lunes, marzo 30, 2009

Reportaje al historiador Eric Hobsbawm sobre la crisis global y las amenazas para la democracia


“Además de injusto, el mercado absoluto es inviable”

Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=83057
Martín Granovsky
Página 12




Eric Hobsbawm aparece en la puerta de la embajada de Alemania en Londres. Son poco más de las tres de la tarde en la hermosa Belgrave Square y las banderas de las embajadas se adivinan por detrás de las copas de los árboles. Lleva anteojos, la gorra puesta, un abrigo no muy pesado. Saluda. Tiene manos grandes y huesudas, pero no parecen las manos de un viejo. Ninguna deformación de artritis las atacó. Muy pronto una pequeña prueba demuestra que las piernas de Hobsbawm también están en buena forma. Baja con agilidad los tres escalones que llevan del palier a la vereda. Parece ver bien. Tiene un bastón en la mano derecha. No se apoya en él, pero quizá lo use como un seguro, por si trastabilla, o como un sensor de alerta temprana que detecta escalones, charcos y, de inmediato, el cordón de la vereda. Hobsbawm es alto y flaco. Uno ochenta y pico. No pide ayuda. El chofer del Foreign Office le abre la puerta izquierda del Jaguar negro. Entra en el auto con facilidad. El coche es grande, por suerte, y cabe, pero el viaje igual es corto.

–Vino un historiador alemán, por eso estoy en la embajada, y debo volver –avisa–. Llegó de visita a Londres y quiso conversar con algunos de nosotros. Sé que vamos a Canning House. Está bien. Poco trayecto, ¿no?

El auto da media vuelta a Belgrave Square y se detiene frente a otro palacete blanco de tres escalones, porche rodeado de columnas y puerta de madera pesada. Por algún motivo mágico el conductor de pelo blanco con mechón sobre la cara, traje azul y sonrisa como la del ayudante del inspector Morse de Oxford, ya le abre a Hobsbawm. Entre esas construcciones tan parecidas, la elegancia del Jaguar lo asemeja a un carruaje recién lustrado. El cochero sonríe cuando Hobsbawm desciende. El profesor le devuelve la simpatía mientras trepa con facilidad hasta un hall oscuro. Ya entró en Canning House y a la derecha ve una enorme imagen de José de San Martín. A la izquierda del pasillo, una gran sala. El té ya está servido. Es decir, el té, las masas y una torta. Otro cuadro del mismo tamaño que el de San Martín. Es Simón Bolívar. Y también es Bolívar el caballero del busto sobre el aparador.

¿Cuánto té habrán tomado Bolívar y San Martín antes de salir de Londres a Sudamérica, a principios del siglo XIX, para cumplir su plan de independencia?

Hobsbawm apura la primera taza y quiere ser él quien arroje la primera pregunta.

–¿Cómo está la Argentina? –interroga pero no tanto, porque no espera y comenta–. El año pasado Cristina estuvo por venir a Londres para una reunión de presidentes progresistas y pidió verme. Yo dije que sí, pero ella no vino. No fue su culpa. Estaba en medio de la confrontación con la Sociedad Rural.

Hobsbawm habla un inglés sin la afectación ni el tartamudeo de algunos académicos del Reino Unido. Pero acaba de pronunciar “Sociedad Rural” en castellano.

–¿Qué pasó con ese conflicto? –pregunta.

Tras la explicación correspondiente, el profesor inclina la cabeza, más curioso que antes, mientras con la mano derecha su tenedor intenta cortar la tarta de manzana. Es una tarea difícil. Entonces se desconcentra de la tarta y fija la mirada esperando, ahora sí, alguna pregunta.

–El mundo está complejo –afirma sin embargo manteniendo la iniciativa–. No quiero caer en slogans, pero es indudable que el Consenso de Washington murió. La desregulación salvaje ya no sólo es mala: es imposible. Hay que reorganizar el sistema financiero internacional. Mi esperanza es que los líderes del mundo se den cuenta de que no se puede renegociar la situación para volver atrás sino que hay que rediseñar todo hacia el futuro.

–La Argentina experimentó varias crisis, la última fuerte en 2001. En 2005 el presidente Néstor Kirchner, de acuerdo con el gobierno brasileño, que también lo hizo, pagó al FMI y desenganchó a la Argentina del organismo para que el país no siguiera sometido a sus condicionalidades.

–Es que a esta altura se necesita otro FMI absolutamente distinto, con otros principios, que no dependa sólo de los países más desarrollados y en el que una o dos personas toman las decisiones. Es muy importante lo que están proponiendo Brasil y la Argentina para cambiar el sistema actual. ¿Cómo están las relaciones entre ustedes?

–Muy bien.

–Eso es muy importante. Manténganlas. Las buenas relaciones entre gobiernos como los de ustedes son muy importantes en medio de una crisis que también implica riesgos políticos. Para los standards norteamericanos, los Estados Unidos están girando a la izquierda y no a la extrema derecha. Eso también es bueno. La Gran Depresión llevó políticamente al mundo a la extrema derecha en casi todo el planeta, con excepción de los países escandinavos y los Estados Unidos de Roosevelt. Incluso en el Reino Unido llegó a haber miembros del Parlamento que eran de extrema derecha.

–¿Y qué alternativa aparece?

–No lo sé. ¿Sabe cuál es el drama? El giro a la derecha tuvo dónde recostarse: en los conservadores. El giro a la izquierda también tuvo en qué descansar: en los laboristas.

–Los laboristas gobiernan el Reino Unido.

–Sí, pero me gustaría hacerle un planteo más general. Ya no existe la izquierda tal como era.

–¿La extraña?

–Lo señalo.

–¿A qué se refiere cuando dice “la izquierda tal como era”?

–A las distintas variantes de la izquierda clásica. A los comunistas, naturalmente. Y a los socialdemócratas. ¿Pero sabe qué pasa? Todas las variantes de la izquierda precisan del Estado. Y durante décadas de giro a la derecha conservadora, el control del Estado se hizo imposible.

–¿Por qué?

–Muy sencillo. ¿Cómo controla usted el Estado en condiciones de globalización? Conviene recordar que a principios de los ’80 no sólo triunfaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En Francia, François Mitterrand no logró una victoria.

–Había ganado la presidencia en 1974 y repitió en 1981.

–Es así. Pero cuando intentó una unidad de izquierdas para nacionalizar un sector mayor de la economía, no tuvo el poder suficiente para hacerlo. Fracasó por completo. La izquierda y los partidos socialdemócratas se retiraron de la escena, derrotados, convencidos de que nada podía hacerse. Y entonces, no sólo en Francia sino en todo el mundo, quedó claro que el único modelo que podía imponerse con poder real era el capitalismo absolutamente libre.

–Libre sí. ¿Por qué dice “absolutamente”?

–Porque con libertad absoluta para el mercado, ¿quién atiende a los pobres? Esa política, o la política de la no política, es la que se desarrolló con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y funcionó –dentro de su lógica, claro, que no comparto– hasta la crisis que comenzó en el 2008. Frente a la situación anterior la izquierda no tenía alternativa. ¿Y frente a ésta? Fijémonos, si quiere, en la izquierda más clásica de Europa. Es muy débil en Europa. O está fragmentada. O desapareció. Refundación Comunista en Italia es débil y las otras ramas del ex Partido Comunista Italiano están muy mal. Izquierda Unida en España también está cayendo de la ladera de la colina. Algo quedó en Alemania. Algo en Francia, con el Partido Comunista. Ni esas fuerzas, y menos aún la izquierda más extrema, como los trotskistas, y ni siquiera una socialdemocracia como la que describí antes, alcanzan todavía como respuesta a esta crisis y a sus peligros. La misma debilidad de la izquierda aumenta los riesgos.

–¿Qué peligro ve?

–En períodos de gran descontento como el que empezamos a vivir, el gran peligro es la xenofobia, que alimentará y a su vez será alimentada por la extrema derecha. ¿A quién buscará esa extrema derecha? Buscará atraer a los “estúpidos” ciudadanos que cuidan su trabajo y temen perderlo. Y digo estúpidos irónicamente, quiero aclararle. Porque ahí reside otro fracaso evidente del fundamentalismo de mercado. Dejó libertad para todo. ¿Y la verdadera libertad de trabajo? ¿La de cambiarlo y mejorar en todos los aspectos? Esa libertad no la respetó porque, para el fundamentalismo de mercado, habría resultado políticamente intolerable. También habrían sido políticamente intolerable la libertad absoluta y la desregulación absoluta en materia laboral, al menos en Europa. Yo temo una era de depresión.

–¿Usted no tiene dudas, ya, de que entraremos en depresión?

–Si lo desea podemos hablar técnicamente, como los economistas, y cuantificar trimestres. Pero no hace falta. ¿Qué otra palabra puede usar uno para denominar un tiempo en el que muy velozmente millones de personas pierden su empleo? De cualquier manera, hasta el momento no veo un escenario de una extrema derecha ganando por mayoría en elecciones, como ocurrió en 1933 cuando Alemania eligió a Adolf Hitler. Es paradójico, pero con un mundo muy globalizado un factor impedirá la inmigración, que a su vez suele ser la excusa para la xenofobia y el giro hacia la extrema derecha. Y ese factor es que la gente emigrará menos –hablo en términos masivos– al ver que en los países desarrollados la crisis es tan vasta. Volviendo a la xenofobia, el problema es que aunque la extrema derecha no gane podría ser muy importante en la fijación de la agenda pública de temas y terminaría por imprimirle una cara muy fea a la política.

–Dejemos a un lado la economía por el momento. Pensando en política, ¿qué cosa disminuiría el riesgo de xenofobia?

–Me parece bien, vamos a la práctica. El peligro disminuiría con gobiernos que gocen de la suficiente confianza política por parte del pueblo por su capacidad de restaurar el bienestar económico. La gente debe ver a los políticos como gente capaz de garantizar la democracia, los derechos individuales y al mismo tiempo coordinar planes eficaces para salir de la crisis. Ahora que hablamos de este tema, ¿sabe que veo a los países de América latina sorprendentemente inmunes a la xenofobia?

–¿Por qué?

–Yo le pregunto si es así. ¿Es así?

–Es posible. No diría que son inmunes si uno piensa, por ejemplo, en el tratamiento racista de un sector de Bolivia hacia Evo Morales, pero al menos en los últimos 25 años de democracia, por tomar la antigüedad de la democracia argentina, la xenofobia y el racismo nunca fueron masivos ni nutrieron partidos de extrema derecha, que son muy pequeños. No pasó ni siquiera con la crisis del 2001, que culminó el proceso de destrucción de millones de empleos, a pesar de que la inmigración boliviana ya era muy importante en número. Ahora, no hablamos de los cantos de las hinchadas de fútbol, ¿no?

–No, yo lo pienso en términos masivos.

–Entonces las cosas parecen ser como usted las piensa, profesor. Y, como en otros lugares del mundo, el pensamiento de la extrema derecha aparece por ejemplo con la crispación sobre la seguridad y la inseguridad en las calles.

–Sí, América latina es interesante. Yo lo intuyo. Fíjese el país más grande, Brasil. Lula mantuvo algunas líneas de estabilidad económica de Fernando Henrique Cardoso, pero extendió enormemente los servicios sociales y la distribución. Algunos dicen que no es suficiente...

–¿Y usted qué dice?

–Que no es suficiente. Pero que lo que Lula hizo, lo hizo. Y es muy significativo. Lula es el verdadero introductor de la democracia en Brasil. Y nadie lo había hecho nunca en la historia de ese país. Por eso hoy tiene el 70 por ciento de popularidad, a pesar de los problemas previos a las últimas elecciones. Porque en Brasil hay muchos pobres y nadie jamás hizo tantas cosas concretas por ellos, desarrollando a la vez la industria y la exportación de productos elaborados. Aunque la desigualdad sigue siendo horrorosa. Pero hacen falta muchos años para cambiar más las cosas. Muchos.

–Y usted piensa que serán años de depresión mundial.

–Sí. Lamento decirlo, pero apostaría a que habrá depresión y que durará algunos años. Estamos entrando en depresión. ¿Sabe cómo se da cuenta uno? Hablando con gente de negocios. Bueno, ellos están más deprimidos que los economistas y que los políticos. Y a la vez, esta depresión es un gran cambio para la economía, capitalista global.

–¿Por qué está tan seguro?

–Porque no hay vuelta atrás hacia el mercado absoluto que rigió en los últimos 40 años, desde la década de 1970. Ya no es una cuestión de ciclos. El sistema debe ser reestructurado.

–¿Le puedo preguntar otra vez por qué está tan seguro?

–Porque ese modelo no sólo es injusto: ahora es inviable. Las nociones básicas según las cuales las políticas públicas debían ser abandonadas, ahora están siendo dejadas de lado. Fíjese lo que hacen, y a veces lo que dicen, dirigentes importantes de países de-sarrollados. Están intentando reestructurar las economías para salir de la crisis. No estoy elogiando. Estoy describiendo un fenómeno. Y ese fenómeno tiene un elemento central: ya nadie siquiera se anima a pensar que el Estado puede no ser necesario para el desarrollo económico. Ya nadie dice que bastará con dejar que fluya el mercado, con su libertad total. ¿No ve que el sistema financiero internacional ya ni funciona? En un sentido, esta crisis es peor que la de 1929-1933, porque es absolutamente global. Los bancos ni funcionan.

–¿Dónde vivía usted en ese momento, a comienzos de los años ’30?

–Nada menos que en Viena y Berlín. Era un chico. Qué horroroso ese momento. Hablemos de cosas mejores, como Franklin Delano Roosevelt.

–Usted lo rescató en una entrevista con la BBC al principio de la crisis.

–Sí, y rescato los motivos políticos de Roosevelt. En política aplicó el principio de “Nunca más”. Con tantos pobres, con tantos hambrientos en los Estados Unidos, nunca más el mercado como factor exclusivo de asignación de recursos. Por eso decidió realizar su política de pleno empleo. Y de ese modo no solamente atenuó los efectos sociales de la crisis sino sus eventuales efectos políticos de fascistización sobre la base del miedo masivo. El sistema de pleno empleo no modificó de raíz la sociedad, pero funcionó durante décadas. Funcionó razonablemente bien en los Estados Unidos, funcionó en Francia, produjo la inclusión social de mucha gente, se basó en el bienestar combinado con una economía mixta que tuvo resultados muy razonables en el mundo de la segunda posguerra. Algunos Estados fueron más sistemáticos, como Francia, que implantó el capitalismo dirigido, pero en general las economías eran mixtas y el Estado estaba presente de un modo u otro. ¿Podremos hacerlo de nuevo? No lo sé. Lo que sé es que la solución no estará solo en la tecnología y el desarrollo económico. Roosevelt tuvo en cuenta el costado humano de la situación de crisis.

–Es decir que para usted las sociedades no se suicidan.

(Piensa) –No deliberadamente. Sí pueden ir cometiendo errores que las llevan a terribles catástrofes. O al desastre. ¿Con qué razonabilidad, durante estos años, se podía creer que el crecimiento con tal nivel de burbuja sería ilimitado? Tarde o temprano se terminaría y algo debía ser hecho.

–De manera que no habrá catástrofe.

–No me interesan las predicciones. Mire, si viene, viene. Pero si hay algo que se pueda hacer, hagámoslo. Uno no puede perdonarse no haber hecho nada. Por lo menos un intento. El desastre sobrevendrá si nos quedamos quietos. La sociedad no puede basarse en una concepción automática de los procesos políticos. Mi generación no se quedó quieta en los años ’30 y ’40. En Inglaterra yo crecí, participé activamente de la política, fui académico estudiando en Cambridge. Y todos estábamos muy politizados. Nos tocó muy de cerca la Guerra Civil española. Por eso fuimos firmemente antifascistas.

–Le tocó a la izquierda de todo el mundo. También en América latina.

–Claro, fue un tema muy fuerte para todos. Y nosotros, en Cambridge, veíamos que los gobiernos no hacían nada por defender a la República. Por eso reaccionamos contra las viejas generaciones y los gobiernos que las representaban. Años después entendí la lógica de por qué el gobierno del Reino Unido, donde nosotros estábamos, no hizo nada contra Francisco Franco. Ya tenía la lucidez de saberse un imperio en decadencia y tenía conciencia de su debilidad. España funcionó como una distracción. Y los gobiernos no debieron haberla tomado así. Se equivocaron. El alzamiento contra la República fue uno de los hechos más importantes del siglo XX. Recién después, en la Segunda Guerra...

–Poco después, ¿no? Porque el fin de la Guerra Civil española y la invasión alemana de Checoslovaquia ocurren en el mismo año.

–Es verdad. Le decía que recién después el liberalismo y el comunismo hicieron causa común. Se dieron cuenta de que, si no, eran débiles frente al nazismo. Y en el caso de América latina el modelo de Franco influyó más que el de Benito Mussolini, con sus ideas conspirativas de la sinarquía, por ejemplo. No lo tome como una disculpa a Mussolini, por favor. El fascismo europeo en general es una ideología inaceptable, opuesta a valores universales.

–Usted habla de América latina...

–Pero no me pregunte de la Argentina. No sé lo suficiente de su país. Todos me preguntan por el peronismo. Para mí está claro que no puede ser mirado como un movimiento de extrema derecha. Fue un movimiento popular que organizó a los trabajadores y eso quizás explique su permanencia en el tiempo. Ni los socialistas ni los comunistas pudieron establecer una base fuerte en el movimiento sindical. Sé de las crisis que sufrió la Argentina y sé algo de su historia, del peso de la clase media, de su sociedad avanzada culturalmente dentro de América latina, fenómeno que creo que todavía se mantiene. Sé de la edad de oro de los años ’20 y sé de los ejemplos obscenos de desigualdad comunes a toda América latina.

–Usted siempre se definió como un hombre de izquierda. ¿También sigue teniendo confianza en ella?

–Sigo en la izquierda, sin duda con más interés en Marx que en Lenin. Porque seamos sinceros, el socialismo soviético falló. Fue una forma extrema de aplicar la lógica del socialismo, así como el fundamentalismo de mercado fue una forma extrema de aplicación de la lógica del liberalismo económico. Y también falló. La crisis global que comenzó el año pasado es, para la economía de mercado, equivalente a lo que fue la caída del Muro de Berlín en 1989. Por eso me sigue interesando Marx. Como el capitalismo sigue existiendo, el análisis marxista aún es una buena herramienta para analizarlo. Al mismo tiempo, está claro que no solo no es posible sino que no es deseable una economía socialista sin mercado ni una economía en general sin Estado.

–¿Por qué dice lo último?

–Si uno mira la historia y mira el presente, no tiene ninguna duda de que los problemas principales, sobre todo en medio de una crisis profunda, deben y pueden ser solucionados por la acción pública. El mercado no está en condiciones de hacerlo.

domingo, marzo 29, 2009

En el XIX, Marx ya vaticinó la globalización" ENTREVISTA: ERIC HOBSBAWM Historiador


ENTREVISTA: ERIC HOBSBAWM Historiador
"En el XIX, Marx ya vaticinó la globalización"
JOSÉ ANDRÉS ROJO - Barcelona - 13/11/2007




El incombustible pensador marxista visita Barcelona para hablar de Europa y reflexiona sobre algunos episodios esenciales del siglo XX, critica los fundamentalismos de todo tipo y muestra la complejidad del fenómeno terrorista

Eric Hobsbawm tiene 90 años y es un referente indiscutible en el mundo de los historiadores. Autor de Historia del siglo XX. 1914-1991, Guerra y paz en el siglo XXI y su autobiografía Años interesantes, entre otros muchos títulos, defiende el poder de las ideas de Marx para analizar lo que ocurre en el mundo actual. Ayer, junto a Donald Sassoon y Josep Fontana, participó en un ciclo sobre Europa que organiza el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Así que pidió no hablar del Viejo Continente, pero trató de otras múltiples cuestiones.




"Putin ha logrado que los gánsteres obedezcan al Estado ruso"

"Hay países donde los grupos terroristas juegan un papel político"
- Weimar y Hitler. "Era inevitable politizarse en aquellos días. Vivía entonces en Alemania, y no podía ser socialdemócrata (eran muy moderados), ni nacionalista (era inglés y judío), ni me interesaba el sionismo. Así que me alisté en una asociación juvenil que, aunque se llamara socialista, estaba marcada por los comunistas. Asistí al colapso de la República de Weimar y participé activamente (lo que suponía correr muchos riesgos) en las elecciones de 1933 que ganó Hitler. Fue entonces cuando salí a Inglaterra y empecé a estudiar en Cambridge".

- Treinta años de guerra. "Con la guerra de 1914 terminó el mundo de la gran cultura burguesa. Vinieron después más de treinta años de guerras, revoluciones, inestabilidad y crisis, una época catastrófica. Cuando terminó la II Guerra Mundial entramos en una aceleración de la economía, la sociedad y la cultura que no ha cesado. No fue un salto, fue un crecimiento continuado. Internet lo ha transformado todo, y sólo tiene 15 años".

- El poder del marxismo. "Los marxistas creían que la clase obrera iba a crecer, cuando lo que ha pasado es que ha decrecido y que países como Estados Unidos o Inglaterra incluso se están desindustrializando. La lucha política basada en la lucha de las clases ya no es muy efectiva. Pero Marx sobrevive en su concepción materialista de la historia y en su análisis del capitalismo. En el siglo XIX ya vaticinó la globalización, y cuando se celebraba el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, las crisis económicas del sureste asiático y de Rusia en 1997 y 1998 confirmaban sus predicciones. El poder del marxismo sigue intacto. No así muchas ideas políticas de Marx que obedecían, más que al análisis, a sueños de igualdad".

- La revolución rusa. "El socialismo triunfó en países atrasados y su obsesión fue modernizarlos. En la Unión Soviética la idea era desencadenar una rápida industrialización, y si para hacerlo era necesario recurrir a procedimientos autoritarios, pues adelante. No quiero justificar los campos de trabajos forzados, que son injustificables, pero los logros fueron extraordinarios. Durante la II Guerra Mundial, la Unión Soviética no sucumbió, sino que derrotó al enemigo más poderoso: el ejército alemán. No lo hizo movilizando a las masas. Lo consiguió porque era un país industrializado con notables avances tecnológicos y con gente preparada. El modelo para conseguir una industrialización tan rápida fue el de la economía de guerra. El precio fue no lograr que la economía tuviera una dinámica propia".

- Putin y los gánsteres. "No se comprende sin la crisis de 1991. Entonces se vio claro que el afán de hacer de Rusia un Estado capitalista a toda velocidad era incluso más difícil que industrializar un país atrasado. Fue tal el cataclismo que Putin por lo menos ha conseguido que el Estado funcione. Si la economía cayó en manos de los gánsteres, lo que ha conseguido es que éstos obedezcan al Estado".

- Los fundamentalismos. "Afecta a todas las religiones. En el caso islámico, la revolución que triunfó en Irán tenía una fuerte voluntad de consolidar un Estado, centralizarlo y modernizarlo. Los fundamentalistas judíos son desde 1967 los más acérrimos defensores de Israel y reclaman sus ambiciones imperialistas. Y no hay que olvidar el giro fundamentalista de los católicos con los últimos papas y de las comunidades protestantes en Estados Unidos".

- El terrorismo islamista. "Su poder militar es mínimo. El atentado en Nueva York no llegó a desestabilizar la ciudad salvo durante unas horas. Hay que subrayar que hay lugares (Afganistán, Pakistán, el Oriente Medio) donde los grupos terroristas juegan políticamente un papel importante, y no se los puede despreciar. Otra cosa es el terrorismo islamista en nuestros países. Responde a una reacción antiimperialista, y no quieren que en sus países se imponga el capitalismo occidental. En Inglaterra, los terroristas reaccionan también contra la religión heredada de sus padres, más moderada. Suelen pertenecer a las élites, y su educación es superior a la media de sus países".

Hobsbawm espiado por el MI5


El MI5 no ayuda a Hobsbawm
06/03/2009

Tomado de http://www.elpais.com/articulo/opinion/MI5/ayuda/Hobsbawm/elpepiopi/20090306elpepiopi_3/Tes

Con la elegancia propia de un caballero inglés, que sabe reconocer el trabajo bien hecho aunque sea el del enemigo, el historiador Eric Hobsbawm ha pedido a los servicios secretos británicos que le permitan acceder a los documentos incluidos en el expediente que lleva su nombre. Tiene ya 91 años, y quiere consultar las puntillosas anotaciones de los agentes que lo espiaron para contrastar con su propia versión de los hechos, y poder así aproximarse mejor a lo que de verdad pasó. La idea se le ocurrió al preparar una nueva versión de su autobiografía, Años interesantes: una vida


Eric Hobsbawm
Nacimiento: 1917 Lugar: (Alejandría)

Hobsbawm sabe, por su larga experiencia en los archivos, cuántas cosas se pueden llegar

a olvidar que los documentos conservan, gracias a su frío, meticuloso y exhaustivo empeño en ajustarse a

la literalidad de lo que sucede. El historiador británico se afilió en 1936, a los 15 años, al partido comunista y, cuando estudiaba en Cambridge, sus ideas izquierdistas le facilitaron la relación con el grupo de espías en el que trabajaron, para

la Unión Soviética y en plena guerra fría, Anthony Blunt y Kim Philby. El MI5, la rama doméstica del espionaje británico, lejos de sentirse halagado por el interés del historiador en el rigor de su trabajo a la hora de seguir sus pasos, se niega a dejarle ver su expediente por razones de seguridad nacional.


Que sea el historiador marxista de mayor prestigio internacional no tiene que significar que por ello pusiera en peligro a su país. Hobsbawm, incapaz de matar a una mosca y menos de amenazar

la seguridad de su país, no se explica tanta precaución. Lo que seguramente quiere encontrar en esos informes son detalles (no las grandes líneas de su vida, que las conoce bien y las ha contado).


El MI5 no da su brazo a torcer, pero Hobsbawm tiene ahora un cómplice, el laborista lord Lipsey, miembro vitalicio de la Cámara alta. Éste no tiene muy buena opinión de los espías británicos. Estaban obsesionados por perseguir a los comunistas, ha dicho, cuando debían haberse ocupado de los potencialmente más peligrosos, los trotskistas. Si no dejan ver a Hobsbawm su expediente, afirma, es porque el MI5 quiere "evitar exponer su propia ineptitud".



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El MI5 considera a Eric Hobsbawm materia reservada
El espionaje británico niega al historiador el acceso a su expediente
PATRICIA TUBELLA - Londres - 03/03/2009


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El mundo ha reconocido en él a uno de los más importantes historiadores del último siglo, su vasta obra de investigación es una referencia obligada y su biografía de riguroso intelectual marxista le mereció en su día el muy restringido honor real de Compañero de Honor por sus "servicios a la nación". Las credenciales que exhibe Eric Hobsbawm a sus 91 años no parecen sin embargo impresionar a los servicios de espionaje británicos, cuya rama doméstica (MI5) se empecina en denegarle el acceso a su propio expediente, amparándose en nebulosas razones de seguridad nacional.


Eric Hobsbawm

Tomado de http://www.elpais.com/articulo/cultura/MI5/considera/Eric/Hobsbawm/materia/reservada/elpepicul/20090303elpepicul_3/Tes
El nonagenario historiador ha solicitado esos documentos para corregir posibles errores en su autobiografía, cuya primera edición fue publicada en 2002. En ella se recoge su filiación al hoy difunto Partido Comunista británico desde 1936, o sus años de universitario izquierdista en el campus de Cambridge, donde entró en contacto con aquella cantera de espías encabezada por Anthony Blunt. Pero "hasta donde alcanza mi conocimiento, nunca he estado implicado en ningún asunto que concierna a la seguridad del país", aduce sorprendido por el veto. El caso Hobsbawm sí se ha convertido en un asunto de interés nacional.

El laborista lord Lipsey, miembro vitalicio de la Cámara alta, utilizaba ese foro la semana pasada para reclamar al Gobierno que resuelva el absurdo. Antiguo consejero especial del primer ministro James Callaghan, durante los años setenta, Lipsey pudo "comprobar cómo los servicios de espionaje estaba ansiosos por recabar información sobre los comunistas -entonces un partido que no representaba una amenaza para nadie- mientras obviaban a las sectas trotskistas que sí encarnaban una amenaza potencial para la seguridad nacional". El lord laborista concluye que el MI5 quiere en realidad "evitar exponer su propia ineptitud".

La actual legislación británica sobre protección de datos permite al ciudadano solicitar el acceso a los archivos secretos sobre su persona, pero también ampara a la agencia de seguridad para denegarlos por diversos motivos, entre ellos si considera que la seguridad nacional puede verse lesionada. Tras dirigir su petición al MI5, en junio de 2007, Hobsbawm recibió una negativa como respuesta. "La única razón que se me ocurre es que no quieren revelar quién me delató a las autoridades", señala. Igual de sorprendente le resulta la apostilla de la carta remitida por el MI5. "No debe concluir de nuestra respuesta que poseamos o no cualquier dato personal sobre usted".

Obituario Carlos Semprún, escritor e historiador

Carlos Semprún, escritor e historiador
EL PAÍS 25/03/2009


Tomado http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Carlos/Semprun/escritor/historiador/elpepinec/20090325elpepinec_1/Tes

El escritor, dramaturgo y periodista Carlos Semprún Maura falleció el lunes 23 de marzo en París a consecuencia de un paro cardiaco. Tenía 82 años. En la actualidad, Semprún era columnista de Libertad Digital. Nacido en Madrid en 1926, era hijo del diplomático republicano José María Semprún y Gurrea, hermano de Jorge, que fuera ministro de Cultura con el Gobierno de Felipe González, y nieto del cinco veces presidente del Gobierno, Antonio Maura.


Carlos Semprún vivió fuera de España desde 1936 y solía escribir en francés. En los primeros años de Diario 16 ejerció de crítico de cine. En París cursó estudios de Filosofía en la Universidad de La Sorbona.

Durante la II Guerra Mundial combatió contra los nazis junto a los partisanos de la Resistencia francesa. En 1942 se afilió al Partido Comunista de España (PCE) y un año después fue deportado al campo de concentración de Buchenwald. Liberado tras el final de la guerra, mantuvo su residencia en París.

Compromiso político
Desde 1945 a 1952 trabajó para la Unesco y ese año inició una intensa actividad clandestina en el PCE. Sin embargo, tras la entrada de los tanques soviéticos en Budapest, se dio de baja en este partido y evolucionó a posturas que, con el tiempo, fueron muy críticas con la izquierda.

Hombre prolífico, fue autor de más de 70 obras de teatro en francés, muchas para la radio y una docena puestas en escena, algunas de éxito, como L'homme couché y Le bleu de l'eau-de-vie. Como novelista, entre sus obras destacan El año que viene en Madrid, El exilio fue una fiesta, El ladrón de Madrid, Las barricadas solitarias y, como ensayista, Revolución y contrarrevolución en Cataluña, así como el libro de cuentos Polvo de líneas y otros cuentos.


FE DE ERRORES
Carlos Semprún Maura no estuvo deportado en el campo de concentración de Buchenwald, como se citaba en la necrológica publicada el 25 de marzo. Quien estuvo deportado fue su hermano Jorge.

Historias bélicas de niños viejos: Un viaje, en forma de libro, a las vivencias infantiles de la Guerra Civil y el exilio

REPORTAJE
Historias bélicas de niños viejos
Un viaje, en forma de libro, a las vivencias infantiles de la Guerra Civil y el exilio
TEREIXA CONSTENLA - Madrid - 27/03/2009

Tomado de http://www.elpais.com/articulo/cultura/Historias/belicas/ninos/viejos/elpepicul/20090327elpepicul_1/Tes

La guerra pone las vidas patas arriba. Los niños se comportan como viejos y los viejos pueden parecer niños. Margarita García Zornoza (Madrid, 1935) se camuflaba en los portales donde las estraperlistas de cabezas rapadas vendían aceite y pan de contrabando y desplegaba todas las tácticas de contravigilancia de las que era capaz. "Tenía 8 años, pero uno deja de ser niño bajo esas circunstancias. Yo soy más niña ahora que nunca", aclara.


Juego de moda: fusilar

Margarita García no reconoció a su madre en 1943. Le pareció "una bruja"

Entre 1936 y 1939, murieron 414.000 menores por diferentes causas
Demasiado pequeña para recordar la guerra, que pasó en Murcia con sus abuelos maternos, rememora nítidamente aquellas sesiones de mercadeo clandestino donde las estraperlistas le contaban las vejaciones que sufrían cada vez que eran detenidas durante la posguerra: "Les daban aceite de ricino a litros, les cortaban el pelo, las maltrataban y abusaban de ellas". Revive también el día de 1943 cuando "una bruja depauperada" intentó besarla y ella se negó. Era su madre, una republicana enferma y debilitada por las miserias de dos guerras consecutivas -la española y la mun-dial-, que retornaba de Francia gracias a los auspicios de la Cruz Roja Internacional. Volvía para morir. Pero no lo hizo. Se recuperó y en el 45, emocionada con el final de la guerra, marchó de nuevo a Francia con sus dos hijos usando un extraño pasaporte, que sólo le autorizaba a salir de España y no a regresar.

Por la infancia francesa de aquella niña de la guerra que fue Margarita Zornoza pasó Jorge Semprún, amigo de la familia, cuando era Federico González. Tras una nueva mudanza a Venezuela, a los 24 años descubrió que su padre no había desaparecido durante la guerra civil al leer en una revista que triunfaba en la radio y la televisión de Perú. Luciano García había sido uno de los 13 refugiados en la Embajada de Chile en Madrid en 1939, que abandonó hacia el exilio tras la mediación de Pablo Neruda. Margarita Zornoza tardó décadas en reencontrarle pero fue más afortunada que los que perdieron a sus padres.

Los niños, como ella, son también blanco de las bombas y de la propaganda en las guerras totales -y la española lo fue-. La historiadora Verónica Sierra (Guadalajara, 1978) ha rastreado en las vivencias infantiles durante la Guerra Civil y la posguerra en Palabras huérfanas (Taurus). Desmonta de entrada una errónea creencia: los niños soldado no son una anomalía moderna inventada en África. La historiadora recuerda que Garibaldi reclutó menores de entre 12 y 15 años y que Napoleón alistó adolescentes. España también tuvo sus niños soldado: la quinta del biberón, formada por jóvenes alistados con menos de 18 años, diezmada en la batalla del Ebro.

En los tres años del conflicto murieron por diferentes causas 414.000 niños, según cifras de Ramón Salas Larrazábal. Otro grupo herido por la historia fue el de los 30.000 evacuados hacia otros países (Francia, Reino Unido, Bélgica, Suiza, Dinamarca, Rusia y México) para librarse de los horrores bélicos. El hambre era uno de ellos. Eso explica las permanentes referencias a la comida que hacen los niños en las cartas que envían a los familiares que dejaron atrás. Eso explica el gesto de Laura García Pindado, que incluyó migas de pan en una carta desde Rusia dirigida a sus tíos. "Te mando unas miguitas de pan blanco, que en la de mi mamá no me he acordado", anotó en la parte interior del sobre.

Un gesto pueril y solidario que conmovió a la historiadora mientras preparaba el libro, que reconstruye historias de niños a partir de cartas, diarios, cuadernos, redacciones o dibujos. No fue el único que la sobrecogió. Las cartas de súplica firmadas por pequeños que desean averiguar el paradero de sus padres. Algunas de las cuales, según descubrió Sierra, jamás llegaron a su destino.

El 5 de febrero de 1938, Ignacio Ruano escribió: "Apreciable camarada Joaquín Bustos: la presente es para decirle en nombre de un niño español que se halla en Rusia por causa de la guerra de España, tuve que desalojar y llevamos un año en Rusia del cual no he podido hallar el paradero de mis padres, y deseo que ustedes podrán encontrarles. Mi madre se llama Magdalena Pajares. Mi padre Daniel Ruano y un hermano de 16 años, Alejandro Ruano".

La tercera historia que escoge la historiadora es la de una niña evacuada a Francia que se encuentra que la colonia infantil no es tal y escribe a sus padres rogando que la rescaten cuanto antes. Consciente de que eso, con la que está cayendo, tal vez sea una petición imposible, acaba pidiendo papel, lápiz y sellos para, al menos, garantizarse la comunicación con la familia.


Juego de moda: fusilar
El libro de Verónica Sierra refleja también la capacidad infantil para remontar traumas e integrar el horror en su cotidianeidad, como descubrió el general Mola, uno de los sublevados, en agosto de 1936 y anotó en su diario: "Me ha chocado el juego que se llevaban unos chiquillos. Dos de ellos iban con escopetas de juguete. Los demás cogían a otro prisionero y lo conducían ante los armados. Éstos le gritaban al preso: '¡Viva España!, ¡viva España!', y como el preso no contestara (el juego era no contestar), los de las escopetas apuntaban y el pelotón imitaba el fusilamiento". Debió ser un juego de moda porque también lo captó la cámara del fotógrafo Agustí Centelles. La infancia fue además un arma de la guerra propagandística. El Gobierno republicano organizó evacuaciones para poner los niños a salvo y aireó imágenes de escuelas bombardeadas por la aviación franquista. Por parte franquista, la salida de menores se atacó como un "robo" y su vuelta a casa se consideró una acción estratégica, aireada en carteles como el siguiente: "La España rota y roja te arrebató ese hijo. La España de Franco te lo devuelve. Ellos y nosotros cumplimos nuestros designios diversos. Ellos destruyen la familia. Nosotros edificamos la sociedad sobre ella".