domingo, febrero 26, 2012

Opinión del historiador Josep Fontana Demasiados retrocesos


Demasiados retrocesos




En una ocasión un periodista preguntó a don Ramón Carande, maestro de historiadores: “Don Ramón, resúmame usted la Historia de España en dos palabras”. La respuesta de Carande no se hizo esperar: “Demasiados retrocesos”.
Es verdad que la historia contemporánea de España parece caracterizarse por el hecho de que cada paso por el camino de la libertad viene seguido por un duro y generalmente prolongado retroceso. A la promulgación de la Constitución en 1812 –cuyo bicentenario va a celebrarse en tiempos nada favorables a la libertad– le siguieron desde 1814 seis años de feroz represión; al trienio de 1820 a 1823, en que el texto constitucional volvió a estar vigente, le correspondió una “década ominosa”, y así hasta los ocho años de progreso de la Segunda República, que nos valieron cerca de 40 de barbarie franquista. Ahora, según parece, vamos a tener que pagar las magras concesiones de la Transición con un “cuatrienio ominoso” en manos del PP.
Está claro que nos encontramos de nuevo en pleno retroceso, en especial por lo que se refiere a las libertades y derechos de los ciudadanos: la reforma laboral, la pretensión de limitar el derecho de huelga, los ataques a los sindicatos, los recortes en los servicios públicos de sanidad y educación, la voluntad de interferir en los contenidos de la enseñanza… Las consecuencias están comenzando a sufrirse: el recorte de 5.000 millones en el gasto de sanidad conduce ya al colapso de los hospitales y a la falta de atención a los pacientes. Las consecuencias en el terreno de la educación, por las que se están movilizando los estudiantes, tardarán tal vez más en dejarse sentir; pero sus efectos sobre la formación de las nuevas generaciones van a ser de larga duración y difícilmente recuperables.
Y eso es tan sólo el comienzo. Cuatro años de poder indiscutido, apenas iniciados, dan juego para un retroceso que nos va a dejar en muchos aspectos como en los tiempos de ese franquismo que la derecha española parece añorar.
Mientras los medios de comunicación que responden a los intereses de la derecha (no hay más que averiguar quiénes son sus propietarios para entender lo que defienden) jalean los productos más deleznables de un revisionismo histórico escasamente documentado que ha vuelto a descubrir el “terror rojo”, y silencian la mucha y buena investigación que se ha realizado en estos años acerca de la represión franquista, se ha podido llegar a la aberración de condenar a un juez por atreverse a llevar a cabo unas investigaciones que los gobiernos del PSOE, que debieron haberlas patrocinado, se limitaron a tolerar de mala gana. En Estados Unidos se ha publicado una estampa en que se ve el fantasma de Franco bailando sobre la condena de Garzón, con un texto que dice: “España demuestra la falsedad de la versión whig de la historia”, esto es, de la versión establecida en que, según la definición de la Wikipedia, “se representa el pasado como una progresión inevitable hacia cada vez más libertad y más ilustración”. En Catalunya, el actual Gobierno de derechas ha cerrado el local que el Memorial Democràtic tenía en el centro de la ciudad y lo ha trasladado a lo alto de la montaña de Montjuïc, a la vez que ha anunciado su intención de que la institución se encargue también de conmemorar a los “caídos por Dios y por España”, como si estos no hubiesen sido ya suficientemente conmemorados durante cerca de 40 años.
Ante el asalto sistemático a nuestros derechos y nuestras libertades hay que proclamar, en primer lugar, que no es verdad que el conjunto de estas medidas restrictivas conduzcan a mejorar la situación económica y a favorecer un aumento de la ocupación. Lejos de ello, se trata de un mecanismo por el que cada restricción crea más paro, disminuye la producción y el consumo, reduce con ello los ingresos por los impuestos con los que los gobiernos aspiran a pagar deudas y les fuerza a nuevos recortes, paro y déficit de ingresos, en un círculo mortal que conduce al suicidio colectivo. La experiencia de Grecia puede mostrarlo: la cuarta parte de las empresas ha cesado en su actividad desde 2009, la mitad de los pequeños negocios no puede pagar los sueldos, la tasa de suicidios ha aumentado en un 40% y cerca de la mitad de la población por debajo de los 25 años está en el paro.
Pero es que además, como dice Michael Hudson, profesor de Economía de la Universidad de Missouri, en un artículo titulado “La transición de Europa de la socialdemocracia a la oligarquía”, lo que está en juego en estos momentos va más allá de los resultados económicos inmediatos; se trata de “un golpe de Estado oligárquico por el que los impuestos y la planificación de la economía y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por el cártel internacional de los banqueros”.
En los tiempos más duros del franquismo, Jaime Gil de Biedma publicó en un folleto clandestino unos versos memorables: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal”. Pero incluso entonces expresaba su esperanza de que pudieran un día cambiar las cosas para hacer del hombre “el dueño de su historia”. Sólo luchando contra los retrocesos y defendiendo unos derechos que se ganaron con dos siglos de luchas sociales podremos enderezar el rumbo y recobrar el control de nuestra historia.
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/4877/demasiados-retrocesos/

viernes, enero 13, 2012

Entrevista con Philippe Bourgois. Cuando el respeto destruye

 

Profesor de Antropología y Medicina Familiar en la Universidad de Pensilvania, Philippe Bourgois ha publicado numerosos artículos sobre pobreza, drogas, violencia y VIH. A mediados de los 80 se instaló en East Harlem, uno de los barrios más postergados de Nueva York, y pasó allí cuatro años, en contacto con los vendedores de crack. El resultado es “En busca de respeto”, que acaba de editar Siglo XXI.

Por Luis Diego Fernández tomado de http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0499/articulo.php?art=23882&ed=0499

 

En 1985 el antropólogo francés Philippe Bourgois se instala en el East Harlem, en Nueva York. En aquel entonces era el barrio más pobre de Manhattan y corazón de la comunidad portorriqueña. El trabajo de campo de Bourgois se basa en el contacto cotidiano con los vendedores de crack y el circuito de la droga. Esta investigación tuvo su forma en el libro En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem.

En diálogo con PERFIL, el autor repasa cuestiones centrales como el racismo, la extrema pobreza o la importancia del hip hop como un canal de legitimidad latina.
—¿En qué sentido usted conecta el concepto de biopoder en Foucault con el análisis antropológico del Barrio?
—Yo había leído a Foucault pero no utilizaba sus teorías; años después empecé a leer más, particularmente la Historia de la sexualidad, en especial los conceptos de biopoder y de subjetivación. Y de saber-poder como creadores de redes en las cuales estamos atrapados, construidos y sujetados. Lo que yo veo hoy es que las clases empobrecidas se están muriendo a causa de la droga. El 68% de la población afroamericana femenina padece de híperobesidad. Eso es precisamente lo que Foucault nos hace ver. En mi trabajo veo útil unir un estudio de clase con un análisis de biopoder y de subjetividad.
—¿Cuál es la relación entre la venta del crack en las comunidades latinas de Nueva York con la búsqueda de respeto?
—En el título traté de poner el grano grueso del argumento del libro. Este fenómeno de vender y consumir crack debe entenderse como un esfuerzo por parte de la población que no logra un ascenso social en la economía legal, entonces busca la economía ilegal de la droga como su modo de sobrevivir y superarse. La tragedia que tenemos es que todos los jóvenes con carisma y entusiasmo como César, Primo y Ray meten sus energías en la economía del crack y el resultado es la destrucción de su propia comunidad, ellos tomando lo que venden y envenenando a su vecinos. Ese fenómeno de la epidemia del crack debe ser entendido como el resultado de la exclusión. Del esfuerzo de un sector para superarse y en ese esfuerzo destruirse y destruir a sus vecinos.
—¿Cómo se puede entender esta dialéctica entre la integración y el ghetto?
—Es importante comprender que Estados Unidos es casi un país caricaturesco en los procesos de racismo, discriminación y autoidentificación étnica. Hay una gran ansiedad en todo lo que tiene que ver con la raza, y la cultura. Y sobre el moralismo en torno a eso. Están siempre juzgando unos a los otros. Esto tiene que ver que con el origen del país: el genocidio de los indígenas, la importación de africanos como esclavos, la conquista de México, todo eso tenía que ser justificado en términos racistas, de superioridad cultural, en términos de los blancos europeos. Esa historia de racismo y superioridad chauvinista existe todavía. Y el ghetto representa los efectos modernos de esos procesos históricos que empezaron hace doscientos años.
—¿Se puede pensar que el hip hop también tiene una finalidad parecida a la venta de crack en el sentido de buscar el respeto, o no?
—Ocupan los mismos espacios. Son dos formas de buscar respeto. El fenómeno del hip hop es algo muy bonito que surgió de la exclusión, de no tener acceso a la cultura de clase media, se reconstruyó una propia cultura con mucha energía y creatividad en el rap, el break dance, el graffiti, la manera de vestirse, etcétera. Pero luego hay una tendencia que es el gangsta rap que sí tiene que ver con el crack en el sentido de la búsqueda de poder, de dinero, de dominación machista sobre la mujer en términos muy brutos, y eso es lo que domina ahora a nivel popular y comercial dentro de la música rap, esa línea de buscar respeto a través de lo material, de la violencia y la dominación masculina sobre las mujeres.
—¿El maltrato femenino, como usted describe en la comunidad latina, existe aún hoy?
—Ahora estoy haciendo un trabajo de campo en el guetto de Filadelfia, también en un barrio portorriqueño, y me parece que no ha cambiado nada luego de esos años, más bien se ha reproducido más por toda la lógica del éxito del gangsta rap. En parte esa misoginia que se ve en los hombres es un deseo de recrear el poder que han perdido, entonces lo asumen violentamente y con exageración sin tener una base económica y de respeto patriarcal y tratan de reconstruirlo artificialmente a través de la violencia.
—¿El latino y el afroamericano como un modelo a copiar?
—El vínculo es específicamente entre el portorriqueño y el afroamericano. Es una cosa realmente interesante de Estados Unidos que no es bien entendida y que deberíamos pensar un poco más. Hay una cierta fascinación de parte de la sociedad norteamericana toda hacia la cultura afroamericana. Hay cierto respeto y, al mismo tiempo, hay un racismo importante.
—¿Desde 1985 en que usted se fue a vivir al Barrio a hoy, ve cambios o se mantienen las mismas características?
—Ese Barrio ha cambiado dramáticamente por dos razones. Y es algo relacionado con Nueva York. Por una parte, está la inmigración mexicana que lo ha vuelto un barrio obrero más sano, con gente trabajando legalmente. Por otra parte, hay una blanquificación. Y un desplazamiento de la población pobre. En Manhattan la población aumentó casi un millón en los últimos 15 años, y eso ha recaído sobre la población pobre que ha sido expulsada a vivir ni siquiera en Brooklyn, Queens o Bronx –de donde también han sido expulsados–, yéndose a los pequeños pueblos del Estado donde realmente no hay nada, sólo viejos depósitos y cárceles.

 

martes, enero 10, 2012

Libro “Delito, Poder y Control en Costa Rica. 1821 – 2000” editado por José Daniel Gil Zúñiga y Juan José Marín

Me es un orgullo informar que está a disposición en formato digital y de libre acceso el libro "Delito, poder y control en Costa Rica, 1821 - 2000", el libro se puede bajar del Repositorio Rafael Obregón en la siguiente dirección web: http://historia.ucr.ac.cr/repositorio/handle/123456789/298

El libro “Delito, Poder y Control en Costa Rica. 1821 – 2000” editado por José Daniel Gil Zúñiga y el suscrito, reúne una serie de reflexiones que se hicieron entre 1989 y el 2001 sobre la problemática del control social y la delictividad.

A pesar de su relativa longevidad académica el libro permite visualizar la investigación realizada sobre esas problemáticas que hasta ahora ha estado como obra “gris”, es decir, en anaqueles de bibliotecas o de archivos.

El rescate se estos trabajos pretende crear una nueva discusión sobre el tema de la delictividad y el control social, en una época dominada por la construcción social del miedo y de la criminalización de la protesta popular.
Un agradecimiento a Juan Carlos Vargas que donó la edición de este libro electrónico. Tiramos unos cuantos ejemplares que estarán en las principales bibliotecas de la UCR.




Indice
INTRODUCCIÓN:
DELITO, PODER Y CONTROL EN COSTA RICA. 1821-2000 . . . . . . . . . . . . 9
CAPÍTULO 1:
EL SISTEMA JURÍDICO DE MEDIACIÓN COTIDIANA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA LEGITIMIDAD: EL CASO DE COSTA RICA, 1821-1840
José Antonio Fernández Molina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . 13
CAPÍTULO 2:
LAS FALTAS Y LAS FELONÍAS EN COSTA RICA, POR REGIONES DURANTE 1880 Y 1940
Juan Juan José Marín Hernández . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .   . . . . . . .25
CAPÍTULO 3:
DELITO Y CONTROL SOCIAL EN LA PROVINCIA DE HEREDIA, 1885-1941
José Daniel Gil Zúñiga . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . .77
CAPÍTULO 4:
PERSEGUIDOS POR SU PROPIA TORTURA: SUICIDAS EN CENTROAMÉRICA (1905-1914)
Ana Paulina Malavassi Aguilar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . .113
CAPÍTULO 5:
DROGAS Y EL IMAGINARIO COLECTIVO ENTRE 1949 Y 1973 EN COSTA RICA
Ana Ordoñez Sequeira . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . 141
CAPÍTULO 6:
NOTAS PARA UN FINAL. UNA VALORACION DE LOS ESTUDIOS DE LA DELICTIVIDAD Y EL CONTROL SOCIAL
Juan José Marín Hernández . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . .171



martes, diciembre 06, 2011

El antropólogo Marc Augé señala la realidad de un mundo enfermo de imágenes



“Internet es solo una ilusión de conocimiento”

elarcadigital


—Muchos comentaristas vienen evocando desde hace unos 10 años una suerte de malestar generalizado que se ha acuñado en casi todas las sociedades humanas. ¿Cuál es, para usted, el origen de esta extraña sensación planetaria?

—Creo que el gran malestar proviene del cambio de escala. Cuando reflexionamos sobre el contexto de cualquier acontecimiento, este se sitúa a escala planetaria. Ello conduce a que, incluso con un acontecimiento pequeño, el mundo entero está en tela de juicio. También somos conscientes de que el capitalismo consiguió su internacionalización. Estamos encerrados en el sistema, y no sólo en el del mercado. Las referencias locales son insuficientes, los individuos son más individuales pero o son consumidores o excluidos del consumo. Este conlleva cierto vértigo, y bajo cientos ángulos un vértigo metafísico. Creo entonces que la instalación del sistema planetario nos hace sufrir. Podríamos tener una percepción gloriosa de todo esto y decirnos que todos los seres humanos son hermanos, o celebrar la humanidad y la universalidad. Pero estamos lejos de todo esto por dos razones: la primera porque estos cambios intervienen bajo el signo de la economía; la segunda porque las transformaciones acarrean resistencias que a menudo son opacas y un poco locas. Vemos por ejemplo el desencadenamiento de los integrismos más radicales. Uno se pregunta hacia dónde habría que mirar para encontrar algo alentador.

—Hay algo a la vez nefasto y tentador en la instantaneidad con la cual funciona el mundo. En uno de sus libros, Las formas del olvido, usted planteó el olvido como condición para saborear el presente, y el instante, para recuperar lo que las formas actuales de la instantaneidad nos substraen.

—La instantaneidad es hoy la consigna del mundo. Paul Virilio ha descrito muy bien esta ubicuidad de la instantaneidad. Pero yo me refiero a otro instante, a un instante más íntimo, el instante de la relación con nosotros mismos, el instante del encuentro con los otros, con una mirada, con un paisaje, con una idea. No hay identidad individual o colectiva que pueda construirse sin el otro. La soledad absoluta es impensable. El itinerario del individuo pasa por el encuentro con los demás. Por eso, cuando evoco el instante, es por oposición a todo lo que está marcado por el pasado. Tenemos una tendencia a encontrar la explicación de todos los fenómenos en el pasado, sea en la perspectiva marxista o analítica. Desde luego, no se puede negar la importancia del pasado en la construcción individual y colectiva, pero diría que los momentos de creación son los momentos que escapan a esa gravedad. Para mí, el instante es justamente eso, un momento en el que el tiempo cambia de registro, hay un tiempo que circula pero que no depende de lo que pesa sobre él. Un instante sin culpabilidad.



—Usted escribió en una ocasión que bastaba con ampliar la distancia para que los peores horrores se borren. Sin embargo, hoy la distancia se ha estrechado y los horrores se borran igual. La proximidad no nos redime del olvido.

—Sí, es cierto, hay un efecto doble. Cuando escribí eso pensaba en esos aviadores que lanzan bombas. Para ellos el daño ocasionado era abstracto. Hoy basta con encender la televisión para ver cadáveres en abundancia. Pero, en cierto modo, lo que torna las cosas abstractas es la acumulación. La visión de proximidad de la televisión produce el mismo efecto que la distancia. Creo que no nos damos cuenta de lo que pasa, de la gravedad. —¿Usted diría que el relato a través de la imagen nos deshumanizó?

—En cierta forma sí. La imagen es la mejor y la peor de las cosas. Estamos orgullosos porque la imagen nos acerca de todo. Sin embargo, al mismo tiempo que nos acerca nos aleja. La imagen también tiene otro efecto perverso: nos hace ilusionar con que conocemos porque nos permite reconocer. Pero el reconocimiento no es el conocimiento. Es un juego perverso, es la ignorancia que se desconoce a sí misma.

—En su último libro usted hace una asombrosa recomendación: “Debemos escapar a la pesadilla mítica”.

—Con ello me refiero a la fórmula de Walter Benjamin, cuando cuenta que, en el fondo, la aparición del relato organizado, de los cuentos donde el niño triunfa ante el grande o ante el ogro, todo eso deshace el impacto de los relatos míticos donde las brujas se comen a los hombres y unos cuantos horrores más. La pesadilla mítica son los mitos originales, las cosmogonías, las cosmologías y toda una panoplia de mitos horribles y caóticos. Benjamin pensaba que el relato era una forma de alejarse de esos horrores. La pesadilla mítica siempre se relaciona con la indistinción, la indistinción entre el bien y el mal, entre los sexos, entre las distintas generaciones, etc., etc. Podemos preguntarnos entonces si no hay un riesgo de una nueva indistinción a raíz de la abundancia de imágenes. Esa abundancia nos remite a una suerte de amenaza mítica. Hay que tener cuidado. Debe haber formas narrativas capaces de poner la imagen a distancia para que la imagen se quede en lo que es, o sea, una ilustración y no una realidad. Los progresos tecnológicos nos llevan a tomar la imagen por algo real. El pensamiento escrito es mucho más articulado y es eso precisamente lo que necesitamos: un pensamiento articulado frente a la cascada de imágenes. La escritura aporta otra cosa. Sin embargo, también es lícito interrogarse sobre la noción de escritura dado que el enemigo se instaló en ese campo. Basta con abrir Internet para darse cuenta de que casi todo lo que circula allí es oralidad primitiva, primaria. —Internet es también, para usted, una suerte de ilusión. —Sí. Creemos que Internet es un fin en sí, y eso es una ilusión. Se cree que basta con ingresar en ese universo para pertenecer a la comunidad de los comunicantes. Eso es ilusorio. No pertenecemos a nada. Recién hablaba de la ilusión del conocimiento. Con Internet ocurre algo similar. En nuestra computadora tenemos toda la ilusión del mundo, pero ese conocimiento sólo es útil para quienes ya saben algo.

—Pareciera que el mundo moderno es una sinfonía de ilusiones. Usted sugiere, por ejemplo, que la misma idea de comunidad es ilusoria.

—Hay palabras detrás de las cuales ya no se ponen conceptos. Esas palabras funcionan como códigos para pasar. Cuando decimos cultura, cuando decimos diferencia, cuando decimos comunidad, yo me pregunto ¿de qué estamos hablando? Por ejemplo, cuando se dice “sociedad multicultural” no sé de qué se está hablando. Trabajé un tiempo en una localidad muy pequeña de Costa de Marfil. Pues allí había una multitud de grupos cuyas culturas diferían. Sus referencias eran distintas y sus idiomas también. En cada cultura cada individuo tiene una relación diferente y desigual con esa cultura. La multiplicidad de la referencia cultural es enorme. Cuando hablamos de sociedades multiculturales nos estamos refiriendo a la coexistencia de culturas en el sentido más impreciso, más borroso. ¿Qué son la cultura africana o la cultura asiática sino un conjunto de lugares comunes que no dicen gran cosa? La noción de multiculturalismo es abstracta. En suma, cada vez que hablamos de colectividad estamos recurriendo al lenguaje de la ilusión. Ponemos las cosas al revés. Habría que darlas vueltas a partir del individuo, que es nuestra única referencia concreta. No se trata de una sociología del egoísmo o del egocentrismo. No hay individuo sin relación. Por ello se puede estudiar la elaboración de las relaciones entre los individuos. Esto está en el corazón de la democracia, la cual debe fijar la manera en que nos relacionamos con el otro. La soberanía del individuo está limitada por el hecho de que no está sólo. La soledad absoluta conduce a la locura. Lo mismo ocurre con la totalidad impuesta, que también conduce a la locura. El papel de la democracia debería consistir en elaborar un compromiso para conciliar la individualidad y la alteridad.



—Usted introdujo un concepto hipermoderno en su definición de los bloques del mundo. Tomando como base el famoso artículo de Francis Fukuyama en el cual, con el triunfo de la democracia liberal, promovió la idea del fin de la historia, usted escribió que eso condujo al enfriamiento de Occidente.

—Me referí con ello a la idea de Claude Lévi-Strauss sobre las sociedades frías y las sociedades calientes. Si se afirma que la historia se terminó entonces pasamos al lado frío. La idea sobre el fin de la historia no significa que los acontecimientos se acabaron sino que la fórmula, la receta, fue encontrada: es decir, el mercado liberal y la democracia representativa. Pero esa idea choca con muchas objeciones. La primera: el mercado liberal se las arregla muy bien con los regímenes dictatoriales. Esto significa que la liberalización de los mercados, la libertad de los intercambios, no garantizan el advenimiento de la democracia. Hay una paradoja en el postulado del fin de la historia: es una suerte de marxismo al revés. Es la idea de que la organización de la producción desemboca en formas sociales. Creo que ha sido el último gran relato que conocimos. La segunda objeción es que no nos dirigimos hacia un mundo de desigualdades reforzadas. El ascenso de algunos Estados, los llamados países emergentes, alimenta la ilusión de que el mundo va hacia más igualdad. Es cierto que hay países emergentes pero, al igual que en los países desarrollados, dentro de los emergentes se constatan fenómenos de desigualdad creciente. La distancia entre ricos y pobres es cada vez más importante, y lo mismo ocurre con el acceso al conocimiento y a la ciencia. Diría que la globalización no difiere mucho de la colonización. Vivimos una suerte de colonización anónima o multinacional. La globalización nos ha emparejado. El Tercer Mundo tiene problemas que no son muy distintos a los de Occidente, por ejemplo en lo que atañe la migración. Los migrantes ya no van del Sur al Norte sino también del Sur hacia el Sur. En Occidente hay una tradición de arrogancia que no encontramos en el Sur, pero no estoy seguro de que los problemas sean fundamentalmente distintos. La globalización creó las mismas problemáticas en todas partes. No creo que sea oportuno hacer la apología de Occidente o cuestionarlo. El cuestionamiento de Occidente permite a las dictaduras locales fabricarse una virtud a cuenta propia. Soy más universalista. Creo que todos compartimos el horror.

Hay, de hecho, una tecnooligarquía y una oligarquía financiera que colonizaron el mundo.

—Sí, y cada vez más nos dirigimos hacia ese modelo de oligarquías. En algunos lugares del mundo vemos una concentración muy fuerte de poder, conocimiento y riqueza. Hay entonces una clase oligárquica debajo de la cual encontramos una clase de consumidores –sin ellos el sistema no funciona–, y después vienen los excluidos, esas clases que no son necesarias para que la máquina funcione. Este esquema excluye todo modelo de revolución. Para que hoy una revolución tenga lugar, debería situarse a escala planetaria. Conservé una idea mítica de la Revolución francesa, que, desde luego, también cometió horrores. Pero conservé la idea de que la Revolución francesa se hacía en nombre de principios. Hoy no sé cuáles son los principios. Lo que está en juego es enorme: transformar el planeta en un lugar donde todos los seres humanos se reconozcan es un desafío formidable. Pero la historia no funciona así.



Recuerdo el libro que usted escribió sobre la bicicleta y en el cual apuntaba que andar en bicicleta es una suerte de nuevo humanismo. ¿Deberíamos todos andar en bicicleta para recuperar un poco de humanidad? ¿Acaso ya no es demasiado tarde ante el avance de la globalización, la pobreza, la especulación, el vacío planetario de las imágenes?

—La experiencia de la bicicleta me permitió subrayar que todo está en relación con el tiempo y el espacio. En ese sentido, la bicicleta corresponde a la necesaria dimensión individual. Cuando estamos sentados ante nuestras computadoras estamos sumergidos en un universo ficticio de instantaneidad e ubicuidad. Si tenemos trabajo estamos asfixiados por la manera en que está concebido fuera de nosotros, y si no tenemos trabajo estamos aplastados como individuos. Hay una suerte de totalitarismo liberal muy pesado. Entonces ¿qué podemos hacer? A escala individual, creo que el único medio de escapar a la ilusión es tener su propia relación con el tiempo y el espacio. La bicicleta es un buen instrumento: nos remite a la infancia, a la vejez, nos remite a la noción de las distancias que es preciso recorrer, al control, etc., etc. ¡Desde luego, no se puede reformar el mundo pregonando la reforma individual y la bicicleta! Estamos todos condenados a la utopía mientras seamos mortales. Aún no hemos terminado de redefinir la finitud del ser humano, la materialidad del espíritu y el devenir de la historia.

*Corresponsal de Página 12 en Francia. Esta entrevista fue publicada en ese diario el 21.11.11.

http://www.elarcadigital.com.ar/modules/suplementos/articulo.php?id=168

domingo, diciembre 04, 2011

El segundo viento del movimiento en pos de justicia social



Durante las protestas en la plaza Tahrir en noviembre de 2011, Mohamed Alí, de 20 años, respondió a la pregunta de un periodista –de por qué estaba ahí– diciendo: Queremos justicia social. Nada más. Es lo menos que merecemos.
La primera ronda de movimientos asumió múltiples formas por todo el mundo, la llamada Primavera Árabe, los movimientos de ocupación que comenzaron en Estados Unidos y luego se diseminaron por un gran número de países, Oxi en Grecia y los Indignados en España, las protestas estudiantiles en Chile y muchos otros.
Todos fueron un logro fantástico. Lo que han alcanzado puede medirse en un extraordinario artículo escrito por Lawrence Summers en el Financial Times, el 21 de noviembre: La inequidad no puede ya mantenerse a raya con las ideas habituales. Éste no es un argumento por el que se le haya conocido a Summers con anterioridad.
En el artículo anota dos puntos importantes, considerando que personalmente él ha sido uno de los arquitectos de las políticas económicas mundiales de los últimos 20 años, las que nos han puesto a todos en esta aguda crisis en la que el mundo se encuentra ahora.
El primer punto es que ha habido cambios fundamentales en las estructuras económicas mundiales. Summers dice que el más importante es el fuerte viraje en la recompensa que el mercado hace a una pequeña minoría de ciudadanos en relación con las recompensas disponibles para la mayoría de los ciudadanos.
El segundo tiene que ver con dos clases de reacciones públicas ante esta realidad: una es la de los que protestan, y otra la de quienes siendo muy fuertes están contra los que protestan. Summers dice que él está contra la polarización que es lo que, según él, hacen quienes protestan. Pero luego dice: Al mismo tiempo, aquéllos que muy rápidamente etiquetan cualquier expresión de preocupación por la creciente inequidad como algo fuera de lugar o como producto de la lucha de clases, está todavía más fuera de base.
Lo que el artículo de Summers indica no es que él se haya convertido en exponente del cambio social radical –lejos está de eso– sino más bien que está preocupado por el impacto político del movimiento mundial en pos de justicia social, especialmente en lo que él llama el mundo industrializado. Considero esto un logro del movimiento en pos de justicia social.
La respuesta a este éxito han sido unas cuantas concesiones menores aquí y allá, pero luego una creciente represión por todas partes. En Estados Unidos y Canadá ha habido un sistemático despeje de todas las ocupaciones. La virtual simultaneidad de estas acciones policiacas parece indicar alguna coordinación de alto nivel. En Egipto, los militares han resistido cualquier dilución de su poder. En Grecia e Italia las políticas de austeridad fueron impuestas por los decretos de Alemania y Francia.
La historia, sin embargo, está lejos de haber terminado. Los movimientos desarrollan un segundo viento. Los manifestantes volvieron a ocupar la plaza Tahrir y al mariscal de campo Tantawi le están dando el mismo tratamiento de desdén que dieron a Hosni Mubarak. En Portugal, el llamado a una huelga general de un día paralizó por completo el sistema de transporte. Una huelga anunciada en Gran Bretaña en protesta por los recortes de las pensiones esperaba reducir el tráfico en Heathrow en 50 por ciento, lo que tendría repercusiones mundiales, dada la centralidad de Heathrow en el sistema del transporte mundial.
En Grecia, el gobierno ha intentado exprimir a los pensionistas pobres instaurando un enorme impuesto en su recibo de luz, y amenazan cortar la electricidad si no pagan. Hay resistencia organizada. Los electricistas locales están devolviendo ilegalmente la energía eléctrica, pues cuentan con la incapacidad del reducido personal municipal para hacer que se cumpla su ley. Es una táctica que se ha utilizado con éxito en el suburbio de Soweto en Johannesburgo desde hace ya 10 años.
En Estados Unidos y Canadá, el movimiento de ocupación se ha diseminado de los centros de las ciudades a los campus universitarios. Y los ocupas están discutiendo lugares alternativos que ocupar durante los meses del invierno. La rebelión estudiantil en Chile ya se expandió a las escuelas secundarias.
Debemos resaltar dos cosas acerca de la presente situación. La primera es que los sindicatos –como parte de lo que ha estado ocurriendo, como resultado de lo que ha estado ocurriendo– se han vuelto mucho más militantes y mucho más abiertos a la idea de que deben ser participantes activos en el movimiento mundial en pos de justicia social. Esto es cierto en el mundo árabe, en Europa, en Norteamérica, en el sur de África y aun en China.
Lo segundo que hay que resaltar es el grado en que los movimientos por todas partes han podido mantener su énfasis en una estrategia horizontal. Los movimientos no son estructuras burocráticas, sino coaliciones de múltiples grupos, organizaciones y sectores de la población. Siguen trabajando duro en debatir constantemente sus tácticas y sus prioridades, y están resistiéndose a volverse excluyentes. ¿Funciona esto todavía con suavidad? Por supuesto que no. ¿Funciona esto mejor que reconstruir un nuevo movimiento vertical, con un liderazgo claro y disciplina colectiva? Hasta ahora, claro que ha funcionado mejor.
Debemos pensar en las luchas mundiales como una larga carrera, en la que los corredores tienen que usar su energía sabiamente con tal de no desgastarse mientras mantienen la mira en el objetivo final, una clase diferente de sistema-mundo, mucho más democrático, mucho más igualitario que nada de lo que tenemos ahora.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/12/03/opinion/022a1mun
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