historia exige todo lo contrario. Y con urgencia.

Notas
[1] Así llaman en Argentina al periodo iniciado el 25 de mayo de 2003. http://www.decadaganada.gov.ar
[2] http://www.undav.edu.ar/index.php?idcateg=163

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

viernes, diciembre 05, 2014

Fallece el historiador y diplomático Silvio Zavala a los 105 años


México, DF. El historiador, jurista y diplomático Silvio Zavala falleció hoy a los 105 años, informó en un comunicado el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
Ex director del Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, de 1946 a 1953, mantuvo una estrecha relación con el Instituto, que lo llevó a donar su acervo personal a la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Destaca el testimonio de un intercambio epistolar con el historiador Rafael Altamira, en el que se da destimonio de las condiciones del intelectual español exiliado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial.
El corpus de cartas enviadas por Rafael Altamira a Silvio Zavala es sólo una parte de los documentos, testimonios, reconocimientos, diplomas y pasaportes españoles que el propio diplomático entregó a la biblioteca del INAH, para su resguardo.

domingo, noviembre 16, 2014

Tulio Halperín Donghi (1926-2014)

Tomado de
http://www.jornada.unam.mx/2014/11/16/opinion/028a1mun




Claudio Lomnitz
E
l viernes 14 de noviembre falleció en Berkeley, California, el argentino Tulio Halperín Donghi, quien fue, con toda probabilidad, el historiador latinoamericano más importante de los últimos 40 años. Recibí la noticia en Buenos Aires, el mismo viernes, en una conferencia sobre historia intelectual latinoamericana, organizada por varios de sus amigos más próximos. La consternación de todos –el sentimiento de una pérdida irreparable– convivía con una conciencia difusa y dolorosa de que esta muerte marca también el final de una época y de un ejercicio crítico de investigación y de implicación en el debate público que no será ya nunca igual.
Tulio Halperín fue autor de numerosos libros de historia de la república Argentina, que consiguen, en su conjunto y cada uno, promover una reflexión crítica del fracaso de la idea nacional y de la polarización social como pasión y destino.
Conocí a Tulio hace unos 15 años en la Universidad de Chicago. Había venido de California por una iniciativa coordinada por uno de sus estudiantes, Nils Jacobsen, y por mi, y tuvimos la buena fortuna de traerlo justo en un día tibio y primaveral –no hay nunca más de dos o tres semanas así en el año en Chicago– y pude por eso pasear varias horas totalmente placenteras con Tulio. La pasión por la conversación era una marca de Tulio y un punto natural de identificación entre nosotros. Pasamos de manera natural del chisme profesional a la historia, a impresiones de la política en América Latina y en Estados Unidos.
La conferencia que dio Tulio en esa ocasión me dejó una impresión profunda –era la primera vez que lo escuchaba hablar. Y creo que nunca he visto una demostración parecida de profundidad, inteligencia, ironía, erudición y memoria. No resumo el contenido de su charla –que a estas alturas está ya desdibujada en mi memoria–, sino que me detengo en vez en un detalle:
Tulio llegó a dar su conferencia armado sólo de un lápiz. No traía papel ni un cuaderno. Tampoco un portafolios. Y así, desnudo de cualquier apoyo a la memoria, se sentó en la cabecera de la mesa de seminarios, puso el lápiz sobre la mesa y nos dio una conferencia de 45 minutos perfectamente armada –diría yo que perfectamente redactada–, como si se hubiera aprendido de memoria uno de sus brillantes textos. Hijo de un profesor de latín y de una profesora de castellano, Tulio fue un notable escritor y estilista, y su conferencia era también así: una composición perfecta, presentada con todo y citas textuales de fuentes primarias. Nunca había visto –ni he visto desde entonces– alguien con una memoria así, alguien capaz de una hazaña así. Y toda la conferencia, tan rica tanto a nivel de análisis como de investigación, mezclada siempre con el gozo de un amor por el prójimo, hecho manifiesto, curiosamente, por un rasgo que usualmente no asociamos con el amor: la malicia y la ironía.
En la voz y en la escritura de Tulio la malicia y la ironía, el gusto por el chisme y por lo mundano, era ante todo un regodeo en la condición humana, una obstinación por no permitir que las circunstancias de cada uno fuesen hechas de lado como si fuesen insignificantes. Por eso Tulio era un verdadero historiador. Había en ese rasgo una estimación y aprecio por la situación humana –aprecio que lo hacía filosamente crítico y a veces algo temido, pero, creo, siempre respetado, aunque fuera a regañadientes.
El último libro de Tulio, que todavía no leo porque apareció hace pocas semanas, es un breve tratado sobre Belgrano, el único héroe argentino que no ha sido blanco de ataques de peronistas ni de antiperonistas, y que es sometido a un estudio que parece reminiscente en espíritu al tipo de desmitificación histórica que hiciera alguna vez Jorge Ibargüengoitia con la tertulia de la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez en su novela Los pasos de López: el heroísmo como algo menos heroico, como algo más aleatorio, y la virtud como un recurso más bien post hocque desnuda en algo la fragilidad de los mitos nacionales.
La prueba de que la ironía de Halperín no era un simple instrumento punzante, hecho para herir, sino una herramienta de la inteligencia, útil e importante tanto para entender como para participar en la acción social como acto consciente, es el uso que le dio a este recurso en su notable autobiografía, titulada Son memorias, publicada hace pocos años. Es el libro de un historiador ayudando a sus lectores a situarlo, a entender el tiempo desde donde escribe y la historicidad desde donde toma sus decisiones. Se trata de un verdadero modelo de autorreflexión que combina la precisión, la crítica y la pureza estilística ya totalmente decantada. Por otra parte, el sentimiento de Halperín de que la historia de Argentina es la historia de una ilusión fallida, de un experimento colectivo vulnerado y frustrado, le da a este historiador una profundidad en el plano humano que es escaso en los grandes historiadores que vienen de tradiciones triunfantes. Y es, quizá, esta mezcla de dolor y de autoconciencia la que hace de la obra de Tulio Halperín Donghi un verdadero hito y punto de referencia en la conciencia latinoamericana.
La última vez que lo vi fue en Berkeley, hace como tres años. Caminamos un poco por el bello campus de la universidad y nos fuimos a comer. Tulio estaba muy delgado y frágil en lo físico, encorvado, y con una temblorina fuerte en la mano, pero no le faltaba una pizca de energía en la conversación, en la curiosidad, ni en su capacidad agudísima de análisis. Conversamos sobre su largo ensayo sobre fray Servando de Teresa y Mier que me había enviado, y sobre mi interés por Francisco Bulnes y por los científicos durante el porfirato. Hablamos de México y de Argentina –Tulio a veces expresaba cierta admiración por algunas de las salidas originales del viejo Partido Revolucionario Institucional. Le parecía que México había sido siempre un país tan pobre que gobernarlo tenía que ser apreciado como un verdadero arte, como una invención. Hablamos de la crisis del estado de California y las dificultades por las que pasaba la universidad estadunidense, y nos pusimos al corriente. Lo acompañé a la parada del autobús.
Tulio Halperín Donghi fue un gran pensador y un investigador prolífico y original, además de ser un escritor y conversador notable que tuvo la pasión y la modestia de no dejar nunca de interesarse en los demás.

sábado, abril 26, 2014

Ernesto Laclau y la razón populista


 Ernesto Laclau






Joan Martínez Alier
*ICTA-Universitat Autónoma de Barcelona

Cuando conocí a Laclau en Oxford, él era un joven trotskista y peronista, seguidor de José Abelardo Ramos. Que fuera capaz de llevar puesta esta combinación de trotskismo y peronismo y más tarde su carrera universitaria en Inglaterra, donde consiguió encontrar un excelente empleo (lo que no debe haber sido fácil), acrecentó mi respeto, no sólo por Ernesto Laclau como persona, sino mi perplejidad ante la complicación extrema de la política argentina y en concreto del peronismo. Leer u oír de Laclau a través de las décadas, y cada vez más en los últimos años, me ha despertado el recuerdo de una amistad juvenil, de la tesis doctoral de historia económica que el pensó escribir sobre la cría de ovejas en Patagonia, pero que no escribió, y de su sofisticación mental como joven intelectual argentino que conocía a Carlos Marx de cabo a rabo y era peronista. Se instaló como en su casa en Londres y en el continente europeo en la época inmediatamente anterior a 1968. De entonces datan sus primeros artículos en la New Left Review.
De peronistas, los hemos conocido de todos los colores. El peronismo ha sido siempre difícil de entender. Hasta llegó a ser neoliberal con Carlos Menem. Una vez, el ex montonero peronista Mario Firmenich vino a verme, en su exilio, a mi oficina en la universidad en Barcelona, porque quería discutir simpáticamente de termodinámica y economía. Perón, Perón, qué grande sos.
Casi todos mis amigos argentinos de diversas inclinaciones políticas, incluso ecologistas, en los últimos 20 años se han reclamado y se reclaman casi todos del peronismo. Algunos son radicales o del partido socialista, pero pocos. Es evidente que el general y Evita Perón dejaron una memoria imborrable. Fueron nacionalistas; ganaron elecciones. Los sucesivos golpes militares impedían que el peronismo llegara al poder electoralmente, o sea que no puede simplemente criticarse al peronismo de antidemocrático. Más bien, lo contrario. Pero de otro lado, el general Perón vivía tranquilamente en el exilio precisamente en el Madrid del general Francisco Franco.
Un gran mérito de Laclau es haber mantenido durante 50 años el interés por su país y por explicar el fenómeno populista en América Latina, que conocía desde su infancia. Un marxista o posmarxista enfrentado al análisis del peronismo. Su amistad con Cristina Kirchner no es casual. No cedió en su voluntad de explicar los populismos que vivió América Latina (el peronismo, el getulismo) y los que han surgido, con éxito, en distintos países en los últimos años. Por tanto, su relevancia no es sólo argentina. En Ecuador, sus análisis (y su apoyo) han sido considerados como pertinentes por los propios correístas.
No dijo que los populistas fueran necesariamente de izquierda, aunque claramente simpatizó y apoyó a Rafael Correa y a Cristina Kirchner frente a las arremetidas de la prensa al estilo de El País. Yo a veces me siento favorable a estos populismos, pero otras veces no. Eso no es porque practique una superioridad liberal europea, que en cualquier caso sería una falsa superioridad, tenida en cuenta nuestra historia. Yo creo que Kirchner y Correa abandonaron el Consenso de Washington para caer en el “Consenso de los Commodities”, como dice Maristella Svampa. Soy partidario del posextractivismo, pero Laclau se movía intelectualmente en un plano de análisis más puramente político. Ni la cría de ovejas ni las polémicas sobre los términos de intercambio y la sustitución de importaciones eran sus temas. Podrían haberlo sido, pero no lo fueron. Yo creo que ha muerto sin haberse pronunciado respecto de las críticas posextractivistas. Tal vez me equivoque.
Los gobiernos nacional-populares a comienzos del siglo XXI le dieron la razón a Laclau, el famoso teórico de La razón populista. Su triunfo intelectual no fue póstumo, duró unos años, lo pudo disfrutar. Murió el 13 de abril en Sevilla, acompañado de Chantal Mouffe, precisamente invitado para hablar de la razón populista en América Latina. Ha muerto en Europa, pero pasa a la historia como teórico de la política latinoamericana, con teorías seguramente pertinentes para otros países también. Hace ya años, a partir de la idea de la construcción de hegemonía de Antonio Gramsci, dijo que el proletariado ni su supuesto partido político era protagonista indiscutible de la historia (algo duro para quien fue un joven trotskista), y afirmó la posibilidad de construir otras hegemonías. Pero eso ya lo sabía él desde mucho antes. El peronismo fue el partido de la clase obrera argentina (y de sus sindicatos, construidos tras la destrucción de otros sindicatos) y, sin embargo, el peronismo apelaba a otras clases sociales. Sus eslogans, como Braden o Perón, se dirigían con éxito al pueblo en general.


Joan Martínez Alier
Economista
Joan Martínez Alier es un economista catalán. Es catedrático de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona.

domingo, abril 13, 2014

Murió Ernesto Laclau


Murió Ernesto Laclau

El teórico político, autor de La Razón Populista y Hegemonía y estrategia socialista, falleció esta mañana, a los 78 años, de un infarto en la ciudad española de Sevilla, donde brindaría una conferencia. Según informó su familia, Laclau estaba acompañado por su mujer, la politóloga belga Chantal Mouffe.

Laclau había sido invitado por el agregado cultural de la embajada argentina en España, Jorge Alemán, para brindar una conferencia esta tarde. Laclau había iniciado el día bien temprano con un paseo por las calles de Sevilla y un baño en la pileta, cuando se produjo el infarto que provocó su muerte.
El filósofo había nacido en Buenos Aires el 6 de octubre de 1935 y residía en Londres desde 1969. Laclau tuvo una destacada actividad intelectual y en los últimos años reivindicó el concepto de populismo, pensándolo como una forma favorable al sistema democrático, contrariamente a su significado tradicional, como degradante de ese sistema de gobierno.
"Cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático, como el populismo. Pero lejos de ser un obstáculo, el populismo garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración", señalaba el politólogo.
Considerado un referente postmarxista desde los inicios de su carrera, se había graduado en 1964 como licenciado en Historia en la Universidad de Buenos Aires y luego se doctoró en la Universidad de Essex, Inglaterra. En ese país vivía junto a su actual esposa y desarrolló buena parte de su actividad intelectual y académica.
Actualmente dictaba clases en la Universidad de Esexx sobre teoría política. Sus hijos, Santiago y Natalia, residen en Argentina y habrían decidido traer los restos de su padre de regreso al país.
Entre los textos más relevantes que publicó se encuentran La Razón Populista, de 2005, Debates y Combates, de 2008 y Hegemonía y estrategia socialista, de 1987, junto a Mouffe. Tras el golpe de Estado de 1955, llamado Revolución Libertadora, Laclau formó el grupo Contorno, junto con Eliseo Verón, entre otros intelectuales, fue ayudante del sociólogo Gino Germani y creador, junto a José Luis Romero, de la materia Historia Social en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En los 70 recibió una beca para estudiar con el historiador marxista Eric Hobsbawn.

miércoles, diciembre 25, 2013

Crisis múltiples y actores emergentes de la transición entre épocas. Par...



Un valioso aporte del  Colegio de la Frontera Norte, a través del Departamento de Estudios Culturales, y en colaboración con El Colegio de Sonora (ColSon) y ONU-Mujeres, titulado Seminario Estratégico “Crisis múltiples y actores emergentes de la transición entre épocas: Coyuntura, riesgos y oportunidades”.

Ese evento tuvo  como objetivo analizar la coyuntura actual, profundizando en los riesgos y oportunidades del momento histórico de crisis sobreimpuestas, enfocando particular atención en tres distintas crisis globales –la del modelo de desarrollo, la del medio ambiente y la del paradigma analítica e interpretativa- que conforman un momento histórico de preponderante trascendencia transformacional.

Los  participaciones fueron el Dr. David Barkin (UAM); Dr. Marco Gandásegui (CELA); Dr. Rolando Cordera (UNAM); Dr. José Manuel Valenzuela, sociólogo especialista en estudios de las fronteras y estudios juveniles (El Colef);  el Mtro. Raphael Hoetmer (PGDT); la Dra. Rosana Reguillo (ITESO); la Dra. Graciela Di Marco (CEDEHU); la Dra. Mirna Cunningham (Centro para la Autonomía y Desarrollo de los Pueblos Indígenas); y la Mtra. Virginia Vargas (Universidad de San Marcos, Perú).

miércoles, diciembre 11, 2013

Rinden homenaje al historiador Luis González en el Colmex, a 10 años de su muerte



Tomado de http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2013/12/10/rinden-homenaje-al-historiador-luis-gonzalez-en-el-colmex-a-10-anos-de-su-muerte-1769.html

México, DF. Para rendir homenaje al reconocido historiador mexicano Luis González (1925-2003), a 10 años de su fallecimiento, se realizan en El Colegio de México (Colmex), institución de la que fue fundador, una serie de mesas de reflexión en las cuales participan discípulos, colaboradores y expertos en historia.

A iniciativa de El Colegio de Michoacán, también creado por don Luis González, en la primera sesión el historiador Enrique Florescano destacó, entre otras cuestiones, la importancia del libro Pueblo en vilo, ya que el maestro González al escribir la historia de su pueblo natal San José de Gracia, Michoacán, fue para él ‘‘uno de los más intensos experimentos, un encuentro consigo mismo. Pero sobre todo fue, para la historiografía mexicana, un parteaguas memorable y radical para pensar la historia’’.

Por su parte, el especialista Andrés Lira se refirió a dos de los maestros de don Luis González: Silvio Zavala y Daniel Cosío Villegas. Asimismo, recordó varias anécdotas que reflejan el carácter y pensamiento de Luis González, autor de El oficio de historiador.

Lira señaló que el maestro González consideraba la historia ‘‘como una responsabilidad política’’.

En su momento, el también historiador Jean Meyer recomendó leer y releer Pueblo en vilo y coincidió con Florescano en que es un parteaguas en la manera de escribir la historia. Subrayó que a diferencia de lo que muchos piensan, Luis González, quien acuño el término ‘‘microhistoria’’, no es un microhistoriador, ‘‘porque la historia de su pueblo, en realidad es la historia de México, condensada en una nuez. A través de la historia de una pequeña comunidad de 10 mil campesinos, el lector tiene a todo México’’.

Las Jornadas en Homenaje a don Luis González continuarán en el Colmex (camino al Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa, Tlalpan) este miércoles, a partir de las 10 horas, con la participación de Thomas Calvo, Álvaro Matute, Alejandra Moreno Toscano, Mauricio Tenorio, Claudio Lomnitz, Rafael Olea, Héctor Aguilar Camín, Beatriz Rojas y Juan Pedro Viqueira, entre otros, quienes reflexionarán sobre la Renovación historiográfica, la Microhistoria vinculada al historiador Luis González.

sábado, noviembre 02, 2013

Entrevista: Geronimo de Sierra

El gran sociólogo y  amigo Gerónimo de Sierra, un gran intelectual de impacto Latinoamericano que ha estado en Costa Rica.   En la video entrevista comentando el gran proyecto de la UNILA.



http://www.youtube.com/v/libwGCw-Tyk?version=3&autohide=1&feature=share&showinfo=1&autohide=1&attribution_tag=RfuNX-rSzGOk3IBSYEcp2Q&autoplay=1


lunes, febrero 25, 2013

Oficio y deber, ciencia y conciencia en el historiador y la historiadora cubanos



Intervención en la inauguración de la Conferencia de estudios históricos organizada por la Federación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, Ciudad Escolar Libertad, La Habana, 12 de marzo del 2012.
tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=146958
La tradición que poseemosHay quienes afirman que los historiadores vivimos únicamente en la búsqueda y el relato del pasado, e incluso solo “se acuerdan” de nosotros a la hora de lo que consideran “la historia”. Quienes nos dedicamos a la Historia compartimos un patrimonio cultural, ideológico y político que siempre se construye en presente, en estrecha relación con intereses y contribuciones muy actuales. Desde el hoy y para el mañana se escribe la Historia, y en tal dimensión se forma a los investigadores y maestros de la disciplina.
El tema de la ética, y en particular de la ética del trabajo académico, es en mi criterio el primer asunto a evaluar con los jóvenes estudiantes. Mis maestros en esta universidad me formaron en la convicción de que el saber histórico y axiológico valía de muy poco, sino se llevaba a las praxis de vida. Conocer la Historia como explicación y compromiso, resulta imprescindible si de investigar, enseñar o divulgar se trata. Por demás, pensar en el oficio y el deber del historiador y la historiadora cubanos siempre será, necesariamente, una tarea de futuro
El debate sobre el oficio y el deber del historiador, recorre la propia Historia de la disciplina, en un país donde ciencia y cultura nacen en intensa articulación con la lucha política por la liberación nacional y la emancipación social. Este debate es parte indisoluble de la forja de la nación, desde los mismos albores de su concepción, en el marco del primer proyecto de autoctonía diseñado a finales del Siglo XVIII, por la intelectualidad de la oligarquía criolla. Historia y política, están estrechamente interconectadas en Cuba, como parte inseparable de la peculiar tradición cubana que se forjó en la unidad de los hombres de la cultura con el ejercicio de la política.
Ahora en julio vamos a conmemorar los 250 años de la resistencia de los habaneros y en general de los pobladores del occidente cubano en 1762, frente al ataque, asedio y toma de la capital por los ingleses. Cuando se produce este hecho histórico, los ocupantes extranjeros encuentran ya la psicología y cultura de resistencia de la sociedad criolla. Un año antes, el historiador José Martín Félix de Arrate y Acosta (1697-1766), había terminado su obra Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales1, dedicada a enaltecer La Habana. El criollo Arrate y Acosta frente al ataque inglés, no vaciló en poner su fortuna al servicio de la defensa de la ciudad que amaba, fijando desde tan temprana época, cuál es el deber y el hacer de los historiadores.
Aponte y Maceo
El proyecto primigenio de la oligarquía y en este el lugar de la memoria histórica, en su diseño excluyente, racista y blanco por excelencia, fue mestizándose como parte del proceso de transculturación2, al contacto con la inteligencia y la cultura nacida de lo popular, de lo negro, mestizo y blanco pobre.
Estamos por celebrar ahora, a partir de este 15 de marzo, el bicentenario de la conspiración organizada por el revolucionario e intelectual autodidacta José Antonio Aponte y Ulabarra (¿-1812). Aponte negro culto, tallador de oficio, antiesclavista y antirracista, hijo de Changó, presidente del Cabildo Changó Teddun 3 , será el líder de la primera conspiración independentista y abolicionista de carácter nacional, con presencia de libertos, y esclavos, de negros, mulatos y blancos. A diferencia de las sublevaciones de esclavos donde la rebeldía de los explotados no se organizaba en ideas o proyectos de continuidad, Aponte tenía un proyecto ideológico y político para una Cuba sin el dominio colonial, donde se destaca como eje fundamental la liberación de los esclavos, los derechos de los libertos y demás sectores de campesinos, pequeño burgueses, artesanos y braceros, y su red de conspiradores se extendió presumiblemente hasta Remedios, Puerto Príncipe, Bayamo, Jiguaní, Holguín y Baracoa . En conexión con la situación antillana Aponte confiaba en obtener ayuda del rey haitiano Henry Christopher (1767-1820), y del general dominicano Gil Narciso4.
La conspiración de Aponte anuncia el arribo al liderazgo del movimiento emancipador de los sujetos populares. Incansable lector, Aponte poseía una nutrida biblioteca para la época -cuando la posesión de libros por su rareza y alto costo estaba vedada al pueblo humilde-, y en ella se podían encontrar títulos como el Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Delatados, e l jefe de la conspiración y cinco de sus capitanes fueron ahorcados el 9 de abril de 1812, y sus cabezas se colgaron públicamente en la capital como escarmiento.
La Historia hecha desde los llamados sectores subalternos, y más certeramente desde las clases explotadas, tiene en Aponte su precursor. Cuando abortan la conspiración, entre la documentación ocupada por las autoridades colonialistas, se destaca un significativo Libro de Pinturas, que contenía la cosmogonía histórico cultural del líder revolucionario, y que hasta hoy motiva la imaginación. Perdido el libro en el proceso, la lectura del legajo judicial que trata sobre el citado libro, permite situar el potencial de su criticismo social5, su visión de sí mismo, de la Historia de los negros, de la cultura y la política de su época, y cómo era utilizado en las reuniones y propaganda conspirativas. El Libro de Pinturas de Aponte en su concepción y realización, se nos revela como la primera obra cubana que reivindica el papel y el lugar de los negros en la Historia que le fue contemporánea.
La “casualidad” en la Historia muchas veces es hija de causalidades profundas. Sesenta y seis años después de la sublevación de Peñas Altas, en 1878, en el oriente del país, el mulato General Antonio Maceo y Grajales (1845-1897) escenificó en los Mangos de Baraguá, la protesta que llenó de gloria combativa el fin de la primera guerra de independencia. Maceo calificó el Pacto del Zanjón, acuerdo de paz firmado el 10 de febrero de 1878, como una rendición vergonzosa y por su parte inaceptable. Y aun cuando no pudo lograr en aquel momento un rescate del proceso de lucha armada que salvara la Guerra de los Diez Años, la que pasó a ser conocida como Protesta de Baraguá, resultó la respuesta política que volvió a colocar en primer plano los objetivos básicos de la revolución contenidos en el Manifiesto del 10 de Octubre de 1868, dados a conocer por el padre de la patria Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo (1818-1874): La total y absoluta independencia de Cuba y la definitiva abolición de la esclavitud, objetivos por lo que pelearon los cubanos y cubanas desde tiempos de José Antonio Aponte.
José Martí
Quien primero se percató de la importancia histórica de la gesta de Aponte fue José Martí y Pérez (1853-1895). Eres más malo que Aponte se decía indistintamente, en la colonia en que creció el Apóstol, a niños muy majaderos, a los necios y hasta a los criminales. Los mecanismos de la hegemonía ideológico-cultural colonialista habían actuado con eficiencia en el interés de borrar la imagen de este criollo revolucionario. Sin embargo, la sensibilidad patriótica y la inteligencia de Martí, le llevan a cuestionar el mito racista y maldiciente, buscar la información verídica, revaluar y dignificar el movimiento conspirativo que lideró, todo lo que se deduce de un fragmento conservado donde anotó: ¿Qué se sabía del negro conspirador Aponte, muerto en 1812, con ocho de sus compañeros? Vivía en la Calle de Jesús Peregrino… 6
Para Martí, tan minucioso en el estudio y la promoción de la Historia nacional, la Guerra de los Diez Años constituyó un objeto priorizado de búsquedas y evaluaciones. Sobre los disensos y los rencores acumulados por los combatientes, alrededor de la firma del Pacto del Zanjón, vio con nitidez el eje de coherencia histórica que representaba la Protesta de Baraguá. El peso político e ideológico que sustentaba Baraguá era definitorio en los marcos de la nueva Revolución, de la Guerra Necesaria, que preparaba.
Martí reclama como condición del historiador, el conocimiento pleno del hombre, el humanismo con un claro sentido de dignificación social. Resulta evidente 7 la atención que le merecía la Historia en sus dos dimensiones esenciales: La Historia real en tanto consideró siempre de suma importancia para los pueblos, el conocimiento de sus orígenes y evolución, como factor esencial para la formación de sus valores patrios; junto al análisis del devenir de la sociedad, para el pronóstico de los posibles caminos del progreso social, y en tanto, la elaboración y puesta en práctica de proyectos de cambios revolucionarios y de organización de la sociedad 8 .
En Martí como en Carlos Marx (1818-1883), si los hombres hacen la Historia, esto requiere de una conciencia y voluntad capaz de hacerla. Y precisamente tal unidad dialéctica asentó el vínculo raigal de la mirada histórica martiana con el marxismo. Y ello nos permite comprender, incluida la voluntad y la obra política de los partidos revolucionarios, cómo se produce en Cuba la articulación del marxismo con la mejor y más radical tradición intelectual nacional.
Julio Antonio Mella
En la profundidad martiana descubre Julio Antonio Mella (1903-1929) el tránsito de enriquecimiento que lo articula el marxismo. Cuando a finales de 1925 escribió sus Glosas al pensamiento de José Martí, aporta el más medular ensayo del pensamiento revolucionario cubano de la primera mitad del pasado siglo XX.
Mella desde José Martí y Vladimir Ilich Lenin (1870-1924), negó en Glosas las lecturas nostálgicas por el pasado heroico, muy comunes en la intelectualidad de entonces, y rebatió las posiciones ultraizquierdistas que rechazaban con criterio nihilista el ayer, considerando que todo empezaba a partir de ellos y terminaba en ellos mismos. Debate este en el que continúa la labor de defensa del ideario nacional revolucionario que sus maestros Alfredo López Rojas (1894-1926) y Carlos Baliño y López (1848-1926), desarrollaron en el seno del movimiento obrero y en los círculos socialistas y marxistas. Defendió las tesis leninistas sobre la permanencia, el rescate y el enriquecimiento de la tradición democrática y popular que se hallaba presente en nuestras naciones, y en consecuencia, la incorporación de estos elementos en la elaboración de la táctica y la estrategia de la lucha revolucionaria.
En Glosas, Mella expresa su concepción sobre el enfoque materialista y dialéctico de la Historia, el carácter determinante –siempre en última instancia-, del factor económico en el devenir de la sociedad, y la teoría de la lucha de clases como motor de la Historia. En este sentido desbrozó el camino de la historiografía cubana hacia un modo superior de compresión e investigación, y aportó el primero y más original ensayo político-filosófico marxista de la primera mitad del Siglo XX cubano. Mella reconoce el papel de las ideas en la lucha, y al mismo tiempo señala la necesidad de la acción concreta. Junto a las trincheras de ideas -en perfecta consecuencia con Martí - sitúa las trincheras de piedras. La vinculación entre teoría y práctica, entre la idea y la acción, constituiría para Julio Antonio Mella la clave de la transformación social y este es el mensaje que traslada a sus contemporáneos.
Fidel Castro Ruz
Desde una profunda lectura de la Historia patria y universal pudo el joven Fidel Castro Ruz (1926- ), proyectar el programa cultural revolucionario de La Historia me absolverá. Fue su aporte la reevaluación de la Historia de la nación, de América Latina y el movimiento revolucionario, a la altura de los conocimientos y con las herramientas existentes en la segunda mitad del siglo XX. Fidel da una lección de cómo la obra precedente –en teoría y cultura histórica-, puede y debe ser recolocada en las necesidades y retos de cada época. Martiano y mellista, convencido marxista y leninista, hizo lo que el momento y la necesidad demandaban, utilizó el estudio minucioso de la Historia de Cuba, de la Historia de las ideas, la Historia política y la militar en particular, para criticar la propia teoría revolucionaria, innovarla y saltar con ella sobre las circunstancias.
El pensamiento de Fidel como sumun contemporáneo de la tradición ideológico –cultural progresiva y revolucionaria cubana, y en tanto unidad de la teoría y la práctica9, se expresa en seis direcciones esenciales: (1) El estudio de los acontecimientos en su dialéctica, según las leyes objetivas del proceso histórico, la cultura y el espíritu de lucha de los hombres y mujeres, (2) El papel sustantivo del sujeto histórico, del sujeto individual, y definitivamente del sujeto colectivo, del pueblo. (3) La misión formadora del conocimiento histórico, desde un compromiso práctico transformador, la función de la Historia en la formación de la memoria histórica y la definición praxiológico valorativa de los sujetos. (4) La misión proyectiva de la Historia, el aporte al diagnóstico y al pronóstico. (5) La unidad de lo local, lo nacional y lo internacional. (6) La unidad del pensamiento histórico con la actitud y la práctica de la transformación revolucionaria.
Esta perspectiva de la Historia fue expresada por el líder de la Revolución Cubana desde el propio año de la liberación: Venimos a hablar no de la historia que pasó, sino de la historia que estamos viviendo, afirmó en junio de 195910. Cinco años después, al referirse a la epopeya de Céspedes y los patriotas cubanos de las guerras de independencia, fijaría la principal clave histórica para entender y asumir la Historia nacional: ¡Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros!11 En su discurso en el acto de conmemoración del centenario del inicio de nuestras gestas independentistas, el 10 de octubre de 1968, ratificaría Fidel la continuidad dialéctica del proceso revolucionario cubano y la comprensión -más allá de contradicciones y los errores circunstanciales- de la magnitud de las tareas históricas que han sumido los revolucionarios en cada etapa de lucha de nuestro pueblo.
La tradición de que somos portadores constituye una importante  fortaleza, pero ello no es suficiente. El oficio y deber también se deben expresar en el análisis del momento actual que tal tradición fertiliza. Y ello nos conducirá, si trabajamos con honradez, a un posicionamiento claro y definitorio sobre los asuntos de nuestra actualidad profesional, local y nacional. En tal punto, estaremos en la posibilidad de compartir nuestra verdad, debatirla y enriquecerla en el afán patriótico de mejoramiento colectivo, que nace de los padres de la ciencia, la cultura y la política cubanas. Sin este ejercicio personal de criticidad refrendado en nuestros actos, es muy difícil investigar y enseñar Historia.
Oficio y deber, ciencia y conciencia en el historiador y la historiadora cubanos12
Los retos de la contemporaneidad
Hoy sin dudas, asistimos en el país a un rearme de la historia como proyecto científico y como proyecto social, avanza la excelencia de la historiografía cubana, y sobre todo está en marcha una notable recuperación del papel de las disciplinas históricas en el currículo docente de la enseñanza general y universitaria, aspecto este que se precisó con particular fuerza en los objetivos aprobados por la Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, el pasado enero 13 . Este crecimiento con calidad, tiene por correlato el compromiso de la inmensa mayoría de los historiadores e historiadoras con la sociedad revolucionaria.
Tan positivo escenario regocija y a la vez impone para avanzar con paso seguro, repensar los aciertos y fijar las debilidades y sus cursos de solución. Es que los logros del momento actual se entienden con mucha más plenitud, si los vemos en su movimiento real, como aciertos en el concierto de las contradicciones existentes, en medio de los crecimientos humanos y organizacionales por adelantar, las fragilidades a resolver y los consensos a construir. En Cuba por demás, nada escapa al cruento enfrentamiento con el imperio estadounidense y sus aliados ideológicos y políticos.
La subversión contrarrevolucionaria
La utilización del campo intelectual y de la Historia es de vieja data. Frances Stonor Saunders ha documentado suficientemente la guerra cultural de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, desde antes del triunfo de la Revolución Cubana, cuando patrocinaba la revista History, publicada por la Sociedad de Historiadores Americanos 14.
Contra Cuba existe una definida dirección de la propaganda y la subversión ideológico-cultural anticubana, que se desenvuelve en el terreno de la Historia, en el intento de reescribirla, tergiversarla y manipularla. Apuestan al sueño de una glasnost “cubana”, que destruya el imaginario histórico y cercene la memoria de lo que hemos sido y somos. A tal diseño se destinan millones de dólares en unos y otros proyectos de “estudio”, información”, “eventos”, libros y artículos “de ciencia” y “premios”.
La propaganda visceral, literalmente mentirosa y grosera, no es lo que caracteriza la labor de los servicios enemigos dirigida contra la Historia y los historiadores. Esto último solo ha quedado como producción residual en el estercolero de la mafia cubano americana. Generalmente los libros de propaganda contrarrevolucionaria con camuflaje de libros de “historia”, cumplen el llamado el principio de la verosimilitud. Presentan sus embustes desde hechos reales, pues en públicos cultos como el que ha formado la Revolución Cubana, el mensaje tendencioso, para que tenga alguna verosimilitud, debe partir de acontecimientos que de una u otra manera ocurrieron.
El principio de la desinformación está dirigido a minimizar y/o desfigurar la realidad histórica, para mencionar lo imprescindible y destacar solo aquello que les interesa. El principio de la silenciación combina silencio y olvido alrededor de unas y otras realidades de la Cuba colonial y neocolonial, la omisión de aspectos sustantivos y de aportes del movimiento revolucionario y de sus líderes, son metodologías recurrentes. Difícilmente detectables, los silencios se enmascaran como “olvidos”. Constituyen el reverso y la otra cara del recuerdo y están indisociablemente unidos a la acción de construcción-destrucción de la memoria histórica. El silencio oscila entre las barreras de ocultación y las de lo indecible. Sobre temas históricos, la desinformación y el silencio pretenden eliminar la memoria de explotación, inequidades y dependencia, en aras de maquillar y reforzar la identidad de los grupos portadores del pasado burgués-capitalista.
La vaguedad y la simplificación complementan el sistema de principios de los servicios de la propaganda imperialista. En tanto huyen de explicaciones precias, y pretende dar una respuesta “sencilla” a problemas complejos y controvertidos15.
El desprecio por la Historia combativa, la descalificación del papel de las masas populares a favor de las élites, y el anticomunismo, se mantienen como ejes fundamentales de la labor ideológica contrarrevolucionaria. Alegan que los comunistas hemos inventado una historia teleológica 16 . Es sistemático el ataque dirigido a descalificar al movimiento comunista durante la república, y a la Revolución después del triunfo de 1959. Una línea principal de esta modalidad agresiva, centra el ataque a la figura del Comandante en Jefe Fidel.
La voluntad de formar a nuestras jóvenes generaciones en la tradición combativa y revolucionaria, se acusa por ser una enseñanza “oficialista”, “ideologizada” y “politizada”. Método recurrente es vendernos como “novedosos” y “problematizadores”, textos articulados con la peor propaganda contrarrevolucionaria.
Montada en la ola “postmoderna”, la propuesta desmovilizadora manipula este movimiento científico y literario contemporáneo. Abundan las exhortaciones a romper con el estudio de los macro-relatos -de los procesos históricos y del marxismo entendido como macro-teoría-, para sobrevalorar la importancia de la microhistoria y presentarnos una suerte de micro-microhistorias, que nos enajenen de las visiones de conjunto. Se nos propone menospreciar el enfoque de clase y sus interconexiones, frente a la emergencia de los no menos importantes estudios de género, racialidad, y otras diversidades. Las categorías duras de la teoría y metodología marxista, se acusan también de “ideologizadas”, a favor de un lenguaje aséptico que evade el conflicto fundamental entre explotados y explotadores, entre opresores y oprimidos.
Los libros de la historia prefabricada por la contrarrevolución, presentan tres niveles de realización. Primero: Lo que dice el autor -lo intencional que no necesita interpretación- que se centra en lecturas reduccionistas y tendenciosas, cuando no hipercriticistas. Segundo: Lo sobreañadido, en tanto intencionalidad subyacente de desmontar la historia, cuestionar y atacar sus valores y personalidades, para sembrar dudas sobre un ayer que nos acompaña en el hoy. Tercero: Lo simbólico en la estimulación y fabricación de mitos y hechos-estigmas, cuyo carácter extra verbal se dirige a la psiques para prejuiciar y sembrar desconcierto.
La mejor carta de presentación de la literatura orientada por las agencias enemigas, es que esta se publicite bajo la autoría de un nacional. Y hay que decir con plena claridad, que nuestros enemigos conocen bien el espurio oficio de comprar, comprometer, e instigar, emplean sus mejores profesionales, ideólogos, psicólogos, filósofos, especialistas, cientos de hombres capaces, confirma el profesor de Historia, ex-agente de la CIA y combatiente de la Seguridad del Estado cubano Raúl Antonio Capote17. No solo está la nómina de la “disidencia” con sus tarifas mercenarias. Existe la contaminación, el cortejo y la influencia sobre individuos proclives a ser manipulados desde los errores cometidos por burocracia, insensibilidad o maledicencia, las aspiraciones insatisfechas, los individualismos a ultranza, las miserias humanas y los traumas personales. También como ha ocurrido y ocurre en muchos otros procesos revolucionarios, en Cuba hay Súper-revolucionarios tan, pero tan a la izquierda de la izquierda, que sin argumentos convincentes para sus prédicas hipercriticistas, terminan echando mano a los mismos recetarios de la propaganda contrarrevolucionaria. Es importante establecer que en este punto del camino recorrido, no hay ingenuidades. Se es o no se es.
La demostración argumentada y el juicio de ciencia, hijas siempre de la firmeza, son los ingredientes esenciales para fundamentar la denuncia de las vilezas con falso ropaje histórico.
Mirarnos hacia dentro
Los retos que enfrentamos no solo parten de la agresividad de los servicios de subversión imperialista, del ataque enemigo . Aún hay mucho que hacer para perfeccionar nuestro trabajo profesional y sus circunstancias. Las problemáticas en curso ocupan varias áreas del propio saber histórico, de la investigación, enseñanza, docencia, formación y capacitación de los profesionales de la historia, así como del siempre trascendente tema de la introducción y publicación de los resultados, su divulgación e impacto social.
Las cualidades del debate revolucionario, deben acabar de imponerse en nuestro medio, como el antídoto imprescindible para evitar, entre quienes compartimos la misma trinchera, las discusiones bizantinas, las objeciones que no se explican y los desencuentros culposos. La crítica a los resultados y a las instituciones, no puede asumirse como ataque personal a los autores y directivos de uno u otro proyecto. No todos tenemos el don de la mesura y la afabilidad, pero estamos obligados al menos, al trato respetuoso, y sobre todo a manifestar una posición proactiva, atenta y abierta en el ejercicio de la opinión.
Porque somos humanos perfectibles, los errores nos acompañan a unos más a otros menos, el problema está en la actitud que asumamos para reducirlos al mínimo. Lo definitivo siempre será el saberse situar en el campo de la honestidad y justicia.
Urge aprender a distinguir el libelo de la propaganda enemiga, de la obra historiográfica seria y fundamentada, aun cuando en ella se revelen cursos teórico metodológicos, y posicionamientos que no compartimos, incluidos aquellos de naturaleza política o ideológica.
Vivimos en un país y en un mundo con un universo cada día más diverso. Hay que felicitar que se publiquen y circulen obras de autores nacionales y extranjeros, incluidos ensayos históricos, que nos brindan esa pluralidad. De colegas que viven en el país, escritores, filósofos, historiadores, y muchos otros especialistas extranjeros y cubanos que radican en el exterior, de las más disímiles tendencias filosóficas, políticas y teórico metodológicas. Estos autores no son el enemigo como afirma cierto pensamiento censor que aún persiste. Nadie posee la verdad absoluta, esta se construye en sucesivos consensos colectivos. En esta dirección es útil recordar que la historia del pensamiento revolucionario en ciencia y política, el marxismo -y en Cuba los más sólidos legados axiológicos, ideológicos y politológicos martianos y fidelistas-, se fundaron y construyeron en medio de la fertilización enriquecedora con lo mejor y más progresivo de cada época, en la lucha de ideas, en debate y crítica tanto con los adversarios, como con los compañeros de ruta.
Tenemos aún entre nosotros a quienes pretenden escribir –o que se escriba- la Historia, al ritmo del último discurso de la dirección del país. Hay que evidenciar de manera clara y pertinente a tales acomodadores de la historia, que no pocas veces apelando “a buenas intenciones”, a patrioterismos y oportunismos, intentan sustituir la riqueza del movimiento real, con propuestas retocadas por lo que consideran “políticamente correcto”.
Hay colegas que no conocen los aportes más novedosos de la teoría, la metodología e historiografía nacional e internacional, y se justifican con toda clase argumentos sobre las cortas ediciones cubanas, la débil importación de títulos publicados en el extranjero, los costos de los libros, el aislacionismo informativo en esta área académica, la falta de contacto con especialistas extranjeros, o la débil conexión a Internet; pero más allá del peso de una u otra realidad, lo cierto es que no se ocupan de explotar al máximo todos los recursos y canales que existen en las instituciones gubernamentales y en las asociaciones de la sociedad civil, menos de diseñar por sí mismos vías de acceso, intercambio y financiación.
No faltan los “miméticos”, la diferencia es que si ayer fueron miméticos a la izquierda dogmática que nos llegaba del marxismo oficial soviético, hoy lo son al “centro” o definitivamente “a la derecha” que nos llega incluso, desde algunas ilustradas izquierdas recicladas en la socialdemocracia y el liberalismo.
La Historia no está libre de algunos de los déficits de desarrollo que persisten en el actual despliegue de las ciencias sociales del país. Un hacer muy individualizado, donde el papel de los colectivos de ciencia debe crecer en el ámbito de la construcción colectiva del conocimiento. La labor investigativa de algunas facultades de historia, no logra saltar los muros de los centros de educación superior, para acercarse a las necesidades de sus entornos territoriales. Es notable la ausencia del trabajo en redes, y la poca presencia de los centros de investigación histórica y de los historiadores e historiadoras, en los incipientes resultados del trabajo multidisciplinario en el Polo de las Humanidades.
El Programa Nacional de Historia está dado a ocupar el papel coordinador y promotor a nivel de país, de todo el conjunto de instituciones académicas, universidades y asociaciones científicas, que trabajan con las disciplinas históricas, pero aún este mecanismo no logra rebasar el ámbito de lo orgánico-administrativo. Tal Programa precisa convertirse realmente en el articulador por excelencia, de las prioridades temáticas y los recursos nacionales destinados a la investigación histórica. Muchos compañeros y compañeras ni saben que existe.
A la altura de las circunstancias
La historiografía y la enseñanza de la historia, se abren a los retos de la construcción de una idealidad socialista cercada desde el mercado y agredida por los centenarios enemigos de la patria, que precisa de los viejos y nuevos saberes históricos, de la tradición, los principios y las calidades de nuestros fundadores, de la inteligencia y el trabajo corporativo de los historiadores e historiadoras de todas las generaciones revolucionarias. El nudo ideológico y orgánico que articula la tradición de ciencia y conciencia en nuestro país, con el privilegio de la sólida mirada que aporta el marxismo, resulta decisivo para cumplir la misión social de la disciplina.
Si resulta vital el trabajo del historiador y la historiadora, en el terreno de fundamentar las claves de nuestro presente, en la defensa y construcción de la cosmovisión científica, cultural y moral de la cubanidad revolucionaria; más aún se impone la función pronóstica, el imprescindible aporte de certezas y experiencias, para participar en el diseño del programa de futuro posible.
Debemos utilizar más la crítica y el debate, tanto en la prensa como en los espacios académicos, pero sobre todo hay que ejercitar las inconformidades en la construcción de alternativas concretas. No hay aprendizaje colectivo sin práctica y esfuerzo individual, y la transformación de las circunstancias que nos sean adversas no tiene que realizarlas segundos o terceros. Hay que entender que nuestra acción, por muy modesta que sea, suma al protagonismo definitivo del pueblo en Revolución.
El mundo académico cubano es bien nutrido. Tenemos una recién inaugurada y muy prometedora Academia de la Historia de Cuba, la cincuentenaria y fortalecida Academia de Ciencias de Cuba, el prestigioso colectivo de investigadores del Instituto de Historia de Cuba, otros acreditados equipos en más de 40 universidades y centros de estudios, que desarrollan programas de investigación y docencia de la Historia. Poseemos la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC), y los historiadores e historiadoras también nos nucleamos en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y la Asociación de Historiadores de América Latina y el Caribe (ADHILAC). Si desde las misiones, particularidades, y ritmos de cada sujeto institucional o asociativo, nos integramos y marchamos unidos, no habrá problemática interna, insuficiencia o reto que no podamos resolver. Ni cima del conocimiento o tarea de construcción socialista que no logremos conquistar.
Notas:

1 José Martín Félix de Arrate y Acosta: Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, Editorial Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, La Habana, 1964.
2 Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, p 98 -104
3 Ver: Franco, José Luciano: La conspiración de Aponte. En: Ensayos históricos,. Ciencias Sociales, La Habana, 1974; Gloria García: Ob cit, p 66-74
4 María del Carmen Barcia: Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial, Ediciones Boloña, La Habana, 2008, p 292-293.
5 Jorge Pavez O: El Libro de Pinturas, de José Antonio Aponte. Texto, conspiración y clase: el Libro de Pinturas y la política de la historia en el caso de Aponte, Anales de Desclasificación, Vol. 1: La derrota del área cultural No. 2, 2006, p 671.
6 José Martí y Pérez: Obras Completas, Tomo 22, Editora Nacional de Cuba; La Habana, 1966, p 247.
7 Se ha dicho, con razón, que no hay en la obra martiana una teoría de la Historia acabada ni sistemáticamente expuesta. Véase Julio Le Riverend: “Martí en la Historia, Martí historiador” en, Anuario del Centro de Estudios Martianos,.La Habana, 1985, n. 8, p. 176.
8 Ver: Olivia Miranda Francisco:Historia, cultura y política en el pensameinto revolucionario martaiano, Editorial Academia, La Habana, 2002, p 107-121
9 Dolores Guerra y otros: Presentación. En Fidel Castro y la Historia como ciencia (selección temática 1959-2003), Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, p 9 y ss.
10 Dolores Guerra y otros: Ob cit, p 13.
11 Ver: Discurso pronunciado por el Comandante Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba y Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en el acto celebrado en la escalinata de la Universidad de La Habana honrando a los mártires del 13 de marzo, 13 de marzo de 1965. Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario, www.cuba.cu/gobierno/discursos/ 1968 /esp/f 1010 68e.html
12 Intervención en la inauguración de la Conferencia de estudios históricos organizada por la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, Ciudad Escolar Libertad, La Habana, 12 de marzo del 2012.
13 Ver: Partido Comunista de Cuba. Objetivos de Trabajo del PCC aprobados por la Primera Conferencia Nacional, Editora Política; la Habana, 2012, p 7.
14 Frances Stonor Saunders: La CIA y la guerra fría cultural, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003, p 197.
15 Héctor Hernández Pardo y Reynaldo Infante Uricazo: Análisis de información internacional y medios dedifusión, Editoria Pueblo y Educación, La Haban, 1991, p 139.
16 Enrique Ubieta Gómez: Cuba: Revolución o reforma, Casa Editora Abril, La Habana, 2012, p 15.
17 Raúl Antonio Capote: Enemigo, Editorial José Martí, La Habana, 2011, p 188.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

domingo, febrero 24, 2013

Entrevista con el historiador cubano Eusebio Leal

: “Soy un hijo de mi tiempo”

Por: Fotos: Alexis Rodríguez

“Soy un hijo de mi tiempo, he sido un defensor, en nombre de mi humilde cubanía, de la singularidad dentro de la igualdad y he creído en la unidad como el resultado de una suma de individualidades”, aseguraba, en emotivas palabras, Eusebio Leal Spengler, quien fue homenajeado, por el Instituto Cubano del Libro, en el espacio El Autor y su Obra.





Me habría encantado poder disfrutar de la vanidad; debe ser algo delicioso sentir una gran egolatría, verse en el espejo con una gran conformidad con uno mismo, pensar como el personaje de Manuel Mujica Láinez, en Bomarzo, que es inmortal, y solamente disfrutar hasta el momento en que se revela el misterio de lo efímero. Pero no puedo disfrutar de eso.
Cuando los escuchaba a ellos, mis amigos, pensaba informarme muy bien de ahora en lo adelante, cuando se trate de organizar actos similares, para evitarlos, no porque rechace yo el cariño, es más, diría hoy que lo necesito. Se trata quizás de una confabulación de los amigos, que han venido a reunirse como un escudo protector y de manera pública, cuando quizás en algún serpentario se trata de lanzar una paloma para goce y disfrute.
Lo que ocurre es que “hace muchos años volé de aquí a otra esfera, y no podrán alcanzarme.” Esas palabras las leo siempre porque están escritas en un aeropuerto en Europa, donde mi amigo Oswaldo Guayasamín realizó un espléndido mural en que muestra el sacrificio de Rumiñahui, el gran héroe ecuatoriano de aquellos años de gesta, de resistencia y lucha: “No les alcanzará la cuerda para atarnos.” Y efectivamente, no les va a alcanzar la cuerda, porque podría regresar al estado natural y primigenio que Eduardo (Torres Cuevas) –y empezaré por él– ha evocado.
Nunca uno debe olvidar sus orígenes; los orígenes son muy importantes. Mi origen está en mi ciudad, está en mi madre, Silvia Spengler, en lo que aprendí de ella; está en la memoria de los que me quisieron, de mi familia, y está en su terca voluntad: “Estudia, para que no pases lo que yo pasé.”
Me alegra pensar que en el libro Fiñes describo, con gozo más que con pena, que los niños de la casa del doctor a la cual mi mamá iba a limpiar durante el período de vacaciones, fueron clementes y buenos conmigo, de tal manera que no vacilaron en enseñar al pequeño Sana –como me decían– qué había detrás del “chiforrover”, extraño nombre para un escaparatico que estaba en el cuarto de los niños, colocado en la esquina, y detrás de esa esquina se formaba una especie de pequeño cuarto que poseía lo más precioso: un león de cartón, un arco, una flecha y otros juguetes.
Pero un día descubrí que los niños reservaban un tesoro más importante: había un cuarto donde existía una biblioteca infantil. Y allí estaban los maravillosos tomitos que disfruté leyendo sobre el frío del suelo, antes de ir a la biblioteca pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, no sin antes pasar por el misterioso portón, cubierto por el florido jazmín de cinco hojas, en la casa de Alfredo Ornedo, a quien esperábamos todas las tardes los fiñes para pedirle aquella especie de tributo que el que fue pobre alguna vez quería dar a los niños del barrio. Se abría el portón, pasaba aquel hombre de tez trigueña y pelo blanco, traje gris listado, y nos iba entregando los medios (cinco centavos) republicanos, envueltos en un paquetico que todavía recuerdo.
Esas son memorias importantes, porque es lo que queda en nosotros, cuando se olvida, lo que una vez se leyó en los libros.

"No guardo rencor al pasado; al contrario, he creído en la necesidad de ir al futuro desde el pasado."
Después, necesariamente, me voy a María del Carmen Barcia, quien evoca el momento de mi arribo a la Universidad. Fue un proceso, porque el que llegaba era hijo de una época a la cual la Revolución dio la sorpresa de su triunfo, y al mismo tiempo el enorme derrumbe, como el de una catedral en un terremoto, de la sociedad para la cual fieramente nos preparábamos para vivir, habitar en ella.
Recuerdo aquella época. Solía llegar un carruaje lustroso, y al fondo del carro venía el coronel, con su sombrero blanco colocado, vestido elegantísimamente. Y llevaban al niño para presentarle a aquel alto caballero, y le hacía la pregunta: ¿Qué vas a hacer tú cuando seas grande?, que era una especie de lugar común. Ya tenía en su mano una moneda de un peso de plata para colocarla en el bolsillito del niño. Quizás se sintió sorprendido con una respuesta que no venía de mí, sino de la lectura de la vida del leñador Abraham Lincoln. Le respondí: “¿Yo?, Presidente de la República.” Subió el cristal y me dejó a correr mi suerte.
Y luego, a acompañar a Silvia a llevar las guayaberas blancas y las sayas plisadas a las casas de los doctores y los vecinos.
Por tanto, el colegio fue un camino difícil: hablaba mucho en clases, me levantaba con cualquier pretexto. Y la buena letra, que se hizo en el papel pautado, con la pluma de cabo y la tinta china, que las maestras Blanquita, o Silvia, o Isolina trataron de conservar para siempre, fue aniquilada con aquel juicio perenne de otra maestra que no quiero recordar: “¡Cállate!” Mil líneas, dos mil, tres mil, cuatro mil… hasta caer exhausto. Entonces la letra se hizo muy difícil: “No debo hablar en clase, no debo hablar en clases, no debo hablar en clases…” Todavía hoy quizás, si estoy insomne, puedo recordar el castigo.
Luego en la adultez, pienso en mi entrada a la Universidad. Allí fue muy importante el tribunal, porque recuerdo que el que lo presidía, en el lugar en el que fui citado, me dijo: “¿Qué buscas en la Universidad?” Y yo recordaba las frases rituales del bautismo: la fe te da la vida eterna. Y yo respondí: “Busco la sabiduría.”
Y aquí en el público hay por lo menos tres que, como fui viejo a la Universidad, recuerdan mi comportamiento allí.
Recordaré siempre a la Dra. Graciela Franchi Alfaro, que me suspendió en Materialismo Histórico. Claro, yo me acerqué y le dije algo tremendo. Ella se preparó, con su perfil de águila, para rechazar cualquier reclamación a aquel suspenso. Y le dije: “No, doctora, yo no vengo a pedirle que me enmiende la nota; yo vengo a que me ayude a razonar las categorías. Mi formación es otra, yo nunca me he creído sujeto-objeto, sino sujeto.” Ella estaba muy sorprendida. Y me dijo: “No, yo lo voy a ayudar.” Después saqué 4. Y me alegro porque ese era quizás el tope de la excelencia que se podía esperar de aquella “medievalista” que después fue mi amiga.
Es por eso que me alegra mucho que Carmen esté aquí. Recuerdo aquellos años en la Universidad con mucha gratitud, sobre todo los compañeros que estaban en el banco conmigo, que fueron una miríada. Después se fue disminuyendo a un pequeño contingente, entre los cuales estaban mi querido y siempre recordado Panchito Pérez Guzmán y Raida Mara Suárez, mi gran colaboradora, que hacía los resúmenes para mí cuando faltaba, y que me permitió hacer mucho hasta hoy. Y desde luego, otros compañeros también que llegaban; algunas muchachas que estaban embarazadas iban a dar clases, y nosotros subíamos a estudiar de noche después de haber terminado una obra de construcción.
La misma que ustedes han evocado –Aracely y Carmen–, que era como eso que vemos ahora, el Palacio del Segundo Cabo, que está en obras; pero no existían grúas grandes ni medios algunos. Éramos de verdad en aquellos años, entre 1967 y 1979, solemnemente pobres para buscar dónde almorzar, a dónde ir. Y fueron los tiempos de esa carreta de dos ruedas que tú has evocado, que se conserva todavía, y que me vio con ella buscar piedras en el muelle para el vestíbulo del Palacio, o cargar aquel famoso mueble, desde el Ministerio de Comercio Interior, por la calle Empedrado, y que premió Alejo Carpentier con su comentario, que Lilia, que era mujer adusta y noble — a quien le debo mucho por su amistad y afecto–, me recordó un día, después de muchos años, y me alegró muchísimo saberlo. Porque en realidad traté poco a Alejo Carpentier, menos de lo que habría deseado; pero sí mucho a Lilia.
Sin embargo, en medio de esta historia está el año 1959, el mes de agosto. Recuerdo llegar a este lugar, y después ser remitido a la oficina de Emilio Roig de Leuchsenring, en la Plaza de la Catedral. Ni él ni yo sabíamos entonces el destino inmediato.

Escuchando a Aracely, a Eduardo y a María, pensaba yo que lo más importante es Cuba. Y como lo dije recientemente: todo cuanto he hecho se encamina hacia ese objetivo mayor que es, a mi juicio, lo más importante.
Allí encontré a María y a Gladys Monteagudo, su joven secretaria –a quien deseo hoy una recuperación posible en su salud–, que tanto me ayudaron. Y sobre todo, el carácter de Emilito que, ya enfermo y debilitado por el trabajo de los años, estaba perdiendo sus facultades para poder hablar. Él sí fue un gran orador de barricada, un temible contendiente de múltiples batallas, un escritor apasionado y tranquilo, que tenía sobre mí una ventaja –es lo único que podría usar como evocación de algo de él que desgraciadamente no tengo–: no asistía a reuniones, no tenía que ir a nada; terminaba a la una de la tarde su trabajo, salía caminando hasta su casa en la calle Tejadillo, y se ponía a estudiar y a escribir sus trabajos para Carteles o los libros que revisaba.
Allí, sobre su mesa, lo conocí con María, su fiel compañera y amanuense, incomprendida mujer en aquel entonces, que se había unido a un hombre que le llevaba 36 años de edad, al cual se dedicó con amor romano, y del cual cuidaba. Y fue la que se atravesó en mi camino: “¿Para qué quiere ver usted al Historiador?”
María sería mi gran amiga durante largos años. Sus restos los deposité personalmente, junto a los de él, en el Jardín de San Francisco. Esos nombres no me sirvieron como escalinata para ascender. No hay un solo momento de mi vida en que no le agradezca a él por su obra, por su plenitud de vida, por su vocación tan cubana, tan martiana, tan antiimperialista, tan resuelta a dedicarse a una cuestión mayor, que es Cuba.
Y escuchando a Aracely, a Eduardo y a María, pensaba yo que lo más importante es Cuba. Y como lo dije recientemente: todo cuanto he hecho se encamina hacia ese objetivo mayor que es, a mi juicio, lo más importante.
Este es un país de grandes olvidos, es un país en el cual se requieren sacerdotes cultores de los templos porque, de lo contrario, pronto se quedan desiertos. ¿Quién se acuerda de Enrique Gay Calvó, quién se acuerda con más fuerza que la habitual de aquellos hombres que conocí aquí en la oficina de Emilito, a Pedro Cañas Abril, a Sara Isalgué, a Salvador Massip, por ejemplo, o aquellos otros historiadores, que ahora son a veces referencias.
Tú mencionaste a la Dra. Hortensia Pichardo. Yo iba a visitarla a su casa en Juan Bruno Zayas, cuando ya ninguna lupa le era útil, cuando sus ojos azules se habrían quedado ya sin vida. En cuanto entraba yo en el salón, ella decía: “¿Es Leal?” Llegamos a tener una gran afinidad. ¿Quién recuerda a su esposo, Fernando Portuondo, un hombre tan bueno y generoso, un maestro de escuela como ella?
A veces nos damos cuenta de que es necesario –y quizás ha sido la razón del trabajo– buscar la memoria de los cubanos, y hablar, como se decía recientemente, y creo que lo decías tú, Eduardo, lo recordabas hace unos días, evocando a Luz y Caballero: “El que tenga al maestro tendrá a Cuba.” La importancia de la escuela en que tanto ha insistido Graziella Pogollotti, la importancia de la educación, de luchar contra toda forma memorística, de buscar la escuela creativa, que considera la emergencia como una circunstancia pasajera, que obliga a la búsqueda de la vocación. Lo que me llevó a este trabajo en definitiva fue la vocación. Fue muy difícil porque –como decía antes–, cuando se enciende una luz, inmediatamente las sombras se apartan, pero un poco más allá continúan.
He perdonado a todos los que de una forma terrible, en aquellos primeros años, se opusieron o no comprendieron.
Cuando se cerró el féretro de Emilito, en 1964, alguien le dijo a María: “Todo ha terminado, tú vas para tu casa ahora porque esto tomará otro camino.”
Fue muy difícil reunir su colección facticia, la que Aracely recordaba; fue muy difícil recoger los libros de su biblioteca “Francisco González del Valle”, nadie sabe quién fue prácticamente aquel gran amigo y hombre de la cultura cubana.
Tuvimos la satisfacción de encontrar personas buenas, cuando nada se vendía, sino todo era un dono. Vinieron los nobles, en tránsito de partir, a entregar un cuadro antes que cerraran la casa, para que fuese directo al Museo, o aquella persona que entregó sus papeles, o la emoción con que “Clara del Claro Valle”, (pseudónimo que utilizaba José de la Luz León), dejó aquel sobre, después de nuestras largas conversaciones en que nunca me dijo que tenía el diario de Céspedes, ni las cartas calumniosas contra Ana de Quesada, escritas por cierto por algunos hombres ilustres. El sobre decía: “Estos papeles son de mi Patria” y una petición que no pude cumplir: “Diga usted a Jorge Enrique Mendoza que, por favor, publique una nota en el periódico diciendo que José de la Luz León ha muerto en su Patria.” El concepto de Patria estaba por encima, era lo más importante para él.

"A veces nos damos cuenta de que es necesario --y quizás ha sido la razón del trabajo-- buscar la memoria de los cubanos"
Una viejita, que llegó a la barbería de Gilberto, cuando ya comenzaba a ser asediado por personas que me detenían, como ahora, en las esquinas, entró y le dijo: “¿Leal está aquí?” Y yo me levanté un poco molesto, porque ya ni allí me dejaban tranquilo. Y acudí. Y entonces la señora me dijo: “No, no, yo no vengo a nada; yo vengo a entregarle esta cajita. Son recibos que voy a quemar y cosas de familia que pensé que a usted le podrían ser útiles.”
Venían dentro unos recibos de una tienda en La Habana Vieja, con un grabado que me permitió restaurar La Marquesita, y otro recibo de otra tienda más. Y finalmente, al final, había una carta doblada. Esa carta, dirigida a José Dolores Poyo, y que José Luciano Franco abrió con emoción, decía: “No hay uno solo de nuestros viejos compañeros de armas que no sueñe en los días de gloria que darán a su Patria al desenvainar su espada junto al vencedor de Las Guásimas y de El Naranjo.” Y poco después decía: “Quien intente apropiarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo…” Me sentí aterrorizado.
Nunca más volví a ver a la anciana; pero me di cuenta de que no podía salir como una fiera, ni responder así a aquel que viene, sino que debía tener paciencia y mirar con amor a todo el mundo, porque cualquiera era importante, cualquiera podía traer la rosa más preciosa, el diamante –hablo metafóricamente– más apreciado.
Quise conocer a don Fernando Ortiz, quise llegar a las ruinas del Ateneo de La Habana para saludar a José María Chacón y Calvo; quise hablar con Gay Calvó con su voz queda, historiador de las banderas, de los símbolos nacionales; aquel maestro grande, con los más altos títulos de la masonería cubana. Él mismo era un misterio, era un símbolo del supremo grado 33. Conversar con todos y cada uno de ellos.
También aprendí la necesidad de diferenciar en cada caso. Sabía que debía tratar con respeto y con diferencia a las personas; que ofendería a Dulce María Loynaz si le llamaba compañera, al mismo tiempo que ella le respondía a Ana Viñas, cuando le preguntó: “¿Y usted por qué razón no se ha ido de Cuba?”, aquella respuesta tajante: “Porque soy la hija del General del Ejército Libertador que escribió el Himno Invasor.”
Aprendí todas esas cosas, que me permitieron ser flexible y ser uno más en la multitud de mi país, de mi Patria.
No guardo rencor al pasado; al contrario, he creído en la necesidad de ir al futuro desde el pasado. Sí tengo mucho cuidado en separar, como hombre de la historia, lo perecedero y caduco de lo perdurable y eterno.
He creído siempre que hay que entrar en la historia sin sombrero; porque, como he conocido a los grandes héroes contemporáneos, me imagino, en tan poco espacio de tiempo, cómo fue la vida, cómo fueron las confrontaciones, las dificultades y hasta los errores de los grandes hombres de la Historia.
No he creído en la infalibilidad de los hombres ilustres. Creo que se le hace un pésimo favor a la sociedad y a la historia cuando se les considera infalibles. Creo que fue un acto demencial de Pío IX proclamarse infalible, cuando estaba a punto de concluir el Concilio Vaticano I. Nadie sobre la tierra lo es. Por eso escribí, en el prólogo o ensayo que precede al Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes, que las figuras más grandes – las que más luz perciben – son las que más grandes sombras proyectan, pero que solamente puede entrar en las sombras el que ha visto la luz; de lo contrario, que ni entre, porque será siempre un profano, o más bien un profanador.
Soy un hijo de mi tiempo, con todos los defectos personales que he tenido. Todavía recuerdo el rigor con que debí aprender la ortografía castellana; todavía siento todas las ausencias que la buena educación, por el tiempo requerido, obliga a los más jóvenes a estar subvencionados en la Universidad, o en la escuela, desde la Primaria hasta la más alta.
No me avergüenza decir que soy, fui y seré un autodidacta, a quien simple y sencillamente le tocó vender café a domicilio, con gran elocuencia ejercitada para vencer la resistencia de mis iguales, las sirvientas de las casas señoriles, que decían: “La señora no está, aquí no compramos nada”, etcétera.
Fui vendedor de pollos. Y recuerdo que, muchos años después, llegó un anciano al núcleo del Partido Comunista en el Palacio de los Capitanes Generales –no voy a mencionar el nombre–, pero resultó ser el dueño de la pollería, que me explotaba, que ahora estaba transformado, gracias a esa capacidad de regeneración que tenemos los seres humanos.
Trabajé en el Hospital Calixto García como mensajero de una farmacia. Allí aprendí el dolor infinito de los que no podían comprar medicinas.
Fui un hombre de fe, y lo soy; nunca me avergoncé de ello. Pienso que me sirvió no tanto para tener confianza en una vida venidera cuando esta ya casi se acaba, sino me sirvió para defender la libertad de creer o no creer de cada persona.
He sido un defensor, en nombre de mi humilde cubanía, de la singularidad dentro de la igualdad. Y he creído en la unidad como el resultado de una suma de individualidades. El pueblo hace la historia, pero es una suma de individuos. El pueblo en sí, como tal, no piensa; pensamos todos.
Creo también que esta obra no es mía. A fines del año pasado, y previendo lo inexorable, decidí hacer un listado, para que nadie lo olvide, de todos mis compañeros y colaboradores que ya no están, encabezado por Emilito, María, Victoria, mi portero Gabriel, mi carpintero Luis; pero mi secretaria se equivocó y, después que vio el listado, me dijo: “Bueno, pero tiene que darnos usted la dirección para poderles remitir la carta que usted quiere.” Y digo: “No, esa carta ya no podré enviarla, esa carta está en un buzón invisible y les pertenece a ellos, les pertenece solamente a ellos.”
Puede el pintor hacer una obra magistral ante un lienzo vacío, puede el poeta escribir un verso, o puede un gran literato escribir una obra maravillosa; pero para hacer lo que yo he tratado de hacer, o en lo que me he aplicado, hacen falta muchas personas, y hace falta también una época.

"Más que comunista, fui fidelista, y lo soy. Estoy como confesándome ante la historia."
A mí me tocó una época. Emilito no pudo salvar el hospital de Paula, a duras penas salvó el templo de Paula frente a la geofagia de la empresa que se iba a proponer ampliar el tranvía eléctrico de La Habana; Emilito no pudo impedir, ni sus compañeros, la demolición de los grandes muros de la cárcel; solamente quedó un fragmento de la pared donde fueron ejecutados dos de los estudiantes de medicina en 1871; solamente Emilito y Gonzalo de Quesada, lograron enfrentarse y conservar los peñones de la Fragua Martiana, que iban a caer bajo la especulación inmobiliaria. Y Gonzalito, a quien conocí también, con su capacidad irónica inconcebible, me explicó la historia verdadera de cómo se salvó aquel templo para el conocimiento de Martí.
Agradezco mucho a las personas que están en este público; les agradezco por el día, por la hora y por el momento; les agradezco porque todo tiene su tiempo y su momento. Y como decía al comienzo, y ya termino, no he podido disfrutar de eso que algunos gozan, que es de la vanidad.
Quiero agradecer también al gran hombre de esta época, el cual creyó en mi palabra y en mi trabajo después de Emilito: a Fidel. Sería de una cobardía y una mezquindad imperdonables que ahora, que está anciano como Sócrates, junto a la roca de pensar y lejos ya de la vida pública, no agradecerle por su confianza y por las veces que estuve junto a él y aprendí y escuché de su palabra como dirigente político, como hombre también, como ser humano en todas sus facetas.
Más que comunista, fui fidelista, y lo soy. Estoy como confesándome ante la historia. ¿Por qué? Porque era yo absolutamente el más impreparado. De tal manera que la noche de aquel Congreso en Santiago de Cuba, bajo el barrunto de que vendría la hecatombe terrible, en medio de una lluvia que hizo temblar a los que estábamos para salir ante el público que aguardaba allí, a pie firme, la salida de los que habían sido nominados como miembros del Comité Central y electos por los comunistas, resultó que él fue saludando a los distintos recién llegados. A Abel Prieto –lo recuerdo–, lo fue a saludar: “¿Cómo estás, cómo te sientes?” Y fue a mí: “¿Cómo te sientes tú?” Y le dije: “Bien, sabía que llegaría a Obispo por la Iglesia o por el Partido.”
Y, bueno, heme aquí; no soy el mejor, pero creo ser el más original. ¿Que me visto de gris? Bueno, le diré a Eduardo la verdad: en aquella época era el uniforme no de los que combaten ahora a un mosquito que espantaría a Finlay por su capacidad de hacer estragos masivos en la sociedad cubana (1), cuando ya se creía dominado para siempre –el cantor de Egipto ha regresado; ese no es el tema; el tema es que era el traje de los médicos que iban al campo y era el traje de los cortadores de caña. Y como esta fue una obra de construcción que duró tanto tiempo, pues entonces me vestí para siempre con la ropa de los trabajadores. Pero no me dieron trabajadores para adelantar las obras del Palacio de los Capitanes Generales; me traían presos. Y los presos venían, y cuando entraban aquí al Palacio y los recogían por la tarde, se quedaban conmigo. Primero venían estos hombres a regañadientes, porque  se trataba de algo que no conocían; después los enamoré con la fantasía de una arqueología que para ellos resultaba maravillosa: se buscaban túneles y subterráneos en que en cierta medida aparecieron.
Entonces me vestía como ellos, y ellos empezaron a tratarme con mucha tranquilidad, con mucha amabilidad. Y algunos me dijeron: “El día que terminemos de cumplir nuestras condenas nos iremos a trabajar con usted. ¿Nos aceptaría?” “Claro que sí” les dije. Y un día volvieron algunos de ellos, algunos están todavía, y me acompañan con mucha lealtad. La única diferencia entre ellos y yo es que ahora el uniforme lo uso yo. No soy un preso en uniforme; sólo me siento prisionero de mi ciudad y de la obra. Quise hacer, como dijo Simón Rodríguez, un paraíso para todos, y en cierta medida construí un infierno para mí.
Alguien dijo –creo que fue Aracely– que también fui empresario. Bueno, en realidad es lo que más dolores de cabeza me ha causado. Porque lo peor que le puede pasar a un intelectual es que le den tareas administrativas. La única ventaja que he tenido es que puedo decidir las cosas.
Aprendí en la Iglesia maravillosa de Milán, Santa María de la Gracia, donde está salvada de un bombardeo La última cena, de Leonardo Da Vinci – ante el cuadro maravilloso -, que en la última cena estaba también Judas, aunque, como un acontecimiento providencial, tendría que preguntarse hoy el filósofo, casi al borde del agnosticismo: si Dios está en todas partes, ¿por qué permitió aquella traición?
Muchas gracias

(1) Se refiere al mosquito Aedes aegypti, una especie de mosquito culícido portador del virus del dengue y de la fiebre amarilla.