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martes, junio 10, 2014

Las lecciones de 1914

El historiador Christopher Clark defiende en ‘Sonámbulos’ que la I Guerra Mundial fue una elección de los hombres de Estado

 20 MAY 2014 - 00:05 CETTomado de   http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/19/actualidad/1400528763_920016.html

Pocas veces un libro de historia consigue un éxito global tan contundente como el que ha logrado el catedrático de CambridgeChristopher Clark (Sidney, 1960) con Sonámbulos, un ensayo de 800 páginas (más de 100 son notas) sobre el principio de la I Guerra Mundial. Harold Evans lo calificó en The New York Times de “brillante” y “fascinante”, mientras que el historiador R.J.W. Evans escribió en The New York Review of Books que era el “más consistente, sutil, perspicaz y provocador” de todos los libros publicados con motivo del centenario del principio del conflicto, que se conmemora este verano. El volumen, publicado en castellano por Galaxia Gutenberg, ha sido un best seller en el Reino Unido, Alemania y acaba de ganar en Francia el premio Aujourd’hui a la mejor investigación histórica. “Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”, escribe en este ensayo, en el que trata de cambiar la pregunta para entender el comienzo de la catástrofe de las catástrofes: no responder al porqué sino responder al cómo.
Clark, que confiesa que tiene el mail saturado de peticiones tras el éxito de su libro, visitó Madrid este lunes, invitado por la Fundación Ramón Areces, donde dio una conferencia dentro de un ciclo dedicado al aniversario de la I Guerra Mundial. “Más que intentar cambiar la respuesta mi objetivo era tratar de cambiar la pregunta”, explica en una entrevista. “Responder al porqué plantea muchos problemas ya que nos lleva a respuestas muy abstractas: imperialismo, chovinismo, nacionalismo y se van añadiendo causas hasta que se crea la ilusión óptica de que Europa era un volcán a punto de estallar, como si hubiese algo inevitable, como si las personas que tomaron las decisiones que llevaron a la guerra fuesen víctimas de otras fuerzas. Me parece una visión equivocada. Esta guerra fue elegida por los hombres de Estado que la desencadenaron. Pensar en cómo explica mucho mejor como ocurrieron las cosas”.
Cristopher Clark, historiador que firma 'Sonámbulos'. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Este historiador, profesor en Cambridge desde 1987 y autor un famoso libro sobre Prusia, Iron Kingdom. The Rise and Downfall of Prusia (1600-1947), lanza un puñado de ideas polémicas sobre aquellos días de verano que pasaron entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, el 28 de junio, y el inicio de las hostilidades, el 3 de agosto. La primera de ellas es que no hay un culpable claro, la segunda es que la guerra era perfectamente evitable, incluso, escribe enSonámbulos, “improbable”. La idea de que con decisiones diferentes de un puñado de actores se hubiesen evitado cuatro años de destrucción total y 20 millones de muertos, entre militares y civiles, no está claro si resulta inquietante o reconfortante.
“Imagine que el complot para asesinar al archiduque hubiese fracasado. Sabemos que hubiese regresado a Viena y hubiese despedido a su muy belicoso jefe del Estado Mayor, Franz Conrad von Hötzendorf. Las voces a favor de la paz hubiesen prevalecido. El peligro de guerra entre Austria y Serbia hubiese estado mucho más lejano. Imagine también otro posible camino: los británicos estaban barajando en el verano de 1914 abandonar su relación con Rusia y buscar una alianza con Berlín, lo que hubiese ocurrido en julio, pero no pasó a causa de la crisis. Se abre una constelación totalmente diferente. Las causas que explican cómo pasamos de Sarajevo a una guerra Europa, 37 días después, son decisiones a muy corto plazo, muy rápidas”.
Portada de la edición española de 'Sonámbulos', de Christopher Clark.
“Todos son responsables aunque alguno es más responsable que otros. Creo que las mayores responsabilidades se reparten entre Viena, Berlín y París. Quería huir de la noción de que la culpabilidad debe ser el concepto que lo organiza todo”, prosigue. “Hay que reconocer que con pequeños cambios, las cosas hubiesen sido diferentes”, dice. Clark ha escrito bastantes artículos sobre los paralelismos entre 1914 y 2014 porque terminó de escribir su libro cuando el euro estaba al borde del pricipicio. Cree que la comparación con la crisis de Ucrania es “superficial” pero que sí se puede establecer un paralelismo más profundo con la actuación de los Gobiernos europeos durante la crisis. “Todos los actores eran conscientes en 1914 de que existía el peligro de un desastre total, pero no era suficiente para superar su egoísmo. Los dirigentes de 1914 me recuerdan a los jugadores en un casino: existe una desconexión total entre las ganancias que los jugadores creen que van a conseguir y el mismo hecho de que el casino exista, y es un negocio precisamente porque al final siempre pierden”.
Sonámbulos es una mina de información sobre la Europa de principios de siglo, sobre los actores que empujaron el mundo hacia el guerra –todos hombres, destaca Clark, que “hacen referencias constantes a su masculinidad en su lenguaje”, otra idea del libro que ha provocado muchos comentarios–, sobre la diplomacia Europa, sobre guerras poco conocidas anteriores a la Gran Guerra –Libia, 1911, por ejemplo–. Pero también es una obra que enseña a leer el pasado con la mirada puesta en el futuro. “La gran lección de 1914 es que nos enseña hasta qué punto las cosas pueden ir mal cuando la gente deja de hablar, cuando el compromiso es imposible. 1914 también nos recuerda que las guerras pueden llegar como consecuencia de decisiones rápidas y de cambios súbitos e imprevisibles en el sistema”.


sábado, junio 04, 2011

Apuntes “indignados” en torno al Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia

Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=129743


Mundo Obrero


A falta de una mayor perspectiva a la hora de valorar la publicación del Diccionario Biográfico Español más que ante “novedad” nos movemos en el terreno de las obviedades. O acaso los historiadores e investigadores que han venido trabajando con rigurosidad la reconstrucción de la historia de España del siglo XX se podían esperar otro resultado. En la historia como en la política nada es casual. En torno a la Real Academia de la Historia el conocimiento popular venía a transmitir un conjunto de imágenes estereotipadas: falta de prestigio académico, clientelismo, sectarismo… pero sobre todo se nos aparecía como conservadora y elitista. Es decir, dentro del imaginario colectivo representaría al clásico “señor feudal” de los departamentos académicos. Lo que no nos podíamos imaginar –y por ahí se puede explicar el profundo rechazo a la citada obra– es que además de conservadora fuera profundamente reaccionaria y franquista. A todo ello se suma un hecho a tener presente: el director del Diccionario Biográfico, Gonzalo Anes, en principio, no aparecía vinculado a la corriente revionista franquista. Respetado historiador económico con títulos de referencia además está considerado como uno de los introductores de la obra del hispanista Pierre Vilar.
Como sucede con otros aspectos de la vida todo tiene su límite. Más en tiempos en que la reconstrucción y recuperación de nuestro pasado traumático, y por tanto de nuestra memoria e historia democrática, ha venido a desterrar mitos y símbolos, con el añadido de la demostración empírica de una política de exterminio del franquismo contra el adversario político. No se trata de ninguna cuestión baladí sino de “crímenes contra la humanidad”.
En el terreno de las responsabilidades apuntar dos ideas. Primero, la del Ministerio de Cultura . Dejando aparte varios interrogantes sobre la gestión de lo público, quizás lo que resulte más grave es la dosis de legitimidad política que confirió al Diccionario Biográfico el estar de cuerpo presente la propia Ministra de Cultura en su presentación. Lo que nos lleva a una pregunta: ¿desde el Ministerio no se leen lo que financian, lo que apoyan? La segunda reflexión a repensar es sencilla y breve: la gratuidad de hacer apología del franquismo y por tanto de despreciar a las víctimas de la dictadura. Lo que viene a demostrar, en suma, el excelente estado de salud de nuestro modelo de impunidad.
En fin, no quisiéramos desaprovechar la ocasión para invitar a los señores y seño ras académicos a que se acercaran a la experiencia investigadora que en el año 2002 la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas pondría en marcha cuando se procedió a revisar –en el buen sentido de la palabra– la historia del Partido Comunista de España. En tiempos nada fáciles en tanto el anticomuniscomo causaba furor, nuestro proyecto se sustentó en tres principios básicos: fin de la historia militante, rigurosidad en lo metodológico y lo teórico y ante todo se contó con los mejores expertos sin prejuicios ideológicos ni consignas. O dicho en otras palabras: entendimos y entendemos la historia como ciencia –como explicaba el mismo Pierre Vilar– frente a los propagandistas y los tergiversadores de lo histórico.
Fuente: Artículo publicado en Mundo Obrero, n° 237, junio de 2011. Versión extendida de la edición de papel.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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miércoles, agosto 11, 2010

La Fabrique scolaire de l’histoire, un libro para reflexionar y actuar

La Fabrique scolaire de l’histoire, un libro para reflexionar y actuar



Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=111168

Vladislav Marjanović

Tlaxcala

Traducido por Guillermo F. Parodi y editado por Manuel Talens

La verdad es que no se hubiera podido encontrar un mejor título para un libro sobre la enseñanza de la Historia en las escuelas francesas. En efecto, esta recopilación de artículos de especialistas en la materia, publicado en 2009 por la editorial Agone, bajo la dirección de Laurence de Cock y de Emmanuelle Picard, pone el dedo en una llaga ya bien purulenta de la educación escolar: la degradación sistemática del tratamiento de la Historia en la sociedad contemporánea. Se trata de un trabajo del “Comité de Vigilancia sobre el uso público de la Historia”, fundado en Francia en 2005 con el objetivo de reaccionar contra la instrumentalización del pasado.

El objetivo que tiene en su punto de mira es la situación en Francia. Pero puede muy bien ser la de todos los demás países, puesto que, ¿cuál hoy es el lugar de la Historia en nuestro bonito mundo global, si no el de un pariente pobre cuyo nombre no se menciona en los discursos oficiales sobre la financiación de la investigación científica?

Lamentablemente, la Historia no produce mercancías que puedan venderse y no mueve dinero. Una sociedad basada en estos principios puede incluso considerarla superflua.

Pero no es ese el problema que los autores de los textos publicados en la “La Fábrica escolar de la historia” han elegido resaltar. Lo que les preocupa es la forma en que la Historia se ha enseñado y se sigue enseñando. La conclusión es abrumadora: no fueron ni los científicos, ni los pedagogos quienes tuvieron la última palabra en la elaboración de los programas de historia, sino el Estado o, en particular, los círculos gubernamentales, que decidían en función de lo que consideraban su interés. Sólo cambiaron los objetivos del programa y su carácter. De la historia de los eventos, sobre todo políticos, en la cual se exigía de los alumnos el conocimiento preciso de nombres, fechas y lugares, se pasó a una historia de las representaciones y de los grandes temas. Desde entonces, se hace hincapié en las imágenes y las memorias en detrimento del acontecimiento, en lo político, en lo económico y en lo social. Así pues, en el primer caso, aprendían datos presentados en una continuidad, lo cual permitía fijar el lugar de los acontecimientos, pero por necesidades (políticas), si era necesario, se los deformaba o simplemente se los omitía. En el otro caso, la línea de evolución histórica se quiebra para beneficiar temas “transversales” y de “largo alcance”. Este enfoque, en apariencia más imparcial, ofrece pocas referencias que permitan comprender las causas de los eventos en toda su complejidad y permite que la manipulación de la Historia quede prácticamente intacta.

Pese a que los métodos de enseñanza hayan cambiado, el alumno en nada se beneficia. Al contrario, incluso ha salido perdiendo, dado que la enseñanza moderna favorece las generalizaciones al jugar con las “imágenes” y la sensibilización, en detrimento del análisis y la expresión. Por otra parte, la tendencia de los jefes de Estado a dar directivas sobre la interpretación de la Historia no ha desaparecido. Los presidentes Chirac y Sarkozy no dudaron en indicar a los historiadores que deben tener en cuenta el aspecto positivo del colonialismo. Incluso, se votó una ley (la ley del 23 de febrero de 2005 “sobre el papel positivo de la presencia francesa en ultramar”), retirada más tarde bajo la presión de la opinión pública. El hecho de que la enseñanza de la historia esté dirigida por los representantes del Estado, a veces por los de más alto nivel (como fue el caso de Georges Pompidou a principios de los años setenta), que no son ni historiadores ni pedagogos, no tuvo en el fondo más que un solo objetivo: el de impedir la formación de un espíritu crítico a fin de modelar una opinión pública a su gusto con un uso engañoso de los modelos y representaciones del pasado. He ahí, entonces, esas “ilusiones y desilusiones de la novela nacional”, como sugiere el subtítulo de la “Fábrica escolar de la Historia”.

Sin embargo pese a ser su lectura muy interesante e instructiva, los autores omiten en el libro la propuesta de alternativas. Así es difícil discernir qué métodos, qué pedagogía, permitirían reemplazar a la “Fábrica escolar de la Historia” ahora existente. La lectura de este libro deja la impresión de que los autores no parecen suficientemente interesados en la estructura mental de los escolares. Deberían haber tener en cuenta que la tierna edad de los estudiantes no les permite desarrollar un espíritu crítico sobre representaciones demasiado conceptuales. Sin el conocimiento de los hechos y de su encadenamiento, ¿cómo orientarse en el tiempo y en el espacio, cómo obtener las referencias y cómo comprender el mensaje que les lega el pasado? Para lograrlo ¿no será necesaria una narración simple y fácil de comprender? Los académicos de marca mayor tanto como los funcionarios de los ministerios que diseñan la enseñanza de la Historia en las escuelas tienen a menudo la tendencia a olvidar que los jóvenes prefieren el relato histórico en el que los eventos se encadenan y de los que querrían conocer la continuación, en vez de una presentación estática de los hechos, incluso si están respaldados por ilustraciones, mapas y estadísticas. Igualmente, el conocimiento de los protagonistas, de sus actos y motivaciones los motiva más que la exposición despersonalizada de grandes movimientos de pueblos y civilizaciones. Mediante esa argucia podría facilitarse enormemente el desarrollo de la argumentación y el espíritu crítico. ¿Por qué, entonces, no usarla?

Ahora bien, si una sociedad teme el desarrollo del espíritu crítico, y prefiere empobrecerlo, incluso hasta destruirlo, la mejor forma de lograrlo es privando a las nuevas generaciones de la capacidad de argumentar, sobre la base del conocimiento de los hechos históricos, del contexto de la época y de los intereses (ajenos a la moral) que los animan. Cuanto menos se conoce el pasado, menos se comprende el presente, se es también menos maduro como individuo o ciudadano y, a causa de ello, la posibilidad de que haya tentativas de cambiar el orden existente disminuye. La disminución de los cursos de Historia en la enseñanza escolar y la preferencia otorgada a los aspectos culturales sobre los que afectan a los intereses políticos y económicos ¿no concuerdan con esta lógica? Los autores de la “Fábrica de la Historia”, que, sin embargo, han indicado claramente cómo a lo largo del tiempo se manipulaba el discurso sobre la historia colonial, incluso sobre la Revolución francesa, parecen no atreverse a ir tan lejos en sus análisis. Perderá el tiempo quien busque palabras como “la manipulación de las mentes”, “propaganda” o “mitología política”. No encontrará ni la reflexión sobre el papel de los grupos industriales, de los círculos financieros, de las compañías multinacionales en la formación de la sociedad moderna y su impacto sobre la enseñanza de la Historia. No hay ninguna referencia al problema de la avidez por el poder, de la riqueza material, de la influencia del poder, de la irracionalidad de la dominación que, en nombre de las ideologías, incluidas las religiones, minan desde siempre la humanización de la sociedad. Probablemente, los autores, prefieren evitar que los traten de adeptos a las teorías de la conspiración. Pero, por otra parte, incluso si no ponen en evidencia explícitamente el tema de la descomposición del relato histórico como consecuencia de la mundialización mercantil, el contenido de sus trabajos deja percibir que de eso se trata.

El problema, al menos, está planteado. Queda pendiente encontrar la solución. No sólo en Francia, sino en todos los países del mundo. Puesto que la “Fabrica de la Historia” funciona en todas partes y la instrumentación de los dramas continúa. Después del bicentenario, La Revolución Francesa se ve privada de su importancia, el Holocausto convertido en tabú, los gulags ignorados y las masacres a ciegas de civiles, en los Balcanes o en África, seleccionadas y en caso necesario denominadas “genocidios” a fin de permitir que la “comunidad internacional” intervenga en esas zonas y que las multinacionales se establezcan allí. La Historia debe reaprenderse para que pueda responder a la misión de la que ha sido privada hasta el presente, a saber, la de orientar la vida de las generaciones futuras. Pero mientras se la siga “fabricando” ese objetivo no podrá alcanzarse. El mérito de “La Fábrica escolar de la Historia” consiste, sin embargo, en haber demostrado la perversidad de este método aplicado por el Estado en nombre de intereses muy ajenos a los científicos o pedagógicos. En ese sentido se trata de un libro que invita a reflexionar y a actuar.

Fuente: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=885

martes, marzo 23, 2010

The Ideas of Chomsky-BBC interview

very early and also very interesting interview with Noam Chomsky regarding his Linguistic work published at the time.
The last part contains a discussion of his political views regarding the Vietnam war and Libertarian Socialism.

viernes, septiembre 04, 2009

El problema de la relación entre la Verdad y el Bien en Immanuel Wallerstein


El problema de la relación entre la Verdad y el Bien en Immanuel Wallerstein

Luis Roca Jusmet
tomado de Rebelión http://www.rebelion.org/noticia.php?id=90818


Hace ya un tiempo mi amigo el sociólogo José Antonio Cerrillo me descubrió a Immanuel Wallerstein como un certero analista político que sabía combinar la radicalidad con el pragmatismo y el realismo. También me lo presentó, como efectivamente pude comprobar, como uno de los grandes teóricos para entender el capitalismo de una forma tan renovadora como rigurosa. Pero he de reconocer que me sorprendió encontrar un libro suyo, Las incertidumbres del saber (traducción de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, Gedisa, 2004) en la sección de filosofía. El libro es una coherente recopilación de unas conferencias relativamente recientes sobre unos aspectos epistemológicos clave que le ocupan desde hace unos años.

El texto está dividido en dos partes, tituladas “Las estructuras del saber” y “Dilemas disciplinares”, que son respectivamente un crítica del saber tal como lo entiende la sociedad capitalista y de la división artificial de las ciencias sociales en diferentes departamentos. Wallerenstein critica tres ejes fundamentales, a partir de los cuales muestra el problema y el camino de su superación.

El primer eje es la defensa de la ciencia y la crítica del cientificismo como herencia de Bacon, Descartes y Newton. Se trata de una ideología que entiende la ciencia como un saber universal absoluto y objetivo totalmente imparcial. Su aparición histórica hay que remontarla a la reestructuración de la Universidad que se da en la Baja Edad Media. En esta época existían cuatro Facultades : Teología ( la principal), Filosofía, Derecho y Medicina. La primera no sólo va perdiendo su importancia sino también su propia legitimidad, ocupando progresivamente un lugar marginal. Las dos últimas pasan a considerarse carreras prácticas más que saberes teóricos, con lo cual el lugar clave pasa a ocuparlo la Facultad de Filosofía. Pero lo hace a costa de sufrir una división interna en

Ciencia y Humanidades. Fractura interna que implicará una jerarquización, ya que se entiende que la primera se ocupa de la Verdad y la segunda del Bien ( y la Belleza), Y la Verdad es ontología y epistemológicamente más importante que el Bien ( y la Belleza) que pasan a ser temas puramente especulativos.

Esto nos lleva al segundo eje, que es que el axioma del saber en el capitalismo es la de las dos culturas, ciencia por un lado y filosofía por el otro. El científico aparece como objetivo e imparcial mientras el filósofo ( campo de las Humanidades) lo hace como subjetivo y parcial ( es decir siempre discutible).

El último de los tres ejes es el que nos permite situar a las ciencias sociales, cuyo estatuto es ambiguo porque oscila entre la ciencia y la filosofía. Aunque la escuela positivista quiera situarse en la primera y la hermenéutica parezca hacerlo en la segunda, en realidad ambas están atrapadas por el modelo newtoniano de buscar leyes universales. Y la propia estructura del Sistema-Mundo Capitalista es la que justifica las divisiones internas en departamentos separados., que representan la división mundial que despliega. Por una parte la diferencia entre países centrales/países periféricos se refleja en la división de economía/política/sociología por un lado y antropología/estudios culturales por otro. Las tres primeras disciplinas, que corresponden a los países centrales, responde a los tres registros en que consideramos que se mueven estos países : Mercado, Estado, Sociedad. Pero como estos países se entienden a sí mismos en una línea de Progreso entonces las tres disciplinas citadas corresponden al presente mientras que la ciencia histórica al pasado, buscando en este caso una objetividad imposible. Para querer ser imparcial sustituye los hechos por unos supuestos documentos primarios a los que atribuye ilusoriamente una fidelidad absoluta. Alrededor de estas disciplinas especializadas se han ido constituyendo unas estructuras institucionales jerarquizadas llamadas departamentos en torno a las cuales hay toda unas luchas por el prestigio y el poder.

Immanuel WallersteinLa propuesta de Immanuel Wallerstein no es una alternativa acabada, porque como él mismo dice, difícilmente podemos escapar completamente a las categorías de la sociedad que nos ha formado y en medida en que una transformación social bien orientada sea un hecho se irán definiendo mejores opciones en la práctica. Pero apunta sugerencias interesantes, la primera de las cuales es la de luchar por una única ciencia social histórica en la línea que preconizaba Fernand Baudel hace ya medio siglo. Otra es la de considerar la aportación de los estudios culturales entendiendo la ciencia como una construcción social y no algo puro e imparcial. La tercera es la de incorporar, siguiendo a científicos como Illya Prigogine, la incertidumbre al planteamiento científico, huyendo de enfoques deterministas de supuestas leyes universales. Para ello hay que plantear lo que él llama “el medio no exluido”, que consiste en buscar una alternativa entre el tiempo y la duración. El tiempo es el cambio y la duración es la permanencia y lo que propone Wallerstein es tener en cuenta los dos aspectos sin eliminar ninguna de ellas. Para ello hemos de entender la realidad, tanto la natural como la social, como estructuras históricas de larga duración pero finitas. Las ciencias físico-naturales, siguiendo el modelo newtoniano han negado el tiempo planteando que las leyes naturales son naturales e irreversibles, en contra de lo que han planteado posteriormente científicos como Prigogine : la necesaria consideración de “la flecha del tiempo”. Las ciencias sociales han caído contrariamente en lo contrario : centrarse en el acontecimiento y la coyuntura y olvidarse de la duración , que quiere decir de lo estructural. Pero tener en cuenta la permanencia estructural quiere decir enmarcar históricamente lo que analizamos en un sistema de larga duración. Y el modelo es que todo sistema tiene un origen, un desarrollo y una crisis, donde aparece una bifurcación con más de una alternativa que es imposible de determinar, tanto a nivel físico-químico como a nivel social. Es lo que llama, siguiendo otra vez a Prigongine, el caos determinista o el determinismo caótico.

Respecto a la cuestión central que plantea Wallerstein que es la separación de las dos culturas aquí si que hay mucho que elaborar y poco nos dice. La cuestión no es sencilla porque detrás de ella está el axioma cultural básico los planteamientos no religiosos, de la ética laica, que es la diferencia entre el hecho ( Verdad) y el valor ( el Bien). Otros autores actuales han avanzado posibles caminos alternativos pero creo que de una manera fallida. Por ejemplo Appiah ha intentado cuestionarlo sin resolverlo más que en términos retóricos. O Zizek cayendo en términos tan confusos como la mancha de nuestra mirada que nos impide ver más allá de ella y la verdad de la víctima, que siendo nociones interesantes no acaban de salir de un planteamiento relativista. En este debate hay muchos matices que considerar. Quizás habría que volver a David Hume cuando en el siglo XVIII señala la diferencia entre juicio lógico, juicio de hecho y juicio moral. Para él el juicio lógico es una operación formal, el juicio de hecho procede exclusivamente de los sentidos y el juicio moral del sentimiento, con lo cual sólo el segundo tiene que ver con la verdad. El debate fue crucial pero la ciencia ( y no sólo ella) ha seguido mayoritariamente la dogmática establecida por el positivismo de considerar estas afirmaciones como incuestionables, aunque filósofos de la propia tradición analítica como Quine la hayan cuestionado.

Finalmente quiero hacer referencia a un aspecto del estudio que me ha parecido enormemente sugerente. Es cuando Wallerstein habla en su artículo “La escritura de la historia” de los niveles de verdad que aparecen en tipos diferentes de narración, desde el cuento hasta la historia, pasando por el propagandista y el periodista. Wallerstein cita a La Comisión de la Verdad y la Reconciliación creada en Sudáfrica n octubre de 1998, que estableció cuatro tipos de verdad sobre la base de las cuatro categorías establecidas anteriormente por el juez Albie Sachs, de la Corte Constitucional de Suráfrica, que fue anteriormente una víctima del apartheid. Su división era entre la verdad objetiva ( la que trata los hechos que se citan en la narración), la verdad lógica ( la que deducimos o inducimos desde los hechos probados), la verdad de la experiencia ( en función de cómo ha vivido el narrador estos hechos) y la verdad dialógica ( la que surge en el debate entre los diversos narradores que relatan su experiencia). A partir de esta primera división la Comisión estableció cuatro categorías de verdad, inspiradas en las anteriores pero no exactamente iguales.que ellas. A las dos primeras las incluye en una sola, a la que llaman la verdad objetiva. Este planteamiento me parece muy ajustado porque pone de manifiesto que la verdad lógica es una simple derivación de una verdad anterior de hechos probados. Y también porque la única objetividad posible es la que aparece en la percepción común de un hecho. Lo que a veces se llama verdad por coherencia entra por lo tanto en esta misma categoría, aunque con un estatuto de probabilidad. La segunda verdad de la que hablan es la de verdad narrada que marcaría la dimensión interna del hecho, es decir, cómo lo viví realmente. La tercera verdad es la verdad social, que sería una verdad polifónica que recoge las diferentes verdades narradas por los protagonistas. Y finalmente la verdad restaurada o terapéutica, que tiene relación con la memoria de lo que pasó a las víctimas y en su testimonio para restaurar la dignidad herida. Aquí entraría la verdad de la víctima, formulado por Alain Badiou y recogida por Zizek.

No tenemos aquí una solución al problema, extraordinariamente complejo, pero si unas valiosas reflexiones que nos permiten ampliar el horizonte sobre cómo tratarlo.

martes, septiembre 01, 2009

Los costes humanos de la II Guerra Mundial


Los costes humanos de la II Guerra Mundial



Josep Fontana
Público

Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=90758


Se nos suele ofrecer una visión de la II Guerra Mundial que se compone sobre todo de escenas de batallas terrestres y navalesStalingrado, El Alamein, Normandía, Midway, protagonizadas por tanques, aviones, acorazados o submarinos. Pero si tomamos en cuenta lo que la guerra significó en términos de su coste en vidas humanas, que se cifra en torno a los 70 millones, su historia se transforma por completo .

Lo primero que sorprende es descubrir que la supuesta contienda mundial fue, sobre todo, una guerra entre alemanes y rusos: de los 20 millones de militares muertos, 16 eran de los ejércitos soviético y alemán, mientras que las de los ejércitos de Francia, Reino Unido y EEUU, sumadas, pasan muy poco de un millón.

De los 20 millones de militares muertos,16 eran de los ejércitos soviético y alemán

Más importante aún es percatarse de que una de las características que distinguen esta guerra de las que se produjeron anteriormente en la Historia es el hecho de que hubo muchas más muertes civiles que militares: por lo menos dos de cada tres de los fallecidos en la guerra fueron hombres, mujeres y niños asesinados al margen de cualquier proceso legal, aniquilados en campos de internamiento o de trabajo, o víctimas del hambre causada por la contienda.

Las batallas nos ofrecen espectáculos terribles: los 60.000 soldados alemanes muertos en Stalingrado y la destrucción producida en Kursk, la mayor batalla de todos los tiempos, en la que participaron millones de hombres, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Jrushchov, que recorrió aquel campo días más tarde, recordaría toda su vida los centenares de tanques que empezaban a oxidarse bajo el sol del verano, después de haber ardido con sus tripulaciones dentro, y el olor a muerte que se extendía por todos lados. O la última gran batalla de la guerra, la de Okinawa , donde murieron 70.000 soldados japoneses y 12.000 norteamericanos y donde perecieron también más de 100.000 de los habitantes de la isla, atrapados entre el fuego de ambos bandos.

Dos grandes carnicerías
Y, sin embargo, estos no son más que episodios menores en comparación con las dos mayores carnicerías de la guerra, que fueron el holocausto nazi y el más olvidado, pero no menos atroz, de los japoneses en su intento de conquista del continente asiático .

En el caso de los nazis, se habla siempre de los cerca de seis millones de judíos exterminados, pero se suele olvidar que no fueron las únicas víctimas, sino que hay que incluir, entre otros, a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos que fueron internados en reductos vigilados, sin alimentos para sobrevivir. La Guía del Holocausto de la Universidad de Columbia admite que, en una definición amplia, se puede considerar que las víctimas del holocausto nazi fueron unos 17 millones.

Mientras los crímenes nazis recibieron amplia publicidad al término de la guerra, no sucedió lo mismo con los de Japón, a quien se atribuyen de 20 a 30 millones de víctimas civiles, en especial de etnia china, pero que se benefició de una ocultación que favorecieron los norteamericanos, interesados en conseguir su colaboración en la Guerra Fría.

En comparación con la amplia difusión de lo sucedido en campos como el de Auschwitz, se habló mucho menos de las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles en los cruceros de la muerte y en unos campos de concentración en que se les obligaba a trabajos agotadores. O se habló mucho más de Mengele que del general Ishii Shiro, que dirigía el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan , cerca de Harbin (en Manchuria), conocido como "unidad secreta 731", donde un millar de investigadores japoneses experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos. Se decidió echar tierra sobre las responsabilidades de quienes habían participado en esta infamia y se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones.

Para satisfacer las demandas de venganza, se escenificó en Alemania una representación de castigo en el proceso de Núremberg, que dictó 12 sentencias de muerte, al igual que se hizo en otro proceso similar en Tokio. Pero la realidad fue que hubo poco empeño en castigar a los que habían cometido estos crímenes. Muchas sentencias de muerte a miembros de la Gestapo o de las SS fueron conmutadas al poco tiempo, de modo que algunos estaban a los pocos años en cargos directivos de las grandes empresas alemanas. Y los industriales, que se habían beneficiado explotando inhumanamente a los trabajadores esclavos, salieron bien librados. En especial los japoneses, que se niegan todavía hoy a pagar ninguna indemnización, alegando, como hace Mitsubishi, que es discutible afirmar que los japoneses invadieran China y que esta compleja cuestión debe dejarse para que la aclaren en el futuro los historiadores (en 2008 el general Tamogami, jefe de la fuerza aérea japonesa, sostuvo públicamente que la ocupación de territorios asiáticos la habían hecho para liberarlos del imperialismo occidental).

Millones de expulsados
Pero la existencia de estos casos de impunidad, de los que se beneficiaron sobre todo las clases dirigentes, no implica que la derrota no causara numerosas víctimas, de las que no se suele hablar y que no se agregan a las listas de las de guerra, como en estricta justicia debería hacerse. El mayor de los daños sufridos por los derrotados fue, en Europa, el del desplazamiento de civiles, en especial de alemanes, no sólo de las tierras ocupadas después de la conquista nazi, sino de regiones en que sus familias vivían desde hacía mucho tiempo. Todo comenzó con la despavorida marcha hacia el oeste de los que habitaban en la Prusia oriental, en Pomerania y en Silesia, ante el avance de los ejércitos rusos. En el verano de 1945, apenas acabada la guerra, cinco millones de alemanes habían participado en esta fuga. Y ése era tan sólo el comienzo. Lo peor fue la expulsión, en los tres años siguientes y de acuerdo con medidas aprobadas en Potsdam por las potencias vencedoras, de otros siete millones de hombres y mujeres que habitaban en Polonia , Checoslovaquia, Rumanía o Hungría.

El coste total en términos de vidas humanas de esta sangrienta posguerra europea, como consecuencia de los malos tratos, violaciones, linchamientos y suicidios que sufrieron los expulsados, en especial los que vivían en Polonia y Checoslovaquia, puede haber sido de unos dos millones de civiles, sin contar otros tantos, o tal vez más, entre los soldados presos en manos de los vencedores.

Japón se vio igualmente obligado a repatriar a cerca de siete millones, que no eran sólo los soldados, sino los numerosos civiles que se habían instalado en Corea, Manchuria y Taiwán.

Esta mirada hacia atrás sobre los costes humanos de la II Guerra Mundial debería no sólo cambiar nuestra percepción del drama de esta guerra, sino hacernos más sensibles a los costes humanos de la violencia que reina hoy en un orden mundial desquiciado, que sigue cobrándose vidas humanas en los últimos 10 años, por ejemplo, unos cinco millones en el Congo ante la indiferencia general.

sábado, junio 27, 2009

Yakob Rabkin, autor de En nombre de la Torah


Entrevista con el historiador Yakob Rabkin, autor de En nombre de la Torah
Judío, no sionista


Anna Maria Volpe
Peace Reporter
tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=87657


Traducido para Rebelión por S. Seguí




Yakob Rabkin es profesor titular de una cátedra del departamento de Historia de la Universidad de Montreal y miembro del Centro canadiense de estudios germánicos y europeos. En su libro En nombre de la Torah, Rabkin aborda la historia de la oposición judía al sionismo. Tema espinoso, del que se habla poco pero que resulta crucial para comprender la diferencia entre dos conceptos que a menudo se confunden y se solapan erróneamente: ser sionista y ser judío. En su libro, Rabkin explica cuáles son las razones teológicas y religiosas en que basan su rechazo del Estado de Israel muchos judíos.

En nombre de la Torah es un libro que ha levantado polémica y que tiene por objeto aclarar las diferencias entre la ideología sionista y el judaísmo. ¿Cuáles son estas diferencias? ¿Por qué según usted la existencia de Israel no sería compatible con los preceptos de la Torah?

El sionismo representa un movimiento nacionalista que tiene cuatro objetivos esenciales: transformar la identidad transnacional judía, basada en la Torah, en una identidad nacional según el modelo de las europeas; desarrollar una lengua nacional fundada en el hebreo bíblico y rabínico; trasladar a los judíos de sus países de origen a Tierra Santa; y establecer un control político y económico sobre Palestina. Tanto los sionistas como sus adversarios concuerdan en un punto: el sionismo y el Estado de Israel constituyen un momento de ruptura en la historia judía. Esta ruptura es el resultado de la emancipación y la secularización de los judíos en Europa durante los siglos XIX y XX. En el mundo judío europeo de finales del XIX, el sionismo aparece como una amenazadora e incongruente paradoja. Por una parte se trata de un movimiento modernizador que actúa contra la tradición, por otra parte idealiza el pasado bíblico, utiliza símbolos tradicionales y aspira a realizar concretamente el sueño milenario del pueblo judío. Sobre todo, el sionismo ofrece una nueva definición del ser judío: la identidad judía pierde su sentido normativo y el nuevo judío se asimila a una raza, a un pueblo o a una etnia. Esta concepción sitúa en un mismo plano a sionistas y antisemitas. El historiador israelí Yosef Salmon, a la vez que reconoce las múltiples posiciones que caracterizan la oposición religiosa judía al sionismo, da una definición: “En pocas palabras, el sionismo es visto como una fuerza de secularización de la sociedad judía (…) Dado que sus programas más importantes están asociados a la Tierra de Israel , objeto de las esperanzas mesiánicas tradicionales, es infinitamente más peligroso que cualquier otra fuerzas secularizadora, y por consiguiente es preciso criticarlo.” Ello explica la persistencia de la oposición al sionismo en los ambientes judíos tradicionales. Se trata de una oposición poco conocida y es por esta razón que la menciono. Este libro ha sido traducido inicialmente al italiano y luego a nueve lenguas. Lo que prueba la actualidad permanente de este asunto.

En el capítulo VI habla usted del Holocausto y de cómo éste ha servido para legitimar la ideología sionista. ¿En su opinión, ha habido una instrumentalización de este trágico acontecimiento?

Mi libro sólo trata superficialmente la instrumentalización del Holocausto, destinada a legitimar el Estado de Israel y la ideología sionista. Diversos estudiosos, entre otros Norman Finkelstein, han consagrado a este tema obras enteras. Mi libro añade a éste un análisis del discurso tradicional judío en relación con el Holocausto, incluyendo también las graves acusaciones dirigidas a los sionistas por diversas corrientes judías.

¿Por qué no se define usted como sionista?

Cuando Ben Gurión, en 1948, proclamó el nacimiento del Estado de Israel, en contra de la voluntad de los países limítrofes, e incluso de grupos judíos tradicionales, condenó la región a un conflicto crónico. Es una fuente de inestabilidad en el mundo y es el origen de la confusión creada entre el judaísmo rabínico, que aborrece el recurso a la fuerza, y el sionismo, ampliamente basado en la fuerza desde sus orígenes. Esta falta de claridad es peligrosa y deliberadamente mantenida y acentuada a fin de que el Estado de Israel pueda ser el único representante de los judíos en el mundo. Entre los sionistas y los judíos, laicos y religiosos, que se oponen a Israel hay una profunda fractura. Cada vez más a menudo los judíos se preguntan públicamente si el Estado-nación étnico establecido en Oriente Próximo es un buen garante de la seguridad de los judíos. Hay en muchos la preocupación por el hecho de que el sionismo militante destruye los valores morales judíos y pone en peligro a los judíos, israelíes y no israelíes. Comparto estas preocupaciones y, por mi parte, intento poner en evidencia aquello de lo que los padres fundadores estaban orgullosos: el antagonismo radical entre sionismo y tradición judía. Soy, por principio, opuesto a todo tipo de nacionalismo étnico exclusivo.

¿Qué responde usted a quienes sostienen que su tesis puede fomentar el antisemitismo y cuáles son los puntos en común entre antisemitismo y sionismo?

No recuerdo haber recibido críticas de este tipo. En cambio, quienes han leído mi libro consideran que puede aplacar la violencia anti judía en Europa, y que proporciona argumentos contra el antisemitismo: después de haberlo leído resulta imposible confundir el judaísmo con el comportamiento de un Estado que pretende hablar en nombre de todos los judíos. Hay algunos puntos de convergencia entre antisemitismo y sionismo que explican el rechazo del sionismo por parte del pueblo judío. Por ejemplo, la visión nacionalista del judío es propia tanto del sionismo como del antisemitismo que han sufrido los judíos en el curso del siglo XX. Ambos afirman que la verdadera patria del judío es Israel y no su país natal, en el que, según las dos ideologías, nunca podrá integrarse.

¿Estamos asistiendo al nacimiento de una opinión pública judía e internacional crítica con la capacidad de Israel de garantizar la seguridad a los judíos? ¿Qué papel puede tener esta corriente en la determinación de determinadas políticas israelíes?

Desde sus comienzos, el proyecto sionista ha recibido críticas. Hannah Arendt, Albert Einstein, Martin Buber y diversos rabinos han mostrado reservas en relación con el nacimiento de Israel. Y sin embargo, los sionistas han creado su estado sin prestarles atención. Hoy sería sin duda más eficaz convencer a los líderes políticos occidentales de que traten a Israel como a cualquier otro estado, sin tener en cuenta ni el mito del estado judío, ni el Holocausto. Por mediación de las capitales de sus países, los judíos pueden tener un impacto concreto y hallar la oposición que falta en Israel.

¿Cómo han acogido su libro en el mundo árabe y en el mundo judío?

He recibido muchos correos electrónicos de apreciación por parte de lectores judíos, cristianos y musulmanes. Grandes periódicos israelíes, libaneses, argentinos, canadienses, italianos y muchos otros han hablado del libro ofreciéndome la oportunidad de presentarlo. A la vez, diversos medios sionistas fuera de Israel han hecho el silencio sobre la obra.

Su libro termina con una frase del historiador israelí Boas Efron: “El Estado de Israel y todos los estados del mundo nacen y desaparecen. También Israel desaparecerá (…) Pero supongo que el pueblo judío seguirá existiendo mientras siga la religión judía, quizás algunos miles de años más. La existencia de Israel no presenta ninguna importancia para la del pueblo judío. Los judíos del mundo pueden vivir muy bien sin él.” ¿Cuál será el futuro de Israel, en su opinión?

La mayor parte de los israelíes no son judíos practicantes. Además, en un número significativo de casos, la ciudadanía israelí es equívoca, como ha demostrado recientemente el historiador israelí Shlomo Sand. Éste considera el pueblo hebreo como un concepto europeo, inventado para satisfacer las necesidades del sionismo. Es innegable que la formación de la identidad israelí nace en oposición a la judía tradicional. Israel niega esta evidencia, por cuanto pretende ser el Estado de todos los judíos del mundo antes que serlo de sus propios ciudadanos, judíos o no. Es en este punto donde noto tensiones internas, sin tener sin embargo la aspiración de predecir el futuro de este Estado.



S. Seguí es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

http://it.peacereporter.net/articolo/16327/Ebreo%2C+non+sionista


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LOS POLÉMICOS SESENTA
A 60 años de la creación del Estado de Israel
tomado de http://www2.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=3552&pagina=5
El historiador Yakov Rabkin -de paso por Argentina- escribe en exclusiva su crítica al sionismo como generador de antisemitismo en el mundo.

En el sesenta aniversario de Israel, sus representantes y sus partidarios extranjeros expresan su preocupación respecto del antisemitismo.

Ahora bien, muchos intelectuales judíos, en Israel y en otros sitios, consideran que las invocaciones de antisemitismo realizadas por Israel reflejan sobre todo la razón de estado y, más que aportarle seguridad a los judíos, los pone en peligro. De hecho, existen razones objetivas que impiden al Estado de Israel combatir el antisemitismo. La mayoría de ellas son estructurales, sin ninguna relación con el partido en el poder, porque el antisemitismo dio desde siempre la legitimación más sólida para el proyecto sionista en su conjunto.

En principio, los dirigentes israelíes buscan desesperadamente aumentar la población judía de Israel. Están abiertamente inquietos por lo que ellos denominan “la bomba demográfica”, es decir la posibilidad en perspectiva de que los judíos se tornen una minoría en Tierra Santa; para paliar esta amenaza, alientan la “Aliá” (migración de judíos hacia Israel).

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*El autor es profesor de historia de la Universidad de Montreal. Su último libro, En nombre de la Torah: historia de la oposición judía al sionismo, fue traducido a ocho idiomas.